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Africa_North_Up¿La locura viene de África? es posible. Su tiempo, indefinido, no transcurre, como en el poema de Louis Aragon. Se ha parado, y contrasta con la necesidad del hombre blanco por hacerlo avanzar y arrastrar a todos con él. La magia perdura en el sueño de su mundo imposible, y las lamentaciones se pierden en el vacío del desierto o en el horizonte utópico del océano. ¿Todo es quizás ilusión? ¿Acaso puedo hablarte de África sin confundir su esencia? Allí reviví mi infancia y aumentaron mis torpezas. El barro y la basura del Bamako de hoy se mezclan en mi mente con el barro y la basura del Vallecas que fue. Es contradictorio, como si sufriera una regresión, y tuviera que aprenderlo todo de nuevo, obligándome a abandonar el lastre de toda mi “cultura académica”. África, creo, me ha enseñado a sentirme mucho más seguro, a conocerme, a medida que la he vivido.

Las contradicciones de África desbordan la razón, aunque sea en nombre de esa misma “razón” que esa parte del mundo está en estas condiciones. La gente, tranquila y pobre, sobrevive con desconfianza. Su vida es toda una bofetada de realismo sucio. Allí, descarnadamente, se sabe la verdad de cada uno. Abro los ojos y veo a través de la ventana un cielo gris, y pienso en el frío, pero allí las sensaciones aprendidas en tu mundo conocido desaparecen, y la lluvia es cálida, y el ambiente, a veces, agobiante. La mismo sucede con la gente. Sin bajar la guardia, sin cuidar esa constante reflexión sobre la ambigüedad de las sensaciones, no hay posibilidad de conciliar los dos mundos. Como dice Manu Chao, “ya están domados mis sentimientos”. “Curado, anestesiado, adormilado, …”

Morderás el polvo rojo de aquella pista africana de nuevo, me dije. Hundirás tu rostro ya sucio por la arena y la humedad en aquella tierra medio enfangada para después gritar en medio de la nada la mezcla de dolor y placer que sentirás al verte fuera del mundo del que huías. Y tu mente ya no sentirá el tiempo, ralentizado y degenerado por la inevitable decadencia que llega tras una explosión. Tras la vida, otra vida, en una búsqueda incesante e interminable. Debo sentir, me dije, la solidez de esa tierra, embadurnarme, mezclarme con ella, y olvidar. África es la tiniebla de Conrad, la dimensión que la ciencia no ha podido descubrir, la partícula misteriosa que desaparece entre dos universos, el inquietante límite de la lógica tan fuertemente arraigada en nuestros cerebros.

Debo regresar a aquella pista infinita que la lluvia borrará una y otra vez, bordeada de enormes termiteros sobre los que me imaginaba con los brazos abiertos al cielo, respirar el denso aire de la atmósfera inmediatamente anterior al trueno de la primera lluvia del verano y sentirlo como bolas de algodón en mi garganta, y escuchar la llegada del agua amenazante en la noche cerrada como manadas de asustados elefantes, y despojarme de las capas de mierda de mi podrida civilización. Cruzaré sus lagos, y las estrellas se fundirán con sus aguas, y no temeré caer en ellas, porque yo seré el lago y las estrellas. Seré el sudor de los negros apiñados en sus maltrechos autobuses. Seré las escamas de los lagartos multicolores que reptan por el adobe de sus casas. Seré la máscara que cubre el trance de los que bailan mientras los espíritus les poseen. Seré el fetiche cubierto de clavos y espejos. Seré la música de los yembés hasta ahuyentar mi conciencia. Seré… el sueño de lo que no soy. Nadie que hizo ese viaje volvió para contarlo, porque todos los que regresaron nunca lo acabaron, y sus mentes bascularon entre la locura y la nostalgia. Siempre quise tener la audacia de Kerouac o Rimbaud, que sí mordieron la tierra del “camino” que quisieron recorrer. Mientras tanto sueño, sueño, … en volver a esa pista perdida, mientras veo la fotografía de su perspectiva tras de mí.

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