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Femme fatale

Fotografía por Nica Ré

Dársena 21, Campillo (Lorca)

   Asumir que ya no estás significa olvidar las moscas que vi volar en la tumba donde dicen que descansas en paz. Sería una traición a tu persona, porque tu alma aún invade el espacio en el que respiro todavía los gritos de agonía de aquella mañana de domingo. No abrazarte rompe mis costillas pero no haberte dicho jamás ‘gracias por ser quien eres en mi vida’ rompe mis esquemas de felicidad. Nunca pude agradecerte haberme enseñado estar cinco minutos antes en cualquier lugar para no perder nada de una nueva experiencia. Nunca pude odiarte a pesar de las ganas que tenía. Y ahora no puedo pedirte que no lo hagas, que te quites la soga del cuello y que pienses en mí, en tu Laura. No puedo decirte tampoco que llevo tinta en el cuerpo por ti, que sé que la odias y que por eso está ahí. No puedo decirte tampoco que rompiste mi alma y que jamás se unirá de nuevo, que las lágrimas en tu despedida no salían porque sería después cuando las pesadillas me perturbarán las noches y los sueños. Ni que mis horas nocturnas se han multiplicado porque tengo miedo a dormir y a despertarme con otra muerte. O simplemente a verte en mi descanso. Ojalá hubiese tenido el valor de abrir aquella puerta a tiempo. A tiempo de darte el aire que esa puta soga te había estado quitando. Con un boca a boca lo suficientemente fuerte como para devolverte las ganas de vivir, aunque fuesen solo junto a mí. Ojala hubiese tenido la oportunidad de sustituir tu cuello por el mío, para que nadie te hubiese llorado nunca de esa forma tan trágica como lo hicieron. Porque yo, como ya te he dicho, nunca lloraré, pero ahora lo pago con noches en vela, esperando a solucionar el conflicto que tienen mi culpa y mi impaciente olvido. Ojalá la muerte no te hubiese besado en Octubre, porque me jodió mi Otoño y mi puta vida.

Dársena 6, Burgos.

   Que tus flujos ahorquen mis ganas de escapar de la oscuridad de mis días. Que tus ojos me miren para provocar en mí el recorte de distancia entre tus piernas y las mías. Que vengas a decirme cómo vivir acunada a los nudos de tu sujetador. Que me des los secretos que tus palmas ocultan. Que tu vida y la mía sean una, pegadas como cuando nos rompemos a pedazos partiéndonos las caderas. Que nunca vuelvas a marchar con mi alegría para presumir que la robaste. Que tu suspiro corrija mi aliento cuando me vista de ‘esa pobre niña que nunca sabrá sonreír.’ Que aunque ni tú ni yo conozcamos jamás la felicidad, nuestros días nos conviertan en afortunadas sobre el árbol del odio. Que nunca piensen más de mí el ‘pobre chica, siempre vagando con el ánima rota’. Que nunca piensen más de ti ‘esa infeliz que la vida le ha robado tanto’. Que nunca más nos vean como cristales rotos unidos sin encajar.

Dársena 11, Burgos.

   No sé quién soy cuando levito con las ideas que en tu cama me has quemado. ‘Quién soy’ últimamente ha cambiado a una pregunta mucho más dolorosa ‘Qué hago aquí’. Y, dependiendo de la noche en la que la formulo, pasa a ser a ‘Para qué sirvo’. Y es que, vivir cerca de nuestro daño rodeado de las lijas de tus palabas, es, quizás, la droga más destructiva que este cuello ha experimentado. Aún así, nunca olvidaré tu sabor agridulce.

Dársena 3, T4, Madrid.

   Pensé que te había arrancado del olor de mis sábanas. Pensé que tu piel ya no era parte de mi boca y que tus pies ya no invadían el vacío de mis piernas. Y me equivoqué, porque aún tengo tu pelo alambrado en mi almohada, tus ojos buscando mis dientes. Aún tengo tus uñas clavándome los amaneceres que nunca vimos.

Andén 3C, Murcia.

   Eres el ángel donde perdí el sentido de vivir entre flores rojas. Las amapolas lloran al paso de tus descuidos, que coinciden con el tic-tac del roto momento donde el pájaro azul movió mi suspiro a tu pecho. Traigo el puñal que me clavaste y olvidaste dentro, con trozos de cristal en el filo. Ya no habrá más droga en tu espalda para esnifar pensando que es la purpurina que expulsaban tus alas al abrirse. Ya no habrá más cerveza navegando de tu boca a la mía, cuando te tumbabas encima de mí y clavabas las costillas de tu alma en el dolor de mi pecho. No habrá más cigarros para recortar la espera de tus pestañas en mis labios que ya solo besan hielo, trozos punzantes de mi corazón, desubicado en esta ciudad cuyo eco no me cuenta más que el negro de mis noches. Noches solitarias con la ventana abierta y el cuerpo desnudo. Con los ojos llenos de palabras y la garganta ahorcada. Con la Luna riéndose de mí, con las paredes hablando de ti. Con la sustituta que calienta tu hueco, para que cuando vuelvas, si vuelves, solo tenga que levantarte la piel y desconchar la mía para que tus cicatrices se disimulen y no sepas qué es el dolor, porque con convivir conmigo, es suficiente.

Dársena 24, Granada.

   Ser tóxica es, imagino, lo que ninguno queremos ser. Significa ser perjudicial, ser destructiva con algo a lo que quizás quiera abrazar todas las comas de mi vida. Ser tóxica parece levantar el odio de todo un grupo de personas que no entienden, ni jamás lo hará, que morir de ganas por subir por unas piernas, agarrándose a cualquier motivo lo suficientemente fuerte como para aguantar sobre el precipicio, no es algo tóxico. Buscar cualquier suspiro donde apoyar todas las ganas de avanzar, o patalear sobre los mofletes que nunca nos van a pertenecer, o sonreír con el mismo sentido que el contorno de su aroma, o simplemente escuchar el aliento que su lobo interior oculta, es una forma de supervivencia. Trepar para elevarse a la posición de su pelo y sobrevivir de pie, firme, cuando el viento sopla en tu contra, cuando el ajetreo de lo cotidiano te vuelve idiota y ni si quiera recuerdas cómo y por qué estás ahí. Ese quizás sea el sentido de la vida para muchos, correr para encararse al sol que, aunque nos ciegue, aunque nos humille, nos da el motivo para desayunar sus ombligos todos los días en los que sus legañas junta y riza sus pestañas. Y es que, los tóxicos, también nos envenenamos.

Andén 1, Lorca.

   Cuando es el esqueleto quien compone la sinfonía de tu amanecer, como si de un xilófono se tratase, y tus manos no saben escribir más letras. Cuando sabes que besas en la cara a la muerte en persona, tan fría, tan comida, tan chupada. Cuando sabes que no lo puedes evitar, porque la amas, porque a quien no quieres es a esa piel seca que se pega a sus pómulos, ni sus anudadas manos, llenas de arañazos provocados por sus dientes, ni sus caderas, que van crujiendo al andar. Cuando te has cansado de luchar contra el viento, pero sigues a pie de cañón, para que nadie pueda matarla, porque si alguien tiene que hacerlo es su estúpida obsesión. Cuando ya has bailado lo suficiente al son de su respiro al otro lado de la puerta y no puedes seguir permitiendo que siga tosiendo, porque sabes que algún día se le cerrará la garganta, más que ahora. Cuando te cansas de ver solo lágrimas alrededor de su cuerpo, suyas, nuestras. Cuando que se agarre a tu cuello para poder caminar por la vida te hace perder cualquier motivo para caminar por tu vida. Cuando todo esto te da patadas en el estómago y en la cabeza para que no duermas, qué haces para no morir antes que ella.