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Es posible que como decía mi padre (poco aficionado al cine de vampiros) “Lo más fácil del mundo sea meter miedo y lo más difícil hacer reír ”. Pero claro el miedo o, mejor dicho, los miedos, nuestros miedos también nos dicen cosas inesperadas sobre nuestro mundo, los que los gobiernan, nuestras fantasías, eso que el psicoanálisis ha llamado en un “totum revolutum”: Nuestro Subconsciente. He leído varias interpretaciones de la primera película de la interminable saga de Haloween, aquella que realizó John Carpenter en 1978. La primera y la original. Es posible que la del rockero Rob Zombie sea mas potente (y también más sangrienta), pero esta sigue siendo, para bien o para mal, las más auténtica, la que más arriesgó en su época.

De todos los monstruos o psicópatas del cine de terror moderno o posterior a los sesenta y Norman Bates o Jack el Destripador el que siempre me ha inspirado mas temor es el Michael Myers de “La noche de Halloween”. Aunque Myers cualitativamente mata a mucha menos gente que un policía o un marine, su miedo proviene de un lugar interno, irresuelto, irresoluble. Al intentar aproximarme a las relaciones del cine de terror en relación con el género, las sexualidades y la alienación social me he encontrado con títulos puente entre el mundo de la diversidad sexual y el terror atávico, desde las vampiras lesbianas a los monstruos cantarines y trans de “Rocky Horror Picture Show” pasando por el zombie de Bruce Labruce o los asesinos “femeninos” de Tom Kalim (Swoon, Savage Grace) o las estudiantes fantasmales de “Carrie” o “The moth diaries”, sin olvidarse de la adolescente en transición de “En compañía de lobos” de Neil Jordan y Angela Carter.

Sobre el auge del cine de miedo, el policiaco de plantilla, el cine negro macarra y la llamada crisis económica no solo a nivel mundial sino, sobre todo, aquí y ahora en el sector audiovisual nos podría hablar mejor Sayak Valencia la autora del ensayo “Capitalismo Gore” o incluso Pilar Pedraza que se acaba de aproximar al mito y la historia de las brujas en nuestra cultura. Pero no empecemos a desbarrar y vayamos a esos barrios residenciales, uniformados, donde Myers (voyeur incasable, cámara subjetiva) -espía un mundo estúpido, sexualmente desastroso, económicamente racista y donde la “normalidad” (al menos en el caso de los y las jóvenes que salen) equivale, en el mejor de los casos, a una infumable “mediocridad”. Una de las interpretaciones más interesantes que he encontrado del filme ha sido la que relaciona la sexualidad reprimida de Laurie (Jaimie Lee Curtis) con la sexualidad reprimida de Myers, que, presa de los celos, asesina de pequeño a su hermana al encontrarla en la cama con un chico en plena noche de difuntos. Esto lo llevará a un psiquiátrico penitenciario del que escapará la víspera de la noche de Haloween donde, al menos en teoría, ha dejado de ser un adolescente peligroso y rarito para convertirse en un hombretón fornido pero aún más peligroso y sediento de venganza.

En el filme de Carpenter (con una hipnótica aunque algo simple banda sonora diseñada por el mismo) hay demasiados planos subjetivos desde el punto de vista de “alguien que se esconde” como para pensar que el director ama a sus personajes. Carpenter como demuestra en otros de sus filmes no tiene demasiada fe en la especie humana en una sociedad que ha creado a dioses y monstruos y los destruye con igual facilidad. Algunos han señalado esa misantropía y el resentimiento del director de nacer en un entorno vecinal y universitario del que procedía es sospechosamente similar al que presenta la película. Con ayuda de la productora y guionista Debra Hill, Carpenter dio forma a su relato de jóvenes niñeras amenazadas para convertirlo en un retrato, discutible e incompleto, de los EEUU cercanos a la era Reagan lleno de represiones sexuales, miedos domésticos, obsesiones patrióticas  y falso confort.

Parece deliberado que Carpenter escogiera a la hija de Tony Curtis y Janet Leigh (una actriz que pasará a la historia de la cultura popular como la Marion Crane de la ducha sangrienta de “Psicosis” de Alfred Hitchcock). Carpenter es más básicoy menos denso, oscuro y filosófico que Carpenter aunque algunas de sus películas como “Están vivos” (¡la favorita de Slavoj Zizek) o incluso filmes como “La cosa” escondan metáforas sociopolíticas mucho más elaboradas de lo que pensamos. Algo equivalente a lo que ocurre con algunas películas de Romero (“La noche de los muertos vivientes”) o incluso Sam Raimi (“Un plan sencillo”) sobre un mundo basado en el dinero, la hipocresía y las apariencias. “La noche de Haloween” fue realizada con poco presupuesto, pocos escenarios, pocos personajes y casi ninguna cara conocida (salvo Donald Pleasance, en el papel de un psiquiatra algo obtuso y obsesivo). Jamie Lee Curtis (encarnado a Laurie) debutó en el cine, aunque a pesar de sus orígenes familiares no fue tampoco la primera elección de director y productores. Algunos autores han querido ver en Laurie la muchacha seria o incluso (¡cielos!) “la que se salva por ser virgen” frente a la promiscuidad (por otro lado bastante ilusa) de sus amigas, la interpretación no se sostiene . Esto ha sido rebatido varias veces señalando que Laurie como Myers es un personaje astuto o al menos intuitivo pero que representa una forma de represión sexual acorde a la época, y a los fantasmas sobre las minorías sexuales que cristalizan en esa secuencia en la que Laurie y el “monstruo” libran una encarnizada batalla dentro de un armario. Una batalla en la que vemos que si Myers se muestra casi un ejecutor con sus otras víctimas se presta a un juego de ratón y gato con su víctima favorita.

Podemos ver en el personaje femenino protagonista poco interés por chicos estúpidos correspondientes a sus tontilocas amigas pero también un lado de sexualidad bizarra, oculta o visión incisiva del mundo que le rodea que la sitúa en una situación de exterioridad o distanciamiento (no necesariamente lésbica pero desde luego poco convencional) más cercana al monstruo que por su naturaleza inmortal parece salido más de su imaginación o de sus fantasías sociosexuales reprimidas que de un psiquiátrico bastante sombrío. Ninguna interpretación es única y todas son parciales. Como aquella de que Myers ve en Laurie otra hermana mayor cuidando de un niño como él. Todos son cabos sueltos que se pueden escribir o no sobre una careta blanca. Podemos ver humor negro, sexofobia, alegoría de la sexualidad reprimida, retrato de una Norteamérica que no ha avanzado mucho desde “Psicosis” o “Los pájaros”, o incluso un alegato feminista en el cual “la mujer inteligente e impediente se salva de las garras del monstruo”. A mi entender hay una química poco común que se establece entre Laurie (desde la exterioridad a ese Haloween pre-fabricados con sus estúpidas fiestas y sus enamoradizas amigas, hoy ya importado a la Europa de la debacle) y el monstruo como elemento de destrucción de una comunidad más silenciosa que apacible, más temerosa que estable, más agazapada que conforme. El “hombre del saco” al que se refiere el niño del que cuida Laurie es en inglés el “Bogeyman” (encarnación del mal que se ceba en los más indefensos, los niños) pero también el “El hombre de arena” de Hoffman a partir del que Freud trazó su idea de lo siniestro como “algo cotidiano que de pronto se vuelve extraño o ajeno, desconocido”. Como una muñeca o muñeco que cobran vida en la oscuridad. Como esos cuchillos domésticos, ingenuas calabazas o bailes universitarios que dejan de ser lugares de exhibición del lado más estúpido de la cultura estadounidense (algo que reaparecerá en “Carrie” de Brian De Palma) para convertirse en lugares, en el mejor de los casos, “inseguros”. Allí ni Dioses, ni psiquiatras ni policías pueden hacer nada por alguien que como Michael Myers es una encarnación demoniaca (aunque el espectador tampoco se fía de la neutralidad de las expresiones médicas) que o bien se revela finalmente inmortal o que existe solo en algunas zonas mentales o del pasado de los personajes.

Un niño ¿psicópata? Que, como vuelve para seguir contando una historia de miedos eróticos, estupidez colectiva y alienación social que dejó a medias. Casi toda la violencia o terror de un filme donde hay más sangre fuera de campo que a la a vista se concentra en los últimos veinte minutos de la cinta con la violenta persecución del psicópata a nuestra protagonista. Pero Laurie a diferencia de sus insustanciales amigas se defiende y se enfrenta a Jason, no lo cree indestructible ni inverosímil. Sabe que hay muchas historias sin contar y hasta que los monstruos tienen sus puntos débiles. Después de su ¿ultima? Batalla, la destrozada Laurie parece poder volver a una etapa ¿infantil? Donde los monstruos existen y le pregunta al Dr. ¿Era el hombre del saco? A pesar de las muchas concesiones al cine y estética de los setenta y a la patente ausencia de medios Carpenter aterrorizó al público estadounidense acudiendo a una zona herida de su psique y también universalizó miedos íntimos y atávicos a través de varios personajes claves y ya legendarios en la historia del cine de horror moderno. Como dice Angélica Lidell “Llega un tiempo en que lo doméstico va precedido de la palabra muerte” son los años ochenta del siglo pasado o, de otro modo, el mundo “globalizado” y decadente en el que sobrevivimos hoy.