Ciudad cerrada

 

 

 

Estoy clausurado en ciudad cerrada

maniatado en la plaza

esperando que canten mi precio en los puestos,

que las palomas me aplaudan

trayéndome golosinas abrasivas.

 

Estoy atrapado como un pájaro entablillado

por las difamaciones de las alas.

Voy dando saltos apagados

a través de un arco

que conecta parcelas de encierro.

 

Aunque conozco cada nido hormigueante

y he visitado también los sótanos de las zarigüeyas,

las madrigueras de los oseznos,

las cívicas mímesis de los insectos,

los cordeles sangrientos de los cuervos:

aunque conozco las erupciones de las baldosas

y puedo andar con los ojos cerrados,

tengo miedo

de esta

cuidad.

 

Cuando voy desde un lado clausurado

hasta otro bando cerrado,

pienso:

imposible,

esto no puede estar pasando,

cómo iba yo a venir aquí

si no estoy en este lugar.

 

Intento desplegarme

para surcar el afuera azul.

 

 

 

 

 

 

 

Ciudad cerrada, poema, Víctor Atobas, escritor, burgales, lirismo,



De “La noche ardida”

 

 

Se me caen de las manos las palabras,

el sentido, la vida,

esta tarde de marzo en que las cosas

se muestran como ajenas,

sin aroma ni flor,

sin poros y sin fondo

ni caridad ni amparo. Yo camino

descabalado y zurdo

junto a un río que solamente es río,

bajo un cielo que no me corresponde,

entre piedras y álamos

que apenas si son álamos y piedras.

Los signos ¿dónde han ido?

El aire se enrarece y lentamente

se me enturbian los gestos en las aguas

de un mundo enmudecido.

Ya de regreso en casa me detengo

junto a la puerta.

Escucho.

Un vacío sin ecos me conforma.

 

 

la noche ardida, Conrado Satamaría, poeta, poesia, lirismo, lanzamiento, Ruleta Rusa Edicones,



Doble vínculo

Fotografía por Eduardo Blazquez

Si te enfadas

tendrás dos trabajos:

enfadarte y desenfadarte.

Si no te enfadas

figuraremos que el paladar

goza de la agria inmundicia que encima

te volcamos.

Si no te enfadas

figuraremos las perforaciones en las áreas

como terroncitos de azúcar achicados

disueltos por ácido

que con dulzura palpas.

Si no te enfadas

como un demonio de tridente y ojos rabiosos y llamarada

figuraremos que los abordajes

de las mortuorios navíos de las sombras

te cubren de tesoros.

Si no te enfadas

es que aguardas como un majara

que las estrellas hablen

y destellen la lengua de arcanos brillantes.

¿Pero quién recibiría tu luz

en caso de que te enfadaras con nosotros

de espejos amos y señores?

Nadie recibiría tu luz

más bien la prenderíamos de nácar vacío

más bien la dejaríamos opacarse

en tu ensanchamiento sombrío y desesperante.

 




Rendijas las palabras

Este poema pertenece al libro “De vivos es nuestro juego“.

Se nos dice va y viene

el viento desde siempre ay enredando

las nubes los mercados

de su peso que caen

como manzanas

y se alzan se nos dice

los córneos armadillos consejeros

de natural necrófagos y el ciclo

de la lucha se nos dice por la vida

los muertos tan motores de la historia

entre ruinas de un muro de un cortijo

confuso se nos dice la paciencia

y no hay otra baraja

ni más vueltas

se nos dice no hay tutía

y nosotros decimos

el viento desde dentro desde siempre

ay enredando nubes

manzanas y armadillos

muñecos y ventrílocuos decimos

el mismo mandamiento y a la espera

del milagro decimos del esclavo

en el solar en venta insostenible

con miedo en la garganta

y obedientes decimos consumada

la condición humana

tal y como

si no hubiera hendiduras

si no hubiera rendijas las palabras

los hallazgos

si no hubiera un adentro más adentro

con una voz distinta más genuina.

 




Hipótesis sobre la necesidad de nadar

Uno se hunde en uno mismo

porque los pensamientos

parece que no tienen fondo

y uno corre el riesgo

de seguir hundiéndose,

y es incierto el regreso.

Pasa súbitamente

y es cuando uno tiene el agua al cuello

que logra darse cuenta

que le ha dado demasiadas vueltas

al asunto,

que ha pasado demasiado tiempo

inmóvil como un peso muerto

y que por eso ha ido sumergiéndose;

hace falta moverse,

pasar rápido a otra cosa,

salir a la superficie

a tomar un poco de aire

aunque se sepa incluso

que el hundimiento puede repetirse

y que uno no deja de hundirse

en las profundidades de uno mismo.

La vida era también

aprender a nadar

para no ahogarnos

dentro de nosotros.

 




Donde el viento nos deje ser

Estoy arañando las paredes
desde que tiré tu nombre por la ventana
en la última discusión.

Apuesto a que tú, ya ni siquiera riegas las plantas con desgana.
Enero te está haciendo el favor de lloverlas encima.
Y el agua las llega al cuello.

Las está ahogando
y a nadie le importa.

En realidad está siendo un cabrón.
Como el final del verano lo fué.

Hay un corazón encharcado,
y a nadie le importa.

La chica del tiempo ha vuelto a predecir
temporada de lluvias torrenciales
y paraguas rotos en las esquinas de la ciudad.

Sácame de aquí y llévame a algún lugar
dónde solo estén tus manos
bailando la curva de mi cuerpo.

Donde no respiremos aire,
y sea él, el que nos respire a nosotros.

Donde el viento no empuje,
y nos deje ser.

Rebobina hacia atrás la cinta de nuestros golpes
y permítete fallar.

Permítete que duelan las caídas a cámara lenta.

No pasa nada
yo estoy aquí
no me he ido
no aún.

No aún que aún te espero.




Isla roja

 

 

Isla enrojecida,

sangre derramada en breves oleadas:

mapas de sangre y gobierno sanguinolento.

Los isleños se han nacionalizado

han tejido sus propias banderas

y discuten en inexplicable lenguaje.

Cuando hablo:

las palabras como burbujas ahogadas

antes de alcanzar la superficie

de los mares que ciñen

la isla roja.

 




El caracol y la estrella de la mazorca

Poema infantil

Al caracol zapatista

¡Ay, qué alta
la estrella de la mazorca
con su zarcillo y su ajorca!

Trepa y trepa por la caña
el caracol con su concha,
¡temblores de la mañana!

La mariposa, revuelo
de risas y de colores,
le abanica los sudores
y lo remonta en su vuelo:

“¡Eh, caracol,
aleluya,
que ya es tuya
la estrella de la esperanza!”




Sonetos a la vecindad

Hace años que no me habla mi vecina,

ni sacude el polvo al oír mi puerta,

tal solía; su mirada es incierta,

al ser o no ser mirada canina.

Mas una sospecha acude a mí, cierta:

no le cautiva mi jardín y hacina

múltiples recelos; y además calcina,

con hechizos, los frutos de mi huerta.

Y de odio ya contagia a su consorte,

lo doma, y lo truca en aquel vecino

incómodo de dardos con resorte.

Quiere, en mi edén, que plante yo los pinos,

que yo acomode mi tierra a su porte.

Hay que ver… ¡Qué bandada de vecinos!

 




Mucho de lo que buscaba

Tienes mucho de lo que buscaba,
pero recuerdo que nos derrumbamos en
azulejos fríos y descalzos de llevarnos la contraria.
Hubo días de entendernos
y días de no entendernos nada
de pájaros volando más alto que el sol
y promesas de cucurucho derretidas en las aceras.

Hubo una ciudad de siempre
llena de la gente de nunca
y descubrí que tus pestañas eran las más largas de éste mundo,
que junto con tu sonrisa torcida,
hacían la combinación perfecta
para haberme dejado amar toda esta vida y la que nos faltó.

Por un momento creí que pisábamos el mismo cielo
y que volarlo solo se trataba
de un juego simple como cerrar los ojos
y dejarse caer después.
Una cita a ciegas con tus brazos
y tus brazos abrazando a un mundo escurridizo.

Te he confundido más de lo que he podido
apagar las luces para esconderme bajo la manta
y se nota que tú solo intentas ser feliz,
aunque el viento te sople y te lleve de vez en cuando
al sitio dónde me decías medio mentiras
para que te medio quisiera
Y yo me medio odiara.

Sé que soy solo un tropiezo en tus planes
cuando deshilacho por completo
el hilo de tu vida.
Pero si estas letras no sabes cómo leerlas,
entonces déjame que te diga, 

que 

nunca 

supiste 

cómo te amé.