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Hay sonidos asimétricos y luces nebulosas, siento caminando tras el ocaso el aumento de entropía y me roza, me roza los sentidos una sensación de efecto túnel. La hierba crece a la altura de mis retinas, el cielo baja hasta mis cejas y las ramas acarician mis senos. El túnel prosigue hacia la atracción de fotones urbanos y entonces termina la tierra. Comienza la piedra, fría y brillante, dorada por la luz de las farolas, y lo que antes eran sonidos de animales en libertad ahora son sonidos de animales salvajes.

Aquí la hierba tiene puertas y hierros, termina en un punto que normalmente no supera el tamaño que ocupa una generación de cada especie, y surge la duda. ¿Acaso la libertad cabe en el paseo que se puede dar por un pequeño jardín? ¿A caso hemos reducido tanto la vida a no más que el placer visual del campo que cabe por una ventana? ¿Cabemos nosotros en lo que hay dentro de la ventana? Yo creo que no, yo creo que hay gente que no cabe y sale, y hay gente que no cabe e intenta escapar estáticamente a través de una pantalla, o un bodegón, o una foto de aquella vez que escapó durante un par de días de la cárcel de ladrillos hacia algo parecido a la sensación de conexión con el entorno. El sentir que cuando la tierra mande que anochezca, tú anochezcas; a sentir que cuando la tierra se calme y respire, tú medites; sentir que cuando las almas de la tierra que habitan con nosotros trinen, nosotros bailemos; y a sentir que cuando la pises, ella te admire.