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De vez en cuando sucede que Facebook nos da sorpresas agradables. No me refiero ahora a las de carácter personal. Estoy pensando, antes bien, en las que asumen la condición de aserciones que, por su forma o por su contenido, iluminan el oscuro mundo en que nos encontramos. No sé si fue Azaña quien dijo de Ortega, u Ortega quien dijo de Azaña, que confundía las ideas con las ocurrencias. Nada tengo yo contra las ideas –faltaría más-, pero a menudo sucede que las ocurrencias despiertan la imaginación de manera más recia y acaso, por qué no, nos regalan una energía de la que estamos siempre necesitados.

Me va a permitir el sufrido lector que rescate tres ocurrencias que han ido pasando por este muro en los últimos meses. Y le voy a rogar que disculpe, en paralelo, que en el caso de dos de ellas no sólo ignore quienes son sus venturosos autores sino que, más aún, no esté en condiciones de reproducir literalmente las palabras y deba guiarme, antes bien, por mi flaca capacidad de recuerdo.

La primera hacía referencia a algo que me preocupa: a menudo prestamos una bien merecida atención a hechos que, aunque importantes, nos privan de la consideración de lo que al cabo –intuyo- es más relevante. La ocurrencia en cuestión decía algo así como lo que sigue: “Aunque haces bien en indignarte con la corrupción, ya verás cómo vas a flipar cuando te enteres de lo que es la plusvalía”. Y es que lo de la corrupción resulta, sí, tan indignante como vistoso, pero mucho mayor peso tiene la explotación cotidiana, científica, puntillosa y apenas contestada, de miles de millones de seres humanos por esa maquinaria asesina que es el capitalismo. ¿No será que quieren que concentremos todo nuestro enfado en la corrupción para que, al tiempo, olvidemos lo que ocurre en nuestra vida cotidiana de la mano de la explotación y de la alienación?

Puedo dar fe de la condición del autor y de la literalidad de la segunda ocurrencia. Su progenitor es mi amigo Felipe Zapico, quien hace unas semanas nos entregó esta joya: “Como los bancos tengan que devolvernos todo lo que nos han robado, nos va a salir por un ojo de la cara”. Me parece que esta boutade, aparte de su afortunado sentido provocador, retrata de manera cabal lo mucho que solemos engañarnos cuando nos llega lo que se antoja una buena noticia. ¡Como si no hubiese motivos para concluir que los extractores de plusvalía saben muy bien qué es lo que deben hacer para endosarnos los costos sobrevenidos de lo que, pequeños pecadillos, han hecho mal!

La tercera, y última, de las ocurrencias veía la luz en la forma de una viñeta que recogía la imagen, de espaldas, de dos ancianos. Uno de ellos le decía al otro más o menos lo siguiente: ¨Ahora va a resultar que nuestra más revolucionaria contribución consiste en hacer lo imposible para seguir vivos y de esta forma seguir cobrando una pensión que nos permita mantener a nuestras familias”. No conozco ninguna descripción más cruda y sagaz del singularísimo lugar al que hemos llegado.

Bienvenidas sean las ocurrencias, las denostase Azaña o lo hiciese Ortega. Que no son, por cierto, santos de mi devoción.