Producir hasta morir

Estoy harto, me siento roto, sobre todo ciertas veces en que la angustia se parece demasiado a esa experiencia de la nada, de qué no hay nada más que Capital expandiéndose y diciendo si no eres productivo entonces no sirves para nada, preguntando cuál es tu utilidad en esta sociedad donde todo se puede comprar y vender; tú eres, dice Capital, otra existencia en stock en los Grandes Almacenes Demenciales del Sistema que dispone de ti pero no sólo obligándote a venderte para poder sobrevivir, sino en sentido de que el Capital expandido hasta los últimos confines hace que tú seas para los demás esa existencia en reserva de la que pueden utilizarse para conseguir sus objetivos ya consistan éstos en socializar, acostarse contigo, conseguir información, no sentirse solos, juzgarte, que cumplas esta norma o aquella otra, quieren consumirte y rentabilizarte, aprovecharte, etc. Claro que podríamos seguir enumerando amigo mío, uno, dos, tres usos…

 ¿Cómo te usan a ti?

El problema es que no se entiende el problema. Esa frase se la copié a un tipo muy extraño allá en Burgos mi tierra. Se piensa, como afirma Anita Botwin (1) que el capitalismo no funciona porque la mitad de las señoras de este país (que muy supuestamente es España y a quien la hermosa Catalunya se la pelaría a no ser de por cuestiones de integración económica) llevan antidepresivos en sus bolsos y por tanto según Botwin esto demostraría que el capital se atrofia; no se da cuenta de que el capital funciona perfectamente, entre otras razones porque produce un juego de verdad y saber y nos obliga a ser unos productos siempre disponibles para ser rentabilizados por otros, sobre todo jefes y demás gentuza investida de autoridad, y nos coloca fuera del saber, nuestra palabra no vale una puta mierda si no nos sometemos y resultamos rentables en todos los aspectos de la vida lo cual sabes que es del todo imposible, no tenemos derecho a tener vedad. La cuestión es que cuanto mayor abatimiento, cuanto más frecuente y abrumadora sea la experiencia de la nada, más muerte, más muerte del deseo. Nada.

Pero hay una cuestión más profunda. Me la contó ese tío de Burgos y pese a que es un tipo loco de provincias la verdad que tiene sentido lo que me dijo. Me contó que antes de que nada aparezca, hay como una tela de araña que ha tejido un ciborg teocrático de aspecto vagamente aracnoide; es una tela invisible, por supuesto, uno se la imagina como cuando en las películas los malos entran en el museo o la joyería de turno y se cercioran luego de algunas maniobras más o menos tensas de que el diamante o el significante que usted quiera aquí insertar (algo capitalizable) está protegido como por unas líneas de colores saliendo de los dispositivos blindados y resistentes de los sensores de movimiento. Según la atropellada versión de mi conocido, las cosas que aparecen han sido detectadas, registradas y por tanto controladas, han sido incluidas en el proyectar de la técnica que es la época que nosotros vivimos. Ocurre como si las cosas aparecieran de pronto en ese espacio del museo o la joyería, cerca del diamante que centellea en uno puntitos róseos o más bien lejos eso no importa, lo significativo es que todo, todas las cosas abandonan esa oscuridad esencial de la que provenían y aparecen ahí ya como cosas para la producción, cosas bien para el museo para acumular más y más o bien para la tienda, esas cosas que han aparecido allí y que han sido desocultadas, muestran todas sus caras, todo en la cosa es ahora controlable y manipulable y el problema es que nosotros como seres humanos somos traídos al mundo por nuestras madres y somos entregados a esa tela de araña, a esas líneas de los detectores, es decir, aparecemos como una cosa entre otras cosas porque debido a ese aparecer técnico la vida del “hombre o mujer medio” ha sido trazada aún antes del nacimiento, los itinerarios marcados; educación, consumo como condición del trabajo, quizás tiempo de ocio controlado e inocuo.

La ciencia no es ciencia ni es verdad ni es una puta mierda que nos quieran contar los señores esos importantes de la capital, ciencia es control. Acá en las provincias sabemos que el saber es una paradoja, una broma del sentido, es un puto parasentido, la diferencia, a nosotros no nos vais hacer gozar con esa mierda de matarnos a producir… pero es tan difícil, tan difícil pensarnos en el filo de la navaja, al borde de la locura, yo he visto a Heidegger paseando en las fuentes blancas aunque no puras, tan difícil no ser productivos al menos para ir tirando joder, pero se puede vivir de otra forma, desde luego, tú lo sabes verdad que sí, podemos pensarnos como acontecimiento pero no en el sentido de que nosotros participáramos de éste como sujetos ni que hubiera allí algo, un objeto diamantino que robar, sino en el sentido de la luz que se filtra por los ventanales del museo o de la joyería, esa luz abre el mundo como lugar de ser; imagine la luz intensa que le permite ver sus propias manos, es como la luz del ser, que abre el mundo y que se apropia, se vincula a nosotros abriendo una apertura a la que debemos responder y a la que somos entregados, arrojados.

La luz del ser nos habla pero también lo hace la Muerte, la nada mortífera de la que sin embargo podemos extraer la possibilitas (potencia), en el sentido de la anticipación de la muerte no supone pensar en el fin de nuestra vida sino aceptar que ya no habrá más posibilidades y que por tanto, como afirma el dicho popular, si la muerte es como un ladrón más vale que nos pille haciendo lo que nos gusta, es decir, la muerte y la nada mortífera nos obligan a proyectarnos, a tener un proyecto más allá del mundo pasivo de la producción y el consumo pues si bien es cierto que somos humanos y por tanto creadores, productores, no hay menos verdad en asegurar que el capitalismo nos convierte en engranajes de la maquinaria caníbal que asesina y devora a las personas (aun cuando vemos que éstas siguen pululando por ahí como si hubiera sido zombificadas), pero resulta que somos humanos, no pizas utilizables según las necesidades sistémicas.

Debemos reformular el movimiento de los luditas quienes no se dedicaban a destruir las máquinas porque sí; no querían, no deseaban convertirse en esas piezas desechables de la técnica, se trataba de una lucha por el poder no de odio irracional. El deseo, de nuevo, último grito de lo político. Partidos como Podemos, integrados en el sistema político que legitima la explotación y la muerte por propagación del virus de zombificación, entendieron en su momento que el deseo es la desesperación de lo político en el sentido de que si se iguala lo social a lo político como ocurre hoy en día de forma generalizada, entonces no hay nada de lo político pues lo social no es nada más que mercado y socialización basada en intereses de rentabilización capitalista (capital sexual, cultural, monetario, etc.). Entonces tradujeron los deseos del 15M y los integraron, ya codificados, en el Estado. Dicha integración fue el inicio de su fracaso y del nuestro como revolucionario. Yo lo señalé ya durante mi propuesta para Vistalegre II (2) mientras que otros pensadores como Santiago Alba Rico quisieron ver en la gestión de la crisis estatal en Catalunya ese fracaso podemita lo que supone pasar por alto el inicio repetitivo del devenir-fracaso de la formación Iglesias, Errejón, Monedero, Fernández Liria y otros compañeros que trabajaban y vivían del sueldo del Estado, que aman al Estado queriendo olvidarse que éste es el principal y más importante axioma para que funcione el capitalismo; somos anticapitalistas, dicen, pero aman al capital, éste es su amor secreto (y el nuestro, la diferencia es que nosotros reconocemos que somos unas putas y que el anticapitalismo y las izquierdas han devenido en meras bromas). Dejen de jugar con nosotros, amigos, a ver cuándo se prestan ustedes a un debate filosófico político de altura. No hay más que fijarse en la trayectoria de los dirigentes que hemos mencionado; se pasaban el día ya desde muy chavalines acumulando moneditas de chocolate en las competiciones de clase, del partido, del ligue. Iglesias es, como Ribera, un emprendedor, una putilla de medio pelo que concibe el pensar como una acumulación monetaria. ¿Convertirte en hombre de Estado, Pablo? Tú siempre le has pertenecido a Capital, al Estado, a la competición descarnada carrera atroz trampa adelante; tú, Pablo, no nos vas a decir cómo fugarnos de los imperativos sistémicos porque tú eres el primero que goza con éstos.  Y mientras tanto; produce, produce… o muere.

NOTAS:

  1. Botwin, Anita. (27/1/2018) “El capitalismo no funciona. La vida es otra cosa” [Enlace: http://www.eldiario.es/retrones/capitalismo-funciona-vida-cosa_6_733936615.html]
  2. Atobas, V. (28/12/2016) “Podemos: populismo y deseo” [Enlace http://kaosenlared.net/podemos-deseo-y-populismo]




Más sobre el lanzamiento de “El deseo y la ciudad”

 

 

SINOPSIS:

Capital parece extenderse de una forma casi infinita, como si quisiera ocuparlo todo y no dejar tierra alguna sin conquistar, sin traducir en términos de más y más capital de cualquier tipo. A esta tentativa del sistema responde el deseo como grito último y desesperado de lo político, es un grito para salir del laberinto, la ciudad cerrada como mundo que habitamos cotidianamente, el mundo en que nuestros deseos son capturados y desplazados por parte de las máquinas sociales, registrados por el capital que introduce la carencia, la falta. No se trata tanto de represión como de producción y traducción del deseo. En esa ciudad cerrada hay aperturas, fugas, movimientos y trayectos imprevistos. Revuelta. Gamonal 2014.

DATOS:

Tamaño A5 (148x210mm)

Páginas: 96

Edita y distribuye: Colectivo de Prensa Zoozobra Magazine (NIF: G09566746)

PVP: 7€

Fecha de lanzamiento: Dentro de muy muy poco…

 

Si estás interesado en hacerte con tu ejemplar antes de que salga a la venta, firmado y dedicado por el autor escribe a buzon(arroba)zoozobra.com

 

 

 

 

 

 

 

 




Poliamor y competición

Más que robar, el sistema traduce nuestro deseos. Pero también podríamos pensar el problema del deseo como problema que no es dado, no está ahí esperando que lo interpretemos filosóficamente, sino que es un devenir, un llegar a ser, devenir-atrofia en la mayoría de las ocasiones; ahí está la anhedonia, el abatimiento generalizado sobre todo entre aquellas personas resentidas por la competición sin tregua del mercado al que se enfrentan nada más abandonar sus casas.

¡Puta mierda!

Tú y yo enfrentados quién será capaz de acumular y disfrutar más consumo, más capital con forma de moneditas de chocolate del loro.

Si el problema no es dado, se está produciendo, está transformándose en este momento; lo que sucede en este preciso momento es tan evidente como que vivimos en una época determinada, bajo unas condiciones sociales y económicas concretas. Sin embargo pensamos que el neoliberalismo no afecta a nuestra forma de desear como por ejemplo el reciente debate sobre el poliamor que significa ser lo bastante rentable en todos los sentidos (sexual, erótico, monetario, cultural, social, normativo, etc.) como para entrar en el juego de intercambios sexuales que tiene lugar en las webs de desconocidos que se citan con la esperanza de alcanzar esos cuatro o seis segundos que dura el orgasmo, y después se supone que inician una relación social más profunda en la que lo más importante es maximizar o al menos mantener esa rentabilidad en todos los sentidos pues si dejes de ser rentable ay amigo ya has quedado fuera del circuito de intercambios y más vale que te centres en “mejorar” tus habilidades sociales, culturales o sexuales, más vale que te encierres en la cárcel disimulada del gimnasio y leas los clásicos y te eches cremas y cuides tu aspecto comprando ropa cara y que “representa” (¡este tío tiene pasta!),  porque si no te dejará uno de tus “amores” y luego otro encontrará más rentable a otra pareja sexual o emocional porque ya se cansó de ti, y vuelta otra vez a empezar, esfuérzate, esfuérzate. COMPITE.

El debate sobre el poliamor que se pregunta por si éste es neoliberal cansa bien pronto. Con todo el respeto ¿De qué están hablando, señores y señoras? ¿Se piensan que los lectores somos estúpidos? Es como si nos preguntan si modo de desear es influenciado por nuestra realidad como sujetos que viven en la época del triunfo neoliberal. ¿Es deseo influenciado por la realidad? A ver si el problema es que seguimos pensando éste como la esencia abstracta teorizada por Freud: la líbido, pero el querer es muy real señores, querer más, pero más qué, más parejas sexuales y emocionales o más moneditas de chocolate, acaso la búsqueda de buenos encuentros, de personas que se vinculan con nosotras desde su diferencia.

 

 

 

 

 




Reflexiones de una librera

Trabajar en una librería es un estrés («sí, seguro», dirán algunos que me estén leyendo). La falta de personal hace que termines encargándote de todo: que si las dudas de los clientes, que si contestar al teléfono, que si la caja, que si las devoluciones, que si los cambios de precio, que si salir a recoger los pedidos…tienes que ser un mozo de almacén con una eterna sonrisa en la cara, presentable y que entienda de los productos que vende (que no solamente son libros, claro): todo en uno.

Pero no estoy aquí para quejarme, sino para realizar una exaltación de los libros. Los libros lo son todo en mi vida desde que tengo uso de razón, y ni siquiera la entrada del fascinante mundo digital pudo romper con eso. Si los e-readers no están siguiendo la estela de sus paisanos electrónicos no es por casualidad: nada puede suplir el olor de un libro de papel, una portada vistosa y la satisfacción de llegar a la última página y cerrar el tomo. Pero no: tampoco estoy aquí para criticar los libros digitales.

Exiliada de mi país, como muchos otros, terminé trabajando en una librería por pura casualidad. Y si en España ser un ávido comprador (que no lector) de novelas es algo en peligro de extinción, uno de los placeres que me proporciona mi actual trabajo es ser testigo de cuántas personas compran libros a diario. Será que aquí son mucho más baratos (encuentras cualquier novela a 7-8 libras), que hay muchas ofertas del tipo «compra uno y llévate el segundo a mitad de precio» o que el clima lluvioso acompaña, pero lo cierto es que la gente lee más. Y me refiero a gente de todas las edades, no solo a la típica abuela que viene los domingos a llevarse el periódico y de paso se pilla la oferta de la semana con el cupón que viene en la contraportada: me refiero a niños de 8-10 años que compran compulsivamente series de autores infantiles como Rick Riordan, Robert Muchamore, Michael Morpurgo, y a jovencitas (uy, ¿he dicho esa palabra? Ya me estoy haciendo mayor) que rastrean las estanterías en busca de las recomendaciones de Zoe Sugg (una célebre bloguera británica) y se llevan novelas que no solo versan sobre los primeros amores juveniles, sino también de temas más peliagudos como el suicidio, las sectas o el acoso escolar. Tenemos a las (y LOS, que también los hay) fieles lectoras que se llevan sus tomos semanales de Mills & Boon (la «Harlequín» británica), hombres que leen todo lo que publica James Patterson y gente de mediana edad que busca respuesta a los enigmas de la existencia en las obras de Yuval Noah Harari. Los hay que compran un libro; otros se emocionan y se llevan directamente tres. Y sí, la sección digital (de la que también me encargo) sigue triunfando con sus productos de última generación y sus auriculares sin cable (no digo wireless para no incurrir en más anglicismos), pero no es la prioridad absoluta, y eso es algo que me enorgullece, porque me hace ver que la gente no ha olvidado la lectura: que si parece que hay menos lectores no es porque los videojuegos o el cine hayan tomado posesión de nuestros sentidos y nuestro cerebro, en su comodidad, haya perdido el gusto por imaginar personajes o situaciones a partir de descripciones. Tal vez se deba, simplemente, a que los precios son más competentes. Y así ganan todos: clientes, escritores y editoriales.

Pero no: éste tampoco es un artículo para criticar a España, sino para señalar algo que me toca de cerca. Ojalá que «los que mandan» se apliquen el cuento.




Preparando un nuevo libro

 

Desde Zoozobra Magazine estamos preparando el lanzamiento de un nuevo libro que trata de explicar las condiciones en que triunfa una protesta social a partir de una óptica muy diferente a la de la ideología, los intereses o las clases sociales. Se trata de un pequeño ensayo de Víctor Atobas que viaja hasta la revuelta de Gamonal que enfrentó un intento de gentrificación de dicho barrio en 2014 y que supone un estudio de caso bastante claro a la hora de indagar en la búsqueda de nuevas perspectivas que no caigan en los consabidos tópicos. El autor ha querido mejorar el texto y ampliarlo en una nueva edición que lanzará Zoozobra Magazine en formato digital.




Catalunya: Deseo y democracia

Rajoy, obsesionado con que Aznar salte de nuevo a la escena y le quite los votos de la extrema derecha que hasta ahora ha aglutinado el PP, ha demostrado que desea reencarnar a Franco; parece dispuesto a todo y esa podría ser su tumba política. En Catalunya ahora mismo se está fracturando el simulacro de la democracia, pues lo real aflora en las calles, es el deseo de los catalanes: votar, independizarse, protestar contra el franquismo rampante. El problema radica en que esos deseos han sido traducidos, por ejemplo se ha vinculado el referéndum del 1-0 con la democracia pero, en caso de celebrarse y de que ganara el sí, de qué democracia se trataría la nueva República Catalana, tras un proceso dominado por la burguesía de Barcelona, sino de otro simulacro democrático que escondería la dominación y la haría más o menos aceptable. Me refiero al reino de la representación, de los políticos y de las cámaras, donde se construye lo que sucede noticia a noticia, alocución a alocución, pues el lenguaje adquiere aquí la función de ordenar, nos dicen: creed esto, esto es realmente lo que sucede, acaso no ves que te lo estamos retransmitiendo en directo. Se abre la batalla de los discursos, y al final no queda nada real, nada verdaderamente democrático en nuestras vidas. Como mucho una reunión de vecinos.

En el simulacro democrático, el modelo se impone antes que lo real. Por eso el independentismo de izquierdas habla de hacer realidad la república en las calles en un sentido concreto, es el devenir catalán que sueñan y construyen hermosamente nuestras compañeras de las CUP, esa tierra que ahora está sostenida únicamente sobre la movilización social. Lo real aflora cuando el simulacro ya no funciona, ya no produce credibilidad, ni goce, ya nadie se cree eso de la democracia. Al fondo suenan las televisiones y las radios, dando órdenes sin parar. El tema catalán aburre. Y no vamos a pasarnos la vida debatiendo de Catalunya, hay que hablar de lo social, por qué no decirlo, con Baudrillard; lo social es la imagen de la muerte, de lo que está muerto que es la sociedad, porque si la mejor forma de socialización, como dice Baudrillard, es el capital (por ejemplo, el capital corporal en un discoteca, el capital cultural en una facultad), entonces qué es lo que queda sino la plaza del mercado, el yo te doy a cambio de. Y lo peor es que nuestros cuerpos son como puestos ambulantes de esa plaza que se abre cuando abandonamos la soledad. Lo más paradójico es que muchas personas deseamos acudir al mercado para dejar de sentirnos tan solas. Ay, no nos duele Catalunya, ni España, sino el nihilismo.

Lo político, es decir las relaciones entre las personas, hace mucho tiempo ya que se muere. El deseo es el último grito desesperado de lo político, el deseo es la fuerza de amar que solo se produce en sociedad cuando las relaciones entre tú y yo ya no son mediadas por el capital (sea éste del tipo que sea). En la acción colectiva no hay nada de eso sino mucha gente diferente ejercitando la facultad transcendental de la sociedad; la libertad.  Concluyendo, no queda otra salida que la movilización permanente y la pugna por saturar de deseo, de realidad, la democracia representativa, siguiendo así la línea de fuga que se aventuró a seguir en sus primeros compases la primavera quincemayista. No nos representan.

 

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Guerrilla cultural

En diciembre se cumplirán 3 años desde que comenzamos a editar Zoozobra Magazine. Muchas veces nos hemos desanimado al preguntarnos por qué seguir con este modesto proyecto cuando echamos horas y horas de trabajo y no es que no cobremos nada, sino que incluso perdemos dinero. Los lectores escaseáis, son malos tiempos para la lectura. No queremos pasarnos la vida en Facebook para conseguir más me gusta, intentamos no vivir a través de la pantalla (a este respecto, recomendamos el poema “La nave conquistadora”, que sale este número 40). Tan sólo queremos expresarnos con total libertad y darnos el gusto de mentarle la madre a esa gente que nos jode, que decide sobre nuestras vidas, esos hijueputas dizque políticos. También buscar el encuentro y el debate de ideas y, por qué no, la difusión de nuestras obras.

En Zoozobra Magazine han colaborado hasta ahora más de un centenar de autores y autoras de habla hispana, provenientes de distintos lugares del mundo, y saben que tal y como nos envíen el texto, así aparecerá publicado. Pues la libertad es total en ese sentido.

Por periodos, la página web ha estado inactiva. Han sido los momentos de mayor desánimo, sobre todo después de que intentáramos financiarnos mediante una campaña de micromecenazgo colectivo. Sin éxito. Pero estas expresiones, estos deseos que saturan todos y cada uno de los números de la revista, no tienen precio, no se pueden medir con la vara áurea. Por esto queremos seguir con el proyecto de Zoozobra Magazine y nos gustaría mucho que te animaras a colaborar [Enlace] . Nadie dijo que la guerrilla cultural fuera fácil.

Colectivo de Prensa Zoozobra Magazine

 

 

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Nos gusta ser unas zorras: capitalismo y deseo

Como en la mítica canción de “Las Vulpes”, nos gusta ser unas zorras, o también, a las zorras les gusta ser nosotros. ¿Ser qué? ¿Zorras? No; nosotros. ¿Nosotros? Nos preguntamos en un cierto sentido, muy alejado de la moral, en el que lo importante es saber cómo podemos gozar de vendernos a la familia, al trabajo o al empresario de turno, al Estado, los partidos, la Iglesia, etc. Nos referimos, más concretamente, a cómo el capitalismo es capaz de traducir nuestros deseos.

Muchas personas vivimos dentro de espirales, laberintos sin salida aparente, paréntesis que, pensamos, serán rotos por un acontecimiento aún por venir. Y es que al deseo lo sigue un grito que, por desgracia, no suele ser articulado políticamente más que en ciertos episodios de la acción colectiva en el que la facultad transcendental de la sociedad, al fin, se alcanza. Nos referimos a la libertad, a la fuerza de amar, el calor popular que vivimos durante el 15M. Ante el grito que lanzamos ante el encerramiento en el laberinto, hay dos vías alternativas: o una se acostumbra y se inhibe, o se produce un encuentro. Por desgracia, en nuestras sociedades cada vez resulta más complicado encontrarse con el otro sin la mediación de la competencia. Cuando el otro aparece como un peligroso competidor, el deseo inconsciente oscila a su lado más reaccionario.

Este laberinto al que nos referimos es una metáfora de la traducción que el capital hace de nuestro deseo: pero no el capital como dinero, sino como campo en el que se registra el deseo. ¿Deseas ser feliz? El mercado te ofrecerá lo que necesitas. Pensemos esta idea del capital con Deleuze, es decir, como cuerpo que registra y traduce el deseo como un campo yermo sin parcelar; en el centro de éste hay un agujero negro que absorbe. Se trata de la moneda de pago, del precio en cierto sentido; después de la descarga del deseo, sigue el pago con la moneda y, finalmente, el retorno de la intensidad. Un ejemplo de esto lo encontramos en el psicoanálisis: se produce el deseo de confesar, pero la terapia psicoanalítica ha de pagarse con moneda. Después de pagar y salir de la consulta, regresará el deseo de confesar. Y lo mismo podría decirse de consumo: uno desea reconocimiento, darse una imagen que transmita al otro de tal o cual manera, por ejemplo, de modo que compra y después de pasar por caja vuelve a retornar ese deseo por consumir.

Esto es perverso, en cierto modo, puesto que la traducción que el capitalismo hace de nuestros deseos también comprende lo que Lyotard llamó “goce prostitutivo”, que podríamos entender como el placer que da venderse a la familia, al patrón, al marido, la esposa o a las redes sociales, entre otros muchos ejemplos. No se trata de que nos guste ser esclavos; a nadie le gusta eso. Sino de que nuestros deseos se vinculan siempre a lo social, y por tanto, a la posición que ocupamos en las múltiples relaciones que mantenemos en la sociedad. Es lo que hemos escuchado a algunas de esas personas tan autoritarias; si tienes que hacer algo como venderte al jefe o patrón, si tienes que venderte a la familia o a tu pareja para no acabar viviendo en la calle o aceptando algún trabajo en condiciones semi-esclavistas; pues entonces, dice la autoridad, más vale que lo hagas contento. Esto es: desea esa supuesta salida que tienes para sobrevivir, quiere esa trampa de allá. Pero como dice el poeta Conrado Santamaría en uno de sus maravillosos e impactantes versos, dicha salida es: “carrera atroz trampa adelante”. Por un lado producción y traducción del deseo por parte del capital, y por otro las viejas trampas de la autoridad.

Sólo Las Vulpes se atrevieron a decirlo; nos gusta ser unas zorras. Pero nosotros no hacemos juicios del deseo del otro, huimos del nihilismo. Si un señor goza de hacer bien su trabajo, es decir, de ser productivo para el propietario o patrón que trata de exprimirle al máximo más allá de toda consideración humana, entonces sólo podríamos decir que siga gozando. Pero se da la paradoja de que vivimos para trabajar y trabajamos para vivir, de modo que añadiríamos algo más; ese señor está atrapado en un laberinto, cómo no iba a ir contento al tajo si es la única vía que se le ha dejado para no volverse loco, si ya se ha acostumbrado a esforzarse para soportar a su jefa. De lo que se trata entonces es de producir encuentros en los cuales el deseo no sea traducido por el capital: aunque nos obliguen a trabajar y ya no podamos soportar ir enfadados al tajo, mantengamos o busquemos esas conexiones de nuestro deseo que nos permiten salir de la lógica de la competencia, la frustración y el resentimiento.

Pero para encontrarnos, debemos hacer la diferencia. Siguiendo las ideas de Deleuze y de Lyotard, ésta se hace a partir de una negación “inicial”: no nos haréis gozar de que tengamos que vendernos para trabajar. Esa negación opera como diferenciante entre dos series: una en la que hablaríamos como trabajadores que gozan siendo arrastrados por la conduit del poder, que compiten entre sí resintiéndose de su propio aislamiento, y otra narración en la que soñamos con dejarlo todo y escapar, para no volver. Entre esas dos series, la diferencia es el ¡NO! que opera como la afirmación centelleante de la diferencia. ¿Y qué es elevar nuestro deseo a la máxima potencia sino querer que regrese esa afirmación? Eterno retorno del deseo. Aquellos grupos e instituciones a los que nos vendemos no soportan que articulemos los gritos de nuestros deseos.

 

 

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Entrevista al director de “El Viejo Topo”, Miguel Riera.

Zoozobra Magazine: Muy buenas Miguel. Muchas gracias por la entrevista. ¿Podrías comentarnos, brevemente, cómo fue nacimiento de El Viejo Topo y su posterior evolución?

Miguel Riera: Nació en una época en que las generaciones más jóvenes rebosaban creatividad, y espíritu de lucha. Estábamos ante un cambio de época que se presumía rápido –también ahora estamos en un cambio de época, aunque más lento– y muchos creíamos que había llegado la hora de la revolución y el socialismo. Evidentemente éramos ingenuos, pero esa ingenuidad nos ayudó a diseñar una revista que tuvo alguna importancia, al menos eso me gusta creer.

La primera idea fue hacer una publicación semanal en papel del periódico, pero por suerte para nosotros el Ministerio no nos lo permitió, nos fijó un precio alto de venta lo cual nos obligó a convertirta en mensual y para justificar el precio le pusimos colorines. Fue todo un éxito.

Inicialmente quisimos hacer una revista en la que las distintas izquierdas pudieran dialogar, cosa que pienso que se consiguió. Posteriormente ha ido evolucionando hasta ser una publicación de pensamiento crítico que invita permanentemente a la reflexión, incluso yendo muchas veces a contracorriente de las ideas imperantes en la izquierda.

ZM: El Viejo Topo ha anticipado debates y ha funcionado también cómo “termómetro para conocer el grado de movilización de la ciudadanía”. ¿Cómo se articulan el debate y la producción de los intelectuales que participan en la revista con la práctica y la protesta social?

MR: La mayor parte de los que colaboran o han colaborado en la revista participan o han participado en plataformas, movimientos o partidos. Muchos están implicados en luchas sociales, incluidos los que ya tienen cierta edad. Viejos militantes de lo social, que siguen activos. Dada la naturaleza de la revista y el tono de sus artículos, los jóvenes no abundan en nuestro entorno inmediato, pero los encontramos en la acción.

Por otra parte, tanto en la revista como en algunos de nuestros libros tratamos de acompañar a los movimientos.

ZM: Hay quien dice que los libros y las revistas críticas, en la actualidad, no cuentan con gran capacidad de influencia porque el “poder”, la trama, puede tolerar e integrar la disidencia… un ejemplo sería la “contracultura” de los 60 y 70 que acabó siendo integrada en cierta medida. ¿Crees que esto es lo que trató de hacer Miguel Barroso con El Viejo Topo? ¿Cómo os habéis relacionado con las instituciones y con las empresas que se publicitan para escapar de esa integración?

MR: Creo que Miguel Barroso se dio cuenta rápidamente de quel el PSOE iba a alcanzar el poder, y pensó que la revista podía acompañarlo en su carrera hacia la cúspide. Hay que decir que en aquella época muchos creyeron que podían cambiar las cosas desde las instituciones, no pensaron que las instituciones iban a cambiarlos a ellos.

En la revista no hemos mantenido relaciones personales con los colaboradores que se han integrado en el sistema. Por cierto, ellos tampoco han tenido ningún interés en mantener una relación con nosotros. Hemos tenido colaboradores y amigos que han alcanzado cargos del nivel de ministro, director general, presidente autonómico, etc., pero nos hemos olvidado los unos de los otros.

Desde hace unos años no insertamos publicidad de pago, de modo que en ese aspecto tampoco debemos nada a nadie.

ZM: Vuestra publicación se ha caracterizado por impulsar el debate entre distintas tradiciones de la izquierda. ¿Cómo lograsteis que alguna de dichas corrientes no acabara desplazando a otras en las páginas de El Viejo Topo?

MR: Porque las personas que lo iniciamos tuvimos claro que debíamos aparcar nuestras propias opiniones, creencias, ideología, etc. a favor de la pluralidad. Eso se ha mantenido hasta hoy. Aunque hoy, al haber más medios en los que publicar, es posible observar cierta homogeneización ideológica en muchas publicaciones, incluidas las alternativas.

ZM: Alguna vez has comentado que competíais con la revista Ajo Blanco ¿Cómo habéis vivido ese tipo de competencia con medios con los que tenías tanto en común?

MR: Quizá me he explicado mal. Me refería probablemente a competencia comercial, pero éramos revistas muy distintas. Ajoblanco ha pasado por distintas etapas ideológicamente muy alejadas: por ejemplo, ha sido radicalmente anarquista para luego apoyar decididamente a Pasqual Maragall. Aunque todos hemos experimentado cambios, creo que los vaivenes de Ajoblanco han sido más radicales. Nosoros no lo hemos visto como competencia en el sentido de la pregunta: hemos hecho lo que hemos podido hacer, sin pensar en otros medios.

ZM: Actualmente apenas se lee en papel, el mundo editorial está viviendo épocas muy duras. ¿Cómo te imaginas el futuro del sector? ¿Se acabará imponiendo el modelo de textos muy breves, debido a que la gente “ya no lee”?

MR: La verdad, estoy francamente preocupado por esa cuestión, y no tengo claro qué nos depara en ese sentido el futuro. Yo creo que lo que se está perdiendo en esta era de la hiperconectividad es la voluntad de reflexión. Es decir, tenemos la posibilidad de saber lo que pasa mucho mejor y más rapidamente que antes, de hacernos una composición de lugar frente a cualquier hecho político o cultural, pero permanecemos ajenos a las claves, a las razones de fondo que están detrás de los acontecimientos. Nos basta con la superficie de las cosas. Estamos dejando de leer libros, y eso es concederle al sistema la victoria. Lo estamos viendo día a día.

ZM: Te has manifestado en contra del proceso independentista de Catalunya. ¿Acaso no era este, junto con Podemos, uno de los problemas que más preocupaban a la trama del régimen del 78?

MR: No creo que el 78 eso preocupara demasiado, salvo al Ejército, siempre tan celoso, tan rígido al hablar de la unidad de España. Pero en el 78 el independentismo era muy minoritario, y cuando se hablaba de nación catalana la mayor parte entendíamos ese concepto en el sentido de nación cultural. Incluso cuando Pujol hablaba de “construcción nacional” creíamos que lo hacía en ese sentido. Luego se ha visto que desde el principio Convergència trazó una estrategia que condujera a largo plazo a la independencia.

Efectivamente yo no soy independentista, entre otras cosas porque pienso que alcanzar esa independencia en la Europa de hoy es imposible, y la lucha por obtenerla enmascara la realidad social y nos distrae de los problemas verdaderamente importantes.

ZM: Te has referido en algunas ocasiones a que cuando algún colaborador de la revista o algún conocido tuyo acceden a algún cargo público, entonces dejas de tener relación con ellos. ¿Podrías hablarnos acerca de esto?

MR: Ya he hablado antes de eso. En todo caso añadiré que nunca, nunca, nunca, cuando los excolaboradores han estado en cargos institucionales, nos han obsequiado, por ejemplo, con publicidad institucional, compra de ejmplares, o cualquier otro tipo de ayuda. Eso me ha extrañado, la verdad, porque uno creía ingenuamente que quienes estaban en la revista creían que era algo lo bastante importante como para que sobreviviera, y no un trampolín más en sus carreras. Pero así son las cosas. Nosotros no nos hemos dirigido a nadie, eso también es verdad, para no contraer deudas.

ZM: ¿Cómo entiendes el auge de la extrema derecha en muchos de los países de la Unión Europea? ¿Compartes la idea de que vamos a vivir una gran batalla entre los populismos de derecha y los de izquierda?

MR: No sé si se puede hablar de auge de la extrema derecha. Creo siempre ha estado ahí, menos visible, ciertamente, incorporada discretamente en los partidos de derecha, pero ahora, con la crisis económica y la humanitaria derivada de la inmigración, se ha quitado la máscara. No me atrevo tampoco a pronosticar el triunfo del populismo, de derechas o de izquierdas. El de derechas triunfará si el capital necesita que alguien le haga el trabajo sucio. Y el de izquierda tiene como enemigo eso que se ha denominado la trama, que tiene un poder inmenso y que controla televisión y prensa. Además, la izquierda “tradicional” parece algo desnortada, al menos en estos momento, en Europa y en España. Lo que está claro es que sin lucha no hay avance, así que lo mejor es ponerse las pilas y dar caña.

ZM: Por último nos gustaría preguntarte qué consejos darías a los jóvenes que quieren poner en marcha nuevos proyectos culturales, sean editoriales, revistas, periódicos…

MR: ¡Cómo voy a dar consejos, si yo mismo necesito que me los den! Lo único que puedo decirles es que si creen en su proyecto, que se metan en él con cuerpo y alma.

ZM: ¡Muchas gracias Miguel!

MR: Gracias a vosotros, espero no haberos aburrido demasiado.

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Entrevista al filósofo Santiago Alba Rico

Zoozobra Magazine: Muy buenas Santiago. Gracias por concedernos la entrevista, para nosotrxs es todo un honor. Hace mucho que queríamos entrevistaste, puesto que seguimos las aportaciones que haces, y éstas nos parecen muy interesantes y necesarias. Con tu libro “Ser o no ser (un cuerpo)” (Seix Barral), estamos tentados a decir que ocupas lo que Foucault define como el papel del filósofo, es decir, el ocuparse de sí y el ocuparse de los otros. ¿Cómo ves esto? ¿Se trata de un libro que puede ayudarnos a ocuparnos de nosotros más allá de la ley moral?

 Bueno, los que realmente se ocupan de los otros son las enfermeras, a las que admiro más que a los filósofos. El otro día, en una charla sobre mi libro, había tres y me hizo mucha ilusión. Una de ellas se me acercó y me dijo que no tenía preparación filosófica y no sabía si iba a entender lo que habia escrito; yo le respondí que si “mi libro no puede entenderlo una enfermera, es que he hecho algo mal”. No sé si es un libro para enfermeras, pero sí que es un libro en el que, en efecto, trato de mirar el cuerpo, cosiendo relatos y reflexiones, como lo miraría una enfermera, no desde la “moral de principios” sino desde la “moral de simpatía”: lo fijo ante los ojos del lector como aquello de lo que ya no queremos ocuparnos, porque es como un dinosaurio muerto cargado sobre nuestras espaldas (¡y son precisamente nuestras espaldas!); eso que preferimos no abordar pero que vuelve una y otra vez, casi siempre de manera negativa, para recordarnos que hay cuerdas que no podemos romper del todo: la vergüenza, el aburrimiento, el dolor, el envejecimiento, la muerte.

ZM: En tu obra “Ser o no ser (un cuerpo)”, una de las definiciones que haces del cuerpo es como la de un coágulo de tiempo. ¿Si nos roban el tiempo también nos quitan el cuerpo? ¿Podrías hablarnos de los puntos de partida, a este respecto, de tu ensayo?

Defino el cuerpo como aquello que nos diferencia de los animales, que tienen “carne” pero no cuerpo; es decir, como una combinación chapucera de carne y palabra que nos abre una inesperada y quizás no deseada “salida”. No hablo de libertad sino de una salida, como en un estadio de atletismo o un  circuito de carreras, una “salida” desde la que, hace miles de años, echamos a correr y correr. Salimos corriendo de la carne para huir del cuerpo, que es precisamente su propia fuga sin fin. Ahora bien, lo propio de nuestra sociedad capitalista altamente tecnologizada y de consumo es creer que ha consumado la fuga, que se ha liberado del cuerpo, y ello hasta el punto de que ha construido una enorme maquinaria material para prohibir su aparición, que solo aparece -cuando ocurre- investida de un aura sagrada, en el sentido de Agamben: aparece como amenazador y amenazado. ¿Dónde? En las fronteras, en los campos de refugiados, en los CIES. Los otros son cuerpo, yo no. Salvo cuando de pronto me aburro y descubro que el cuerpo es, en efecto, tiempo coagulado, tiempo estancado. Para evitar ese descubrimiento se ha creado una industria del entretenimiento y unas nuevas tecnologías que nos ofrecen siempre un asidero en el exterior. A punto de aburrirnos -de caer en la gelatina del cuerpo- encendemos una pantalla. Ahora bien, el exterior es ahora nuestro verdadero interior, ruidoso y bullicioso, que compartimos con todo el mundo.

ZM: ¿Crees que hay una conminación, por parte del discurso poder político, a que acumulemos capital corporal y a que controlemos nuestros cuerpos de una forma cada vez más intensa? Luis de la Cruz, en su libro “Contra el running” vincula el auge de la moda por correr con esa idea del control del cuerpo, de cada músculo, de cada alimento, de la cantidad de calorías quemadas. En tu ensayo “Ser o no ser (un cuerpo)” ¿Qué propones para nos fuguemos del control del cuerpo?

Eso no es el cuerpo sino la imagen, emancipada ahora de su soporte material fungible y convertida en un contra-vampiro. Si el vampiro es una criatura que no se refleja en el espejo porque tiene solo cuerpo, el espejo es ahora el vampiro, pues no tiene ningún cuerpo correspondiente en el mundo y se agota en su pura imagen. El espejo, que nació para construir nuestro cuerpo, se ha emancipado de él; ahora construimos directamente el espejo. Eso es lo que hacemos en los gimnasios, en los quirófanos, con las dietas y la moda: construir la fotografía que nos sustituirá para siempre en la red.

ZM: ¿Cómo concibes la relación entre el cuerpo y la identidad personal y sexual?

Durante siglos los tres factores -cuerpo, identidad personal, identidad sexual- han venido en el mismo paquete, como “datos” incuestionables; y cualquier desajuste era considerado “disonancia” y por lo tanto anomalía y monstruosidad. Uno recibía con el cuerpo un sexo y, al mismo tiempo, si se quiere, un carnet de identidad en el que figuraban, como datos incuestionables, el sexo mismo, la nacionalidad, el estado civil, la religión. Hoy ese “carnet de identidad” ha sido sustituido por un teléfono móvil que implica, de entrada, un desanclaje de todas las relaciones identitarias en relación con el cuerpo. Esto tiene una parte positiva y otra negativa. La positiva es que ya no hay “monstruos”. La negativa es que resulta cada vez más difícil distinguir entre los datos -lo que nos viene dado- y los caprichos -lo que podemos escoger al albur de nuestros deseos más volátiles. El cuerpo, ¿es un dato o un capricho? El mercado es radicalmente “constructivista”: no admite ni estabilidades ni fidelidades. Su lema es: sé como gustes. Convierte el gusto personal -en realidad estandarizado y aguijoneado desde fuera- en el único criterio de intervención. Como digo en el libro, nos hemos vuelto autoplásticos, como los lactantes. Ahora bien: el cuerpo duele y, si hacemos caso al psiquiatra Guillermo Rendueles, hay que tener mucho cuidado a la hora de introducir cambios en él. Hay una defensa de los datos -de lo ya dado- frente a la plasticidad sin límites del mercado que me parece fundamental reivindicar. Conviene, en definitiva, no cambiar de madre, de edad, de trabajo, de sexo todos los días.

ZM: Queríamos preguntarte también por la identidad representativa, o referente a la representación que tiene la forma de “todo el mundo sabe…”, y que aplasta a la diferencia. De esta forma, la diferencia sería pensada a partir de la identidad y no podría ser repetida más que habiéndose subyugado a la ésta, es decir, no se haría diferencia. Esto se observa en la campaña de Hazte oír que viene a decir “todo el mundo sabe que los niños tienen pene, y las niñas vulva”, negando de esta forma que lxs transexuales puedan hacer diferencia y tomar cuerpo. ¿Cómo podemos huir de esa trampa de la identidad representativa?

Resulta, en efecto, paradójico que, en un mundo sin datos, escamoteemos cada vez más argumentos y reflexiones con un “como todo el mundo sabe”. En la época de la post-verdad lo hacemos un poco todos, de derechas o de izquierdas. Eso tiene que ver, por un lado, con la incapacidad para metabolizar todas las informaciones y todos los estímulos recibidos, tan copiosos y torrenciales que necesitamos aferrarnos a algún presupuesto, la mayor parte de las veces completamente arbitrario. Necesitamos un tejado en el que salvarnos en medio de las aguas, a la espera de un helicóptero salvífico que no llegará. Cuanto menos sabemos y más pereza nos da saber, más damos por supuesto algún “saber general” incuestionable. Por otro lado, hay que reivindicar la “representación”; es decir, la capacidad para representarnos no sólo el placer o el dolor de los otros (lo que en mi libro llamo imaginación frente a la fantasía) sino los procesos materiales por los que los otros llegan a pensar un disparate. Todos estamos en peligro -siempre a punto- de pensar un disparate.

ZM: Nos preocupa el tema de que, como afirma tu amigo César Rendueles, a veces desde el marxismo y el anarquismo se planteen las propuestas como si éstas nunca se fueran a realizar. Contando con eso, a quienes estamos por cambiar este mundo y por luchar contra el capitalismo, parece que no nos quedaría mucho más que la axiomática. Te hacemos la misma pregunta que, en este sentido, le hicimos a César Rendueles: ¿Poner axiomas, es decir, tratar de que los flujos descodificados (como por ejemplo los trabajos no reconocidos como tales), entren en los circuitos capitalistas de producción, distribución y acumulación, resulta la única salida viable para que “las cosas no se vayan de madre” en la actualidad? Como ejemplos de esto encontramos la renta básica o el trabajo garantizado.

Mucho me temo que las cosas “se han ido ya de madre” y buena parte de la izquierda ni se ha enterado. Mi admirado amigo César tiene mucha razón cuando insiste en la necesidad de introducir propuestas concretas, realizables, que conviertan el anticapitalismo en un plan de trabajo y no en una declaración moral. Somos una religión minoritaria y extravagante, como los Mormones. En estos momentos es imperativo introducir en los circuitos capitalistas todos aquellos vectores anticapitalistas -agujitas o regatos- que el capitalismo puede tolerar o que incluso reclama en un momento de crisis: el caso de la renta básica es un ejemplo evidente.

ZM: Has apoyado activamente a Podemos. ¿Cómo crees que ha salido el partido tras Vistalegre II?

Como un partido que se parece más a IU que a sí mismo, más previsible que antes, más retóricamente radical, más banalmente mediático y más dominado que nunca por una sola persona. Un partido para militantes y hooligans al que algunos seguiremos votando por dos razones: porque todo lo demás es peor en un momento de grave peligro y porque Podemos no tendrá más remedio que abrirse a otras fuerzas, en otros territorios, para sobrevivir. Confío en que Podemos sea salvada desde fuera. Pero ahora mismo no soy optimista.

ZM: ¿El discurso populista no corre el peligro de “sacar” al pueblo de las masas, y de ahí insertarlo en el partido? Es decir, sería un peligro parecido al del comunismo: se talla a la clase sobre las masas, y luego se inserta la clase en el partido, que acabaría representando los intereses de aquélla. Pero la masa huía la clase…

Nunca fue fácil y Marx no concluyó la tarea, pero hoy es más difícil que nunca saber qué es una “clase”, salvo ésa subjetiva -relacionada con un ideal de consumo y unos valores conservadores- a la que creemos pertenecer todos: la clase media. Esa es la clase que va perdiendo su suelo mientras gana las elecciones a través de populismos de derechas que en realidad no la representan. En sociedades en las que el paro se ha estabilizado para siempre en torno al 10% (como poco), con un sector primario muy delgado, con un sector servicios muy diversificado y con regímenes laborales precarios y deslocalizados no cabe volver a pensar en la construcción de una clase autoconsciente y orgánicamente articulada. Cualquier sujeto colectivo que surja será provisional y frágil como la figura de un caleidoscopio. Eso es en realidad la “nueva política”, que deja fuera, sin representación política, a un creciente sector abstencionista excluido de los pocos derechos que caracterizan en Occidente el Estado del Bienestar menguante. Pero no creo que en estos momentos haya ninguna posibilidad transformadora que no pase por manejar bien ese caleidoscopio.

ZM: En tu artículo “Sólo un Dios puede salvar España”, hablabas de que la izquierda había abandonado la lucha por disputar el movimiento social católico, de gran fortaleza en nuestro país. Pero ¿Cómo puede convertirse Podemos en el partido más católico de España?

Aquí estoy completamente de acuerdo con mi amigo reaccionario -así se autodenomina él mismo- Juan Manuel de Prada: si no comprendemos que la religión -la popular, la de los creyentes plebeyos- no es nuestro enemigo nunca conseguiremos hacer la menor mella en el capitalismo. No entiendo cómo Pablo Iglesias, al que hace dos años defendí por haber aplaudido al Papa en el Parlamento Europeo, comete hoy la estupidez de emprender esa campaña ridícula, inútil, vacía y bravucona contra la misa televisada de los domingos. Como ateo anticapitalista me irrita que no sepamos sumar a los católicos a nuestras legítimas críticas contra la Iglesia y contra RTVE. Pero para eso habría que criticar a la Iglesia y a RTVE por otras cosas. Por lo demás, no quiero que Podemos sea el partido más católico de España; quiero que los católicos de España, al igual que los no católicos, se sientan defendidos, social, económica y políticamente, por Podemos. Mucho me temo que el camino escogido tras Vistalegre II no es ése. Volvemos al radicalismo autista de los jugadores de frontón: golpeamos con todas nuestras fuerzas y con mucho ruido una pared cerrada.

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