La utopía de los estudiantes

En este artículo reflexionaré sobre nuestra precaria condición de estudiantes, para argumentar que sólo concibiendo todo el dolor que hemos padecido a causa de lo negativo – la tramposa competición a la que conduce Bolonia-, comprendemos cómo anhelamos relacionarnos de otro modo.

Recuerdo que, antes de mudarme a uno de los barrios del extrarradio de Madrid, la Complutense me parecía todo un símbolo de la lucha, un emblema heráldico del pensamiento; además, claro, de un lugar estupendo donde refugiarme de los trabajos precarios que me habían ofrecido hasta entonces, sin que nadie, ni siquiera mis familiares y amigos, reconocieran que eso de pasarse unos cuantos años escribiendo novelas, ensayos y poemas era todo un esforzado oficio. Cuando no me tomaban en serio; siempre, vamos, pues me acordaba de Eduardo Mendoza recordando situaciones similares ante la cámara y sonriendo, pero no como uno de sus adorados gatos, sino como un tigre con bigotes de plata. Puto amo. Un día había ido a la caja de ahorros y se había encontrado, para su tamaña sorpresa, con que aquella novela que él creía demasiado fragmentaria o dispersa – La verdad sobre el caso Savolta– había acabado por sacarle de la pobreza. Ya no era un soñador, un locuelo, un especie de estudiante idealista de la vida, sino un trabajador con todas las de la ley.

Por mi parte había sido empleado, aunque sólo durante breves periodos. Había repartido pizzas a algunos de mis vecinos burgaleses, pero había acabado teniendo un accidente con la moto, y eso me había quitado las ganas de jugármela otra vez; mi propio tío había fallecido en un accidente laboral y a mí no me apetecía repetir la historia. Más tarde, cuando mi pareja y yo vivíamos en Las Merindades, había estado empleado en un almacén de un pequeño comercio y repartiendo publicidad por los pueblos, molestando sin querer a algunos apacibles ancianos que caminaban por esas tierras donde ya no había ni rastro de los merinos y quedaba muy poco ganado. Desde luego, después de años trabajando en mi oficio mendocino o mendociano, estudiando como un cabrón y elaborando no sé cuántos miles de trabajos que acabarían en la basura, no era esa la idea de un futuro que yo me había hecho.

De modo que se me ocurrió seguir refugiándome en los estudios, mientras continuaba entregándome a la escritura. Me matriculé en el máster de políticas de la Complutense. El cambio del pueblo a la ciudad fue bestial, y a mí no me apetecía demasiado salir de casa, y más si para quedar con algún compañero de la universidad o acudir a la facultad debía gastarme bastante dinero y viajar durante hora y media enlatado como una sardina boqueando, luchando por sobrevivir; primero en el autobús, luego en el metro, y más tarde andando otro trecho hasta clase. Cuando llegaba allí, todo el aura emblemático de la Complutense se había desvanecido y las pintadas, los carteles y las pancartas, se me antojaban como meros elementos folclóricos. Al poco de empezar las lecciones, fui a hablar con distintos profesores y les insinué que no me parecía lógico que quisieran volver a impartir las mismas materias que se estudiaban en cuarto de carrera, y todos me respondieron que ajo y agua. De modo que, como ya había cursado cuarto de carrera y no me apetecía repetir, me largué al máster en filosofía.

Allí tuve la suerte de que algunas compañeras, advirtiendo que había empezado tarde las clases y podía perder el hilo con facilidad, se acercaron a mí con timidez y me echaron un cable. Pero también se acercaron otros compañeros que querían hacerme un regalo de otro tipo, un gift que en alemán tiene la acepción de veneno; aseguraban que alguien que venía de políticas lo iba a tener realmente complicado, pero uno ya iba siendo un estudiante veterano y no caía en las ponzoñosas trampas de la competición. Aunque en cierto sentido esos compañeros se encontraban en lo cierto, no sería fácil sobrevivir en la universidad. Yo había pasado por la humillación de necesitar la carta de recomendación de algún profesor para poder optar a una beca, recibiendo como respuesta sonrisas de superioridad, silencios cómplices y pura humillación; yo les hablaba de que necesitaba esa carta para tener un futuro como investigador, pero en seguida me di cuenta de que para esos profesores yo no era sino una cosa molesta, una mosquita muerta que aplastar contra el cristal empañado.

Por suerte no todos los profesores eran así, desde luego, pero digamos que si las becas de investigación eran las zanahorias y mis compañeros y yo éramos los burros, entonces había muy pocas zanahorias para tanto rebaño estabulado a lo John Barth en El niño cabra.

Así, las clases iban sucediéndose, aunque sabía que sin la beca me iba a resultar casi imposible meter el hocico por allí y eso me cabreaba como un viejo chivo. A veces iba a Burgos, a visitar a la familia y los amigos. Una de estas amistades impartía clases en la universidad local, y me decía que cómo me atrevía a vestirme como un joven precario – a pesar de serlo- porque, según ella, como mis padres me ayudaban con el alquiler y el pago de la matrícula, entonces debía creerme que era un investigador y todo eso, a pesar de que mis investigaciones no iban a ser consideradas como trabajo, igual que ocurriría con el caso de mi literatura; es decir, yo era un joven precario, que no tenía coche ni ahorros, ni prestaciones públicas, ni nada semejante, y que ni siquiera era reconocido como escritor o investigador, pero ocurría que que yo estaba ciego y me negaba a ver que era un afortunado estudiante (pobre con una jornada de seis a ocho horas diarias y cero euros de sueldo). Al fin y al cabo, eso de la filosofía llevaba su tiempo. Pero mi amiga ya tenía su plaza de profesora, y yo era su alumno – al menos, eso quería pensar ella-; cómo iba yo a quejarme de nada, vistiéndome encima como un joven precario. Sin embargo, había amigos que sí me estimaban, como Jaime Pastor, quienes me iban aconsejando desde la sinceridad más absoluta.

No todo era negativo, desde luego, pero fue precisamente lo negativo lo primero que había aparecido en la novela que estaba escribiendo por aquel entonces – titulada La trampa de Tánatos-. Todo había empezado con un viaje en el metro, en el que me había sentido especialmente agobiado, viviendo toda una pesadilla en aquellos laberintos subterráneos; apenas había tenido espacio para respirar, cuerpos extraños me habían aprisionado contra el vagón como si yo fuera un insecto. Esa escena terrible había pasado de la realidad a la ficción; aparecía una mariposa que dejaba perplejos a los estudiantes atrapados bajo tierra, que se habían olvidado de sí mismos y parecían incapaces de comunicarse, como no fuera a través de las pantallas.

Portada diseñada por Sara Barreiro

Ahora que he terminado la obra me doy cuenta de que, aunque sea un “distopía universitaria”, como la ha descrito Santiago Alba Rico con su habitual brillantez, es sólo porque lo negativo es lo primero que se le aparece al amigo de la esperanza.

Es decir, lo que los estudiantes teníamos en común era que habíamos sido obligados a competir – lo negativo-, pero cambiando de perspectiva eso negativo podía convertirse en aquello que autentificaba una potencia positiva, a saber, la esperanza de un futuro diferente en el que pudiéramos llegar a encontrarnos de otra forma. Sólo concibiendo todo el dolor que habíamos padecido a causa de la competición, comprendíamos cómo anhelábamos relacionarnos de otro modo.

Sin embargo, aunque buena parte de los estudiantes compartíamos aún la fidelidad a la utopía quincemayista, así como inquietudes respecto a nuestros proyectos de vida; todo eso, no obstante, aparecía bajo su aspecto negativo tanto en la realidad como en la novela; debíamos competir, pero la competición lleva en sí la eliminación del adversario, machacarlo como ajo en el mortero. La solución negativa que aparece en la novela, en la que una organización violenta de estudiantes – conocida como el Frente Antiprostitución- responde a los secuestros de alumnos que han sido obligados a producir hasta morir, olvidándose de sí mismos; bajo esa solución negativa, como decíamos, late un impulso positivo que apunta hacia un futuro diferente en el que no seamos obligados a competir. Es decir, la esperanza aparece al principio como desesperación, y si la universidad se narra como un lugar horrible ubicado en el infierno de la ciudad, una suerte de campus total seccionado en tres unidades, una para clase social, es precisamente porque la esperanza apunta hacia una institución donde los estudiantes no seamos cosas a las que dar forma prostitutiva, cosas obligadas a enfrentarse en la carrera atroz trampa adelante de la competición, sino trabajadores dignos que puedan autorrealizarse con lo que hacen, en una sociedad sin empleo enajenado y sin clases. Porque la distopía universitaria es, cambiando de perspectiva, la utopía de los estudiantes. Todo lo humano tiende a la esperanza.




La Segunda Transición vista por un militante del Frente Antiprostitución

Andaba yo preocupado por eso que decían los medios de que había una Segunda Transición en marcha. El control de Cataluña había sido transferido a un fondo buitre radicado en un paraíso fiscal y la Generalitat se había convertido en un corral subsidiado, así como algunos políticos de la Región Leonesa habían pensado que la única manera de desviar la atención de los problemas que padecían sus vecinos – a saber, los leones parecían haberse tragado las industrias y las políticas sociales– era sumarse al espectáculo del nacionalismo facilongo. Por su parte, el Estado de Españalandia seguía siendo un burdel gallináceo, y ya se sabe que más putas que las gallinas…

Pero el Frente Antiprostitución seguía extendiéndose, y luchando. Aunque no vayan ustedes a pensar que yo me involucraba más de la cuenta, ya saben, soy un literato neutral y por tanto deben comprar todos mis libros; la literatura no debe alentar a la revolución social sino airear confesiones de alcoba, reflexiones gilipollescas sobre los cuatro segundos que dura el orgasmo y todo eso, centrándose en chorradas como aparecer en las listas de un canon hegemónico que sólo les importa a cuatro gatos negros. Ya saben ustedes para qué sirve eso de la literatura española, para que esos gatos se la machaquen un rato. Y yo estoy de acuerdo en que así debe ser, pues me veo en la obligación de mantener la neutralidad prostitutiva de todo novelista para así intentar acceder a las listas antes mencionadas y vender diez o doce libros más.

Así que, ya quedan advertidos, no se confundan ustedes; yo no soy frentista (1). Fue mi querido amigo Keylor, un tipo grandote, chileno y español al mismo tiempo, quien me puso al corriente del asunto. Me confesó que el Frente había analizado la Segunda Transición, llegando a la conclusión de que la muy supuesta izquierda agrupada en torno al partido Podemos-Prostituirnos, parecía encaminada a limitarse a gestionar el capitalismo, al aducir que con el nuevo gobierno del 7 de enero de 2020 había cambiado todo porque nada había cambiado, que la aceptación de la los límites a la soberanía impuestos por la Unión Europea de Oligarquías era un asunto respetable; en definitiva, que iban a llevar a cabo el hercúleo esfuerzo de bajar tres euros con veinte el precio de la factura de la luz; claro que, por otra parte, todos los estudiantes y los trabajadores íbamos a seguir siendo prostituidos.

Keylor estaba en la idea de que unos políticos que provenían de un supuesto partido comunista, como el aplicado Pablito Bonaparte, Edu, Yolanda, o Irene La Hermosa Comunista Capitalista, se encontraban obligados, por la vía de la moral pero también por las amenazas de secuestro proferidas por los propios frentistas – una de cuyas células más activas comandaba el propio Keylor-, a reducir a la mitad la jornada prostitutiva en un primer momento, para posteriormente abolir la prostitución de facto, pues aunque la economía de transición al comunismo demandara de forma provisional algunas horas de lo que vendría siendo abrirse de piernas, se había demostrado científicamente que el trabajo podía posteriormente repartirse hasta que no hicieran falta más que hora y media ante el hijoputa del jefe, y bien es sabido que los españoles son perfectamente capaces, y que entre que van al baño a desnudarse, hablan del Real Madrid y se lían un cigarro, son capaces de tirarse una hora y pico sin hacer realmente nada, hasta que se marchan con su virginidad intocada por las sucias manos del capital.

Al poco Keylor me confesó que los frentistas sabían que no se aboliría la prostitución si antes no llegaba la tan ansiada insurrección popular, de manera que habían planeado convocar una huelga general revolucionaria no sin antes haber realizado el triple secuestro de su excelentísimo monarca El Felipista de Hamelín, el señor Pablito Bonaparte e Irene La Hermosa Comunista Capitalista, persistiendo en tales actividades subversivas hasta que Utopos fuera investido nuevo rey y se produjera el advenimiento de la sociedad de vírgenes e iguales.

Porque no puede ser, Atobas, no seas pendejo, buey – dijo Keylor-, si tú andas con nosotros no puedes lavarte las manos ahora, será mejor que lo entiendas, si estás, estás, a lo que voy; piensa que esos hijueputas nos la van a liar igual que en el 78, empezarán con que el fondo buitre que controla Cataluña debe ser participado por los proxenetas barceloneses y toda esa vaina, ya sabes, buey, y luego los propietarios de los prostíbulos multinacionales en Euzkadi, Eroski o como demonios se diga esa mierda de país imaginario, empezarán otra vez a producir banderas para comer, ya sabes toda esa vaina del consenso, pero será todo un timo, una jodida estafa, y claro, mientras discuten sobre lo muy consensuados que están en la defensa del sistema prostitutivo capitalista, aprovecharán para ponernos de putas durante diez horas al día para que ganemos cuatro cochinas monedas y nos alimentemos de banderitas, de putas hasta los 80 años, joder, esa gentuza es capaz y lo sabes, sabes que nos aplastarán si acaso se lo permitimos, pero eso no va a ocurrir, ¿verdad?, ¿verdad que esta vez no dejaremos que ocurra lo mismo que en el Primera Transición?

De eso ni hablar, contesté.

Me alegro de que digas eso, man – en ese momento fui golpeado por el codo de Keylor-, porque mi célula ha sido la encargada de secuestrar a su excelencia El Felipista de Hamelín. Y si plantan a un sucesor, pues entonces también lo secuestraremos y lo dejemos picoteando junto al resto de las aves, así hasta que logremos investir al rey Utopos que, en su cualidad de no-lugaridad, en ese momento de pausa que precederá a la tercera república, amigo, en ese preciso momento el pueblo irá a la huelga indefinida y acabará de una vez por todas con la prostitución a Tánatos y al Capital… en ese momento ya no importará si naciste en el pasillo de los yogures del Eroski-Euzkadi o en un pueblo de la montaña palentina, si vienes de aquí o de acullá, qué más dará eso, amigo, si seremos libres e iguales.

Mierda, no va a quedar más remedio que intentarlo o nos follarán vivos hasta convertirnos en masas deformes y sanguinolentas. Bueno, si me detiene el cuerpo perruno-policial, siempre podré consolarme con el hecho de que se han escrito buenos libros en la cárcel. Por intentarlo que no quede. Así me gusta, amigo, dijo Keylor mientras me envolvía en un cálido abrazo, para acabar apostillando; esta vez no permitiremos que ocurra lo mismo que en la Primera Transición.

NOTAS:

1. Siguiendo la costumbre de Spinoza de planear algunas cuestiones problemáticas en el apartado de notas del texto, me veo en la obligación, en cumplimiento de la más estricta verdad, de reconocer que milito en el Frente Antiprostitución.




Desde el Frente Antiprostitución os deseamos un 2020 sin puterío

El otro día me llegó una carta muy extraña con el sello del Frente Antiprostitución. Se trataba de una felicitación navideña en forma de cuento, decorada con pequeños dibujos que representaban a un alegre Tomás Moro. Creo que en estos tiempos resulta de interés saber que hay vecinos nuestros que no se rinden y que siguen sonriendo – y riéndose- a pesar de todas las dificultades, con que reproduzco a continuación el texto:

Había una vez un reino que, como resulta habitual en este tipo de relatos fantásticos, se encontraba dividido entre señores y siervos; o si se quiere decir en otros términos, un reino segmentado entre madames y meretrices. En teoría el rey mandaba sobre los señores, pero no estaba muy claro hasta qué punto los proxenetas y las madames controlaban a su excelentísimo monarca.

El reino de Españalandia era una gran casa de putas, y se encontraba en problemas en el sentido de que había gentes que habían dejado de disfrutar del goce prostitutivo; esas gentes no eran de por sí vascas, ni siquiera catalanas, pues a la hora de ser obligadas a prostituirse dichas personas se sentían igual de mal provinieran de Bilbao, de una aldea perdida en el Vall d’Aran o del barrio donde nacían alegremente las flores de los gamones, en Burgos. Eso daba igual. La preocupación de su excelentísimo monarca se debía a que, las vaginas que el sistema había abierto a esas personas en la espalda, se estaban secando, esas vaginas se iban laminando y resquebrajando como sedimentos geológicos que poco a poco iban cicatrizando las espaldas. Las monedas ya no se introducían en los cuerpos.

Los choros de los trabajadores ya no se lubricaban ni con aceites. Los validos del rey, conocidos como Espectaculadores (que daban mucho por el culo) debido a que convertían cualquier mínimo conjunto de datos en un gran espectáculo circense, se habían entregado al pánico después de que la situación empezara a descontrolarse.

Como había cada vez más personas cuyas vaginas se iban sedimentando, como si la grieta se fuera cerrando con millones de partículas, entonces esas personas no podían de ninguna de las maneras disfrutar de las monedas con las que les pegaban las madames y los proxenetas en sus respectivos centros prostitutivos de estudio y trabajo. Entonces cientos de miles de trabajadores dejaron de disfrutar de prostituirse, pues de ninguna manera podían pagarles, de manera que se pusieron a pensar y hablaron entre ellos, llegando a la conclusión de que lo más conveniente era dejar los empleos, dedicarse a algo que les gustara – un par de horas del día-, y el resto del tiempo dedicarlos a reflexionar, reunirse, leer, huir de los pitufos tras las manifestaciones, beber bien de vino y cava, jugar y disfrutar de la comida.

Hasta que cierto día, avanzada la huelga, un tipo anónimo rompió su silencio para decir; sólo debemos cambiar de rey, ¿cómo es eso?, preguntaron los amigos que le acompañaban; si la función de rey y de sus validos consiste en negar que haya alternativa, que haya otra forma de vivir diferente a este ser-en-la-prostitución – respondió-, entonces lo único que debemos hacer es poner a otro en el trono, sí, amigos, no me miréis así… el rey Utopos, según contó Rafael Hythloday a su regreso, les ordenó a los utopienses cavar una zanja que convirtiera su terreno en una isla cercada de azul; luego vino la eliminación del dinero y de todos los males, sin dinero, sin prostíbulos, sin fronteras… con muy poco comercio, muy poco trabajo y mucho tiempo libre para disfrutar de la vida… sólo entonces, cuando hayamos horadado la tierra y terminado el gran foso, podremos prescindir de reyes y ranuras, pues ya los méritos y la obediencia no serán plato de gusto para nadie, y el monarca se exiliará, las madames se morirán del asco y Españalandia ya no será como hasta ahora una gran casa de putas sino que se habrá unido a la historia de pueblos que han sido tocados por la gracia divina alcanzando el paraíso en la tierra… sólo si lo logramos Españalandia será la virgen del mundo, tal y como escribió Bacon de su Bensalem, donde los hombres y las mujeres podamos autorrealizarnos como personas y no como cosas pasivas obligadas a prostituirse para Tánatos y el Capital – que en realidad son ambos la misma cosa mortífera-.

Días después de haber escuchado a su amigo, aquellas gentes que ya no tenían vaginas en las espaldas, se dieron cuenta de que ya no eran cientos de miles quienes habían dejado los centros prostitutivos de estudio y trabajo, sino millones, con que al fin y al cabo aquello de la utopía dejó de sonar tan lejano, y cada vez la música utópica del arpa sonaba más cercana y melodiosa; aquellos hombres y mujeres comprendieron entonces, en el año 2020, que la utopía de un mundo sin madames ni meretrices ya estaba desarrollándose.




La potencialidad de la distopía. Respuesta a Santiago Alba Rico

Santiago Alba Rico es nuestro autor utópico más estimado, pues a diferencia de muchos miembros de su generación, se negó a entregarse al posibilismo en el campo político y siguió imaginando y luchando por un futuro otro. En ese sentido, Santiago es el filósofo jovial de España, el más joven de todos; sus escritos dejan siempre abierta la fuerza a la esperanza, como si su pensamiento se negara a dejarse nublar por los nubarrones pesimistas de una izquierda española entregada a la realpolitik y al espectáculo.

En esta ocasión no podemos dejar escapar la oportunidad de proponer un diálogo a Santiago, a partir de su artículo Distopías, publicado en la Revista CTXT. En este afirmaba que el público de las ficciones distópicas se constituye por lectores y espectadores de clase media que ya no pueden <<experimentar los elementos distópicos infiltrados ya en sus existencias (tecnológicos y políticos) y que se defienden de ellos proyectándolos en la ficción y en el futuro, dos lugares donde el dolor latente se vuelve goce presente>>. Esto puede que sea verdad en algunas ocasiones, pero no es menos cierto que los lectores de las distopías a veces sienten un efecto de extrañamiento que vuelve esos elementos de dominación tecnológica y política -que comenta Santiago-, no ya en algo familiar, sino precisamente en algo que resulta extraño y que saca al lector de las páginas. Es decir, desde nuestro de vista, las distopías pueden servir para politizar las conciencias.

Santiago afirma que <<los mundos distópicos, de orden político o moral, invierten la jerarquía afectiva de las ficciones clásicas: son la dureza, la crueldad, la violencia, la amoralidad, ahora convertidas en rasgos centrales de los personajes protagónicos, inevitablemente interesantes (pensemos en Los Soprano o en Breaking Bad), las que nos tientan desde nuestra frágil crisálida consumista, como aquello que querríamos llegar a ser o, al menos, como refugio cínico para nuestras vidas insatisfactorias pero aún relativamente cómodas>>. Sin embargo, algunos de los elementos que comenta Santiago son elementos formales de la distopía o de las películas de acción, en el sentido de que la violencia funciona como cierre narrativo reduciendo la trama a una sucesión de escenas violentas. Si seguimos a Jameson, esa reducción de la trama es un síntoma de nuestra época, en el sentido de que manifiesta la reducción al cuerpo y el hecho de que percibimos una suerte de presente absoluto que nos impide armar nuestros proyectos desde lo colectivo y sus ritmos. Creemos que la dureza, la crueldad, la amoralidad… son muchas veces las consecuencias de ese cierre formal.

Más que un refugio, sugerimos que la ficción distópica puede ser concebida como una fuerza, una potencia no sólo para extrañar nuestra realidad, sino especialmente para sortear la dificultad de imaginar el final del capitalismo que comentaba Jameson. En este sentido, las ficciones de corte apocalíptico pueden ayudarnos en tanto que imaginan el final del capitalismo figurando el fin del mundo; esto resulta de especial interés, teniendo en cuenta la atrofia de la imaginación en estos tiempos.

Y es que Santiago Alba Rico parece estar de acuerdo con nosotros cuando habla de la necesidad de localizar la salvación en la mirada; sólo que la mirada aparece bajo el signo de lo negativo cuando la dirige hacia el estudio de las ficciones distópicas, concibiendo esa mirada hacia el final como una suerte de refugio, cuando creemos que podemos invertir esa valencia negativa en una positiva para de esta manera entender que la distopía puede ayudarnos a seguir en la lucha y en la esperanza en el sentido de que muestra el final del capitalismo y nos obliga a pensar en la ruptura. A este respecto, Frank Kermode señalaba que la decadencia que aparece en la literatura apocalíptica se encontraba asociada a un deseo de renovación, de que vuelva a recomenzar nuestra relación con el mundo. Porque además de que la obra apocalíptica narra el final del capitalismo, cuenta también el nuevo comienzo, el paraíso en la tierra, la utopía. Es decir, la literatura apocalíptica incluye tanto el final del capitalismo como el comienzo de la utopía y es en este sentido que quizás podríamos concebir su potencialidad.




Artículos sobre Gamonal y el urbanismo colectivo

A continuación se enumeran los artículos de Víctor Atobas acerca de la lucha del movimiento vecinal de Gamonal y la propuesta del urbanismo colectivo. Los textos han sido publicados en Diario de Vurgos.

Artículo 1: “A vueltas con el Bulevar de Gamonal”, publicado el 28/7/2019

Artículo 2: “Esperanza y lucha contra el bulevar de Gamonal”, publicado el 5/11/2019

Artículo 3: “Contra el bulevar de Gamonal y a favor del urbanismo colectivo”, publicado el 20/11/2019

Artículo 4: “No al bulevar y sí a decidir qué espacios necesitamos: por nuestro futuro”, publicado el 2/12/2019

Articulo 5: «Gamonal: el tiempo del pueblo«, publicado el 11/12/2019

Artículo 6: «Amor en Gamonal: acerca del sexto aniversario de la revuelta», publicado el 6/1/2020

Próximos artículos




Los grilletes de oro de la izquierda

En el presente artículo reflexionaremos acerca de la línea política y pragmática de la izquierda española, en relación a la producción utópica, es decir, aquella que piensa cómo relacionarnos de un modo radicalmente distinto entre nosotros y con la naturaleza; la ruptura. Tal y como hicimos en artículos anteriores, seguiremos el legado que nos dejó Fredric Jameson, que nos permite pensar la postmodernidad de forma dialéctica, esto es, al mismo tiempo como catástrofe y como progreso. Jameson sugiere que la izquierda de nuestros días no deja de ser conservadora, pues reacciona al movimiento infernal del capitalismo, que trata de conquistarlo y devorarlo todo bajo el fuego crepitante de la destrucción. Por tanto, esta terminación del proceso expansivo del capital, sería la catástrofe más grande que podrá concebirse.

De modo que, en nuestro país, distintas izquierdas tratan de conservar lo poco que queda del Estado del bienestar, de introducir algunas reformas o bienes libres de la mercantilización – como en el debate que se produjo acerca de los bienes comunes, uno de cuyos más grandes animadores fue el pensador César Rendueles–. Por aquel entonces nosotros manifestamos nuestra preocupación a Rendueles; sin embargo, sólo con el paso del tiempo y las lecturas de Jameson pudimos llegar a comprender su postura. Y es que, si renunciáramos a regular el movimiento expansivo del capital, este nos destruiría por completo.

Es decir, por una parte estaría la lucha política, que tan inteligentemente comprenden pensadores como Santiago Alba Rico, Carlos Fernández Liria, o el propio César Rendueles, entre muchos otros; una batalla política que en estos momentos ha de ser conservadora. ¡Cuánto tiempo nos ha llevado entender esto a sus discípulos! Pues es esta izquierda la que tiene en mente la totalidad del sistema – cuando esta puede captarse, de forma intermitente–, y por tanto sabe que si no pone axiomas al capitalismo como pudiera ser la regulación del sistema financiero, si no trata de conservar ciertas parcelas fuera de la mercantilización, de introducir reformas y rescatar los servicios públicos, entonces todo estaría perdido porque el único programa alternativo sería el de la nada de los nuevos partidos fascistas, que no comprenden la totalidad del capitalismo y que, lo que es en extremo peligroso para nuestras vidas, no ponen axiomas, no regulan el capital ni lo reforman, de modo que este sigue incrementando su voracidad destructiva y caníbal. Es en esta situación, por tanto, la que conlleva que la izquierda sea muchas veces conservadora.

Sin embargo, echamos en falta construcciones utópicas que recuperen el entusiasmo por el futuro. Esa sería la otra parte del marxismo, si queremos expresarlo así, en la que se nos invita a que retomemos el entusiasmo por el futurismo, así como el empeño en cuidar las semillas del futuro, que van brotando en nuestro día a día.

Para ilustrar las dificultades de la línea política a la hora de contribuir a la ruptura revolucionaria, recurriremos a la expresión grilletes de oro. Marx utiliza dicha expresión cuando explica, en el primer tomo de El Capital, que no es el capitalista el que se encuentra al inicio del proceso económico, del que no es más que un mero portador; el sujeto del proceso es el trabajador. Por tanto, es este quien se crea sus propios grilletes de oro, su empleo asalariado; además, al presionar a la empresa por la mejora de sus condiciones laborales, no hace sino apresurar aun más los planes de esta para sustituir la fuerza de trabajo por maquinaria y nuevas tecnologías. En definitiva, es el trabajador el que causa la alta productividad del capitalismo y, en última instancia, el sujeto de su propia explotación.

Para entender cómo es esto posible, recurriremos a un ejemplo. Imaginemos una empresa que quiere contratar a un trabajador; en el presente momento no cuenta con todo el capital necesario para pagar al empleado a final de año, tampoco puede pedir un préstamos a causa de su desastrosa situación financiera, pero aun así lleva a cabo la contratación. ¿Por qué? Porque el empresario sabe que antes de que haya terminado el año, el propio trabajador no sólo habrá producido su sueldo, sino el plusvalor del que él va a apropiarse. Es decir, en este ejemplo, ha sido el propio empleado el que se ha encontrado realmente al inicio del proceso, aunque a primera vista hubiera parecido que no: ¡es que el capitalista ni siquiera tenía dinero para comprar la fuerza de trabajo!

Es esta distancia entre el valor de la fuerza de trabajo y su autovalorización en el proceso laboral, la que conocen muy bien nuestros enemigos, y la que conlleva tantas dificultades para la línea política del marxismo. Además de que los trabajadores se forjan sus propios grilletes de oro, muchas veces gozan de ello. La izquierda ha teorizado esto como la expansión del mercado; todo ha sido llevado al interior de lo económico, nada se le escapa al capital, y entonces los partidos izquierdas deberían – según esta concepción pragmática– llevar a cabo políticas conservadoras o reformistas que saquen ciertas facetas de lo económico o que mejoren las condiciones laborales. Como decíamos, esas luchas son necesarias y admiramos a los pensadores que las fundamentan.

Pero precisamente, según Jameson, lo que ha de ampliar el marco de esas contiendas es la producción utópica que, aunque se sigue llevando a cabo en la actualidad, tal y como comentábamos en anteriores artículos, no recibe tanto cuidado y esfuerzo como merecería. La utopía ya no se identifica estrictamente con el marxismo, del que toma su capacidad para imaginar estructuras grandes y duraderas como el Estado o el Partido, ni tampoco con el anarquismo, del que recoge su habilidad para dar rienda suelta el deseo y la fantasía. Se podría entender la utopía como una síntesis entre marxismo y anarquismo, desde el pluralismo propio de nuestra época, en la que se establece un debate acerca de si la mejor utopía es la ecologista, la feminista, la tecnológica o cibernética – entre otras–, o si acaso todas esas posiciones, que aparecen dejando huellas en las diversas artes, podrían llegar a componerse y ser compatibles entre sí, pero no con el capitalismo.

No se trata tanto de que proporcionemos una narración, como sugiere Zizek refiriéndose a películas como V de Vendetta, de qué sucedería el día después de que haya saltado por los aires el Palacio de Westminster y la representación parlamentaria – que, cabe añadir, es un concepto de la modernidad emergido de su tumba como un zombi– haya sido finalmente enterrada en el basurero de la historia. No se trata de eso, sino más bien, de leer, escribir y pensar desde las huellas parciales que el futuro – la esperanza– deja en el presente, para entender que si el impulso que subyace a lo que hacemos es el deseo de relacionarnos de otro modo entre nosotros, es decir, de una sociedad sin clases, entonces no podemos contentarnos con las limitaciones de la línea política que hemos venido mencionando, y debemos librarnos, en la medida de lo posible, de los grilletes de otro.

Uno de los mayores obstáculos para la utopía se encuentra en el propio modo de producción capitalista; pues nuestra imaginación ha sido debilitada por el frenesí de la repetición y la rutina de la producción. Nuestra experiencia temporal ha cambiado, parece que siempre estamos trabajando y que el acontecimiento se ha esfumado; alternamos el tiempo de la producción y el consumo, con el del descanso. Sin embargo, Jameson nos recuerda que el proceso de reificación o cosificación del capital, que lo convierte todo en mercancía sin capacidad de afectación crítica, se puede interrumpir de forma momentánea gracias a la figuración y al arte que alcanza lo sublime postmoderno – que representa el espacio del capital, y nos ayuda a entender nuestro lugar en él–; gracias sobre todo a la dialéctica, esto es, a pensar nuestra época al mismo tiempo como catástrofe y como progreso para acabar con las trampas ideológicas del neoliberalismo. Esto no quiere decir que, con la interrupción del proceso de cosificación, se alcance una lenguaje utópico transparente, sino que la utopía es precisamente el género que acaba la trampa ideológica de no hay otro mundo y otra existencia posibles.

Volviendo a lo que decíamos antes; si para la línea política de la izquierda, lo único posible es la reforma y la regulación del capital, para que este no nos destruya por medio de la nada de los nuevos partidos fascistas, para la línea utópica del marxismo estamos siempre al comienzo de la esperanza.

Sin embargo, en nuestro país parece que las utopías que más atención merecen en la actualidad son las de Euskadi y Catalunya independientes – en esta ocasión dejaremos de lado la distopía de los nacionalistas españoles, quienes son incapaces de amar a sus amigos vascos, catalanes, por no decir colombianos o marroquís–. Bajo esas utopías, en concreto en el caso de la izquierda abertzale y la CUP, subyace el impulso utópico de una sociedad sin clases. La realidad del modo de producción capitalista y globalizado, como sabemos, niega la posibilidad de una verdadera realización de las mencionadas utopías, lo que no debe conducirnos a que pasemos por alto el potencial de movilización que pueden tener dichas construcciones utópicas. Aunque cabe señalar que, en cierta manera, los trabajadores vascos y catalanes seguirían con los grilletes de oro puestos, aun en el caso de la (imposible) realización de la independencia; es decir, seguirían dependiendo del proceso económico del que son sujetos, y del que se encuentran al inicio. Porque las izquierdas vascas y catalana tienen los mismos grilletes de oro, aunque las utopías que han construido muestran un deseo de relacionarse de otra manera con el otro y por eso debemos tener en cuenta su potencial de movilización y su articulación histórica.

Concluyendo, consideramos que sería de especial interés para la izquierda española que, además de su dedicación a la línea política, no se olvidara de construir su utopía; que, siguiendo los consejos legados por Jameson, debería ser una utopía pluralista que, sintetizando el plano molar o extensivo del deseo que tan bien han trabajado las propuestas marxistas – acerca sobre todo de la creación de grandes organizaciones–, con el plano molecular o intensivo de la fantasía anarquista, llegara a combinar lo mejor de las utopías presentes en la sociedad: feministas, ecologistas, tecnológicas, y otras, de modo que estas fueran compatibles entre sí pero no con el capitalismo. Esto demostraría que sí hay alternativa, que podemos relacionarnos de otro modo entre notros y liberarnos de los grilletes de oro; lo que a que buen seguro insuflaría grandes energías a nuestras luchas.




Los enemigos de la esperanza: la antiutopía

Ya podéis leer mi nuevo artículo en el número 377 de El Viejo Topo.

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Al comienzo de la esperanza

  • En este artículo recurriremos a la esperanza para escapar de la trampa de “no hay alternativa”, basándonos en las ideas de Ernest Bloch.

Nuestro reto, el más difícil, es sonreír en estos tiempos caídos, cuando la brisa de la mañana parece soplar con menos ímpetu. El sistema trata de convencernos todos los días de que no hay alternativa al mercado que todo lo devora, de que no se puede vivir de otra manera; la trampa para conejos sería creer que somos víctimas atrapadas en cepos dentados. Pero la condición de víctima conduce a la impotencia y, por tanto, debemos rechazarla. Nosotros no somos pequeños mamíferos (conejos u ovejas), atrapados sin remedio en cepos, ni tampoco cosas a poner a la venta tras un escaparate de cristal. Hegel vio la rosa en la cruz. Y precisamente la dialéctica es nuestro modo de pensamiento, y en este resulta obligada la referencia literaria, pues las novelas y los cuentos nos ayudan a entender nuestros síntomas, más allá de la rigidez conceptual. Tras buscar síntomas en la novela, comentaremos acerca de las señales de esperanza en nuestro tiempo.

Podríamos mencionar a multitud de escritores que han construido una literatura altamente sintomática, aunque elegiremos al más ilustrativo a este respecto, el norteamericano David Foster Wallace, cuya literatura narra el acontecimiento de la ansiedad y la desesperación en una sociedad occidental como la nuestra. Los personajes de sus novelas y cuentos han caído en la trampa del sistema, aceptando el imperativo de competir y producir hasta morir, acumulando distinto tipo de capital – monetario, sexual, cultural, mediático, etc.- que no les procura una verdadera satisfacción sino que acaba por llevar sus afectos y emociones hasta la saturación y el colapso, que en algunos relatos como La persona deprimida o Las luces de neón son ilustrados mediante diálogos entre los protagonistas y psiquiatras o psicólogos; estos últimos no recomiendan a sus pacientes que dejen sus empleos que les dan ataques de pánico, sino que se limitan a recetarles antidepresivos. Es decir, tratan de acallar la desesperación. Por supuesto, no lo logran. Los personajes de Wallace proyectan la nada hacia el futuro, cayendo en la trampa de que no hay alternativa. En los cuentos que hemos mencionado aparecen sobre todo afectos saturados como la envidia inherente a la competición, la avaricia o la adoración, que son las emociones que les impiden a los protagonistas pensar en un futuro diferente. Wallace cayó en la trampa del sistema y se suicidó. Él mismo fue incapaz de pensar en un futuro en el que quisiera estar presente.

Otro de los acontecimientos de la literatura contemporánea es el recuerdo. La España vacía, de Sergio del Molino, narra cómo el trauma del éxodo rural se reflejó en una serie de mitos. Por una parte, el mito de lo rural como terreno idílico donde pervivía la más grande dignidad de lo humano, un campo de resistencia numantina frente a los infiernos de las ciudades y su estilo de vida hostil, acelerado, casi esquizofrénico; y por otra el mito del pueblo como un espacio alejado del progreso, dominado por las arcaicas costumbres, caracterizado por la disciplina en el trabajo y el control social. Sin embargo, como señalaba Sergio del Molino, ambos mitos no se corresponden sino con distintas historias que se tuvieron que inventar las gentes traumatizadas por el desarraigo y la marcha a la ciudad, para afrontar dicho trauma. Sin embargo, lo que autor no comprende es que el recuerdo de las personas que entrevistó, funciona precisamente como otra trampa en el sentido de que los entrevistados mencionan sus recuerdos, pero haciendo especial énfasis en que entonces se habían relacionado de una manera diferente con el Otro y con las cosas, una manera que les había resultado más gratificante y humana y que, según aseguraban, era imposible de realizar hoy en día. Es decir, el recuerdo regresaba como cierre de las alternativas presentes. Todo lo que podría pertenecer a un futuro diferente, era atribuido al pasado por parte de los entrevistados; es decir, el deseo de relacionarse de otra forma entre nosotros, se atribuía al pasado en vez de a la posibilidad de otro futuro.

Sin embargo, estamos al comienzo de la esperanza, pues esta nunca deja de brotar, aún en los rincones más inesperados. Porque todas las cosas humanas tienden a la esperanza, y esto deja huellas no sólo en la narrativa. Porque lo que hay detrás de la ansiedad de Wallace y el recuerdo trampeado de los emigrados a la ciudad, en el caso de Sergio del Molino, no es sino la esperanza. Por eso la literatura de nuestra época tiende hacia la utopía, a pesar de que ésta aparezca bajo su aspecto negativo, en general como distopía o pesadilla posmoderna. La ansiedad nihilista no es sino el reverso de la esperanza; pero donde esta última proyecta un deseo de futuro, la ansiedad proyecta la nada. Mientras que el recuerdo de los nuevos y forzosos urbanistas, como hemos comentado, es una inversión absoluta de la esperanza en la que, todo lo que podría pertenecer a un futuro diferente, es atribuido al pasado. De este modo, siguiendo a un hegeliano como Bloch, podemos decir que las huellas utópicas que encontramos en nuestro día a día, son tanto experiencias internas a cada uno de nosotros, como cosas externas que tienden a la utopía.

El énfasis en el presente, propio de nuestra época posmoderna, no es sino una figura de un anhelo no realizado. Pero en todo hacerse real, queda siempre un resto de esperanza, una suerte de suplemento que queda junto al contenido pero que no es en sí una realidad empírica, ni presente ni pasada, sino la huella de un impulso tendente al futuro. Ese resto de esperanza apunta a un deseo de relacionarse de otra forma con el Otro, más allá de la trampa del capital que nos obliga a competir todo el tiempo, y está relacionado con esas emociones o afectos de expectativa que apuntan a que otro mundo es posible. Debemos huir de la trampa de que no hay alternativa.

Pero hay otra trampa de la que no hemos hablado; la representación, de la que trató de fugarse esa utopía que fue el 15M. Las elecciones acaban llevando al no hay alternativa, pues la única supuesta alternativa que se nos ofrece, llamada “la izquierda parlamentaria”, no niega al sistema, sino que lo conserva objetivamente. Siguiendo a Deleuze, que reinventa la dialéctica en términos posmodernos, diremos que la única forma de que no nos roben la máquina de guerra es fugarse de quien quiere apropiársela; el Estado, que es el único axioma que necesita el capital para no destruirse a sí mismo, argumentaba el filósofo francés en Mil mesetas. Dicho en otros términos, al integrarse en la lógica estatal, los dirigentes de Podemos rebajaron sus exigencias – lo que recuerda al PCE de Santiago Carrillo- y creyeron poder conservar los aspectos positivos del sistema político, y capitalista en general, sin darse cuenta de que, como señalaba Zizek, la única posibilidad de una política radical estriba precisamente en negar todo eso. Las similitudes entre el PCE de la transición y Podemos hay que buscarlas, tal y como suele hacer Zizek, en la relación que se establece ante la irrupción del Acontecimiento; ante la ola de protestas sociales y la revolución portuguesa del 74 planeando sobre España, el PCE se integró en el Estado y su potencial como máquina de guerra fue destruido, mientras que Podemos, ante el Acontecimiento del 15M, hizo algo parecido al reterritorializar la línea de fuga mayista. La historia se repite dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa. Y en esas estamos hoy día, pero esto no ha de llevarnos a la desesperanza.

Porque, como decíamos, todo lo humano tiende a la esperanza. En el 15M era la esperanza de no ser mercancías en manos de políticos y banqueros, la esperanza de que no nos representaran unos Zapateros (renovado en Sánchez) y Carrillos (repetido ahora en Iglesias) disfrazados con sus caretas nuevas de populistas. La representación es una forma que sigue presa de una época pasada, la modernidad y, con el paso del tiempo, si seguimos las ideas de Hegel y Marx, lo más seguro es que el contenido acabe desarrollándose en una forma que no será totalmente nueva, pues contendrá vestigios pasados, pero que sí posibilitará una manera diferente de relacionarnos con las decisiones que afectan a nuestro futuro.

Porque no podemos caer en la trampa de que no hay alternativa al capital y a sus representantes. Porque estamos soñando ahora mismo… o quizás nos encontremos acordándonos de ese pasado, que en realidad nunca existió, en el que nos relacionábamos de otra manera (una no-competitiva), sin darnos cuenta de que ahora mismo podemos buscar las señales de la esperanza, para construir espacios por donde fluir, escapándonos de la lógica de la competición, del macho ibérico, el jefe, el profesor, el presentador de televisión, la pantalla, el consumismo, el producir y competir hasta morir… esas posibilidades son reales objetivamente, aquí y ahora. Un claro ejemplo son las armas que brinda el feminismo. Incluso en alguien como Ernesto Castro, un maestro supremo de la competición académica y cultural, crítico con las utopías y los cuestionamientos del canon filosófico, se encuentran señales de esperanza, en ese gusto tan generoso y asombrado por lo estético, por ejemplo, en el que secretamente late la esperanza de una sociedad sin clases, una sociedad en el que el empleo permita a las personas autorrealizarse. Ese gusto utópico lo heredó de su padre Fernando Castro Flórez, y no deja de resultar sumamente hermosa la forma en que la esperanza puede así transmitirse de generación en generación.

Por eso, más allá de tener esperanza en una trampa como el simulacro democrático, sería mucho más interesante que buscáramos qué podría haber de positivo en los síntomas de nuestra época. La experiencia cotidiana es también estética, y constituye el terreno donde percibimos las cosas y los encuentros con el Otro, como apuntando a un futuro en el que no estaremos ya enfrentados por la lógica oposicional del capital, ya sea este monetario, sexual, o cultural, sino en el que nos encontraremos reconociendo lo que tenemos en común y haciéndonos, al mismo tiempo, diferentes.

En estos tiempos oscuros, nuestro reto es sonreír.




Pensar España desde Marx

  • En
    este artículo
    intentaremos entender lo que ocurre, partiendo
    del
    pensamiento de Marx.

  • No
    todo es tan negro como lo pinta cierta izquierda: en la
    postmodernidad pueden encontrarse potencialidades revolucionarias.

Vivimos
tiempos convulsos. Resulta difícil saber qué demonios está
sucediendo. Frente a los discursos de los partidos y los medios de
comunicación, es decir frente a los análisis institucionales,
propongo que apliquemos un método de pensamiento que supuestamente
todos ejercitamos día a día pero que, sin embargo, no es tan usual
como parece. Me refiero a la dialéctica, que hace frente a la
propaganda de Podemos indagando
en los límites de
nuestros propios pensamientos.
En anteriores ocasiones ya
aplicamos ese método dialéctico. En 2016 hicimos una propuesta para
el segundo congreso de Podemos (1). Posteriormente
desarrollamos la crítica dialéctica para rebatir la hipótesis de
que dicho partido era la vacuna contra el fascismo en España (2).
Ahora toca desarrollar en un sentido más amplio el método
dialéctico.

Casi el primer paso obligado en un análisis dialéctico, consiste enaceptar que el observador forma parte de la situación histórica porla que se está preguntado. No podemos evadirnos como si fuéramospájaros; carecemos de alas, estamos limitados por nuestra época,pero eso no quiere decir que permanezcamos en una jaula. Una vezreconocida nuestra posición limitada, el siguiente paso en elanálisis dialéctico es la elección de los determinantes, que sonsiempre económicos – aunque esta vez leídos desde la economíadeseante-. De nuevo, igual que en la propuesta para el segundocongreso de Podemos, los determinantes son los mismos. Pues no se haproducido una ruptura o discontinuidad de la situación históricadesde entonces – lo que nos habría obligado a cambiarlos-. Eldeseo molecular sería uno de esos determinantes, por una parte,vinculado a los deseos cotidianos y a los movimientos sociales debase, y el deseo molar que corta, desplaza, traduce, reprime o seapropia de esos deseos cotidianos o íntimos, y que dota de extensióna las instituciones de dominio, sería el otro determinante. Luegotomamos ese dualismo y lo convertimos en lo Uno. La interrelaciónentre el deseo cotidiano y el molar o institucional es el movimientodialéctico de la sociedad. Por tanto, el deseo cotidiano y el molaro institucional no pueden entenderse de forma separada. Mientras queel deseo cotidiano insiste y deshace el deseo molar o institucional,éste actúa como la otra cara y persiste en su extensión,desplazando y traduciendo los deseos cotidianos para dotarles de unaintencionalidad funcional a los intereses del dominio. Ambos planosdel deseo se encuentran en una relación dialéctica, eso es lo másimportante. Y lo que es más importante aún, a saber, que esarelación es histórica.

Si
queremos partir de Marx, debemos introducir dos ejes de
análisis. Uno de éstos sería el análisis de la dialéctica entre
las clases, que es una cuestión relacional, y que no debe
interpretarse como un análisis de las clases como grupos separados.
Hay marxistas mucho más formados que yo en este sentido, que están
llevando a cabo dicho análisis relacional (3).
Aquí nos centraremos en el otro eje, a saber, el del contenido y la
forma, que ya utilizamos en el artículo que rebatía la hipótesis
de Podemos como vacuna contra el fascismo. Este eje, traducido a
términos postmodernos, es el eje entre el contenido deseante – los
flujos de deseo- y la forma ese deseo “sedimentado” en el plano
molar o institucional.

La
contradicción que debemos pensar es entre los deseos de la vida
cotidiana y los deseos molares, del orden institucional, que cortan,
traducen y desplazan a aquéllos. El movimiento dialéctico que
señalábamos en 2016 fue precisamente cómo los deseos del 15M, que
habían tendido hacia el polo revolucionario siguiendo la línea de
fuga de “no nos representan”, fueron cortados y traducidos por
Podemos. Dicho partido operó un código de des-traducción del
sistema político del 78. Pero ese trabajo negativo, en una
inversión dialéctica,
se revela como en algo positivo
(productivo); es decir, esa des-traducción del
régimen del 78 fue a un mismo tiempo la traducción de los deseos
cotidianos o íntimos del 15M
.

¿Pero
qué ocurre ahora? A finales del año 2018. La percepción
diferencial es otro momento de la dialéctica; lo que ocurre ahora no
tiene que ver con el polo revolucionario hacia el que tendieron las
vinculaciones o catexis del deseo del 15M, sino precisamente con la
contradicción en el seno de los deseos de la vida cotidiana. Es
preciso aquí introducir la ambigüedad. Es posible que
dialécticamente el impulso del 15M vuelva a aparecer bajo otra forma
distinta, pero esa otra forma puede ser o bien revolucionaria, o bien
fascista. Es
o es lo que nos estamos
jugando hoy en día.

En
este momento debe operar la ambigüedad de la dialéctica. En
cierta forma, Marx vio los problemas como soluciones;
las
tendencias autodestructivas del sistema, por ejemplo. Y
nosotros haremos lo mismo, veremos los problemas como posibles
soluciones. Pero antes debemos dar otro paso dialéctico: el paso al
plano único. La descripción de la lucha de clases en España,
realizado por marxistas mucho más habilidosos que yo en eso, debería
unirse entonces al análisis que realizamos de la relación entre
contenido (los flujos deseantes) y forma institucionalizada o
“sedimentada” de ese deseo. El paso al plano único, en
dialéctica, quiere decir el paso de lo diacrónico – las
descripciones de los sucesos históricos o las rupturas, fechadas
temporalmente, por ejemplo las huelgas y otros conflictos de la clase
trabajadora- al sincrónico, es decir a lo sistémico. Los importante
es señalar el capital como mediación de nuestros deseos cotidianos.
En términos marxistas, la categoría de mediación – que expresa
una relación- es básicamente la mercantilización o la
cosificación. Todo se convierte en mercancía.

Nuestros
deseos son traducidos por el capital. Pero los deseos cotidianos y
íntimos se fugan y deshacen esas traducciones
del capital.
Esto lo podemos comprobar en un campo que aún lo está colonizado
del todo por el capital;
el campo de lo
estético
. En las novelas encontramos los miedos y
esperanzas de una época; para la crítica marxista, las novelas son
síntomas de la historia. Además, a diferencia de la filosofía, la
literatura no cosifica ni cierra por completo el sentido. Resulta que
buena parte de la narrativa postmoderna se caracteriza por ser un
síntoma del goce del consumismo. El mejor ejemplo lo encontramos en
David Foster Wallace, en cuyos relatos aparecen personajes que
se gratifican mediante el capital pero son incapaces de disfrutar de
la vida y se vuelven una suerte de enfermos mentales dependientes de
los antidepresivos y los psiquiatras.

Por
otra parte, y esto no es casualidad, en la escena narrativa están
apareciendo cada vez más distopías que, sin embargo, reflejan algo
muy distinto a los relatos de Wallace. Cualquiera que sea el
contenido de esas obras, el impulso que subyace es el del deseo
molecular. La forma de esas novelas aparece bajo su poder negativo,
narrando los síntomas ocasionados por el poder destructivo del
capital en el plano de las relaciones humanas y con respecto el medio
ambiente. Esa forma negativa, en una inversión dialéctica, puede
tornarse positiva; lo que mueve a esas obras es el deseo de escapar
de la lógica del capital; fugarse y alcanzar un territorio donde
nuestro deseo no sea traducido por el capital, donde no seamos
obligados a competir con el Otro. En el panorama narrativo español,
por ejemplo, y aunque no sea una distopía, podemos mencionar la obra
de Isaac Rosa Final feliz
(2018), en la que se muestra
cómo el amor ha cambiado por mediación del capital; ya no amamos al
Otro por lo que es, sino por lo que nos aporta.

En
este preciso momento es necesario volver a la dialéctica de Marx,
quien veía los problemas como posibles soluciones. Cuando
estamos inmersos
en el análisis de la relación entre forma y contenido, deberíamos
contar ya
con un análisis de la
dialéctica entre las clases sociales en el Estado español. El
empleo asalariado como forma de institución social está llegando a
su declive histórico; esto podría parecer algo negativo, millones
de personas se quedarían sin empleo y por tanto su identidad se
vería fragmentada.
Eso ya está sucediendo y
es terrible. Pero
al mismo tiempo podría
convertirse en algo positivo;
a saber, el cumplimiento del deseo de auto-realizarnos como personas
y no como cosas destinadas a
producir, consumir y ser controladas hasta la muerte,
deseo que
se encontraba imposibilitado por el empleo que nos quitaba el tiempo.
De modo que la izquierda, si realiza una análisis diaĺéctico,
debería buscar cuáles son las potencialidades de la postmodernidad.

Claro que dicha labor
plantea muchos problemas, pues
los sindicatos y los partidos de izquierdas dependen
de la identidad como trabajador. Sin
embargo, en vez de quejarnos de la época que vivimos – la
postmodernidad-, o apelar a la nostalgia, deberíamos entender que
los problemas pueden ser las soluciones.

La
tarea de la dialéctica no es ofrecer un programa ni una fórmula
mágica; no trata de inventar un nuevo tipo de pensamiento, sino
mostrar precisamente cuáles son los límites de éste. Pensamos
los límites desde las contradicciones de nuestra época, y en este
sentido la ambigüedad que introduce la dialéctica parece bastante
útil a la hora de pensar.

El impulso del 15M sigue
latente en la sociedad, pero debemos prestar atención al hecho de
que contenido está adquiriendo una forma virulenta y fascista, pues
como referíamos las vinculaciones del deseo cotidiano oscilan entre
el polo revolucionario y el paranoico o reaccionario, y
dependen al mismo tiempo de las
territorializaciones
y traducciones operadas por el poder en el plano molar o
institucional. Resumiendo,
la ambigüedad de
dicho impulso deseante
significa que éste puede
tender hacia la revolución o
hacia el autoritarismo
y el fascismo.

En
la época que nos ha tocado vivir hay potencialidades tan grandes
como el cumplimiento del viejo deseo de escapar del empleo asalariado
y poder auto-realizarnos como personas y no como cosas
.
Lo que le ocurre a la izquierda española es
que depende de la vieja personalidad, asociada a la modernidad, del
trabajador con empleo estable que desarrolla una biografía lineal.
El debate lanzado por Manolo Monereo
(4)
le seguía el juego a la extrema derecha en el sentido de que
desplaza
ba los
dos ejes del análisis marxista:

el eje de la dialéctica
de las clases, del
estudio de
la clase
trabajadora como relación respecto a la clase burguesa, fue
sustituido por Monereo por una apelación a la “clase obrera
nacional” en la que la política sólo podía
pensarse
en términos de amigos y enemigos de esa “clase obrera
nacional”;
por tanto, el
inmigrante aparecía
como
un
competidor de los trabajadores españoles, un enemigo.
El otro eje marxista que desplazó
Monereo fue el del contenido – los flujos deseantes- y la forma.
Pero cabe
peguntar
q
uso hace la clase trabajadora de la forma partidista.
¿Por
qué el deseo del 15M era fugarse de esa forma?

Eso sería preguntarnos por los límites
en
los que nos sitúa
la
representación,
la
mediación que nos convierte en espectadores pasivos de la política
.
La
conclusión es que
debemos pensar dialécticamente; y eso quiere decir pensar los
límites de
nuestro propio pensamiento. La
izquierda necesita que la gente piense.

NOTAS:

1.
Atobas, V (28/12/2016), Podemos:
deseo y populismo
,
Kaos en la Red. (Enlace
https://kaosenlared.net/podemos-deseo-y-populismo/
) Nota: A pesar de que Deleuze era un filósofo no dialéctico, en
ciertos momentos su pensamiento se mueve de forma dialéctica. En
el artículo es posible apreciar el método dialéctico en la
relación entre el deseo molecular y el molar.

2.
Atobas, V. (7/12/2018), Entender el fascismo en España: ¿Marx o
Podemos?, Kaos en la Red. (Enlace:
https://kaosenlared.net/entender-el-fascismo-en-espana-marx-o-podemos/)

3.
En especial mencionaremos las publicaciones Viento Sur, Sin Permiso y
New Left

4.
Monereo, M. (5/9/2018), ¿Fascismo en Italia? Decreto dignidad,
CuartoPoder. (enlace:
https://www.cuartopoder.es/ideas/2018/09/05/fascismo-en-italia-decreto-dignidad/)

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Pensar
España desde Marx
por Víctor Atobas se encuentra bajo una
licencia Creative
Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International
License
.

*
Víctor Atobas es escritor y activista cultural. Entre otros
libros, es autor de Autoridad y culpa (Piedra Papel Libros,
2017), y El deseo y la ciudad. La revuelta de Gamonal
(Zoozobra, 2018).




Entender el fascismo en España: ¿Marx o Podemos?

Entender el fascismo en España: ¿Marx
o Podemos?

Ilustración por Natalia Rizzo

Por Víctor Atobas*

Temíamos que la extrema derecha fuera,
como una cepa vírica, a extender su virulencia también por España.
Escuchábamos a los dirigentes de Podemos invistiéndose como vacuna
contra ese virus, pero intuíamos que eso no era verdad, pues
apreciábamos ya un contenido fascista en la sociedad. La
supuesta excepción del caso español, en el que la extrema derecha
habría carecido de forma institucionalizada debido a Podemos, se
desvela ahora como un error del análisis.

Pero nosotros recogemos el testigo de
esos profesores universitarios, de su error, y lo convertimos en la
situación de partida. Parece probable que las declaraciones de los
mandamases de Podemos llamando a un antifascismo militante provengan
mas bien de su falta de ideas. La sencilla realidad es que el
fascismo ya estaba presente en España antes de la irrupción de Vox
.
¿O resulta que tantas y tantas personas han empezado a odiar al
Otro, aparecido como extraño y hostil por la lógica oposicional de
la competición, de un día para otro? Lo
que ocurre es que, tras el primer error que hemos comentado, se
esconde otro más profundo. Y es el de no entender la
articulación entre forma y contenido. La forma es a lo que se llega,
no de lo que se parte. Los fascistas ya intentaron armar su propio
partido en ocasiones anteriores, y si no les fue posible no fue
debido a Podemos, sino porque a nivel social ese contenido no acaba
de generarse del todo, pues de haberlo logrado también habría
producido una forma.

Es decir, la pregunta hacia la que nos
conduce un análisis marxista es por qué el contenido fascista,
los deseos tanáticos (deseos de muerte, odio, miedo, repulsión,
rechazo, etc.), no se había podido generar del todo, es decir, no
había podido alcanzar una forma institucionalizada. La respuesta ya
la hemos dado; en nuestra sociedad los deseos fascistas no habían
podido adecuarse a la forma partido. Esos deseos de muerte fluían,
atravesaban la sociedad, pero no se articulaban en una forma como
pudiera ser un movimiento social o un partido. Esos deseos empujaban
al PP hacia la extrema derecha, es cierto. Pero estamos hablando de
Vox, un partido propiamente fascista que lanza consignas de muerte,
transformando al Otro en enemigo irreconciliable. En nuestra sociedad
la articulación entre forma partidista
y
contenido fascista ha sido
posible gracias al ámbito de la cultura (o
de la superestructura, en términos marxistas). Vox fue
posibilitado por la guerra cultural
. La base económica, la
infraestructura – que aquí hemos leído en términos de economía
deseante (1)– se ha expresado en la cultura o
superestructura. En este sentido, el análisis marxista de Enmanuel
Rodríguez
nos parece acertado; Vox no es, seguramente, el
partido del pueblo. Parece más bien el partido de la envejecida
clase media masculina contra la “ideología de género”, de la
“España viva” contra la anti-España y los malos españoles
(pongan aquí lo que consideren) y cada vez más del catolicismo
militante y ofendido de los Opus Dei y los Quicos. No es pues el
partido de los defraudados con el 15M y quizás tampoco el de “la
protesta”, aunque lo sea en parte
(2)
. Enmanuel
Rodríguez
señala que ese contenido
fascista
que
es
base
,
ese deseo de muerte contra las mujeres (“ideología de genero”),
contra los catalanes y catalanas (“la anti-España”) o los
inmigrantes, se ha expresado
a
nivel cultural.

Pero si
queremos entender el fascismo desde Marx y no desde nuestros
profesores universitarios, no podemos olvidarnos de los análisis de
Brais Fernández
(3),
en los que tenemos la fortuna de apreciar cómo el pensamiento
filosófico deviene pensamiento histórico. Fascismo como
restauración histórica de la vieja ley de familia.

Concluyendo,
la realidad de la irrupción de la extrema derecha en España no se
puede entender desde la propaganda de Podemos – nosotros éramos la
vacuna del virus fascista-. Nos
encontramos ante una realidad en la que los fascistas tienen su
propio partido
, y puede
que éste sea pujante. Pero
esta
realidad
no causa un nuevo pensamiento que tengamos que inventar para hacer
frente al fascismo, como han sugerido algunos pensadores de
izquierdas, sino que
precisamente
impone límites a nuestro pensamiento
.
El análisis marxista más agudo, por tanto, está
por venir y será aquel que
muestre dichos límites. La izquierda necesita que la gente
piense.

NOTAS:

De
las obras consultadas:

1.
Deleuze G. (1985). El Anti-Edipo, Barcelona: Paidós, pág. 36
Nota: Para la economía deseante la producción social es tan sólo
la propia producción deseante en condiciones determinadas
.

2-
Rodríguez, E. (3/12/2018). Andalucía
o el momento Vox
,
Revista Ctxt. Enlace:
https://ctxt.es/es/20181129/Firmas/23207/andalucia-vox-podemos-pablo-iglesias-neofranquismo-susana-diaz.htm

2.
Fernández, B.
(26/11/2018). Por
qué el fascismo y el capitalismo no son enemigos
,
Viento
Sur. Enlace: https://vientosur.info/spip.php?article14399

* Víctor Atobas es escritor y
activista cultural. Entre otros libros, es autor de Autoridad y
culpa
(Piedra Papel Libros, 2017), y El deseo y la ciudad. La
revuelta de Gamonal
(Zoozobra, 2018).

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