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Las hojas al caer de los árboles que se desnudan presos de la voluntad otoñal, descorchan mis manos ajadas por el imperdonable y caprichoso tránsito de la aguja que marea impasible los minutos y las horas alrededor de la circunferencia que moldea la forma del reloj. Las nubes escriben sus poemas y al recitarlos dejan caer sus lágrimas sobre la tierra árida. El sol descansa bajo un profundo letargo esta tarde y el viento acaricia bondadosamente nuestras sienes. La noche está a punto de caer sobre el campo de trabajo que se halla completamente colonizado por esclavos. En las almas de los cautivos impera la necesidad de emitir una nota discordante y de la raíz de nuestro espíritu, brota una intensa melodía que se armoniza a la perfección con la ferocidad de nuestro sentimiento de opresión y de una forma intensa e inevitable, surge el imperecedero canto naciente de la necesidad de exorcizar nuestros demonios, impuestos por el miedo y la injusticia social. En esta amalgama de sensaciones que recorren la inmensidad los campos, llega hasta nuestra garganta desde lo más profundo del pecho y deshaciendo un nudo en el cuello : una amarga canción de esperanza, melancolía y redención. Ha nacido el blues!