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LA HOMOFOBIA SIGUE VIVA

Mientras la prensa en Uganda animaba a la población a perseguir y linchar a los homosexuales, uno de los cuales, David Kato, activista de Sexual Minorities Uganda, fue brutalmente asesinado en la puerta de su casa, después de que su fotografía fuera divulgada; los supermercados de Estados Unidos censuraban la foto de Elton John y su marido David Furnish posando junto a su hijo en la portada de la revista US Weekly, alegando la “protección de los jóvenes compradores”. Dos noticias sobre la homofobia en el mundo, procedentes de lugares bien diferentes. Ahora que en nuestra bien desarrollada sociedad hemos acabado acostumbrándonos al viejo discurso etnocéntrico sobre la inferioridad de culturas ajenas a Occidente, aunque ya no se le llame así por ser “políticamente incorrecto”, y a que la globalización lo engulla todo como una nueva forma de imperialismo cultural, nos parece casi lógico y natural que en las “salvajes” tierras de africanos o musulmanes se produzcan atroces violaciones de derechos humanos y el integrismo se desarrolle, produciendo efectos devastadores, desde el genocidio de Ruanda hasta las ejecuciones de adolescentes gays en Irán y lapidaciones de mujeres en Nigeria o Arabia Saudí. Por tanto una noticia más sobre el asesinato de un conocido activista homosexual en Uganda no debería sorprendernos más que las declaraciones homófobas de un Mugabe o las redadas antigays de Marruecos o Egipto, del mismo modo que asociamos el fundamentalismo al islam o a otras religiones del Tercer Mundo, cuyas culturas, ya digo, como en los mejores tiempos del colonialismo, se nos antojan atrasadas y destinadas en justicia a ser “redimidas” por el progreso de nuestra civilización.

Pero he aquí que un viajero acostumbrado a vivir precisamente entre “salvajes”, que hace ya tiempo que regresa a su cómodo mundo occidental con menos frecuencia, y que precisamente por ello es capaz de observar nuestro desarrollo como sociedad más objetivamente, se da cuenta de la creciente merma de libertades que vamos sufriendo durante los últimos años, con su consecuente aumento de prohibiciones y obsesiones con la seguridad y “protección” de derechos, creando un nuevo fundamentalismo cultural, silencioso, sin algaradas, que llega a formular, por ejemplo, la excusa de la “protección a la familia o a la infancia” para censurar una fotografía de Elton John y su pareja con su hijo en la portada de una revista.

Se puede decir que no son comparables los dos casos, el de Uganda con el de EEUU, por la atrocidad del primero y lo anecdótico del segundo, que ya hace tiempo que no se persigue a los homosexuales por aquí, y que si la historia de la revista ha llegado a ser noticia, es precisamente por el escándalo que ha producido, y que por ello se ha corregido inmediatamente. Pero aún admitiendo este argumento, no deja de ser cierta la fragilidad de la línea que separa la defensa de ese pretexto con su contrario. Desde hace tiempo hemos normalizado la presencia de cámaras de seguridad en todas partes, consideramos a los fumadores como apestados, caemos en las redes del consumo con una facilidad que pasma (aunque la crisis nos ha dado una buena bofetada), somos más moralistas que nunca (y por tanto más hipócritas), comemos telebasura hasta hartarnos, y todos seguimos las normas dictadas por los señores de la estética (obligándonos a seguir dietas y a estar constantemente en forma).

La inducción es claramente efectiva, y ha conseguido que la mayoría de la población sea fiel a un sistema insaciable. A esto también le podemos llamar fundamentalismo: nuestro sistema de creencias es firme porque no prevé alternativas, aceptamos su funcionamiento, con todas las cargas e inconvenientes que conlleva, y, a diferencia de los musulmanes, que sí se han rebelado contra sus gobiernos, nosotros nunca nos atreveremos a decir una palabra en contra. Seguro que, a pesar de las protestas contra la actitud del establecimiento que censuró la portada de la revista con la foto de Elton, hubo muchos que pensaron que no estaba mal, que se estaba obrando con un razonamiento acorde al derecho a defender al más débil, partiendo de la base de que siempre se puede ser algo homófobo siempre que haya que salvaguardar un bien mayor; igual que se recortaron derechos fundamentales como la libertad de expresión, la privacidad de las comunicaciones, o la presunción de inocencia, cuando se convenció a la población de que su seguridad estaba en juego. Es tremendamente triste ver la facilidad de manipulación que existe. ¡Y nos sorprendemos de los extremistas suicidas cuando nosotros llevamos largo tiempo suicidándonos con una precisión lenta y calculada! Recuerdo un excelente cómic de Ralph König, en el que sobre la barra de un bar gay se producían dos conversaciones paralelas, o mejor dicho una conversación entre tres jóvenes que charlaban sobre lo aburridos que estaban de divertirse, y el monólogo de un viejo marica que pensaba en voz alta sobre cómo la homofobia cotidiana le había jodido la vida. No puedo dejar de escribir sus últimas frases:

“Hoy en día todos quieren ser jóvenes y guapos y bailar cada noche… ¡Todo menos pensar y tener inquietudes políticas, y mientras tanto los neonazis están preparando el terreno!


Algunos tendrían que haber experimentado lo que era antes… ¡Cuando de repente se abrían las puertas y aparecía la policía y te pedía los documentos! Uno no se sentía seguro ni siquiera en su propia casa, ya que los vecinos podían ver cómo traías visitas masculinas. Por eso había que ir con mucho cuidado y sin hacer ruido, si no, te rescindían el contrato del piso. ¡Así de sencillo! ¡Entonces no había discotecas con zonas nudistas, ni drogas, ni aros en la nariz…! ¡Pero de aburrirnos no nos aburríamos!”

Pensamos que hemos vencido los prejuicios homofóbicos de nuestra sociedad porque ya tenemos ley de matrimonio gay, los guetos se han convertido en templos del consumo, las celebraciones del gaypride atraen a las mejores marcas, y las discos ofrecen macrofiestas cada fin de semana, cuando la verdad es que, ante nuestros ojos el mercado se ha convertido en la religión oficial, mucho más agresivo que el peor de los integrismos, con el que no se juega, y que un día nos alaga como clientes necesarios, y otro, en un hipotético futuro, nos puede volver a hundir en el ostracismo. La misma mentalidad que ha censurado la foto de portada, y que ha cedido ante el escándalo, no desaparecerá si no abandonamos la seguridad que hemos creído conseguir.

El caso de los muchos africanos que se han visto forzados a salir de su país por las mismas razones que fue asesinado David Kato en Uganda, es paradigmático. Las duras condiciones de vida y la falta de expectativas de futuro hacen de Europa un idealizado paraíso o una tierra de esperanza. Cada año cientos de personas son capaces de jugarse la vida cruzando fronteras inseguras, atravesando el duro desierto del Sáhara, y subirse a una frágil patera tras pagar lo poco que tienen, para enfrentarse al océano Atlántico o al Mediterráneo, en el que no pocos han muerto ahogados. Todo para llegar a un continente extraño, donde lo único que les espera es incomprensión y desengaño en la gran mayoría de los casos. Pero ellos también buscan otro tipo de esperanza, la de poder recuperar su dignidad en su lucha por vivir libremente su homosexualidad. Relatan su odisea y cuentan cómo ser abiertamente homosexual en África es ser peor que un perro.

La homofobia institucional está presente en muchos países del mundo, como Dubai, cuyas autoridades justifican que se pueda violar a un gay (caso de la violación del francés de 14 años Alexandre Robert por tres dubaitíes en 2007); Marruecos, donde cientos de islamistas sometieron a vergüenza pública a un estudiante gay y le expulsaron de su residencia universitaria en Fez en 2006, con el consentimiento de las autoridades, que realizan redadas y detenciones con regularidad; Egipto, donde la policía llegó a aplicar la ley antiterrorista cuando detuvo a 23 hombres que estaban en una fiesta en 2001; Malasia, cuyo primer ministro destituyó en 1998 a su viceprimer ministro Anwar Ibrahim por conducta sexual impropia, acusándolo de ser una amenaza para la seguridad nacional; o Irán, donde se ha ahorcado ya a varios jóvenes. Pero el peligro no sólo acecha en lugares del Tercer Mundo: la iglesia católica abandera una agresiva campaña contra la homosexualidad que afecta ideológicamente a los partidos conservadores de varios países europeos, hasta tal punto que el gobierno polaco llegó a preparar una ley para perseguir a los gays en 2007, por la que los profesores que revelaran su homosexualidad serían despedidos y se enfrentarían a penas de cárcel. En España, la polémica abierta por la aprobación del matrimonio gay en 2005, levantó las iras de la iglesia. Los obispos dijeron que no se había vivido “nada igual en 2000 años”, y salieron en manifestación a las calles con el apoyo del Partido Popular, que recurrió la ley ante el tribunal Constitucional por “desnaturalizar” el matrimonio. Llevaron al Senado al “experto” psicólogo Aquilino Polaino, que llegó a afirmar que las causas de la homosexualidad son “un padre hostil, violento, alcohólico o distante; una madre sobreprotectora con los niños; fría, necesitada de afecto y emocionalmente vacía para sus hijas lesbianas”, y que por tanto es una patología. Igualmente se pronunció la profesora Patricia Martínez Peroni, diciendo que no se debería “aventurar al niño en la convivencia con personas homosexuales”, olvidando el pronunciamiento de la Asociación Americana de Psiquiatría de 1973 en el que se dice que gays y lesbianas deben poder adoptar. Todo esto anima la homofobia social, y aún podemos leer noticias sobre agresiones y vejaciones a gays, aunque afortunadamente la mentalidad va cambiando. Qué distinta es la realidad en países como Holanda, donde desde 1992 se reconoce como refugiados políticos a los homosexuales extranjeros perseguidos, y donde las autoridades de Amsterdam sacan a la calle policías gays para frenar la homofobia.

El caso de David Kato nos enfrenta a la realidad de África: Yoweri Musevani, presidente de Uganda negaba la existencia de homosexuales en el país, mientras se producían casos como el de Christine, detenida por ser lesbiana, torturada y violada en 2001 (según informe de Amnistía Internacional). El presidente Robert Mugabe, en Zimbabwe, dijo que “los gays y lesbianas son peor que los cerdos”, y utilizó la acusación de sodomía contra su antecesor en el cargo, Canaan Banana, para destruirle, aunque éste logró refugiarse en Sudáfrica, donde la homosexualidad está protegida explícitamente por la Constitución desde la llegada al poder de Mandela. En Senegal, desde 2008, se vive una campaña homófoba que se inició con el arresto de 20 personas por asistir a una boda gay, y los detenidos pueden ser condenados hasta con cinco años de cárcel. En Gambia fueron arrestados dos españoles en junio de 2008, acusados de realizar proposiciones homosexuales. Dos taxistas les denunciaron por interpretar que iban a ligar en el lugar a donde querían ir. El presidente Yahya Jammeh había lanzado un ultimátum de 24 horas a todos los homosexuales del país para que lo abandonaran, diciendo que “no toleraría actos pecaminosos e inmorales como la homosexualidad en Gambia, un país de gente civilizada y creyente”. Llegó a advertir que “cortaría la cabeza a cualquier homosexual”. En Namibia se instó a la policía a que se les eliminase de la faz de la tierra, y en Camerún decenas de personas han sido detenidas desde 2008 simplemente por el “intento de cometer homosexualidad”. La organización Alternativas-Camerún ha intentado difundir la situación de los encarcelados por homosexualidad en ese país.

El caso de Sudáfrica es una excepción notable. No sólo protege los derechos de gays y lesbianas en su Constitución, una de las más progresistas del mundo, sino que, desde 2006, legalizó el matrimonio gay. Lejos de suponer un ejemplo a seguir, la iniciativa despertó una oleada de reacciones homófobas en otros países africanos. Algunos como Nigeria, Uganda, Burundi o Congo, decidieron prohibir por ley estos enlaces. En una entrevista de 2007, el arzobispo Desmond Tutu, premio Nobel de la Paz en 1984, decía que le irritaban profundamente las iglesias que condenan a los homosexuales, las que no dejan que se ordenen las mujeres y las que no se ocupan de los perseguidos: “¿Qué diablos pasa con las iglesias? ¿Cómo es posible luchar contra el racismo y no contra la homofobia? La orientación sexual no se elige. La homofobia es también una forma de apartheid. Los negros no elegimos ser negros; los homosexuales, tampoco. Yo me imagino a Dios llorando al ver que su iglesia se permite perder el tiempo condenando a los gays y las lesbianas mientras medio mundo pasa hambre y el sida arrasa”.

No vivimos tiempos fáciles para la comprensión y la defensa de los derechos humanos, y por ello, precisamente, hay que concienciarse de que no saldremos adelante si no nos ayudamos mirando únicamente nuestros intereses particulares. Los casos como el de Eric me hacen pensar en un mundo inhumano que ha caído en esta profunda crisis no por casualidad. Todo está conectado.