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En mis sueños fracasé, cuando todo lo tenía, perdí mi casa, mi coche, lo perdí todo. Solo quedaba mi mujer y mis hijos, hasta que el alcohol se apoderó de mi cuerpo, mis suegros me acogieron junto a mi familia, al igual que un hijo. Seguí bebiendo, discutiendo y las cartas que posaban sobre la mesa, fueron volteadas por mi mujer, a lo que respondí con un fuerte golpe sobre la mesa. Perdí mi familia. Solo me quedaban dos cosas, el alcohol que recorría mi sangre y una cartera vacía. Bebía de las míseras limosnas, mientras las lágrimas enrejecian mis descuidadas mejillas al ritmo de las taquicárdias que emanaban de mi dolido corazón. Un momento duro, tan duro que mi vida no merecía vivir y tirado en un parque abrazado a un litro de cerveza descubrí, que mi vista se perdía ante la rama de aquel árbol, las colillas de cigarros esparcidas por el suelo eran pocas para saciar mis ancias de fumar. Otra vez, otra jodida vez, mis ojos vuelven a mirar aquella rama y una cuerda se antepone a mi deseo. El hambre me lleva a mi restaurante de hierro verde y pisando un duro pedal me abre su mugrienta puerta. Donde la comida se sirve en bolsas de basura, entre ellas, una cuerda. Mi salvación. O no. Vuelvo a aquél árbol y deslizo la cuerda sobre él. Aseguro el nudo, y una lazada en el otro extremo para usar de corbata, la corbata que calmará el dolor que siento oprimir en mi pecho, el mismo dolor que siento al recordar aquellos momentos donde mi padre me llevaba al parque y mi madre decía con miedo ―¡No te subas al árbol cariño, te harás daño!― o aquella vez que me caí encima de la tarta de cumpleaños. ¡Qué recuerdos! Entonces era feliz. Luego, crecí. Conseguí el sueño de mis padres, estudié y monté una empresa, el dinero, no tenía importancia para mí. Compré mi casa, un buen coche y me casé con la persona… Iba a decir… mas maravillosa, ¿maravillosa? Por culpa de ella me veo así. O tal vez por culpa mía.

     La luna ilumina mi fantasmal silueta alargando mi desvalida sombra, mientras mi cabeza cruza triunfal el hueco de la horca. Desde lo alto de la rama miro al suelo, está tan lejos. Ahora, Fran, ahora. Me tiro y desde aquél banco, veo mi cuerpo troncharse. La brisa hace balancear mi cuerpo sin vida. Miro hacia los lados, busco la luz. ¡Joder! La única luz que veo es la que vierte la linterna de un guarda que se aproxima desde la parte de los columpios. Salgo en su busqueda, me planto delante de él. Como si nada, me atraviesa y sigue su camino. Se asusta al verme colgando del cuello, corre un poco y coge su teléfono. Me vuelvo a sentar en aquél banco a disfrutar, si así se puede llamar, de aquella escena. Una ambulancia y dos coches de patrulla ponen color a la oscura noche de invierno. Visten de azul y naranja aquél aterrador paisaje.

     ¿Dónde está la luz?¿Dónde coño está la jodida luz?¿Cuál es el camino?

     La gente se vá y una figura vestida de negro viene a mi encuentro, la capucha le cubre el rostro diabólico que se esconde detrás. Me tiende una mano huesuda y se compadece de mí. Con buenas palabras me da a entender que este es mi castigo por quitarme la vida. Y allí tirado en aquél banco debo pasar el resto de la eternidad, donde mi mujer se pasea con mis hijos de la mano de un hombre elegante. Su sonrisa solo se contrae al pasar por el árbol. Pero no me escucha. Muero cada vez que la veo.