El bulevar de Gamonal: ¿destinar 7 millones de euros a la especulación o a nuestras necesidades cotidianas?

Recientemente se ha hecho pública la intención de PSOE y Ciudadanos de retomar el proyecto del bulevar en Gamonal destinando para ello 7 millones de euros. Un proyecto que ya generó un intenso conflicto en enero de 2014.

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El bulevar de Gamonal: ¿destinar 7 millones de euros a la especulación o a nuestras necesidades cotidianas?




Reseña de «Lóbiter (Archivo de crisis)», de Conrado Santamaría

«Lóbiter» es un archivo poético; no una obra personal, sino un texto que emerge del inconsciente político (y colectivo) de la crisis, gracias al gran trabajo que realiza Conrado Santamaría con el lenguaje.

Leer en Escombros con hoguera.

Hay quien asegura que, para apreciar totalmente a un poeta, hay que conocerlo a nivel personal, porque así sientes sus versos más cercanos a tu propia alma; el lenguaje del poeta te afecta con mayor facilidad. En cierto modo, estoy de acuerdo. Cuando salía para clase y era enlatado en el autobús o en el metro, sacaba alguno de los libros de Conrado de la mochila y le sentía muy cerca mientras repetía sus palabras: carrera atroz trampa adelante. Me quedaba pensando en por qué otro verso sonaba tan desgarrador, o paseaba con mi amigo, en su juventud, en una tarde de septiembre; su pueblo se había vaciado de almas. Como lector, uno seguía los pasos del poeta, se desgarraba y se inflamaba de vida con él. Por eso, cuando tuve la suerte de citarme con Conrado, y me aseguró que su último libro no era un poemario sino más bien un experimento, me resultó un tanto extraño.

Pero si leen Lóbiter (Archivo de crisis) – publicado por Amargord–, se dejarán llevar por el juego que propone Conrado Santamaría (Haro, 1962), en el que el poeta ha preferido borrar su yo a la manera fenomenológica, dejando que las expresiones que ha escuchado todo este tiempo en aulas, bares, huelgas, iglesias, plazas, calles, pueblos, ferias… dejando que esas expresiones de alumnos, abuelas, jóvenes presas del desamor, borrachos, ancianas saliendo de misa, campesinos, o pequeños empresarios a punto de entrar en banca rota; que todas esas conversaciones y dichos se registraran en sus cuadernos, para que, a través del trabajo pausado y atento, destilar el lenguaje de manera que ya no quedaran unos diálogos a la manera de la prosa que trata de reflejar la oralidad – y que por tanto se ha visto afectada por los formatos más breves de las conversaciones telefónicas y en las redes–; el lenguaje debe hablar por sí mismo. Es decir, Conrado logra que las personas que él ha ido conociendo a lo largo de estos años, sean habladas por el lenguaje destilado poéticamente. Por ejemplo, una joven puede estar hablando con una amiga de qué tipo de pájaro es…

¿Qué pájaro soy yo? ¿Qué jaula

soy yo? (pág 48)

O también podríamos mencionar a una madre que atemorizaría a la hija más valiente:

Cada uno debe buscarse la vida

y tú quieres sopas y sorber.

Menudo castigo.

Es mejor dejarte aquí sola hasta que te mueras.

Chilla lo que quieras. ¡AUXILIO!

Yo me he curado.

Yo es que tengo la casa llena de peluches (pág 22)

De esta manera, el poeta busca que las expresiones tan singulares que escuchó una vez y que anotó en sus cuadernos, entren en relaciones de atracción o repulsión respecto a otras palabras. Tener la casa llena de peluches-niñas y niños muñecos es espeluznante pero, como decíamos, no es la historia de Conrado (aunque podría ser la nuestra), no es el yo del poeta el que habla a lo largo de la mayor parte de la obra. Lóbiter es un archivo poético; no una obra personal, sino un texto que emerge del inconsciente político (y colectivo) de la crisis, gracias al gran trabajo que realiza Conrado Santaría con el lenguaje.

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RESEÑA DE «DE VIVOS ES NUESTRO JUEGO» DE CONRADO SANTAMARÍA:

De vivos es nuestro juego




Reseña de: «El pensamiento político de Michel Foucault», ensayo de Luis Félix Blengino.

 

Este interesante libro de Luis Félix Blengino, reseñado por Víctor Atobas, nos acerca al pensamiento político de Foucault.

Reseña publicada en Dorsal. Revista de Estudios Foucaultianos.

Leer:

 




Utopía y apocalipsis: releyendo a Ballard.

Consideramos que la mejor manera de volver a la obra ballardiana, en este tiempo de gusto sintomático por las distopías y las ficciones apocalípticas, es entender que Ballard era sobre todo un estupendo detector de tendencias que, en el caso de las distopías y las ficciones apocalípticas, desarrollaba y narraba desde lo negativo, pero que también sabía abordar desde la perspectiva anticipadora y positiva del impulso utópico, creando el mundo utópico de Vermilion Sands en cuentos como Venus sonríe (1967).

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Artículo disponible en Revista Quimera

COMPRAR Nº438 DE QUIMERA

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Otro artículo de Víctor Atobas en Quimera:Literatura utópica: señales de esperanza




“A. x E.” o la adicción a las flores de los gamones

Relato de Víctor Atobas acerca de la adicción a la flor esperanza de los gamones🌺

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“A. x E.” o la adicción a las flores de los gamones




Amazon como utopía: acerca de la tensión entre producción y distribución

 

¿Quién de nosotros no se ha sentido, en alguna ocasión, un poco culpable por comprar en Amazon? Bajos salarios, violación de derechos sindicales, venta de datos personales de los clientes, destrucción del pequeño comercio. Sin embargo, lo que pretendemos con este artículo es aunar esas críticas negativas con la perspectiva positiva o esperanzadora, para tratar de captar las formas de emergencia del futuro utópico.

 

LEER EN CANINO

 

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Historia del apocalipsis: de Joaquín de Fiore al coronavirus

La decadencia del mundo, su destrucción, aparece como esperanza de renovación en los discursos apocalípticos del coronavirus. Esta pandemia está sirviendo para mostrar que no todo está perdido en cuanto al futuro de la vida sobre la tierra.

LEER ARTÍCULO (EL VIEJO TOPO)

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Entradas relacionadas:

La potencialidad de la distopía. Respuesta a Santiago Alba Rico



Reseña de la charla-debate “¿Qué pasa con el nuevo bulevar de Gamonal?”

Publicado conjuntamente en Diario de Vurgos y Zoozobra Magazine.

 

 

Ir a Gamonal siempre me produce una sensación agradable, dado que un lazo me une a sus calles, a sus símbolos, a sus activistas infatigables; allí resulta muy sencillo recordar buenos momentos; antiguas novias, amigos, colegas, compañeros que llevan veinte años dando guerra y a quienes admiro. Gamonal es un mapa de sentimientos, al igual que el escenario de la utopía en esta ciudad. Si entendemos la religión en el sentido de aquello que vuelve a unir a los hombres, el barrio es casi un espacio religioso, pues en el resto de la ciudad resulta mucho más complicado volver a ligarse al otro. El centro se ha convertido en un espacio de compras, en un espacio basura siempre mantenido, reformado y modernizado para los turistas y para la propia escenificación de la ciudad y de su historia. Además de a los turistas, el centro ha sido entregado a los intereses del comercio, es decir, el deseo se ha organizado específicamente bajo la forma del consumismo.

Pero en Gamonal hay espacios y comunidades de deseo diferentes. Poco antes de llegar al CSR, habiendo dado un rodeo por la Antigua – donde me sorprendí de ver a varios grupos de jóvenesadvertí que los compañeros habían vuelto a pintar el costado del edifico después de que unos nazis atacaran el antiguo mural, y pensé en por qué demonios a estos últimos les molestaba tanto un espacio así en el barrio, y deduje que, más que el movimiento social en sí, que también, lo que en mayor medida había molestado a los nazis era el amor, sí, nuestro amor, el hecho de que contemos con un espacio así para seguir tejiendo vínculos amorosos y fraternales.

Luego estuve hablando con un amigo, que se había quedado a la salida del CSR y bromeaba sobre la posibilidad de que, al ausentarse tan sólo unos minutos, vinieran los pitufos a darle gusto a los nazis y cerraran nuestro espacio. Los compañeros iban llegando después de haber estado protestando contra la apertura de una nueva casa de apuestas en Eladio Perlado. Algunos debían marcharse a currar y bromeaban sobre la posibilidad de pedir un permiso repentino, mientras otros iban bajando por las escaleras.

Durante mi intervención estuve desgranando algunas de las ideas que había bosquejado en los artículos de la antología ¿Qué pasa con el bulevar de Gamonal? , sobre todo hablé acerca de la necesidad de escapar del urbanismo capitalista, un urbanismo depredado por la arquitectura en tanto el estudio de las relaciones con nuestro entorno se habían supeditado a las lógicas de la especulación y a la proyección del capital sobre el espacio – reproduciendo las desigualdades sociales-. Sólo había estudio de espacios concretos, partiendo de los axiomas del capital; el centro como espacio basura, el bulevar para sacar tajada con la especulación habiéndose abandonado previamente esa zona de calle Vitoria. La arquitectura se había comido al urbanismo, y por eso había que inventar un nuevo urbanismo, que no consistía en una propuesta cerrada que Kolhass se hubiera inventado, sino que es algo que ya habían intuido los más veteranos activistas del movimiento vecinal; el deseo colectivo de un barrio y una ciudad de vecinos libres e iguales, expresado en el antiguo pueblo de Gamonal a través de las imágenes de Dios en la tierra, y posteriormente en las luchas de los movimientos obrero y vecinal. Propuse que, en el campo urbano, llamáramos a ese deseo urbanismo colectivo.

Referí el hecho de que Antonio Fernández Santos había tratado de desacreditar la propuesta del urbanismo colectivo, en la que los arquitectos y urbanistas pasarían a someterse a la voluntad popular, desligándose así de la lógica de la especulación y de los técnicos que prestan sus títulos de expertos para negar la voz del pueblo, tal y como ocurrió en los casos de Plaza Vega y San Esteban. Pero los vecinos no debemos ser expertos. Mientras el barrio sigue deteriorándose, sólo los vecinos, quienes sufrimos con nuestros cuerpos y nuestras mentes la desigualdad social reproducida a través del espacio, la falta de servicios públicos y de vivienda, sólo nosotros podemos planificar el futuro del barrio, porque la alternativa es que el mercado siga devorando Gamonal con las casas de apuestas, con la destrucción de nuestra memoria – el pueblo antiguo-, siga expulsando a los jóvenes y generando tanto dolor. Si los poderosos tienen sus planes de futuro, también nosotros debemos planificar nuestro futuro. Y quizás una manera de empezar a hacerlo sería parando el bulevar de Gamonal, abrir un proceso de deliberación en el barrio, y emplear los millones de euros que habrían sido destinados en tal operación urbanística en un proyecto que consideráramos necesario en nuestras vidas cotidianas.

Tras mi intervención ocurrió algo curioso, que me llenó de alegría, y es que los ponentes – mi amigo y yo- dejamos en seguida de ser los centros del discurso, para que este pasara a ser colectivo siguiendo una lógica asamblearia – que Deleuze llamaría rizomática-. Un vecino intervenía sobre un tema, otro respondía muchas veces sin pedir palabra, espontáneamente, recogía su idea e introducía un matiz o una discrepancia, para que el siguiente vecino incorporara su punto de vista o volviera de nuevo a cambiar de idea; sin que los ponentes interviniéramos, el deseo iba variando en intensidad, un sentimiento se traspasaba claramente al vecino que hablaría después, pero muchas veces ese afecto regresaba variado en tono e intensidad. Salieron a la palestra proyectos alternativos de bulevar, problemas en distintos espacio del barrio, antiguas aplicaciones de eso que hemos llamado urbanismo colectivo, diversas ideas, como la propuesta de unir la lucha contra el bulevar con la lucha por otros espacios – como el de Artillería-.

Y es que la mente colectiva piensa mejor que la individual, escapando del secuestro del debate que han intentado perpetrar los medios de comunicación locales. ¿Cómo quieres que se empleen – que empleemos- los millones de euros del nuevo bulevar? Pero para responder a esta pregunta, antes debemos detener el nuevo intento de las élites de imponer el bulevar de la especulación, que es su proyecto de futuro, pero no el nuestro.




La utopía de los estudiantes

En este artículo reflexionaré sobre nuestra precaria condición de estudiantes, para argumentar que sólo concibiendo todo el dolor que hemos padecido a causa de lo negativo – la tramposa competición a la que conduce Bolonia-, comprendemos cómo anhelamos relacionarnos de otro modo.

Recuerdo que, antes de mudarme a uno de los barrios del extrarradio de Madrid, la Complutense me parecía todo un símbolo de la lucha, un emblema heráldico del pensamiento; además, claro, de un lugar estupendo donde refugiarme de los trabajos precarios que me habían ofrecido hasta entonces, sin que nadie, ni siquiera mis familiares y amigos, reconocieran que eso de pasarse unos cuantos años escribiendo novelas, ensayos y poemas era todo un esforzado oficio. Cuando no me tomaban en serio; siempre, vamos, pues me acordaba de Eduardo Mendoza recordando situaciones similares ante la cámara y sonriendo, pero no como uno de sus adorados gatos, sino como un tigre con bigotes de plata. Puto amo. Un día había ido a la caja de ahorros y se había encontrado, para su tamaña sorpresa, con que aquella novela que él creía demasiado fragmentaria o dispersa – La verdad sobre el caso Savolta– había acabado por sacarle de la pobreza. Ya no era un soñador, un locuelo, un especie de estudiante idealista de la vida, sino un trabajador con todas las de la ley.

Por mi parte había sido empleado, aunque sólo durante breves periodos. Había repartido pizzas a algunos de mis vecinos burgaleses, pero había acabado teniendo un accidente con la moto, y eso me había quitado las ganas de jugármela otra vez; mi propio tío había fallecido en un accidente laboral y a mí no me apetecía repetir la historia. Más tarde, cuando mi pareja y yo vivíamos en Las Merindades, había estado empleado en un almacén de un pequeño comercio y repartiendo publicidad por los pueblos, molestando sin querer a algunos apacibles ancianos que caminaban por esas tierras donde ya no había ni rastro de los merinos y quedaba muy poco ganado. Desde luego, después de años trabajando en mi oficio mendocino o mendociano, estudiando como un cabrón y elaborando no sé cuántos miles de trabajos que acabarían en la basura, no era esa la idea de un futuro que yo me había hecho.

De modo que se me ocurrió seguir refugiándome en los estudios, mientras continuaba entregándome a la escritura. Me matriculé en el máster de políticas de la Complutense. El cambio del pueblo a la ciudad fue bestial, y a mí no me apetecía demasiado salir de casa, y más si para quedar con algún compañero de la universidad o acudir a la facultad debía gastarme bastante dinero y viajar durante hora y media enlatado como una sardina boqueando, luchando por sobrevivir; primero en el autobús, luego en el metro, y más tarde andando otro trecho hasta clase. Cuando llegaba allí, todo el aura emblemático de la Complutense se había desvanecido y las pintadas, los carteles y las pancartas, se me antojaban como meros elementos folclóricos. Al poco de empezar las lecciones, fui a hablar con distintos profesores y les insinué que no me parecía lógico que quisieran volver a impartir las mismas materias que se estudiaban en cuarto de carrera, y todos me respondieron que ajo y agua. De modo que, como ya había cursado cuarto de carrera y no me apetecía repetir, me largué al máster en filosofía.

Allí tuve la suerte de que algunas compañeras, advirtiendo que había empezado tarde las clases y podía perder el hilo con facilidad, se acercaron a mí con timidez y me echaron un cable. Pero también se acercaron otros compañeros que querían hacerme un regalo de otro tipo, un gift que en alemán tiene la acepción de veneno; aseguraban que alguien que venía de políticas lo iba a tener realmente complicado, pero uno ya iba siendo un estudiante veterano y no caía en las ponzoñosas trampas de la competición. Aunque en cierto sentido esos compañeros se encontraban en lo cierto, no sería fácil sobrevivir en la universidad. Yo había pasado por la humillación de necesitar la carta de recomendación de algún profesor para poder optar a una beca, recibiendo como respuesta sonrisas de superioridad, silencios cómplices y pura humillación; yo les hablaba de que necesitaba esa carta para tener un futuro como investigador, pero en seguida me di cuenta de que para esos profesores yo no era sino una cosa molesta, una mosquita muerta que aplastar contra el cristal empañado.

Por suerte no todos los profesores eran así, desde luego, pero digamos que si las becas de investigación eran las zanahorias y mis compañeros y yo éramos los burros, entonces había muy pocas zanahorias para tanto rebaño estabulado a lo John Barth en El niño cabra.

Así, las clases iban sucediéndose, aunque sabía que sin la beca me iba a resultar casi imposible meter el hocico por allí y eso me cabreaba como un viejo chivo. A veces iba a Burgos, a visitar a la familia y los amigos. Una de estas amistades impartía clases en la universidad local, y me decía que cómo me atrevía a vestirme como un joven precario – a pesar de serlo- porque, según ella, como mis padres me ayudaban con el alquiler y el pago de la matrícula, entonces debía creerme que era un investigador y todo eso, a pesar de que mis investigaciones no iban a ser consideradas como trabajo, igual que ocurriría con el caso de mi literatura; es decir, yo era un joven precario, que no tenía coche ni ahorros, ni prestaciones públicas, ni nada semejante, y que ni siquiera era reconocido como escritor o investigador, pero ocurría que que yo estaba ciego y me negaba a ver que era un afortunado estudiante (pobre con una jornada de seis a ocho horas diarias y cero euros de sueldo). Al fin y al cabo, eso de la filosofía llevaba su tiempo. Pero mi amiga ya tenía su plaza de profesora, y yo era su alumno – al menos, eso quería pensar ella-; cómo iba yo a quejarme de nada, vistiéndome encima como un joven precario. Sin embargo, había amigos que sí me estimaban, como Jaime Pastor, quienes me iban aconsejando desde la sinceridad más absoluta.

No todo era negativo, desde luego, pero fue precisamente lo negativo lo primero que había aparecido en la novela que estaba escribiendo por aquel entonces – titulada La trampa de Tánatos-. Todo había empezado con un viaje en el metro, en el que me había sentido especialmente agobiado, viviendo toda una pesadilla en aquellos laberintos subterráneos; apenas había tenido espacio para respirar, cuerpos extraños me habían aprisionado contra el vagón como si yo fuera un insecto. Esa escena terrible había pasado de la realidad a la ficción; aparecía una mariposa que dejaba perplejos a los estudiantes atrapados bajo tierra, que se habían olvidado de sí mismos y parecían incapaces de comunicarse, como no fuera a través de las pantallas.

Portada diseñada por Sara Barreiro

Ahora que he terminado la obra me doy cuenta de que, aunque sea un “distopía universitaria”, como la ha descrito Santiago Alba Rico con su habitual brillantez, es sólo porque lo negativo es lo primero que se le aparece al amigo de la esperanza.

Es decir, lo que los estudiantes teníamos en común era que habíamos sido obligados a competir – lo negativo-, pero cambiando de perspectiva eso negativo podía convertirse en aquello que autentificaba una potencia positiva, a saber, la esperanza de un futuro diferente en el que pudiéramos llegar a encontrarnos de otra forma. Sólo concibiendo todo el dolor que habíamos padecido a causa de la competición, comprendíamos cómo anhelábamos relacionarnos de otro modo.

Sin embargo, aunque buena parte de los estudiantes compartíamos aún la fidelidad a la utopía quincemayista, así como inquietudes respecto a nuestros proyectos de vida; todo eso, no obstante, aparecía bajo su aspecto negativo tanto en la realidad como en la novela; debíamos competir, pero la competición lleva en sí la eliminación del adversario, machacarlo como ajo en el mortero. La solución negativa que aparece en la novela, en la que una organización violenta de estudiantes – conocida como el Frente Antiprostitución- responde a los secuestros de alumnos que han sido obligados a producir hasta morir, olvidándose de sí mismos; bajo esa solución negativa, como decíamos, late un impulso positivo que apunta hacia un futuro diferente en el que no seamos obligados a competir. Es decir, la esperanza aparece al principio como desesperación, y si la universidad se narra como un lugar horrible ubicado en el infierno de la ciudad, una suerte de campus total seccionado en tres unidades, una para clase social, es precisamente porque la esperanza apunta hacia una institución donde los estudiantes no seamos cosas a las que dar forma prostitutiva, cosas obligadas a enfrentarse en la carrera atroz trampa adelante de la competición, sino trabajadores dignos que puedan autorrealizarse con lo que hacen, en una sociedad sin empleo enajenado y sin clases. Porque la distopía universitaria es, cambiando de perspectiva, la utopía de los estudiantes. Todo lo humano tiende a la esperanza.




La Segunda Transición vista por un militante del Frente Antiprostitución

Andaba yo preocupado por eso que decían los medios de que había una Segunda Transición en marcha. El control de Cataluña había sido transferido a un fondo buitre radicado en un paraíso fiscal y la Generalitat se había convertido en un corral subsidiado, así como algunos políticos de la Región Leonesa habían pensado que la única manera de desviar la atención de los problemas que padecían sus vecinos – a saber, los leones parecían haberse tragado las industrias y las políticas sociales– era sumarse al espectáculo del nacionalismo facilongo. Por su parte, el Estado de Españalandia seguía siendo un burdel gallináceo, y ya se sabe que más putas que las gallinas…

Pero el Frente Antiprostitución seguía extendiéndose, y luchando. Aunque no vayan ustedes a pensar que yo me involucraba más de la cuenta, ya saben, soy un literato neutral y por tanto deben comprar todos mis libros; la literatura no debe alentar a la revolución social sino airear confesiones de alcoba, reflexiones gilipollescas sobre los cuatro segundos que dura el orgasmo y todo eso, centrándose en chorradas como aparecer en las listas de un canon hegemónico que sólo les importa a cuatro gatos negros. Ya saben ustedes para qué sirve eso de la literatura española, para que esos gatos se la machaquen un rato. Y yo estoy de acuerdo en que así debe ser, pues me veo en la obligación de mantener la neutralidad prostitutiva de todo novelista para así intentar acceder a las listas antes mencionadas y vender diez o doce libros más.

Así que, ya quedan advertidos, no se confundan ustedes; yo no soy frentista (1). Fue mi querido amigo Keylor, un tipo grandote, chileno y español al mismo tiempo, quien me puso al corriente del asunto. Me confesó que el Frente había analizado la Segunda Transición, llegando a la conclusión de que la muy supuesta izquierda agrupada en torno al partido Podemos-Prostituirnos, parecía encaminada a limitarse a gestionar el capitalismo, al aducir que con el nuevo gobierno del 7 de enero de 2020 había cambiado todo porque nada había cambiado, que la aceptación de la los límites a la soberanía impuestos por la Unión Europea de Oligarquías era un asunto respetable; en definitiva, que iban a llevar a cabo el hercúleo esfuerzo de bajar tres euros con veinte el precio de la factura de la luz; claro que, por otra parte, todos los estudiantes y los trabajadores íbamos a seguir siendo prostituidos.

Keylor estaba en la idea de que unos políticos que provenían de un supuesto partido comunista, como el aplicado Pablito Bonaparte, Edu, Yolanda, o Irene La Hermosa Comunista Capitalista, se encontraban obligados, por la vía de la moral pero también por las amenazas de secuestro proferidas por los propios frentistas – una de cuyas células más activas comandaba el propio Keylor-, a reducir a la mitad la jornada prostitutiva en un primer momento, para posteriormente abolir la prostitución de facto, pues aunque la economía de transición al comunismo demandara de forma provisional algunas horas de lo que vendría siendo abrirse de piernas, se había demostrado científicamente que el trabajo podía posteriormente repartirse hasta que no hicieran falta más que hora y media ante el hijoputa del jefe, y bien es sabido que los españoles son perfectamente capaces, y que entre que van al baño a desnudarse, hablan del Real Madrid y se lían un cigarro, son capaces de tirarse una hora y pico sin hacer realmente nada, hasta que se marchan con su virginidad intocada por las sucias manos del capital.

Al poco Keylor me confesó que los frentistas sabían que no se aboliría la prostitución si antes no llegaba la tan ansiada insurrección popular, de manera que habían planeado convocar una huelga general revolucionaria no sin antes haber realizado el triple secuestro de su excelentísimo monarca El Felipista de Hamelín, el señor Pablito Bonaparte e Irene La Hermosa Comunista Capitalista, persistiendo en tales actividades subversivas hasta que Utopos fuera investido nuevo rey y se produjera el advenimiento de la sociedad de vírgenes e iguales.

Porque no puede ser, Atobas, no seas pendejo, buey – dijo Keylor-, si tú andas con nosotros no puedes lavarte las manos ahora, será mejor que lo entiendas, si estás, estás, a lo que voy; piensa que esos hijueputas nos la van a liar igual que en el 78, empezarán con que el fondo buitre que controla Cataluña debe ser participado por los proxenetas barceloneses y toda esa vaina, ya sabes, buey, y luego los propietarios de los prostíbulos multinacionales en Euzkadi, Eroski o como demonios se diga esa mierda de país imaginario, empezarán otra vez a producir banderas para comer, ya sabes toda esa vaina del consenso, pero será todo un timo, una jodida estafa, y claro, mientras discuten sobre lo muy consensuados que están en la defensa del sistema prostitutivo capitalista, aprovecharán para ponernos de putas durante diez horas al día para que ganemos cuatro cochinas monedas y nos alimentemos de banderitas, de putas hasta los 80 años, joder, esa gentuza es capaz y lo sabes, sabes que nos aplastarán si acaso se lo permitimos, pero eso no va a ocurrir, ¿verdad?, ¿verdad que esta vez no dejaremos que ocurra lo mismo que en el Primera Transición?

De eso ni hablar, contesté.

Me alegro de que digas eso, man – en ese momento fui golpeado por el codo de Keylor-, porque mi célula ha sido la encargada de secuestrar a su excelencia El Felipista de Hamelín. Y si plantan a un sucesor, pues entonces también lo secuestraremos y lo dejemos picoteando junto al resto de las aves, así hasta que logremos investir al rey Utopos que, en su cualidad de no-lugaridad, en ese momento de pausa que precederá a la tercera república, amigo, en ese preciso momento el pueblo irá a la huelga indefinida y acabará de una vez por todas con la prostitución a Tánatos y al Capital… en ese momento ya no importará si naciste en el pasillo de los yogures del Eroski-Euzkadi o en un pueblo de la montaña palentina, si vienes de aquí o de acullá, qué más dará eso, amigo, si seremos libres e iguales.

Mierda, no va a quedar más remedio que intentarlo o nos follarán vivos hasta convertirnos en masas deformes y sanguinolentas. Bueno, si me detiene el cuerpo perruno-policial, siempre podré consolarme con el hecho de que se han escrito buenos libros en la cárcel. Por intentarlo que no quede. Así me gusta, amigo, dijo Keylor mientras me envolvía en un cálido abrazo, para acabar apostillando; esta vez no permitiremos que ocurra lo mismo que en la Primera Transición.

NOTAS:

1. Siguiendo la costumbre de Spinoza de planear algunas cuestiones problemáticas en el apartado de notas del texto, me veo en la obligación, en cumplimiento de la más estricta verdad, de reconocer que milito en el Frente Antiprostitución.