Utopía en tiempos del coronavirus

  • En el presente artículo te proponemos, estimo lector, un experimento del laboratorio de la mente; imagina un futuro diferente.

Las tendencias destructivas del capital no sólo están destruyendo el planeta, sino que pueden terminar con la vida de la mayoría de personas que puebla esta tierra, que un día fue de Dios, y que ha sido conquistada por la lógica tanática y expansiva del capital. Mientras que la alternativa que nos sugieren desde los altavoces del sistema, conocidos también como medios de comunicación, consiste en una nueva normalidad que se reduce a la norma de privilegiar los negocios por encima de las vidas y los cuerpos; mientras la alternativa del sistema es que nos contagiemos y muramos como mercancías perecederas que se pudren en los estantes, nosotros – la mayoría social– podemos imaginar un futuro otro.

PROPUESTA: Primero la paralización, luego la nacionalización de los medios de producción y distribución.

Si no se paraliza la economía, los contagios seguirán sucediéndose, con especial incidencia en la clase trabajadora. Y si no se nacionalizan los medios de producción y distribución, corremos el peligro de que se produzcan nacionalizaciones selectivas como las que se pudieron en marcha durante la crisis iniciada en 2008: medidas puntuales para ricos, para socializar las pérdidas privadas causadas por la especulación financiera y las hipotecas basuras.

Tanto la paralización como la nacionalización de la economía resultan medidas imprescindibles para salvar todas y cada una de las vidas. Pero la respuesta que nos brindarán nuestros enemigos, los servidores de Tánatos y el capital – que son la misma cosa, pues el dios de la destrucción pretende someternos al imperativo de producir hasta morir, sin importar el coronavirus–, será que tales medidas son imposibles de llevar a cabo.

Pero podemos fijarnos en que, hoy en día, un nuevo concepto de la producción está surgiendo. Siguiendo al gran pensador utópico tras Ernest Bloch, el norteamericano Fredric Jameson, podemos detectar en Amazon la emergencia de un concepto de producción que estaría caracterizado por la disminución de la tensión que caracteriza a la producción capitalista: la contradicción entre producción y distribución, concluiríamos, tendía a desaparecer. Esto era una forma de decir que ya estamos viviendo la emergencia de la utopía. ¡En nuestro propio presente!

Contra esta tesis, podría argumentarse que el capitalismo, que tanto dolor nos genera, podría apropiarse del sueño de un Amazon colectivo. Sin embargo, esto ya ocurrido; el Amazon capitalista ya existe y es un hito en el desarrollo tecnológico del capitalismo. Qué tamaña grandiosidad ha logrado nuestro sistema enemigo; cómo se ha apropiado de nuestros deseos. Amazon nos fascina. Y es que creemos que el experimento del pensamiento utópico puede consistir en imaginar una suerte Amazon colectivo. Lo que queremos sugerir aquí es que podemos captar la emergencia del futuro utópico en el presente, un requisito indispensable para la acción política revolucionaria. De esta manera, podríamos comenzar fijándonos en el alto desarrollo tecnológico alcanzado por Amazon: al nivel de la infraestructura, podríamos mencionar en especial la red cibernética de Amazon. Además del uso de la inteligencia artificial y el big data – que el pensamiento utópico concibe como positivos, a través del método de cambio de valencias propuesto por Jameson–, el sistema de Amazon se articula como un increíble sistema en red que conecta y controla en tiempo en real los centros en distintos niveles (internacional, nacional, regional, local), conecta también los almacenes en distintas capas y funciones, así como las compras a los proveedores; todo está conectado, coordinado en tiempo real y planificado no sólo desde los centros nacionales sino también desde los nódulos locales de distribución y coordinación. Así, aparece la figura de una planificación cibernética de la economía. ¡Pero es una economía que, como muestra el sistema en red en diferentes niveles de Amazon, puede ser planificada no sólo centralmente sino también en los niveles regionales y locales, con participación de los trabajadores! ¡Y, como muestra Amazon, puede reducirse la tensión entre esos trabajadores y la distribución de sus productos!

La logística inteligente de Amazon resulta tan asombrosa porque, entre otras cuestiones, es capaz de realizar compras a sus proveedores, en tiempo real y en función de las preferencias cambiantes de los consumidores; cambien la palabra <<preferencias>> por <<necesidades>>, y tendrán algo parecido a los experimentos comunistas de Salvador Allende en el campo de la cibernética. Tenemos el sueño al alcance de la mano.

PROPUESTA. La sustitución del sistema de referencias de los precios por puntos/hora trabajada (bonos electrónicos).

Creemos que los discursos acerca de la incompatibilidad entre negocio y vida pueden servir a la hora de movilizarnos, pues aparece claramente la dialéctica entre Eros y Tánatos. Es decir, consideramos que actualmente – en la crisis del coronavirus– laten potencialidades políticas que pueden orientarse bien hacia el polo paranoide del deseo o hacia el polo esquizo y revolucionario.

Por eso resulta imprescindible que la competitividad del mercado sea sustituta, tras el empuje de las movilizaciones sociales, por la coordinación de una red cibernética participada y auto–gestionada por los trabajadores, quienes decidiríamos democráticamente el plan de distribución y el reparto de los beneficios, pero unos beneficios que no serían dinerarios como el caso del Amazon capitalista, sino en bonos para pagos electrónicos – que no podrían intercambiarse ni acumularse, que se anularían tras su uso en la plataforma de pago–. Esos pagos estarían coordinados en tiempo real, como hemos afirmado antes, con la oferta por parte de los productores.

Realizar el experimento utópico podría consistir en lo siguiente: en atreverse a imaginar. Imagina que entras en una aplicación en perpetua actualización – que tal vez podríamos llamar “Amazon Colectivo”–, creada por informáticos, matemáticos y economistas anónimos mediante fórmulas como el código libre. Las movilizaciones populares, habiendo captado el momento de verdad del sistema – que privilegia los negocios por encima de la vida, como padecemos en el caso del coronavirus–, han logrado desconectar parcialmente el intelecto general de la forma privada y empresarial. Tú te has asociado a esa red. Imagina que el dinero se ha eliminado tras las mencionadas luchas populares, de modo que, ¿qué ocurre? Pues que no ves precios. Estos han sido sustituidos por partes o fracciones de bonos electrónicos; por ejemplo, quieres comprar un libro electrónico en el que pone 1/60 min. Eso significa que el libro supone el pago de un minuto de una hora que tú hayas trabajado, pero debemos señalar que el autor del libro que has adquirido no recibe pago alguno; sólo se le entrega un bono electrónico, según la cantidad de horas que haya empleado en la redacción de la novela. De esta manera, se eliminan la competitividad, el caos y la desigualdad que genera el mercado en favor de la racionalización y la planificación descentralizada. Los trabajos poco deseados se incentivan con un plus de minutos, y ocurre al contrario con los empleos más demandados. Por el contrario, los empleos manuales que impliquen un posible contacto con el virus, se han automatizado y los realizan robots de diverso tipo. No se pone en peligro la vida de nadie.

Imagina que, el excedente de minutos al que tú también has contribuido, ha generado una inmensa bolsa de minutos; de esa bolsa tú puedes decidir, junto al resto, qué parte fija se distribuye a cada persona para la adquisición de bienes de consumo, pero también puedes decidir qué hacer con la otra parte de la bolsa de minutos; puedes votar si emplearlo en servicios o bienes, en tecnologías, inversiones o infraestructuras que consideres más necesarias para un desarrollo social que posibilite el desarrollo de todas las capacidades y habilidades de todas las personas del mundo.

Ahora imaginemos el ejemplo contrario: quieres vender los botijos que haces con tus propias manos, modelando la arcilla con cariño – es algo que siempre te ha gustado–; quieres obtener un bono para comprar cosas que también te gustan. Pero no sabes cuántos botijos has de producir. Sin embargo, cuando haces click en la sección de venta de tus productos en la página web de “Amazon Colectivo”, te aparece el plan que a nivel local habéis hecho la gente que os dedicáis a la alfarería; una planificación del reparto del trabajo basada en la gran cantidad de información aportada por el sistema cibernético y la logística inteligente. Así, el sistema ha calculado provisionalmente que en los próximos días recibirás el pedido de tres botijos, y te pones mano a la obra –aunque sin dejar de tener presente que el pedido puede variar–, mientras la propia aplicación va contabilizando el número de minutos que empleas en la realización de ese trabajo que tanto te gusta, porque te hace sentir como alguien realizado. A los pocos días, acudes al centro logístico más cercano y colocas los tres paquetes en los drones; cuando éstos llegan a las casas de los consumidores, recibes el pago en número de minutos.

Los drones son capaces de desinfectarse a sí mismo, eliminando lo rastros del virus y realizando una distribución segura.

Por último, no podemos dejar de mencionar el apartado de la aplicación denominado: “Democracia Directa”, en el que puedes acceder a los distintas votaciones que tienen lugar sobre las decisiones macroeconómicas, políticas, simbólicas, etc.. Por una parte, decides los planes específicos que afectan a los labores económicas en las que estás involucrado, decidiendo la distribución y la planificación de los ramos en los que participas, así como el uso del excedente de minutos que tú también generas y que tú también percibes; pero igualmente participas en todas las decisiones políticas, éticas y de distinto tipo que emprendería la sociedad.

Con los datos disponibles acerca del excedente de minutos y de las necesidades sociales – además de obtener a título individual un parte del excedente para bienes de consumo–, imagina que decides que lo mejor es construir un hospital en tu localidad, y que esa votación resulta la mayoritaria de todos los proyectos que se han presentado. Luego el sistema cibernético calcula la cantidad de horas que deberán emplear los productores, así como el costo de las materias primas y de la logística; de esta manera, por ejemplo, el excedente de minutos acaba convirtiéndose –gracias al trabajo retribuido en bonos y a la tecnología cibernética– en un hospital que, a su vez, se coordina no sólo con la red sanitaria sino con todos los niveles del sistema cibernético, lo que posibilita alcanzar soluciones omniabarcantes a problemas como la terrible pandemia del coronavirus.

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Otro artículo  acerca del mismo tema: Historia del apocalipsis: de Joaquín de Fiore al coronavirus

 




El bulevar de Gamonal: ¿destinar 7 millones de euros a la especulación o a nuestras necesidades cotidianas?

Recientemente se ha hecho pública la intención de PSOE y Ciudadanos de retomar el proyecto del bulevar en Gamonal destinando para ello 7 millones de euros. Un proyecto que ya generó un intenso conflicto en enero de 2014.

LEER EN DIARIO DE VURGOS:

El bulevar de Gamonal: ¿destinar 7 millones de euros a la especulación o a nuestras necesidades cotidianas?




Reseña de «Lóbiter (Archivo de crisis)», de Conrado Santamaría

«Lóbiter» es un archivo poético; no una obra personal, sino un texto que emerge del inconsciente político (y colectivo) de la crisis, gracias al gran trabajo que realiza Conrado Santamaría con el lenguaje.

Leer en Escombros con hoguera.

Hay quien asegura que, para apreciar totalmente a un poeta, hay que conocerlo a nivel personal, porque así sientes sus versos más cercanos a tu propia alma; el lenguaje del poeta te afecta con mayor facilidad. En cierto modo, estoy de acuerdo. Cuando salía para clase y era enlatado en el autobús o en el metro, sacaba alguno de los libros de Conrado de la mochila y le sentía muy cerca mientras repetía sus palabras: carrera atroz trampa adelante. Me quedaba pensando en por qué otro verso sonaba tan desgarrador, o paseaba con mi amigo, en su juventud, en una tarde de septiembre; su pueblo se había vaciado de almas. Como lector, uno seguía los pasos del poeta, se desgarraba y se inflamaba de vida con él. Por eso, cuando tuve la suerte de citarme con Conrado, y me aseguró que su último libro no era un poemario sino más bien un experimento, me resultó un tanto extraño.

Pero si leen Lóbiter (Archivo de crisis) – publicado por Amargord–, se dejarán llevar por el juego que propone Conrado Santamaría (Haro, 1962), en el que el poeta ha preferido borrar su yo a la manera fenomenológica, dejando que las expresiones que ha escuchado todo este tiempo en aulas, bares, huelgas, iglesias, plazas, calles, pueblos, ferias… dejando que esas expresiones de alumnos, abuelas, jóvenes presas del desamor, borrachos, ancianas saliendo de misa, campesinos, o pequeños empresarios a punto de entrar en banca rota; que todas esas conversaciones y dichos se registraran en sus cuadernos, para que, a través del trabajo pausado y atento, destilar el lenguaje de manera que ya no quedaran unos diálogos a la manera de la prosa que trata de reflejar la oralidad – y que por tanto se ha visto afectada por los formatos más breves de las conversaciones telefónicas y en las redes–; el lenguaje debe hablar por sí mismo. Es decir, Conrado logra que las personas que él ha ido conociendo a lo largo de estos años, sean habladas por el lenguaje destilado poéticamente. Por ejemplo, una joven puede estar hablando con una amiga de qué tipo de pájaro es…

¿Qué pájaro soy yo? ¿Qué jaula

soy yo? (pág 48)

O también podríamos mencionar a una madre que atemorizaría a la hija más valiente:

Cada uno debe buscarse la vida

y tú quieres sopas y sorber.

Menudo castigo.

Es mejor dejarte aquí sola hasta que te mueras.

Chilla lo que quieras. ¡AUXILIO!

Yo me he curado.

Yo es que tengo la casa llena de peluches (pág 22)

De esta manera, el poeta busca que las expresiones tan singulares que escuchó una vez y que anotó en sus cuadernos, entren en relaciones de atracción o repulsión respecto a otras palabras. Tener la casa llena de peluches-niñas y niños muñecos es espeluznante pero, como decíamos, no es la historia de Conrado (aunque podría ser la nuestra), no es el yo del poeta el que habla a lo largo de la mayor parte de la obra. Lóbiter es un archivo poético; no una obra personal, sino un texto que emerge del inconsciente político (y colectivo) de la crisis, gracias al gran trabajo que realiza Conrado Santaría con el lenguaje.

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RESEÑA DE «DE VIVOS ES NUESTRO JUEGO» DE CONRADO SANTAMARÍA:

De vivos es nuestro juego




Reseña de: «El pensamiento político de Michel Foucault», ensayo de Luis Félix Blengino.

 

Este interesante libro de Luis Félix Blengino, reseñado por Víctor Atobas, nos acerca al pensamiento político de Foucault.

Reseña publicada en Dorsal. Revista de Estudios Foucaultianos.

Leer:

 




Utopía y apocalipsis: releyendo a Ballard.

Consideramos que la mejor manera de volver a la obra ballardiana, en este tiempo de gusto sintomático por las distopías y las ficciones apocalípticas, es entender que Ballard era sobre todo un estupendo detector de tendencias que, en el caso de las distopías y las ficciones apocalípticas, desarrollaba y narraba desde lo negativo, pero que también sabía abordar desde la perspectiva anticipadora y positiva del impulso utópico, creando el mundo utópico de Vermilion Sands en cuentos como Venus sonríe (1967).

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Artículo disponible en Revista Quimera

COMPRAR Nº438 DE QUIMERA

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Otro artículo de Víctor Atobas en Quimera:Literatura utópica: señales de esperanza




“A. x E.” o la adicción a las flores de los gamones

Relato de Víctor Atobas acerca de la adicción a la flor esperanza de los gamones🌺

LEER EN DIARIO DE VURGOS:

“A. x E.” o la adicción a las flores de los gamones




Amazon como utopía: acerca de la tensión entre producción y distribución

 

¿Quién de nosotros no se ha sentido, en alguna ocasión, un poco culpable por comprar en Amazon? Bajos salarios, violación de derechos sindicales, venta de datos personales de los clientes, destrucción del pequeño comercio. Sin embargo, lo que pretendemos con este artículo es aunar esas críticas negativas con la perspectiva positiva o esperanzadora, para tratar de captar las formas de emergencia del futuro utópico.

 

LEER EN CANINO

 

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Historia del apocalipsis: de Joaquín de Fiore al coronavirus

La decadencia del mundo, su destrucción, aparece como esperanza de renovación en los discursos apocalípticos del coronavirus. Esta pandemia está sirviendo para mostrar que no todo está perdido en cuanto al futuro de la vida sobre la tierra.

LEER ARTÍCULO (EL VIEJO TOPO)

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Entradas relacionadas:

La potencialidad de la distopía. Respuesta a Santiago Alba Rico



Reseña de la charla-debate “¿Qué pasa con el nuevo bulevar de Gamonal?”

Publicado conjuntamente en Diario de Vurgos y Zoozobra Magazine.

 

 

Ir a Gamonal siempre me produce una sensación agradable, dado que un lazo me une a sus calles, a sus símbolos, a sus activistas infatigables; allí resulta muy sencillo recordar buenos momentos; antiguas novias, amigos, colegas, compañeros que llevan veinte años dando guerra y a quienes admiro. Gamonal es un mapa de sentimientos, al igual que el escenario de la utopía en esta ciudad. Si entendemos la religión en el sentido de aquello que vuelve a unir a los hombres, el barrio es casi un espacio religioso, pues en el resto de la ciudad resulta mucho más complicado volver a ligarse al otro. El centro se ha convertido en un espacio de compras, en un espacio basura siempre mantenido, reformado y modernizado para los turistas y para la propia escenificación de la ciudad y de su historia. Además de a los turistas, el centro ha sido entregado a los intereses del comercio, es decir, el deseo se ha organizado específicamente bajo la forma del consumismo.

Pero en Gamonal hay espacios y comunidades de deseo diferentes. Poco antes de llegar al CSR, habiendo dado un rodeo por la Antigua – donde me sorprendí de ver a varios grupos de jóvenesadvertí que los compañeros habían vuelto a pintar el costado del edifico después de que unos nazis atacaran el antiguo mural, y pensé en por qué demonios a estos últimos les molestaba tanto un espacio así en el barrio, y deduje que, más que el movimiento social en sí, que también, lo que en mayor medida había molestado a los nazis era el amor, sí, nuestro amor, el hecho de que contemos con un espacio así para seguir tejiendo vínculos amorosos y fraternales.

Luego estuve hablando con un amigo, que se había quedado a la salida del CSR y bromeaba sobre la posibilidad de que, al ausentarse tan sólo unos minutos, vinieran los pitufos a darle gusto a los nazis y cerraran nuestro espacio. Los compañeros iban llegando después de haber estado protestando contra la apertura de una nueva casa de apuestas en Eladio Perlado. Algunos debían marcharse a currar y bromeaban sobre la posibilidad de pedir un permiso repentino, mientras otros iban bajando por las escaleras.

Durante mi intervención estuve desgranando algunas de las ideas que había bosquejado en los artículos de la antología ¿Qué pasa con el bulevar de Gamonal? , sobre todo hablé acerca de la necesidad de escapar del urbanismo capitalista, un urbanismo depredado por la arquitectura en tanto el estudio de las relaciones con nuestro entorno se habían supeditado a las lógicas de la especulación y a la proyección del capital sobre el espacio – reproduciendo las desigualdades sociales-. Sólo había estudio de espacios concretos, partiendo de los axiomas del capital; el centro como espacio basura, el bulevar para sacar tajada con la especulación habiéndose abandonado previamente esa zona de calle Vitoria. La arquitectura se había comido al urbanismo, y por eso había que inventar un nuevo urbanismo, que no consistía en una propuesta cerrada que Kolhass se hubiera inventado, sino que es algo que ya habían intuido los más veteranos activistas del movimiento vecinal; el deseo colectivo de un barrio y una ciudad de vecinos libres e iguales, expresado en el antiguo pueblo de Gamonal a través de las imágenes de Dios en la tierra, y posteriormente en las luchas de los movimientos obrero y vecinal. Propuse que, en el campo urbano, llamáramos a ese deseo urbanismo colectivo.

Referí el hecho de que Antonio Fernández Santos había tratado de desacreditar la propuesta del urbanismo colectivo, en la que los arquitectos y urbanistas pasarían a someterse a la voluntad popular, desligándose así de la lógica de la especulación y de los técnicos que prestan sus títulos de expertos para negar la voz del pueblo, tal y como ocurrió en los casos de Plaza Vega y San Esteban. Pero los vecinos no debemos ser expertos. Mientras el barrio sigue deteriorándose, sólo los vecinos, quienes sufrimos con nuestros cuerpos y nuestras mentes la desigualdad social reproducida a través del espacio, la falta de servicios públicos y de vivienda, sólo nosotros podemos planificar el futuro del barrio, porque la alternativa es que el mercado siga devorando Gamonal con las casas de apuestas, con la destrucción de nuestra memoria – el pueblo antiguo-, siga expulsando a los jóvenes y generando tanto dolor. Si los poderosos tienen sus planes de futuro, también nosotros debemos planificar nuestro futuro. Y quizás una manera de empezar a hacerlo sería parando el bulevar de Gamonal, abrir un proceso de deliberación en el barrio, y emplear los millones de euros que habrían sido destinados en tal operación urbanística en un proyecto que consideráramos necesario en nuestras vidas cotidianas.

Tras mi intervención ocurrió algo curioso, que me llenó de alegría, y es que los ponentes – mi amigo y yo- dejamos en seguida de ser los centros del discurso, para que este pasara a ser colectivo siguiendo una lógica asamblearia – que Deleuze llamaría rizomática-. Un vecino intervenía sobre un tema, otro respondía muchas veces sin pedir palabra, espontáneamente, recogía su idea e introducía un matiz o una discrepancia, para que el siguiente vecino incorporara su punto de vista o volviera de nuevo a cambiar de idea; sin que los ponentes interviniéramos, el deseo iba variando en intensidad, un sentimiento se traspasaba claramente al vecino que hablaría después, pero muchas veces ese afecto regresaba variado en tono e intensidad. Salieron a la palestra proyectos alternativos de bulevar, problemas en distintos espacio del barrio, antiguas aplicaciones de eso que hemos llamado urbanismo colectivo, diversas ideas, como la propuesta de unir la lucha contra el bulevar con la lucha por otros espacios – como el de Artillería-.

Y es que la mente colectiva piensa mejor que la individual, escapando del secuestro del debate que han intentado perpetrar los medios de comunicación locales. ¿Cómo quieres que se empleen – que empleemos- los millones de euros del nuevo bulevar? Pero para responder a esta pregunta, antes debemos detener el nuevo intento de las élites de imponer el bulevar de la especulación, que es su proyecto de futuro, pero no el nuestro.




La utopía de los estudiantes

En este artículo reflexionaré sobre nuestra precaria condición de estudiantes, para argumentar que sólo concibiendo todo el dolor que hemos padecido a causa de lo negativo – la tramposa competición a la que conduce Bolonia-, comprendemos cómo anhelamos relacionarnos de otro modo.

Recuerdo que, antes de mudarme a uno de los barrios del extrarradio de Madrid, la Complutense me parecía todo un símbolo de la lucha, un emblema heráldico del pensamiento; además, claro, de un lugar estupendo donde refugiarme de los trabajos precarios que me habían ofrecido hasta entonces, sin que nadie, ni siquiera mis familiares y amigos, reconocieran que eso de pasarse unos cuantos años escribiendo novelas, ensayos y poemas era todo un esforzado oficio. Cuando no me tomaban en serio; siempre, vamos, pues me acordaba de Eduardo Mendoza recordando situaciones similares ante la cámara y sonriendo, pero no como uno de sus adorados gatos, sino como un tigre con bigotes de plata. Puto amo. Un día había ido a la caja de ahorros y se había encontrado, para su tamaña sorpresa, con que aquella novela que él creía demasiado fragmentaria o dispersa – La verdad sobre el caso Savolta– había acabado por sacarle de la pobreza. Ya no era un soñador, un locuelo, un especie de estudiante idealista de la vida, sino un trabajador con todas las de la ley.

Por mi parte había sido empleado, aunque sólo durante breves periodos. Había repartido pizzas a algunos de mis vecinos burgaleses, pero había acabado teniendo un accidente con la moto, y eso me había quitado las ganas de jugármela otra vez; mi propio tío había fallecido en un accidente laboral y a mí no me apetecía repetir la historia. Más tarde, cuando mi pareja y yo vivíamos en Las Merindades, había estado empleado en un almacén de un pequeño comercio y repartiendo publicidad por los pueblos, molestando sin querer a algunos apacibles ancianos que caminaban por esas tierras donde ya no había ni rastro de los merinos y quedaba muy poco ganado. Desde luego, después de años trabajando en mi oficio mendocino o mendociano, estudiando como un cabrón y elaborando no sé cuántos miles de trabajos que acabarían en la basura, no era esa la idea de un futuro que yo me había hecho.

De modo que se me ocurrió seguir refugiándome en los estudios, mientras continuaba entregándome a la escritura. Me matriculé en el máster de políticas de la Complutense. El cambio del pueblo a la ciudad fue bestial, y a mí no me apetecía demasiado salir de casa, y más si para quedar con algún compañero de la universidad o acudir a la facultad debía gastarme bastante dinero y viajar durante hora y media enlatado como una sardina boqueando, luchando por sobrevivir; primero en el autobús, luego en el metro, y más tarde andando otro trecho hasta clase. Cuando llegaba allí, todo el aura emblemático de la Complutense se había desvanecido y las pintadas, los carteles y las pancartas, se me antojaban como meros elementos folclóricos. Al poco de empezar las lecciones, fui a hablar con distintos profesores y les insinué que no me parecía lógico que quisieran volver a impartir las mismas materias que se estudiaban en cuarto de carrera, y todos me respondieron que ajo y agua. De modo que, como ya había cursado cuarto de carrera y no me apetecía repetir, me largué al máster en filosofía.

Allí tuve la suerte de que algunas compañeras, advirtiendo que había empezado tarde las clases y podía perder el hilo con facilidad, se acercaron a mí con timidez y me echaron un cable. Pero también se acercaron otros compañeros que querían hacerme un regalo de otro tipo, un gift que en alemán tiene la acepción de veneno; aseguraban que alguien que venía de políticas lo iba a tener realmente complicado, pero uno ya iba siendo un estudiante veterano y no caía en las ponzoñosas trampas de la competición. Aunque en cierto sentido esos compañeros se encontraban en lo cierto, no sería fácil sobrevivir en la universidad. Yo había pasado por la humillación de necesitar la carta de recomendación de algún profesor para poder optar a una beca, recibiendo como respuesta sonrisas de superioridad, silencios cómplices y pura humillación; yo les hablaba de que necesitaba esa carta para tener un futuro como investigador, pero en seguida me di cuenta de que para esos profesores yo no era sino una cosa molesta, una mosquita muerta que aplastar contra el cristal empañado.

Por suerte no todos los profesores eran así, desde luego, pero digamos que si las becas de investigación eran las zanahorias y mis compañeros y yo éramos los burros, entonces había muy pocas zanahorias para tanto rebaño estabulado a lo John Barth en El niño cabra.

Así, las clases iban sucediéndose, aunque sabía que sin la beca me iba a resultar casi imposible meter el hocico por allí y eso me cabreaba como un viejo chivo. A veces iba a Burgos, a visitar a la familia y los amigos. Una de estas amistades impartía clases en la universidad local, y me decía que cómo me atrevía a vestirme como un joven precario – a pesar de serlo- porque, según ella, como mis padres me ayudaban con el alquiler y el pago de la matrícula, entonces debía creerme que era un investigador y todo eso, a pesar de que mis investigaciones no iban a ser consideradas como trabajo, igual que ocurriría con el caso de mi literatura; es decir, yo era un joven precario, que no tenía coche ni ahorros, ni prestaciones públicas, ni nada semejante, y que ni siquiera era reconocido como escritor o investigador, pero ocurría que que yo estaba ciego y me negaba a ver que era un afortunado estudiante (pobre con una jornada de seis a ocho horas diarias y cero euros de sueldo). Al fin y al cabo, eso de la filosofía llevaba su tiempo. Pero mi amiga ya tenía su plaza de profesora, y yo era su alumno – al menos, eso quería pensar ella-; cómo iba yo a quejarme de nada, vistiéndome encima como un joven precario. Sin embargo, había amigos que sí me estimaban, como Jaime Pastor, quienes me iban aconsejando desde la sinceridad más absoluta.

No todo era negativo, desde luego, pero fue precisamente lo negativo lo primero que había aparecido en la novela que estaba escribiendo por aquel entonces – titulada La trampa de Tánatos-. Todo había empezado con un viaje en el metro, en el que me había sentido especialmente agobiado, viviendo toda una pesadilla en aquellos laberintos subterráneos; apenas había tenido espacio para respirar, cuerpos extraños me habían aprisionado contra el vagón como si yo fuera un insecto. Esa escena terrible había pasado de la realidad a la ficción; aparecía una mariposa que dejaba perplejos a los estudiantes atrapados bajo tierra, que se habían olvidado de sí mismos y parecían incapaces de comunicarse, como no fuera a través de las pantallas.

Portada diseñada por Sara Barreiro

Ahora que he terminado la obra me doy cuenta de que, aunque sea un “distopía universitaria”, como la ha descrito Santiago Alba Rico con su habitual brillantez, es sólo porque lo negativo es lo primero que se le aparece al amigo de la esperanza.

Es decir, lo que los estudiantes teníamos en común era que habíamos sido obligados a competir – lo negativo-, pero cambiando de perspectiva eso negativo podía convertirse en aquello que autentificaba una potencia positiva, a saber, la esperanza de un futuro diferente en el que pudiéramos llegar a encontrarnos de otra forma. Sólo concibiendo todo el dolor que habíamos padecido a causa de la competición, comprendíamos cómo anhelábamos relacionarnos de otro modo.

Sin embargo, aunque buena parte de los estudiantes compartíamos aún la fidelidad a la utopía quincemayista, así como inquietudes respecto a nuestros proyectos de vida; todo eso, no obstante, aparecía bajo su aspecto negativo tanto en la realidad como en la novela; debíamos competir, pero la competición lleva en sí la eliminación del adversario, machacarlo como ajo en el mortero. La solución negativa que aparece en la novela, en la que una organización violenta de estudiantes – conocida como el Frente Antiprostitución- responde a los secuestros de alumnos que han sido obligados a producir hasta morir, olvidándose de sí mismos; bajo esa solución negativa, como decíamos, late un impulso positivo que apunta hacia un futuro diferente en el que no seamos obligados a competir. Es decir, la esperanza aparece al principio como desesperación, y si la universidad se narra como un lugar horrible ubicado en el infierno de la ciudad, una suerte de campus total seccionado en tres unidades, una para clase social, es precisamente porque la esperanza apunta hacia una institución donde los estudiantes no seamos cosas a las que dar forma prostitutiva, cosas obligadas a enfrentarse en la carrera atroz trampa adelante de la competición, sino trabajadores dignos que puedan autorrealizarse con lo que hacen, en una sociedad sin empleo enajenado y sin clases. Porque la distopía universitaria es, cambiando de perspectiva, la utopía de los estudiantes. Todo lo humano tiende a la esperanza.