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Era sábado por la noche y la pista de baile estaba repleta de camisetas blancas y pantalones vaqueros. La orquesta estaba interpretando la última canción y el ruido de los talones crujiendo el suelo acompañaba de la mano a la percusiva banda sonora, que impedía que la fiesta zozobrara.

Mi tupé fijado con firmeza, permanecía impertérrito ante las sinuosas voluptuosidades que el marcado ritmo de sus movimientos convertían en enérgica danza, asemejándose a un especie de ritual en ofrenda a la luz de la luna y a la complicidad que la presencia de estrellas le brindaba , sin permitir de este modo que reinase la oscuridad en el cielo de la noche.

El swing había poseído su silueta y mis ojos se perdían persiguiendo sus delicados surcos, orbitando en un movimiento circular, completamente hipnotizados y clavados en cada uno de sus giros, hasta que el disco de vinilo se detuvo. La última canción del disco había terminado y la aguja elevándose sigilosamente, celebraba que durante al menos unos segundos habia dejado de tener trabajo. Era el momento de darle la vuelta al LP y que comenzase una nueva canción en la pista de baile de mi habitación…y así dejar de recordar los buenos viejos tiempos a 33 revoluciones por minuto.