Philos y Sophos

No tiene nada que ver ser esclavo de la razón que ser razonadamente esclavo. El primero es un ser de la politeia cuyo fin es el arduo trabajo no remunerado, el real esclavo del estado que sirve y explota su mente aunque de forma no sensible, pero si gustosa; y el último es el ser que mediante la implementación de los sentidos, acepta la razón sin razonarla y se atiene a realizar su servidumbre, soñando con llegar a ser persona, tal vez como lo soñaba el sabio.




Honraré la memoria de las lombrices

El volcán ruge arrojando lava a la ladera de la montaña, que sobrevuela un ave fénix, surcando el cielo de cenizas. La erupción es interna, como una sobrecarga eléctrica o el oleaje, que rompe en los puertos de las ciudades grises; la erupción es como el estallido de una detonación que ha acumulado fuerzas, alimentada por el veneno de la hiedra que crece en las frondas del sendero.

Cuando los plateados haces de luz me despojan de la vigilia, una arca de monedas de oro, vuelvo a sentir las espadas que batallan en mi estómago, que rasgan los tejidos de los desagües. Soy una paloma constipada, una bacteria que ha engordado hasta explotar, soy un hongo que crece en las pinzas de un cangrejo. Esta es la historia de las sombras que danzan, tocando los tambores de la noche, riendo y confabulando.

 Si una lanza se alzó primero, creo que fue el vacío. Toda vida es un viaje emprendido por ejércitos aliados, que tensan los arcos frente a los soldados enemigos, apostados tras una colina quizás empañada por la bruma. El vacío es una campiña tostada por el sol, labrada por las sombras; los castillos han desaparecido del horizonte, la lucha la librarán los campesinos: fratricidio, puñales teñidos de la sangre de la tierra.

¿Cómo arribé al vacío? Llegué en un ferrocarril que había sido destinado al ganado, pero que fue utilizado para transportar a los reclusos de Sachsenhausen. Llegué ahíto del pan masticado de mi rabia (1), dispuesto a narrar una profecía macabra, como arquitecto de la gruta de la Virgen de las Soledades.

Honraré la memoria de las lombrices que se contorsionaban en mis entrañas, alzaré el estandarte de la fonda que visité, porque la escritura es el ejercicio de la memoria (2).

 

  1. Cita de Mareva Mayo.
  2. Cita de Roberto Bolaño.

 

 

 




Lo peor del feminismo

Lo peor del feminismo es que eres capaz de poner nombre a los abusos que sufres todos los días. Lo peor es que puedes nombrar, definir y perfilar lo que está ocurriendo con tu cuerpo en un entorno adverso, y eso te provoca cierta distorsión que no se resuelve, porque eres incapaz de poner la acción como la piden desde fuera, y entonces se desborda la tú primitiva y golpea tres veces la mesa, porque es el abuso al que no se quiere parecer y el abuso que se está ejerciendo desde la supra estructura que te está comiendo poco a poco, tan despacio que no te das cuenta.

Lo peor de ser feminista es que es un método para entender el mundo pero es, a su vez, un método que el mundo no entiende y no está dispuesto a entender. Lo peor del feminismo es que no puedes no ser feminista cuando descubres todo lo que se puede hacer con él. 

Lo peor del feminismo es que no vas a renunciar a él y sabes además que no puedes dejar de serlo, no puedes dejar de mirar con los ojos que te ha dado. Lo peor del feminismo es que cuando no seas feminista, el feminismo te dirá que no estás siendo feminista y te dirá cómo salir del atolladero en el que el mundo te ha puesto. Lo peor del feminismo es que no es algo teórico, es algo tangible, pragmático, y que atiende a la circunstancia del instante, del día a día. Lo peor del feminismo es que, con el feminismo, se puede hacer trabajo y trabajar con él.

 

Lo peor del feminismo es que te da la voluntad para tomar tus decisiones y te dice también la razón de que no tengas la voluntad para tomarlas.

 

Lo peor del feminismo es que te construye un espacio de confort que no le gusta nada al mundo, y es un espacio de confort donde caben más cuerpos como el tuyo; pero esos cuerpos nunca serán hegemónicos.

 

Lo peor del feminismo es que acabas siendo feminista y si no, es que no sabes qué es el feminismo.




Transexualidad y hormonas literarias

Tengo la suficiente edad para recordar que las primeras novelas publicadas en castellano sobre transexualidad eran principalmente   biografías o más a menudo autobiografías en primera persona. Se confundía transexualidad, con travestismo, transgenerismo y hermafroditismo. Pero esa es otra historia. Frente al afán de pulcritud del movimiento gay mas asimilacioncita y “civilizado” o del feminismo esencialista camino de la institucionalización, las personas transexuales no eran un punto cómodo, pudieran o no asistir a sus reuniones con libertad. Una de las primeras novelas (en este caso una autobiografía) nos llegò de la mano de la alemana  Charlotte Von Mahlsdorf con el provocativo título de yo “Yo soy mi propia mujer[1] donde nos cuenta su temprana conciencia de sentirse mujer y también su dificil existencia en la Alemania nazi y post-nazi. La potencia del libro residía en su sinceridad y desarmante sentido del humor. Llevada al cine por Rosa Von Praheim, contribuyó a abrir las puertas y las vallas entre los géneros binarios. Algunos dirán que la literatura transexual ha existido siempre. Que ya San Juan de la Cruz hablaba de sí mismo en femenino y el romántico inglés Thomas de Quincey contó las peripecias de la llamada “Monja alférez”. Por no hablar de la Divina de Genet o del Heliogábalo de Artaud. O el ejemplo ya emblemático del “Orlando” de Virginia Woolf que disfruta y sufre las consecuencias de pasar de un sexo a otro, a través de la prosa exquisita de una autora inmensa. Pero aquí me interesa más la literatura post-stonewall, un acontecimiento histórico que no fue escrito ni relatado por ellas y ellos pero que, sobre todo, protagonizaron personas transexuales.

Yo soy mi propia mujer” contaba una historia de fuerza irresistible desde su valor histórico y mucho más ameno y avanzado que la novelita conventual que acompaña a “Alexina B” y el estudio de Foucault sobre el hermafroditismo, tan influyente después en la teoría queer. Hay personajes de Carson McCullers, como la Frankie de “Frankie y la boda” reivindicada por Judith Hallberstram, o personajes de Capote o Williams que entran ya dentro de la ruptura del binarismo de género aunque desde posiciones despolitizadas y en ocasiones, contradictorias. Curiosamente va a ser el teatro español el que va a incorporar, desde las posibilidades performativas de lo escénico, lo trans más allá del simple elemento cómico, desde “El público” de Lorca, hasta, después del franquismo, “Ocaña, fuego infinito” de Andrés Luis López (finales de los años noventa) o algunos personajes del teatro de Francisco Nieva.

Aunque la transexualidad en el estado español entró más por el cine (Almodóvar, Salazar) que por la literatura, el propio Almodóvar trató de trasladar, sin demasiado éxito, su universo de diversidad sexual a su novela “Patty Difusa”, al tiempo que los testimonios más estremecedores de las dificultades vitales de personas transexuales nos venían de Latinoamérica con libros como la brasileña “Princesa” de Fernanda Farias de Alburquerque ( no exenta de cierto sensacionalismo) o la prosa poética de Pedro Lemebel, queriendo desdibujar fronteras. Son testimonios que todavía eran una realidad en el Estado Español como la prostitución callejera, la violencia machista y la soledad en la gran urbe. Mientras Mendicutti introduce con timidez un personaje transexual en “Una mala noche la tiene cualquiera”, de un ámbito mas académico nos llega la novela histórica “La chica danesa[2] que sorprende por la desenvoltura y la falta de aspavientos con la que David Ebesfoff nos cuenta un episodio de autoaceptación en el Copenhague bohemio de los años 20, que como el Berlín de los 30, representado en “Paris era mujer” supone un relapso en las costumbres sexuales de la época, devastado todo ello por la llegada del nazismo. Es posible que la gran novela sobre la transexualidad en el estado español esté por escribir pero no deberíamos desdeñar las influencias de otros países. Es el caso de “Escrito en el cuerpo” de la británica Jeannette Winterson, que, inspirándose en Wittig, propone el cuerpo como una página en blanco y también como un disfraz, empleando siempre un tono cálido, que mezcla realismo y fábula.

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Winterson o Wittig influyen en Peri Rossi, Tusquets o Moix y, aunque ninguna de ellas habla propiamente de la transexualidad de mujer a hombre, sí cuestionan el esencialismo del cuerpo de mujer como un constructo atravesado por discursos sociales, médicos y jurídicos. Esos discursos ya fueron cuestionados en poesías y ensayos por escritoras chicanas o afroamericanas como Cherrie Morga, Audre Lorde, Gloria Anzaldúa, etc, desde un punto de vista despatologizador, racializado y no colonialista. La desestructuración de algunos países del Este de Europa han llevado a novelistas a contar los tiempos anteriores y posteriores al comunismo en la vida de las personas transexuales sin recursos, en las ruinas de sueños de esplendor como la magnífica “Lovetown” del escritor polaco  Michal Witkowski, publicada recientemente por Anagrama.

Las ficciones se han diversificado aunque no lo suficiente. El discurso despatologizador y del continuum hombre mujer ha encontrado mejor acomodo en novelistas estadounidenses como Jeffrey Eugenides con su inmensa “Middlesex”, más correcta y elaborada que las ficciones de Tom Spanbauer pero también menos potente. O incluso la propia ciencia ficción que ha pasado de ser un género eminentemente masculino a hibridaciones producidas por nombres como Ursula K. Leguin, Samuel R. Delaney o la propia Winterson que en “The Powerbook” -un libro sobre el espacio virtual- nos dice “Desvístete. Quítate ropa, quítate el cuerpo, hoy podemos ir más allá del disfraz. Esta es una historia de amor y desamor, de policías y ladrones, la extraña historia de ti y de mí. La historia soy yo misma. Tengo que contarla yo. Comienza”. Curiosamente ahora la narrativa de los países árabes con nombres como Abdelá Taia o Tahar Ben Jelloun (“El niño de arena”) está poniendo en solfa las dicotomías de género y la anatomía como destino. Taia en su última novela “Infieles” hace un valiente esfuerzo de transexualidad literaria en el último párrafo de una historia autobiográfica , un párrafo inolvidable con intención política y poética.

«-Había sido elegida.

¿Elegida yo? ¿Yo?

La voz me repitió tres veces el mensaje. Dijo tres veces mi nombre. Norma Jean Baker.

¿Podía dudar? ¿Podía resistirme?

Todo sucedió muy deprisa. Conseguí adelgazar, encontrar mi cuerpo de antes. Y, en medio del rodaje de Something Got to Give, dejé este mundo. Con mis propias manos

Alcé el vuelo

Entonces mi leyenda en la tierra adquirió otras proporciones.

Y desde entonces estoy aquí, a las Puertas del Cielo.

Recibo

Escucho

Juzgo

Reúno

Hablo en lugar.

Hablo desde su lugar

Soy humana. Extraterrestre. Estoy en todas partes y en ninguna Soy Hombre. Mujer. Ni lo uno ni lo otro. Más allá de todas las fronteras y [3]todas las lenguas».

[1]Von Mahlsdorf, Charlotte. Yo soy mi propia mujer. Editorial Tusquets. Colección Andanzas.

[2] Ebershoff, David. La chica danesa. Anagrama. Panorama de Narrativas, 2011.

[3] Taia, Abdelá. Infieles. Cabaret Voltaire. Barcelona, 2014.




Los viernes y la bloguera de moda

Hace frío en la calle y no debería, y sinceramente no tengo nada que decir de tu sangre en la moqueta.

Ray Loriga

Cuando en Vogue ves que los viernes huelen a smellsliketeenspirit, los viernes dejan de ser viernes y nirvana pasa a ser otra cosa que no es lo que era cuando tenías dieciséis años.

La estética grunge se vuelve sorda y carente de significados posibles que tengan que ver con el descontento, el nudo en el estómago y los días de llovizna en una ciudad de la costa noroeste de estados unidos.

Soy hija de los noventa, fui adolescente en los noventa. Antes de todo, antes de las Drmartens y de quemarme el bajo de los pantalones con un mechero, de robar las cucharillas de café en los bares de las cinco de la tarde, yo era otra cosa. Parecida, pero otra cosa. Antes de ser hija de los noventa me compre unas botas de chupamelapunta que aún guardo en el baúl de casa de mi madre y me pongo los días de primavera.

En los noventa escuchaba la banda sonora del cuervo, las breeders, verucasalt y elastica. Me moría por Kurt y deseaba fervientemente ser Courtney, cuando todavía era bi. Pero en Vogue acaban de decir que los viernes huelen a smellliketeenspirit  y entonces los viernes dejan de ser los viernes de Ray, dejan de ser los viernes de caídos del cielo y de ser los viernes de todos somos ángeles y pasan a ser otra cosa. Pasan a ser a los viernes de la blogera de moda de Vogue y todo sabe diferente.

Me pongo en honor a esos viernes smellliketeenspirit, me lo pongo varias veces, me lo pongo varias veces, me lo pongo varias veces…Hello, hellohello

Los viernes son el día de venus, la diosa del amor y las prostitutas, la diosa que se simboliza como una paloma. Como la paloma  del espíritu santo y  los viernes se convierten en la herejía del cristianismo. Es el día metáfora de mis noventa como el sábado es la metáfora para los setenta.

Suena la voz de Kurt:

Hello, hello, hello, 

a deniall

a deniall

a deniall.

La primera vez que la escuche, la primera vez que tuve consciencia de ella era un mediodía con sol, había clase por la tarde. No recuerdo de que era la clase no recuerdo si era para diseccionar a una rana o para el test de cooper. Como todos los días estaba en casa de mis padres, en el salón de su casa, entre y puse la tele. A esa hora, al mediodía, ponían en el plus un programa de los cuarenta principales, entonces llevaba unas botas de chupamelapunta y unos vaqueros muy ajustados negros. Y ahí estaban las converse, los calcetines blancos, los jerseys de rayas y la animadora tatuada. Todos eran zombies siguiendo el ritmo hipnótico del maestro rubio de ceremonias.

Me quede hipnotizada. Yo era otra zombi más.  hello, hello, hello …Y, a partir de ahí, todo dejo de ser lo que era para ser otra cosa.  Entonces todo paso a ser las Drmartens, los 501 desgastados y quemados los bajos alguna tarde perdida en un local, los jerseys grandes comprados en la sección de hombres del corte inglés, paso a ser el sexo precoz y precario de los portales y de las casas de los padres que se iban de fin de semana. Paso a ser  el subirme encima de los coches y gritar que eramos ángeles y príncipes. Paso a ser la orgía de hormona adolescente de cerveza, de tequila, de patatas fritas.

Pero ahora smellliketeenspirit  ha salido en la sección de Vogue de la bloguera de moda y todo parece un poco más mentira y todo el significado parece un contenedor vacío. Todo ese significado suena algo más perverso, todo ese significado que para mi, y mi mitopóyesis tenía el Smellliketeenspirit suena más vendible aún, suena más canjeable que en los noventa y suena y huele a cualquier cosa que quiera parecerse a viernes. Y es entonces cuando descubres, cuando crees, que ese sonido es un sonido empaquetado y no sabes qué demonios ha pasado para que todo esté en la entrada del viernes de la blogera de moda de Vogue.

Ahora con el tiempo todo recuerda más a historias del Kroner, ahora con el tiempo, no tengo claro que la manera en que yo me apropie de aquello, que la manera en que yo creí que eso explicaba lo que sentía, explicaba lo que yo creía sentir, no ha  ayudado a que en la entrada de este viernes de la blogera de moda de Vogue diga que los viernes huelen a smellliketeenspirit.

Tradición, traducción y traición.

No sé. No lo tengo  nada claro. Cuánto de lo que proyectamos de nosotros/as en los/las demás es nuestro o busca un estatus. Cuánto de lo que intentamos coger del otro/a no busca robar su alma, no busca robar su esencia, para olvidar la esencia de la que ha partido, para escupir y pisar la esencia de la que se ha partido. Copia de la copia para borrar el original pero ¿ha existido alguna vez el original de Smellliketeenspirit?.[iframe id=»https://www.youtube.com/embed/N1UjTjlgoKc» align=»center» mode=»lazyload» autoplay=»no» maxwidth=»800″ parameters=»https://www.youtube.com/watch?v=N1UjTjlgoKc»]




¿Y quién no tiene un amor?

Escribo estas líneas desde un dispositivo electrónico móvil, uno de ésos que llaman tablet, a cientos de kilómetros de mi casa. Como sabéis, las tabletas no tienen un procesador de textos como word que te permita editar tus documentos de un modo sencillo, y la solución a la edición textual más razonable, pasa por descargarse del google play o del app store una aplicación que haga, muy rudimentariamente, las veces de editor de textos. Escribo sin teclado, o mejor dicho, con el teclado táctil de este dispositivo: pequeñas y sensibles teclas que me obligan a escribir cada palabra con un cuidado excesivo y una vigilancia minuciosa, para que el corrector ortográfico del cacharro no haga de las suyas y me cuele caprichosamente alguna palabra, se coma alguna coma o algún punto, o me obligue a elegir formatos que, de otro modo, yo no hubiese elegido en absoluto.

Podéis pensar, al menos yo lo haría, que no hay razón para tanto cuidado a la hora de escribir este artículo, un artículo que, además, pasará a la historia sin pena ni gloria, muy probablemente, y que no hay mejor remedio para no tener que enfrentarse a las grandes limitaciones de la tableta, que el uso de un pc. Podéis pensar éso, y estaréis en lo cierto.

Pero lo cierto es que cuando uno tiene que viajar cada semana a un lugar que no es el suyo, a una ciudad que no le pertenece, el equipaje siempre pesa demasiado y cualquier objeto a mayores, cualquier aparato añadido a tu maleta a última hora de la tarde del domingo, se revuelve el lunes contra tu espalda con todo el peso de la tierra. El tren que te lleva lejos de casa, terco y obstinado, es también el mismo tren amable y esperanzado que te trae de vuelta cada viernes, y los días laborables se convierten en meras estaciones de servicio en las que uno espera, con verdadera impaciencia, la llegada de ese viernes que, de nuevo, le trae su vida de vuelta.

Porque tu vida, al fin y al cabo, se queda donde está tu familia, que es tu casa, se queda donde están tus amigos, que son tu casa, se queda donde tu amor y tu perro, que son claramente tu hogar, cuidan de tu vida entre semana hasta que vuelves a ella. Vivir fuera de tu vida no se parece a niguna otra cosa. Que te cuenten tu vida por teléfono y te manden fotos de caras y rincones cotidianos no se parece a casi nada. Por éso del exilio se sabe siempre más bien poco, porque las vidas de quienes allí van a parar durante un tiempo, se quedan detenidas mientras tanto, como trenes de corto recorrido aparcados en vías auxiliares.

El exilio, en realidad, no es estar lejos de tu casa, sino fuera de tu vida. Porque, al fin y al cabo, estar lejos de casa pero con tu vida, estar lejos de casa pero con tu amor y con tu perro es, sabedlo, estar en casa.

Pero fuera de casa no se puede bailar. Uno no termina nunca de coger el ritmo. Fuera de casa todas las cosas se parecen a tu casa y todos los perros se parecen al tuyo, pero no deja de haber algo en sus andares, algo en sus ojos que viene a recordarte con una retorcida levedad, que ninguna de esas vidas es la tuya, que sus adorables y livianos paseos no te pertenecen. Por eso lo peor de estar fuera de casa no son todas las cosas ajenas a tu vida que te circundan alrededor, sino los huecos que dejas en tu mesa, el espacio de tu sofá que se queda sin cubrir, el paseo matutino que no das por tus calles, el hueco del sueño que no sueñas en tu cama: todo aquello que no puedes compartir.

¿Y quién no tiene un amor?, se pregunta Alejandra Pizarnik en aquel poema titulado Exilio. Porque el exilio es éso. El exilio es tener un amor, un perro y una casa. El exilio es que te guste mucho tu vida y tengas que mirarla desde lejos.

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El trabajo que he venido a hacer a cientos de kilómetros de mi vida es el mismo trabajo que puedo hacer en mi casa, o a unos poco kilómetros de ella. El trabajo que he venido a hacer a cientos de kilómetros de mi casa es un trabajo idéntico al que estará haciendo alguien que esté ahora mismo trabajando en mi cuidad, a cientos de kilómetros de la suya. Todos los perros que pasean junto a él cuando sale de trabajar, son mi perro. Todos los perros que pasean junto a mí cuando salgo de trabajar, son el suyo. Vemos pasar cada día los huecos que en su vida ha dejado el otro, y no nos atrevemos a rebelarnos contra un sistema que sólo sabe fabricarnos agujeros. Un sistema de organización política y social que nos arranca de nuestras vidas y aún pretende que le bailemos el agua. Que le estemos agradecidos. Un sistema de gestión del territorio que lleva a un profesor de matemáticas de Chiclana a dar clase de tecnología en Iscar, y a un ingeniero industrial de Valladolid a dar matemáticas en un instituto de Cádiz.

Condenados a vivir fuera de nuestras vidas y ver pasar las vidas de los otros en fugaces ráfagas de destellos, como en aquel cuento de Italo Calvino en el que los amantes nunca llegan a encontrarse. Condenados a esta extra territorialidad perversa, deslocalizados de nuestros afectos, de nuestras empatías, de nuestros pormenores. Saqueadas nuestras casas, desalojadas nuestras rutinas, externalizados nuestros pulsos, nuestros quereres, nuestros abrazos. Nos están dejando sin abrazos y no deberíamos consentirlo. Alguien debería decir que basta, y ese alguien tendríamos que ser nosotros. Una generación formada hasta el escándalo, obediente y sumisa hasta la ofensa, conservadora y crédula hasta rozar el disparate. Una generación que se ha tragado más cuentos y más jarabes de los que cualquiera hubiera podido digerir, y que sin embargo ahora comprende, maleta a la espalda, agujero a la espalda, que todo era, la verdad, mentira, y que el precio es llevar una vida zombie, walking deads caminando alrededor de las vidas de otros que, también, tuvieron que abandonar la suya. No deberíamos consentirlo. Alguien debería decir que basta y ese alguien deberíamos ser nosotros. Una generación nieta del exilio, vapuleada por la precariedad, la provisionalidad y la urgencia. Una generación que ha leído menos poemas de Alejandra Pizarnik de los que hubiesen sido deseables para hacer la (re)evolución. Una generación a la que le hubiese ido mejor desobedeciendo al padre y abrazando a los poetas. Os escupo en la cara, que decía Federico. Os escupo en la cara. Desde este teclado provisional, desde las periferias de mi vida, os escupo en la cara a vosotros, viejos engolados de poder y corruptelas, hombres viejos, oligarcas. Os escupo en la cara como Federico. Porque alguien debería decir que basta -¿no tenemos, acaso un amor?-. Alguien debería decirlo -devuélvannos nuestras vidas, nuestro derecho al abrazo- y tendríamos que ser nosotros.




El amor según Barthes (a propósito de Happy Valentine, de Paul B. Preciado)

Dice Paul B. Preciado que el amor es un dron. Lo dice aquí, en estas líneas, y lo dice después del amor. O mejor, después de que éste haya dejado oquedades y grietas horadadas en su ánimo. «Otro corazón roto», leía muy certeramente al pie de esta noticia. Pero yo leo en las palabras de Preciado, más bien el deseo frustrado de no haber podido amar para siempre. De no haber podido amar de ese modo en que nos dijeron, en que nos contaron que era amarse, eso que debía, forzosamente, ser el amor. Leo las palabras de Preciado y pienso en mí a los 8 años renegando de la fe un gélido cinco de enero y, de algún modo, claro, renegando del amor. Pienso en mí odiando a mis padres, odiando la ficción de los camellos y los reyes, cada regalo, la pantomima de las tres copitas de champán, la mascarada del turrón y las pastitas, la crueldad que conlleva saber, llegar finalmente a saber, ese momento, que la esperanza es una farsa y la ilusión una mentira. La decepción, la pérdida de la fe, el descreimiento. Descreer es doloroso, mucho más que no haber creído nunca, mucho más incluso que seguir creyendo, o fingiendo que se cree, bajo la sospecha o la certeza de que no hay nada más allá de la llaga en la que Tomás pudo y quiso hundir el dedo.

Leo este texto de Paul B. Preciado y me parece un texto descorazonadoramente tierno, como si asistiera, mientras lo leo, a una especie de antiepifanía, a un hallazgo desgarrador al que más valiera no haber asistido nunca. Ese momento frente a los juguetes, al pie del árbol y de rodillas sabiendo, contra todo pronóstico, contra todo deseo, que el árbol y los juguetes son mentira, después de todo. Leo este texto de Paul, tan candoroso, y me veo a mí, tan candoroso, y realmente quiero abrazarnos.

Pienso en Platón y estoy de acuerdo. Platón tiene la culpa, en gran medida y, en gran medida Disney y su factoría, que supo recoger el testigo idealista del binomio y del fijismo cultural que gira y ha girado siempre, en torno al amor. Por eso parece, en verdad, que es más o menos sencillo establecer lo que es el amor, de qué se trata. Plasmarlo en una imagen, en un lienzo o en el final de todos los cuentos que, nos han dicho, eran claramente cuentos de amor.

Lo pasé mal aquella noche del 5 de enero. Hacía frío y los camellos -eso creía yo- no volverían a ser jamás los camellos, no volverían nunca a tener la entidad que tenían en mi cabeza hasta aquella noche aciaga y descorazonadora víspera de reyes. Pero el tiempo pasó y, en éste, fui capaz de distinguir de un modo -aquí sí, casi epifánico-, la ficción de la mentira. Y pude constatar que, las más de las veces, ocupan espacios remotos. Cuando cumplí 17 quería estudiar filosofía o literatura. Tuve que decidirme por una, y no puedo estar seguro de que en mi decisión no influyera, de algún modo, aquel dolor tan descorazonador con el que me golpeó la verdad -menuda embustera-, aquella noche de reyes tan fría y oscura. Yo sólo tenía ocho años, pero descubrí de algún modo que los ejes verdad/mentira eran aparatos complejísimos puestos al servicio del dolor y de la hegemonía, y yo no estaba dispuesto a sufrir más de lo imprescindible (y si me apuras, ni siquiera éso). Dice Barthes que la ficción es una delgada despegadura que forma un cuadro completo. Y yo creo que tiene razón. El amor, según Barthes -y no según San Pablo- no es un dogma de fe, sino un supuesto abocetado que enardece la creación y la potencia. El amor son las glándulas de Skene de la voluntad, en el sentido más raciovitalista de la palabra. El amor eyacula e inocula, y puede ser un dron, claro que sí, pero como ficción puede, cómo no, ser cualquier otra cosa.

Cuando con 17 años elegí la literatura, supe también que elegía bailar con la más tonta, con la más superficial, con la guapita sin cerebro de la clase. Supe que le estaba pidiendo bailar a la que mejor la chupaba, pero también a la tenía todas las papeletas para convertirse en un juguete roto, en un cuerpo sin cabeza, en la zorra que a todos entretiene y con la que nadie quiere quedarse hasta el final de la fiesta. Sabía que bailaba con la que todos querían entretenerse un rato, metérsela un rato, para luego volver a sus asuntos y sabía que a ella tampoco le importaba demasiado. Pero a mí me interesaba toda esa parte. La hegemonía no sólo ya me había retorcido el alma demasiadas veces sino que, en verdad, nunca me había interesado; la lectura de las cosas en términos hegemónicos ya me había aguado la fiesta muchas noches, y yo no estaba dispuesto a que pasara otra vez, porque ya estaban levantadas las cartas de eso que vienen llamando realidad, y sobretodo porque la verdad era también un constructo, pero sin atisbo de ternura y por eso estaba lejos de llegar a ser una ficción.

La literatura, esta enamorada mía tan zorra y tan tierna, tan amantísimamente insana e insalubre y tan sanadora a veces, me ha enseñado, por ejemplo, que la historia de los sinsabores de las quimeras de los justos se repiten torpe y reiteradamente en la historia de la ficciones -que no es otra cosa que la historia literaria- y es candoroso leer a Lope de Vega, cuatro siglos después, en las anotaciones de Preciado sobre qué es el amor -quien lo probó lo sabe-. Todo eso me ha enseñado la literatura, esta guapa y tonta amante que elegí pudiendo elegir cualquier otra cosa. Todo esto me ha enseñado mi amor, también, el de verdad, el de carne y hueso, quien ha resultado y resulta ser un poco como la literatura. Ambas el doble de sabias de lo que las dijeron. Y el doble de perras, también, probablemente.

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El amor es, como bien saben Lope y Paul -ambos lo probaron-, contradictorio. La identidad de género es, como bien sabe Paul -que lo ha probado- contradictoria. A ninguna de las dos Platón las quiere. Ninguna de las dos son mensurables, ni rigurosas, ni fungibles. Ambas son dúctiles, pero se comprometen. Ambas son frágiles, pero supervivientes. Y ninguna es lo que de ellas se dice en congresos, dibujos o revistas. No acabemos con los limoneros por el simple hecho de que sólo hayamos conocido el limón exprimido en nuestros ojos. Exploremos lo inexplorado, por superficial, por contradictorio, por poco riguroso, por inesperado. Un día cualquiera aprenderemos a hacer limonada, sin quitarle la razón a los que dicen que el limón escuece.

Ser nominalista en términos filosóficos te entrega de verdad lo que te quita de ternura. Y la verdad es una farsante que está lejos de contonearse como lo hace la ficción. Y yo, que huyo del dolor como del fuego sagrado de los dioses, sé que aquel es innegable en el amor, y éste necesario para comprender el deseo. Y voy por eso negociando también conmigo.

Escribo esto desde el amor. Soy un hombre enamorado. Y escribo esto también desde la ficción. Soy un hombre ficcionado. Soy un hombre ficción. Soy un hombre protésico. La ficción es una prótesis del deseo y el amor es una prótesis del amor. Podréis o no sintonizar con mis palabras, pero nada de lo que digo es mentira, porque lo que cuento no tiene un color que esté recogido en un pantone. Simplemente, no responde a las categorías verdad/mentira tal y como las conocemos en esta suerte de invención despoetizada a la que llamamos realidad. Escribo lo que escribo desde la propia escritura, que no deja de ser también un código protésico. Un paquete de elementos articulados que se organizan en función de las necesidades contextuales. Como mi cuerpo, como mi género, como el amor. Yo no quiero destruir el género, sino que otros géneros sean posibles, convivenciales. Yo no descreo del género porque no sé andar con tacones, y me parece realmente insolente decirle a quien performa el género que el género no existe. O decirle a Cervantes que el Quijote no existe. O a los millones de lectores que tiene y sigue teniendo. El género existe, pero tal y como está concebido, el género atenaza. El amor existe, pero tal y como está planteado -platoneado-, el amor es, claro que sí, «un bosque de llamas».

Paul B., desde su nuevo nombre, ha creado un texto que es un tributo al amor, porque abre, en realidad, la ventana, a otros amores posibles, a otras nuevas maneras de amar, y a otros horizontes de expectativas respecto al amor. Paul, como yo aquella noche en la que los camellos parecieron esfumarse para siempre, ha abierto la puerta a la ficción -un texto literariamente maravilloso-, y de la ficción al amor, hay apenas una metáfora. Porque la ficción es especialista en escudriñar cada rincón de esta cartesiana realidad neoplatónica y siempre encuentra la manera de inocular polvo de hada (somos nosotros) entre las grietas de los socavones que dejan las heridas sin cerrar. A veces basta escribir a mano la carta a SS. MM. A veces, servirse y tomarse uno mismo tres copas de champán tiene la dosis justa de magia y de ternura para seguir sacando brillo a los zapatos, para seguir haciendo limonada y no ya crear o descreer del género o el amor, sino hacerlos, al cabo posibles, porque las metáforas eran esto, otros géneros y otros amores.




Todos los demonios

En una ocasión, allá por la Inglaterra de principios del siglo XX, el escritor y ensayista G. K.  Chesterton presentaba su obra El hombre que fue jueves (una reflexión metafóricamente exquisita –Borges lo adoraba- sobre el libre albedrío y el mal en todas sus formas). Entonces, a la pregunta de ¿es usted un demonio?, el premio Nobel de Literatura respondía: soy un hombre, y por lo tanto, tengo dentro de mí todos los demonios.

Y es que la maldad, como bien sabía Chesterton y como bien han contado también muchas otras grandes plumas de la literatura y el pensamiento a lo largo de la historia universal, es capaz de adoptar siniestras formas, sinuosas a veces, y más embelesadas y aparentemente inocuas, otras. Uno piensa, quizá por eso de que cuanto mejor es uno, más difícilmente llega a sospechar de la maldad de los otros, que decía Cicerón, que la gente es buena por naturaleza, por ciencia infusa, casi así como por ley natural, como casi sin quererlo. Uno, presa de una especie de humanismo crédulo y casi estúpidamente ingenuo, confía en sus semejantes como si éstos estuviesen hechos casi a semejanza de una, y cree que Chesterton se equivocaba tildando de maldad ciertos actos que, en la vida real, no eran en verdad más que errores de forma, pequeños defectos, despistes inocuos, pequeños traspiés de carácter sin importancia, que todxs tenemos porque somos humanos, porque nadie es perfecto y porque dos o tres argumentos de verdad comúnmente aceptada me bastan para creer -soy idiota, lo sé, no me juzguen- que las personas malas, las dañinas de verdad, las irremediablemente tóxicas, ésas que te ponen la vida a morir si te descuidas, existen sólo en la ficción. Pero no.

La ficción, -ya debería yo saberlo a estas alturas-, nunca nos contará mentiras, y lejos de no existir, los Mefistófeles cotidianos, las serpenteantes Hidras de Lerna y las espantosamente terroríficas arpías, los basiliscos y los chupacabras, están en nuestros centros de trabajo y en nuestros bloques de vecinos y si observamos con la debida atención –la ficción en esto es versada- podemos apreciar cómo, de sus ojos cuando miran, supura cierto líquido pestilente, viscoso y verduzco, que viene a darle la razón a Chesterton. La mala gente que camina, como tituló una vez Benjamín Prado, tiene nombres y apellidos corrientes. Se llaman Javier, y López y Cuchita, y caminan junto a ti por las aceras. Los nombres que le damos al demonio tienen rostros y aficiones tan comunes que no te librarás de coincidir con alguno en el gimnasio, el bus o la oficina. Tendrás lestrigones apedreándote en el trabajo y tendrán la cara de tu jefa; un dibukk querrá robarte el alma a golpe de chantaje emocional y verás como la inquina del villano, la saliva agolpada en la comisura del ruin, se apropia de tu vida si la dejas. Porque Yago –Shakespeare lo sabe- es en verdad tu socio si le dejas, y porque, si le dejas, vas a verlo, te hará, tarde o temprano, matar a Desdémona.   Dice Luis García Montero que la indiferencia nos convierte en cómplices de la injusticia y del poder. Y no es casualidad que esto lo diga un experto en ficciones. Mirar para otro lado ante la injusticia es, a todas luces, injusto, porque consentir al villano es, de algún modo, ayudarlo a lograr su propósito. Permitir a Cruela que mate a los cachorros es consentir que tu vecino haga lo propio con su perro; consentir que Gárgamel intimide a los Pitufos es permitir que tu jefa haga lo mismo contigo y con toda la plantilla. La ficción es poderosa porque nos enseña que para que el villano gane, la buena tiene que perder con el beneplácito de la indiferencia.

Chesterton tenía razón cuando afirmaba que la Biblia nos dice que amemos a nuestros vecinos y a nuestros enemigos porque, probablemente, se trata de la misma gente.

 Y es que, efectivamente, son la misma gente. Son los mismos. Los que tras la ignominiosa reforma laboral de este gobierno contratan y despiden trabajadoras con un dinero subvencionado y público que no costea la explotación, la precariedad y el mobbing al que se ven expuestas, por pura codicia sangrante y por el puro placer de hacer daño; los que han reventado el mobiliario urbano y las famosas “Pes” durante estas fiestas por darse el gustazo de hacer el mal, por el puro placer de hacer daño; los que acosan psicológicamente a sus trabajadoras y las adeudan dinero y horas por el puro placer de abusar de su poder y hacer daño; los que corean a voz en grito “maricón el que no bote” aireando orgullosos su homofobia y propagando el odio en plenas fiestas patronales por el puro placer de hacer daño; los que pagan cientos de euros para ver cómo un animal es torturado, humillado y, finalmente, asesinado, por el puro placer de hacer daño; los que, de hecho, torturan y humillan y asesinan a un animal, a cualquier animal, a un ser vivo, a cualquier ser vivo, por el puro placer de hacer daño; los que saquean los cuerpos de las mujeres, las vidas de las mujeres, a golpe de acoso callejero y machocracia, a golpe de silbido, chanza, pavor o sobresalto, porque sienten que así son los dueños de las calles, y de ellas, también, qué demonios, por el puro placer de hacer daño. Nuestras conocidas, nuestras jefas de sección, nuestros novios despechados, nuestras amantes, nuestros cuñados, nuestras hermanas, nuestros párrocos y ese vecino tan discreto y tan amable que siempre saludaba en el rellano.

También lo dijo Chesterton: los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos. Efectivamente, basta un gesto valiente para matar a Yago, una denuncia, una evidencia, un clamor, antes de que a Desdémona le hiera de muerte nuestra indiferencia.




María República y un andaluz universal


Una belleza terrible. Eso es la prosa luminosa y desgarrada de Gómez Arcos del que se acaba de publicar su a la vez divertida y desoladora «María República». Uno de esos relatos capaces de reírse y a la vez empatizar e inquietar con nuestro pasado más oscuro. Un innovador de las formas en tiempos difíciles. Algo que lo aproxima a otros grandes autores que no solo causaron heridas y amor entre sus lectores sino que también experimentaron con el lenguaje. Algunos de ellos podían ser Jean Genet, Monique Wittig, Yukio Mishima, Carson McCullers, Sylvia Plath, Marcel Proust o nuestro Juan Goytisolo. Gracias a la editorial “Cabaret Voltaire” y, a pesar del precio exagerado de sus cuidadas ediciones, no solo hemos podido conocer al joven marroquí Abdelá Taia o releer a Margarite Duras sino sobre todo se nos ha devuelto a uno de los mejores escritores españoles del siglo pasado y también de los peor conocidos. Me refiero a Agustín Gómez Arcos, andaluz afincado (o más bien exiliado) en Francia uno de los escritores más originales de la literatura bien sea en francés o en castellano, conocido como novelista, poeta o dramaturgo.

Gómez Arcos, hasta hacer poco, era uno de esos autores de culto pero que parecía destinado a minorías, sin especificarse quienes eran esas minorías que lo leían a escondidas. Pues bien Agustín Gómez Arcos no es solo un autor teatral de primera con obras ya míticas como “Los gatos” sino, ante todo, un narrador de prosa original, atrevida, inquieta, inconfundible, una de esas flores raras de la literatura con mayúsculas que además sigue resultando incomodo a los que pretenden que el pasado histórico de una España negra, posbélica, sacudida por la dictadura, los micro-fascismos, el miedo, el militarismo y la beatería permanezca en sus fosas comunes del olvido. Gómez Arcos nace en Enix (Almería) en el año 1933, en el seno de una familia republicana que verá como las sombras de la dictadura se ceban en sus empobrecidos integrantes de diferentes formas. Del Madrid de los años cincuenta se traslada a Francia donde escribe sus mejores novelas, algunas entre las mas perturbadoras de la literatura universal reciente como “El cordero carnívoro” o “María República”-sobre una prostituta “ingresada” en un convento (poco antes de la muerte de Franco) , libros de una prosa límpida, pulida y a la vez dada a la abstracción, llena de ironía buñuelesca y a la vez de belleza lorquiana en sus expresiones con influencias de grandes autores europeos como Genet o marroquíes como el siempre incómodo Mohamed Chukri. No en vano una de sus novelas, plagada también de simbolismo y denuncia social, se llama “Marruecos” y gira en torno a las difíciles peripecias de un joven en un país empobrecido o coartado en la libertad de expresión y movilidad.

Pero es la España franquista con su doble moral y sus poderes fácticos que se extienden como tentáculos lo que mejor retrata, mezclando realismo y poesía, Arcos recuerda la represión fascista en diferentes lugares, por ejemplo, en “Ana no”, acerca del oscuro periplo de una mujer mayor que va a ver a sus hijos a la cárcel en plena postguerra. Y en esa misma época se ambienta su devastadora obra maestra “El cordero carnívoro” que va más allá de la provocación de presentar un incesto homosexual entre dos hermanos para, a través de los miembros de una familia de la época, retratar las formas de opresión, silenciamiento y también las voces subversivas que nunca dejaron de estar tan lejos o cerca de censores o predicadores al lado del poder establecido. Dando voz a los que no pudieron expresarse entonces. Con cierta (pero depurada) anarquía de la construcción gramatical,, sintáctica y semántica, con meditado humor negro y pinceladas trágicas Gómez Arcos se fue convirtiendo en una de las figuras mas respetadas de la literatura francesa, obteniendo varios premios, pero el tema de su obra siempre fue esa España negra, temerosa, contradictoria y aterrada que dejó atrás en el exilio pero no en el tema de sus grandes novelas.

En «María República» construye una amarga sátira acerca de una joven prostituta obligada a ingresar en un convento de religiosas. La España del encierro y los temores, de población empobrecida y burguesía temerosa o cómplice con el régimen, Muchos (aunque no todos de sus libros) como “La enmilagrada” están protagonizadas por mujeres que como la Juanita Narboni de Ángel Vázquez (otro prosista original) se fijó en las voces femeninas como cronistas orales de una larga historia de amor, odio y oscuridad. Alternando frases cortas y punzantes con párrafos de una belleza bizarra y estremecedora Gómez Arcos, vuelve como un fantasma insoslayable gracias a las cuidadas traducciones de Lydia Vázquez y Adoración Elvira Rodríguez, entre otros. Y no se trata solo de recuperar a los clásicos raros o quitar velos a los llamados “malditos” sino de ver como, a través de un uso poco común de la lengua y de un vocabulario inmenso y camaleónico, Arcos logra un mensaje universal de subversión a la tiranía de los poderes fácticos y sus formas de perpetuación a través de la religión, el ejército o la institución familiar tradicional. Junto a la sumisión o rebelión femeninas, Arcos trata la infancia de postguerra que le tocó vivir en libros devastadores en su crudeza como “El niño pan”, donde siempre hay, no obstante, espacio para la ilusión y la poesía, otro de los géneros que cultivó con éxito.

Sin duda las novelas de Arcos son verdaderos talleres de literatura y como subvertir todo lo que nos han enseñado en el plano ético y estético más convencional mezclando con a soltura la metáfora y la paradoja, el humor, el sarcasmo y el melodrama. Arcos experimenta pero no juega con artificios innecesarios sino que busca un extraño equilibrio entre la virulencia de su mensaje y su forma particular, entre lírica y sombría de abordarlo. Otro tema presente por activa o pasiva en muchos de sus libros es la homosexualidad prohibida y la sexualidad reprimida en los años de la dictadura y su alianza con la Iglesia Católica, llena de fantasmas reprimidos. Así los dos hermanos de “El cordero carnívoro” despertarán pasiones y envidias entre otros hombres incluyendo los sacerdotes o maestros que dicen adoctrinarlos pero también intentan seducirlos.

Es difícil poner a Gómez Arcos junto a otro autor, si acaso en el cine podría estar en algunos momentos cerca de Buñuel- con su hiperrealismo y humor sombrío- y en otros de Agustí Villaronga- con sus atormentados personajes y su mirada homoerótica- pero su procedencia andaluza y su “acento francés” lo hacen inconfundible, como un cronista capaz de contar el horror o la mezquindad humana de la forma más hermosa u original posible. Mago de las palabras, demonio de los conservadores y eterno juguetón del lenguaje Gómez Arcos es una de las principales voces literarias en el campo de eso que se llama “recuperación de la memoria histórica”. Pero el eco de su literatura se redobla en estos tiempos de pobreza renovada y oscurantismo a la vuelta de la esquina, de refinadas formas de caciquismo y censura ideológica.

Pocos autores que escribieron o escribirán sobre el ambiente doméstico y social bajo la dictadura en España se atreverían, como el hizo en “El cordero carnívoro” no solo a contar una extraña historia de amor fraternal y rencores familiares sino tampoco a acabar una de sus obras mayores con un párrafo así: “En fin, que estoy contenta, muy contenta. Me he demostrado a mi misma que cuarenta años de silencio no me han matado, como a vosotros dos. Ah y, sobre todo, siempre es bueno saber que a los sesenta y tres años todavía se puede ser terrorista. Eso de verdad, da la vida”. Su «María República» recién editada en castellano es un bálsamo curativo y a la vez un ácido para las mentes conservadoras o dadas a la amnesia histórica.




Éramos unos niños

Nacida en un barrio pobre y una familia nada común, inquieta y lectora voraz, Patti Smith no solo ha demostrado ser una de las rockeras más emblemáticas de su generación sino también una gran escritora y una gran tejedora de recuerdos llenos de humanidad. Una prosista de talla que consigue unas memorias amenas y llenas de retazos de la historia reciente. Una suerte de maga de la escritura y no solo de sus letras que cantaba con voz desgarrada sino también una creadora de una prosa límpida y sincera, mirando hacia atrás con ira pero también un inmenso amor y comprensión.

«Éramos unos niños», su libro de memorias más extenso, narra de forma original su relación con el célebre fotógrafo Robert Maplethorpe. Sus difíciles comienzos y sus largas décadas de convivencia. Smith fue casi el único nombre femenino destacado e independiente de la llamada «beat generación» estando cerca de Ginberg (Aullido), Burroughs (El almuerzo desnudo) etc. Ambos libros fueron objeto de juicio por obscenidad una palabra que se utilizó luego para definir la obra fotográfica de Maplethorpe en sus gráficas escenas de sexo gay sadomasoquista o desnudos integrales.

El accidentado periplo vital de ambos (juntos y por separado, amigos, colegas y a su manera pareja) esta bien documentado en las páginas de este libro que es también un canto a la belleza dentro de la precariedad y el reflejo de una época. Además del relato intenso de una larga relación de amistad y compañerismo. Aunque ahora se la considera una leyenda viva su trayectoria estuvo marcada por dificultades económicas, problemas serios con la droga (que reflejó en su canción «Heroína») pero también por un sentido de la autenticidad y el compromiso nada comunes, con una visión nada convencional de la feminidad . Su relación con el famoso fotógrafo -que paso de una posición recatada a retratista gay provocador y de primer orden- esta narrada con cariño, sentido y sensibilidad.

La autora de «Tejiendo sueños» consigue un retrato social variopinto, crispado y dos psicologías complejas. Retrata los sesenta como una época en que creían que podían cambiar estructuras pero la violencia de la derecha institucional se impuso finalmente, dejando a muchos en la cuneta. Convivieron con gente sin techo y también con celebridades de la cultura alternativa del momento. Ambos intentaron vivir al margen pero se implicaron en luchas como la batalla social contra la «Guerra del Vietnam» o la ruptura de modelos artísticos canónicos. Antes de que alcancen la fama ya vemos su faceta e artistas compulsivos y vemos desfilar a algunos de los personajes más destacados de la contracultura de los sesenta y setenta. La relación crece, se deteriora, pero nunca se rompe del todo. Una fusión compleja y cercana a la ayuda mutua ante situaciones adversas en las que ambos conocían los puntos fuertes y débiles del otro y su relación, muchas veces conflictiva, con la sociedad de su tiempo. Se consideraban excluidos pero nunca perdieron la curiosidad y el amor por las artes. y la posibilidad de dar a conocer su obra, una obra que surgía de las entraña. «Éramos unos niños» nos da la voz de una escritora testigo de amor, dolor, rabia pero con una increíble capacidad de lucha, superación y seducción. Smith se define a sí misma como «una chica mala que intentaba ser buena» y a Robert M «como un chico bueno que intentaba ser malo».

A pesar de los cambios de los sesenta ni al uno ni a la otra les resultó fácil vivir dentro de unos patrones de género todavía muy marcados, sobre todo por sus mayores y por las secuelas de la guerra fría. La pareja creció en medio de la pobreza, la inseguridad y los trabajos precarios antes de ser internacionalmente conocidos en el mundo de la música o la fotografía al desnudo. Aunque la historia ha dado muchas vueltas es un gozo oír la voz desgarrada de esta mujer única, que a pesar de sus condicionamientos socioeconómicos, patriarcales y su situación de precariedad logró ser una artista comprometida con su época. Patti es una de esas viejas rockeras que se han adentrado con éxito en el terreno de la autobiografía o el relato intimista y que no ha abandonado los escenarios para cantar al pasado sin dejar de mirar al futuro.