Y podría haber sido aún más difícil

 

 

Y podría haber sido aún más difícil.

La disciplina recta

del cuarto de las ratas siempre a punto

con razonables dientes. O la raya

de luz bajo la puerta a medianoche

con llanto en el pasillo.

O la sangre más cruda

de un padre acribillado en la cuneta

de una guerra perdida para todo.

O el hambre ya sin dioses

y sin sendas, como otro surco abierto

a la nueva semilla que se pudre

lentamente sin germen

en mitad de la ciénaga.

Sin embargo, todo fue más sencillo

y más indescifrable.

Las calles a finales de un septiembre

recién oscurecido y ya sin gente.

Y el doblar de campanas escindiendo

las huellas y filtrando

en todas las paredes humedades

que el tiempo afianzaba.

Y los olores viejos. Y el silencio

que abría cicatrices y cerraba

bajo una llave muerta la despensa.

Y volando por el cielo

la picaraza izquierda inexorable.

 

 

 

 

 

Poema perteneciente al poemario de Conrado Santamaría “La noche ardida” (Ruleta Rusa, 2017).




Y es un instante todo

 

 

Y es un instante todo.

Humo

que en la distancia surge

y se deshace

como ofrenda a la nada.

Y en este altar,

que parecía eterno,

de golpe ya no queda

ni víctima, verdugo, ni testigo,

tan sólo una ceniza

sobre la ausencia de las cosas

y de los nombres muertos.

Liturgia del vacío.

Un humo en la distancia,

que en este instante es todavía y nunca.

 

 

 

Poema perteneciente al libro La noche ardida (2017, Ruleta Rusa Ediciones)

 

 

 

 

 

 

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De “La noche ardida”

 

 

Se me caen de las manos las palabras,

el sentido, la vida,

esta tarde de marzo en que las cosas

se muestran como ajenas,

sin aroma ni flor,

sin poros y sin fondo

ni caridad ni amparo. Yo camino

descabalado y zurdo

junto a un río que solamente es río,

bajo un cielo que no me corresponde,

entre piedras y álamos

que apenas si son álamos y piedras.

Los signos ¿dónde han ido?

El aire se enrarece y lentamente

se me enturbian los gestos en las aguas

de un mundo enmudecido.

Ya de regreso en casa me detengo

junto a la puerta.

Escucho.

Un vacío sin ecos me conforma.

 

 

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Rendijas las palabras

Este poema pertenece al libro “De vivos es nuestro juego“.

Se nos dice va y viene

el viento desde siempre ay enredando

las nubes los mercados

de su peso que caen

como manzanas

y se alzan se nos dice

los córneos armadillos consejeros

de natural necrófagos y el ciclo

de la lucha se nos dice por la vida

los muertos tan motores de la historia

entre ruinas de un muro de un cortijo

confuso se nos dice la paciencia

y no hay otra baraja

ni más vueltas

se nos dice no hay tutía

y nosotros decimos

el viento desde dentro desde siempre

ay enredando nubes

manzanas y armadillos

muñecos y ventrílocuos decimos

el mismo mandamiento y a la espera

del milagro decimos del esclavo

en el solar en venta insostenible

con miedo en la garganta

y obedientes decimos consumada

la condición humana

tal y como

si no hubiera hendiduras

si no hubiera rendijas las palabras

los hallazgos

si no hubiera un adentro más adentro

con una voz distinta más genuina.

 




El caracol y la estrella de la mazorca

Poema infantil

Al caracol zapatista

¡Ay, qué alta
la estrella de la mazorca
con su zarcillo y su ajorca!

Trepa y trepa por la caña
el caracol con su concha,
¡temblores de la mañana!

La mariposa, revuelo
de risas y de colores,
le abanica los sudores
y lo remonta en su vuelo:

“¡Eh, caracol,
aleluya,
que ya es tuya
la estrella de la esperanza!”




El prodigio del pan

Y sin que ya esperáramos colores

después de tanto oscuro u otro gusto

distinto a la ceniza,

después de tanta hambruna a las espaldas,

¿quién nos iba a decir que esta mañana,

con palabras corrientes,

con los gestos más simples,

con los mismos pigmentos que antes despreciáramos,

íbamos a alcanzar lo que ahora toco?

¿Os acordáis? Un día

sacamos el mortero

y majamos al fin nuestra ceguera

hasta mudarla en harina de luz,

y la amasamos,

y de nuevo encendimos el horno de la plaza

para cocer alegres este asombro

de pan que ahora

compartimos,

compañeros sin más, al mediodía.

Recomendamos el poemario de Conrado Santamaría: “De vivos es nuestro juego”




Preguntas de una mujer que lee

Para Bertolt Brecht

¿Quién amasó el pan de los que edificaron Tebas, la de las siete puertas?
En los libros no se menciona el nombre de ninguna.
¿Acaso reyes y canteros madrugaron por leña para encender el fuego?
Y en Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién acarreó el agua para los que la levantaron otras tantas?
Y en Lima, resplandeciente de oro, ¿quién limpió las chabolas donde vivían los albañiles?
¿Quién les hizo la cena a los obreros la noche que terminaron la Muralla china?
La gran Roma está llena de arcos de triunfo.
¿Quién curó las heridas de quienes los erigieron?
¿Quiénes amortajaron a los vencidos por los soldados de los césares?
Bizancio, tan enaltecida,
¿acaso no tenía lavaderos para hacer la colada?
Incluso en la legendaria Atlántida, la noche que fue devorada por el mar,
hasta los esclavos que se ahogaban clamaban llamando a sus mujeres.

El joven Alejandro conquistó la India.
¿Quién amamantó y crio a sus soldados?
César venció a los galos.
¿No llevaba tras sus legiones siquiera unas prostitutas?
Felipe de España lloró cuando se hundió su flota.
¿Nadie más lloró la muerte de los marineros?
Federico II venció en la Guerra de los Siete Años.
¿Por qué siempre la guerra para resolver conflictos?

Cada página una victoria.
¿Quién fregó la vajilla del banquete del triunfo?
Cada diez años un gran hombre entre hombres.
¿Quién pagó los platos rotos?

Tantas historias,
tantas preguntas.

Poema perteneciente al poemario de Conrado Santamaría, “De vivos es nuestro juego” (2015, Ruleta Rusa)




Somos

Somos

los que profieren la blasfemia

en el silencio perfumado del templo

a la hora tozuda del crepúsculo.

Somos

los que no se descubren la cabeza

ni hincan la rodilla al pie de las escalinatas

temblorosas de la mañana.

Somos

los que no piden compasión y sí piden cuentas,

la piedra del escándalo

en medio del camino ancho y recto que atraviesa la llanura sin horizonte.

Somos

los que se vuelven y se plantan, y miran a los ojos

mientras con el pie trazan en el suelo la raya definitiva.

Somos

los que dicen NO como una afirmación hacia adelante.

Somos

aquí y ahora.




Carne de procesión

Fueron tiempos de hechizos y deslocalizaciones,
de estiércol y fuegos artificiales.
No sé si os acordáis.

Nosotros,

encorvados y alegres,

procesionábamos delante de las oficinas del paro vestidos de nazarenos,
procesionábamos por la mañana y por la tarde,
entre el redoble de los tambores y el estruendo de las cornetas,
procesionábamos por las noches también,
cuando las puertas de las oficinas habían sido clausuradas
y en sueños sudorosos nos empeñábamos en procesionar.

Bajo la lluvia, bajo la nieve, bajo los arduos rayos del sol
procesionábamos.

Procesionábamos
con nuestros propios pies, que descalzos arrastraban las cadenas,
procesionábamos
con nuestras propias manos, que ensangrentadas manejaban la disciplina,
procesionábamos
con nuestra propia canción, que silenciada se adhería a la polvareda.

Éramos carne de procesión.

Nuestros capirotes señalaban arrogantes el cielo,
mas la luz les huía,
nuestros cirios encendidos apenas iluminaban,
nuestros sambenitos devolvían su amarillo festivo a los ojos agradecidos de los espectadores,
que deslumbrados apartaban la mirada.

Procesionábamos interminablemente,

delante de las oficinas del paro,
delante de los estadios,
delante de los cuarteles,
delante de las catedrales,
delante de los patíbulos,
delante de las grandes superficies,
delante de los cementerios,
delante de los concesionarios,
delante de los parlamentos,
delante de las fundaciones,
delante de los hospitales,
delante de las cajas de ahorro,
delante de las cárceles,
delante de las administraciones de lotería,
delante de las escuelas,
delante de los parques temáticos,
delante de los manicomios,
delante de las redacciones,
delante de los urinarios,
delante de los zoológicos,
delante de los paraninfos,
delante de las comisarías,
delante de los solares en construcción.

Y procesionábamos delante de nosotros mismos
que nos mirábamos galvanizados y sonrientes por debajo del capirote
sin querer comprender.

Sonámbulos durante el día
y durante la noche sonámbulos.

Procesionábamos y procesionábamos
y a nuestras espaldas
no se derrumbaban edificios en llamas,
ni las nubes descargaban torrentes de sangre,
ni surgían del fondo del mar serpientes emplumadas,
ni las mujeres parían entre gritos niños decapitados.

Éramos carne de procesión.

Aquellos tiempos
de verbenas y capitulaciones.

No sé si os acordáis.

Poema perteneciente al poemario de Conrado Santamaría, “De vivos en nuestro juego” (Ruleta Rusa)




CIE

Sé que no abriré esta puerta impunemente,

mis papeles en regla

contra el azul en púas,

mi frente y mi perfil contra las cifras,

contra el plástico atroz,

impunemente,

contra el cristal tatuado de labios como llagas.

Esta puerta que reza

iniquidades

en las lenguas más cultas de la jungla,

que se extiende en el tiempo

como un hilo de sangre

hasta los hornos,

hasta la sucia arena

de playas que recuerdan,

hasta el cerco primero que acotó la vergüenza.

Un oscuro consuelo

supura la costumbre si se mata

sordamente el escrúpulo.

¿Qué le importa al salario

cuánto aprieta el grillete?

¿Qué le importa al testigo la mordaza?

¿Qué le importa al usuario

el color de la sangre?

No hay tristeza o refugio en el pecho del fuerte,

que se lava las manos y pasea

bien limpia su justicia.

Impunemente.

Yo sé que no abriré esta puerta impunemente.