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La historia de los seres humanos había llegado a su fin. Thánatos se había impuesto en cada rincón de la galaxia como una imparable vorágine, contagiando de enfermedad a la vida y empujándola a la regresión, a la muerte intrauterina de la civilización humana, sumida en los impulsos destructivos.

Uno de los últimos ejemplares antropomorfos, había sido capturado y encerrado en los Desfiladeros. Se trataba de un Hommo Nuclearis, un vástago de la guerra intergaláctica que había arrastrado a su especie, después de la cruenta y perfecta masacre, a una regresión hacia estadios primitivos, bestiales y violentos, inconcebibles en la mente de los Tacras. Superpoblados, los planetas se habían adentrado en un peligroso arremolinarse cerca del final; la abnegación a la que conducía la guerra, estallada como el punto final de la historia.

Los Tacras habían recluido al Hommo Nuclearis, que había sufrido un estado de desconcierto. En un primer momento, la comunicación había fracaso. Asustado, bañado en un sudor perlado, irascible como una roca ante la irremediable erosión de los vientos, el humano había gritado de impotencia, palidecido ante la inerte extensión de los Desfiladeros. Los cañones serpenteantes sobre la superficie del planeta; el cielo se despejaba palpitando, azotado por el látigo de los soles como un tambor que retumbaba en los arcos y horizontes de luz marfileña. Los cráteres se habían precipitado siguiendo las hondonadas y los volcanes habían escupido islas ya olvidadas.

Desarrollados hasta el punto en que sus cuerpos físicos servían de meros trasmisores; telepatía, telequinesis, levitación, la psiquis de aquellas criaturas del espacio suponía la conjunción evolutiva del saber, acumulado y clasificado. Los Tacras habían construido ciudades de mercurio y las habían abandonado, y si habían recluido allí al Hommo Nuclearis; a quien habían apodado Antropo a efectos del análisis, fue porque temían que, quizá, pudiera contagiarles una extraña fiebre que adivinaban en sus facciones asustadas: miedo en los ojos, calaveras y sombras en la frente atravesada y la mirada a la intemperie, brazos caídos y entornados hacia la soledad.

Lo único que recordaba era la guerra. Antropo derramó unas lágrimas y pensó, por un momento, que aquella pesadilla se desvanecería. Imágenes dispersas de miembros mutilados y ciudades devastadas, convertidas a una amalgama de caos y derrumbes. Locos que se habían comido a sus hijos para sobrevivir unos días más, demenciales torrentes de destrucción, planeta a planeta. Un escalofrió recorrió la piel de Antropo, y hecho un ovillo se abrazó las delgadas y desnutridas piernas.

Antropo se sintió como un repulsivo insecto que había sobrevivido al holocausto nuclear, a la radiación extendida por los planetas y galaxias, topándose finalmente con la tela de araña, el laberinto incomprensible en el que había aparecido; mientras, los restos de su especie vagaban transformados en polvo, por la inmensidad de los astros. Evocar algo más allá de la guerra y la devastación le resultaba imposible y la sensación de que los recuerdos se escapaban, liquidando su identidad y apresándole, le enmudeció.

Antropo salió corriendo. Corría en todas las direcciones y en ninguna, pues no conocía los Desfiladeros, y los caminos dejaban atrás nubes de polvo que quedaban suspendidas mucho tiempo, como millones de años luz después de que un planeta explotara. Se clavó unas piedras afiladas en las piernas, y la sangre tiñó el camino, que se tornaba más desafiante. Si había una dirección que seguir, era la muerte, la compañía y el calor de los suyos, en el eterno olvido de las nebulosas y cuerpos celestes.

Amplificado el dolor, Antropo se contrajo, y aulló a las dos lunas que se habían elevado como una bestia herida que llamaba a la manada, invocando la presencia de los sus semejantes en un desesperado intento, en la noche aciaga. Al formar parte de la comunidad, la manada de los Hommo Nuclearis que había sobrevivido a la guerra, Antropo podía pensarse a sí mismo y superar la barrera psicológica que había supuesto el holocausto, que todo lo había teñido de una oscuridad ininteligible.

Los peores presagios se habían cumplido, y nadie había creído entonces a los científicos que habían predicho, mediante las correlaciones estadísticas, los ajustes de las fórmulas y la comprobación de los cálculos, el fin de la civilización.

Las lunas desprendían un aura de perversa atracción, reflejándose en la sangre que, a borbotones, fluía por las piernas de Antropo. Se había detenido a descansar en las lindes de un lago escarlata, y observó las ondas del agua llameando en bocanadas que engullían la tierra, en una turbada paz. Los pulmones no se habían acostumbrado a la atmósfera y la gravedad del planeta Tacras. La percepción espacial se había emborronado en la mente de Antropo, que había recorrido, en verdad, una considerable distancia. Arrancó las hojas de unas palmeras achaparradas que caían sobre la línea que bordeaba el lago, enrollándose las piernas en un abrazo húmedo, sin recibir efecto curativo.

El viento espectral meció los árboles y silbó entre los pasillos de álamos cristalinos y trémulas en flor, cayendo sobre la atmósfera como una fina capa de hielo escarchado. El baile de las Sombras estremeció a Antropo, que se encontraba bajo el dominio del mundo de las ideas y las proyecciones fantasmales; miedos que le engullían en la turbulenta náusea del espacio. El miedo a la muerte y a la extinción, había sometido a las distintas y sucesivas generaciones de la especie; podían reproducir el ideal de cielo en las estrellas, abocándose al fracaso, significado en la propia búsqueda.

Continuará…