Vídeo-reseña de “Contra el running”

 

 

 

 

 

 




Próxima publicación de “Autoridad y culpa”, de Víctor Atobas.

 

La editorial jienense Piedra Papel Libros publicará próximamente el ensayo “Autoridad y culpa”, un ensayo que surge de la necesidad de superar la obsesión por aquello que nos acosa en nuestras vidas: el poder. Partiendo de un análisis del mismo que toma como marco de referencia la obra de Michel Foucault, Víctor Atobas pretende restituir con este texto una mirada sobre el poder que reconozca su multidireccionalidad, afirmando su carácter relacional y desechando aquellas concepciones simplificadoras que niegan la posibilidad de resistencia o identifican poder con dominio.

 

 




Farsas y negociaciones para formar gobierno

La constitución del 78 ya dejó de resultar operativa, no sólo había perdido la legitimad, desde que empezaran los procesos destituyentes del 15M y las mareas, sino que resultó desbordada, del todo, cuando se explicitó la falta de soberanía nacional. Nos referimos a la reforma de art 135 de la constitución, al TTiP y también al euro, que es la forma por la que el neoliberalismo ha apuntalado su hegemonía en la Europa occidental.

Ahora se abre la denominada Segunda Transición, que se refiere a las similitudes históricas con la primera (sobre todo en lo referente a la crisis de régimen), entrecruzadas con diferencias tales como que en 1978 el nivel de violencia política y de miedo, así como la protesta social, resultaban más importantes que en la actualidad, cuando parece que nos hemos quedado esperando que, por esta vez, se incumpla la ley de hierro de las instituciones (teorizada, en la ciencia política, por Michels), que resumiendo viene a decir que el cambio social es institucionalizado, por los partidos, en meras reformas que no responden a las demandas y necesidades de los de abajo. Pasó con el movimiento ecologista en Alemania, o los partidos comunistas y su “compromiso histórico”, ahora invocado por Pablo Iglesias. Pero las señales apuntan a que la tal regularidad histórica, al menos concerniente a los sistemas políticos europeos, puede volver a cumplirse.

El término de la Segunda Transición se refiere, también, a que las estructuras del sistema político requieren de una reforma, al igual que la constitución zombie del 78. Aquí, la diferencia con la “primera” fase transicional, podría verse en que el neoliberalismo no ostentaba una hegemonía tan asentada, de ahí que incluso se hicieran algunas concesiones al PCE, que aparecen escritas en la carta magna del 78, pero que carecen de contenido. Si la historia se repite dos veces, ya saben, primera como tragedia y después como farsa.

Asistimos a la farsa de las negociaciones para formar gobierno cuando, en realidad, y como recordaba Manolo Monereo, con quien están negociando PSOE y Ciudadanos es con los poderes económicos (con quienes tienen influencia en los flujos de la sociedad-red), y si consiguen agradar con sus proyectos reformistas, cosméticos, que apuntalarán sin duda la estrategia neoliberal que en breve volverá a sacudir España, si agrada a los de arriba, entonces el PP puede decir adiós porque los medios de comunicación de régimen presionarán mucho para que el PP se abstenga, y permitir así el gobierno de PSOE y Ciudadanos que, en las medidas sustanciales, podría llegar al acuerdo con los conservadores. Así, la reforma constitucional dejaría en, en esta hipotético caso, una situación muy complicada para Podemos.




(Trans) feminismo: una revolución

El feminismo es incómodo, la verdad.

El feminismo pica, y huele mal, y es un engorro, y un rollo, y una lata. El feminismo es como pasarle el mocho a la vida, limpiarle el polvo a tus contextos, barrer bajo los muebles de tus semejantes. ¿Sabes esos remolinos de mugre que salen bajo la cama y que tú no te puedes creer, por más que lo pienses, que estuvieran ahí? Pues es el feminismo el que los saca a la luz y hace que tu alcoba deje de parecer el Far West. Es el feminismo el que te recuerda que si la casa no se limpia a menudo de mugre falócrata y machirula, la mierda acabará por engullirnos. Por eso el feminismo es una lata, porque siempre has de estar todo el día con la mopa ojo avizor -la mugre sale incluso de nuestros propios organismos- pero merece la pena, porque te va dejando la vida tan limpia y refulgente que da gusto estar en ella. Pero eso sí, tiene una pega. Una pega enorme, una pega inmensa: cuando descubres el asombroso poder del feminismo, ya no puedes dejar de utilizarlo. Simplemente no hay vuelta atrás y no puedes dejar de detectar esa pequeña pátina de polvo patriarcal, porque tú sabes que está ahí y que, si la dejas, si no la eliminas ahora, en un par de días vas a tener la vida como el arpa de la Rima de Bécquer: silenciosa y cubierta de polvo.

Por eso hacer feminismo es también –y yo diría que sobretodo- detectar y denunciar lo que pasa en nuestros entornos más próximos, en esos en los que se supone, estamos, en la medida de lo posible, a salvo del patriarcado.

Puedes cofundar junto a otrxs compañerxs, un colectivo con la vocación de visibilizar y defender los derechos lgtb+ y hacerlo, con especial énfasis, a nivel local, provincial y regional. Podéis cofundar el primer colectivo lgtb+ que se gestara en esta ciudad ever, y la cosa podría resultar ilusionante. Que el tejido social de un colectivo sea muy heterogéneo, identitaria y culturalmente hablando, nunca sé si es bueno o malo. Pero me pasa también con un millón de cosas. Lo que sí sé que es bueno es llegar a acuerdos de mínimos. Y se llegan. Se llegan para arrancar, se llegan para seguir, para empezar a seguir, pero se llegan, sobre todo, porque no podría ser de otra manera. Óptica feminista, inclusión de identidades no binarias, apoyo a otros movimientos sociales afines. Se anda camino. Se hacen propuestas y se anda un camino más institucional que callejero, más visibilizador que empoderante, pero un camino al fin y al cabo, ancho como para poder seguir depositando en él la fuerza y la alegría.

Siempre hay cosas que no te gustan, claro, pero las pasas por alto. No te vas a poner tiquismiquis. No vas a ser tan picajosx, tan exageradx, tan histéricx. Siempre hay un compañero tecnócrata que afirma que la lucha lgtb es apolítica, y tú discutes un poco, pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído nada. Siempre hay un compañero binarista y misántropo que desde la más profunda ignorancia antropológica afirma altivo y complaciente que España es un matriarcado “porque las mujeres sois las que mandáis”, y tú discutes un poco, y te reivindicas como “no mujer”, como “cuerpo no binario”, pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído nada. Siempre hay un compañero binarista y transfóbico que vuelve a recordarte el diagnóstico del médico que te vio nacer. Y tú discutes un poco, ya sobre tu propia identidad. Y te ves discutiendo sobre tu propia identidad con un hombre que no eres tú, y discutes un poco (es tu identidad lo cuestionado, qué demonios), pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído nada. Y así pasan los días, y las semanas, y los meses, pero como no quieres que todo se vaya a la mierda “por tu culpa”, callas y haces como que no has oído, como que no vas oyendo nada.

Evidentemente, la violencia simbólica de la que ya nos habló Bourdieau nos ha enseñado que a Rouuseau se le viene haciendo mucho caso. “Toda la educación de las mujeres –esto dijo Rousseau- debe girar en torno a los hombres. Gustarles, serles de utilidad, propiciar que las amen y honren, educarlos cuando son jóvenes, cuidarlos de mayores, aconsejarles, consolarlos, hacer que la vida les resulte agradable y grata, tales son los deberes de las mujeres en todos los tiempos”.

Y es por eso, porque “debo” hacer que la vida a mis compañeros les resulte agradable y grata, discuto un poco para que crean que puedo serles de utilidad, pero no tanto como para que todo se vaya a la mierda “por mi culpa”, y es entonces cuando llega el momento de callarme y no decir nada.

Ellos crecen en el espacio simbólico, se mueven con holgura, sin sisas que tiren de sus mangas, sin culpas, sin miedo a ser cuestionados, sin miedo a ser culpados de saber mucho y parecerlo, o demasiado poco y parecerlo también. Piensas en Rousseau y después piensas en gasolina. Piensas en Rousseau ardiendo, Rousseau on fire, y te pones cachondx, pero de nuevo la estructura opresora te interviene el cerebro: si eres feminista no puedes hacer que nada arda, si crees en la horizontalidad no te puedes imponer por la fuerza. Si crees en los cuidados y el amor, no puedes, por amor de diosa, destilar tanta violencia. Pero en verdad toda esa violencia –tildada de ilegítima en tanto en cuanto es la tuya- no es tuya, en realidad, sino que se ha depositando en ti a golpe de opresión, a golpe de silencio, a golpe de dominación sigilosa y hegemonía callada. A fin de cuentas, el poder no necesita utilizar fuerzas no legitimadas para imponerse. De hecho, el poder es poderoso por eso, porque tiene a su disposición todas las fuerzas del mundo para, en el momento en que sean usadas por él, se legitimen automáticamente en nombre de la coerción. Los puñetazos en la mesa del padre tienen sentido. Los puñetazos en la mesa de la hija, son intolerables. Te viene Rousseau a la cabeza, y aquella expo en la que Rousseau era decididamente un mierda, y reportas en twitter desde el perfil del colectivo lgtb+ al que perteneces, una cuenta homófoba y machista; pero pronto un compañero cuestiona tu actuación, la juzga, la valora y la evalúa como si fuese un padre, un tutor o un jefe. Como si asumiese de modo natural el rol de figura de autoridad y tú tuvieses también que asumir el rol de subalterna, de tutorizada, y le hubieses pedido permiso, u opinión, u aprobación de tus actos. Y te cuestiona a ti, y a todas cuantas comprenden que no puede tolerarse la intolerancia dentro del activismo lgtb+, y os tilda, a su vez, de intolerantes. Y os dice cómo hay que ser, cómo actuar, en definitiva, para que “su vida sea más agradable y grata”, porque ya lo dijo Rousseau, a fin de cuentas, que esa es la finalidad de “las mujeres”. Se hace el silencio, esa clase de silencio que se hace siempre que el poder irrumpe en alguna parte dando su puñetazo simbólico en la mesa, en su mesa grande y alta. Un puñetazo que nadie cuestiona, que nadie puede ni se atreve a cuestionar. Porque así son las reglas. Así las normas. Hechas a imagen y semejanza de quien ha de venir, después, a usarlas en su favor.

Así que después del silencio, una compañera discute un poco, pero como no quiere que todo se vaya a la mierda “por su culpa”, la de ella, claro, pues calla y hace como que no ha oído nada. Y el machismo se filtra en los mensajes, y la burla al lenguaje inclusivo campa en los espacios de confort, en lo que tú creías que eran espacios de confort, y la chanza, y el daño infringido desde esferas que detentan un poder social, un poder simbólico, un poder estructural, un poder hegemónico, un poder de culo blanco de marica patriarcal, que diría Virginie Despentes, se sucede gota a gota, o torrencialmente ya, qué demonios, para qué andar con disimulos. Porque total qué más da, si luego nosotras callamos, aunque discutamos un poco, pero callamos, porque no queremos que el dedo del opresor nos juzgue y dicte finalmente el veredicto de que todo se ha ido a la mierda y de que ha sido por culpa nuestra.

Así, de ese modo, tus vivencias personales son reducidas a meras opiniones, tus problemas no son tus problemas, sino tus infantiles e insignificantes puntos de vista, y tienes que aprender a ser lo suficientemente dócil, lo suficientemente complaciente, lo suficientemente idiota, como para sonreír cuando te digan que tus movidas son eso, y aquí no interesan demasiado tus movidas, porque no son más que eso, al fin y al cabo. Tus movidas. Porque no son importantes.

 pasar de página

Después, cuando de ti no quede apenas un campo de minas desmembrado en la muda batalla de la simbología social y estés a punto de convertirte para siempre en el arpa silenciosa y polvorienta de Bécquer, volverás a la gasolina, porque realmente tampoco tienes gran cosa que perder, a fin de cuentas, y recordarás, hablando de Bécquer, que fue el romanticismo quien se cargó el despotismo rousseauniano, aunque luego saliera la cosa como fuera, y no querrás otra cosa en este mundo que ver arder al poder muy fuerte y, aunque no sea legítima tu llamarada, acabar con Fernando VII con tus propias manos.

Emily Dickinson tenía razón cuando dijo que ignoramos nuestra verdadera estatura hasta que nos ponemos de pie. Y bueno, de algún modo, ser feminista es darle la razón a Emily Dickinson. Porque cuando te pones de pie y es tu puño el que golpea sobre la mesa, el orden de las cosas convulsiona. Cuando te pones de pie y no discutes un poco, sino que peleas tu espacio hasta la llamarada, Rousseau empieza, por una vez, a no saberse a salvo. Cuando te pones de pie diciéndote a ti misma que te da igual que todo se vaya a la mierda por tu culpa, porque ya se sabe, al fin y al cabo que, pase lo que pase, la culpa será tuya después de todo; en ese momento, tú eres un poco el verso discordante de Emily Dickinson, ese que hará que el poema de tu opresión se vaya a la mierda.

Obviamente habrá hombres que te digan que fue culpa tuya. Obviamente lo hará la mayoría y, obviamente, tendrás la culpa. Por excesiva, por exagerada, por histérica. Obviamente el agravio correrá de tu cuenta, obviamente. Porque no distingues nada, porque eres desmedida, porque no atiendes a razones. Obviamente la violencia será de nuevo volcada sobre ti como un gran cubo de mierda lleno de basura simbólica, porque el patriarcado no se anda con chiquitas. Y serás juzgada, como siempre, por otro lado, pero con mayor virulencia, porque esta vez has osado, -¡cómo osas!, ¡cómo osas a osar!-, y has gritado, y violentado y has sacado algo de toda esa virulencia, ya era hora, y has puesto sobre la mesa la gasolina y el mechero. Obviamente vendrá quien te diga que has perdido las formas, porque una señorita tiene que guardar las formas, qué demonios, ya lo dijo Rousseau, pero tú no eres una señorita, qué demonios, tú eres un cuerpo acumulando su ira, tú eres su contenedor social de pestilencia, pero estás a punto de reventar, y ya se sabe lo que pasa cuando los contenedores revientan.

Supongo que habrá quienes siguen creyendo, todavía, que comer mierda te hará cagar flores algún día. Pero lo cierto es que seguir tragando basura patriarcal, venga de donde venga esa basura, no hace otra cosa que alejarnos de Emily Dickinson. Y estar lejos de Emily Dickinson siempre es una mala noticia.

Por eso, como dice Itziar Ziga, debemos “seguir aprendiendo a defendernos unas a otras. A generar espacios de seguridad y gozo colectivos. A minimizar el inmenso daño que recibimos cuando respondemos a su violencia”. Porque, a la hora de la verdad, ninguno de esos que dicen defender tu causa en abstracto vendrá en concreto a defenderte a ti. Ni verás esos cuerpos de hombres henchidos de privilegio arriesgar un ápice de hegemonía en nombre de tu disidencia, de tu golpe en la mesa, de tu llamarada. Probablemente todos los que una vez dijeron que estaban contigo cuando no los necesitabas tanto, estarán contra ti o no estarán en absoluto, ahora que hacen falta. Porque exageras, porque pierdes las formas, porque pierdes la razón. Porque te lo tomas todo como algo personal, porque eres una de esas personas que se toma las cosas como algo personal, qué desfachatez, vaya actitud intolerante, y porque estás haciendo de las vidas de los hombres lugares nada agradables ni gratos, y ya dijo Rousseau que aquello no estaba bien. Porque una cosa es ser feminista y hacer pancartitas pro igualdad y otra muy distinta es quitarle la razón a Rousseau. Y porque al final, desde los ojos de los sujetos hegemónicos, desde los ojos de los culitos de hombre blanco (por más horadados que estén esos culitos), se ha de ser lo suficientemente feminista como para no parecer un neardental, pero no tanto como para llevarle la contraria al ilustrado.

Porque ya se sabe que en el medio está la virtud, y el medio es ese lugar –sabedlo- que ellos han instaurado como medio.

El feminismo del cuerpo hegemónico (por muy marica que sea ese culito blanco de caballero) es –salvo contadísimas excepciones- un postureo pequeño burgués; es una suerte de narcisismo social del varón blanco, que gusta de recibir de vuelta una imagen de sí mismo remozada y agradable, amable y progresista, de gentilhombre. Es el buen caballero, el cortesano del que hablara Baltasar de Castiglione en el Renacimiento, sólo que en su versión postfordista. El cuerpo hegemónico habla de feminismo, pero no necesita que el feminismo lo salve. El cuerpo hegemónico grita consignas feministas, pero no necesita que el feminismo lo arme para volver a casa por el camino menos transitado. El cuerpo hegemónico que se declara feminista es el lobo bueno del cuento, y a los villanos que se vuelven buenos hay que quererlos el doble que a las mocosas desobedientes. El feminismo es para el caballero la camisa de pana, la mocedad, la barbita recortada, la espumita en la cerveza bien tirada. Pero el feminismo, para lxs demás, es la calle vacía de madrugada, la violencia de mear sentadx, no poder ponerse de pie y tener sistemáticamente el peso del ardor mundial los hombros. Para el caballero, el espejo, para lxs demás, la esquina afilada y rota del cristal. Para él, la vida social; para el resto, la propia. El caballero cree que el feminismo es el parque temático de la progresía mundial, y no se da cuenta de que “el feminismo es una revolución, no un reordenamiento de las consignas de marketing”. El caballero no se da cuenta de que cuando el feminismo comienza –no el de la americana con coderas, sino el de verdad- no puede parar, porque es más que personal, porque te aprieta la vida, y porque te hace ver con una claridad meridiana que empieza a ser ya más que urgente que Rousseau vuele por los aires, mientras matamos a Fernando VII con nuestras propias manos mientras recitamos un poema de Emily Dickinson.Y escuchamos, también, este tema de Viruta FTM.







El Bulevar de Gamonal y la expansión urbanística.


  
El Bulevar de Gamonal supondría un claro ejemplo de la lógica expansiva de la ciudad, bajo el modelo urbanístico del capitalismo, cuya planificación ha sido entregada a los mercados. 

 

Al igual que sucedió con el Bulevar de Gamonal, cubrir la Plaza de Toros es otra obra faraónica que sirve para absorber el excedente del sector inmobiliario. En el caso de Burgos, el sector diversificó su cartera de productos hacia suculentos contratos en los servicios públicos huyendo de los fondos secos de rentabilidad, durante el periodo previo a la crisis.
El crecimiento urbanístico de la ciudad impidió mantener la tasa de ganancia media en el sector, cuya inversión se realizó de forma paralela a las actuaciones públicas que revalorizaban el centro de Burgos, buscando zonas de expansión y abandonando las periferias. El modelo urbanístico fue encaminado a canalizar ese excedente que se había generado con la burbuja inmobiliaria, hasta que el crecimiento no pudo ser absorbido ni materializado a través de la política especulativa sobre el suelo, que genera desigualdades dentro de la ciudad, disgregándola en barrios obreros como Gamonal y en opulentas zonas como La Castellana. Quedaron vacíos los edificios y los esqueletos de hormigón, erguidos e impasibles en el horizonte, moteados de carteles rojos y blancos y amarillos en los que podía leerse en venta.  Echaron a la gente de sus casas, mientras se lavaban las manos y buscaban negocios más rentables. El caso del HUBU y de la UTE EFICANZA, en la que se encuentra también Méndez Pozo; el Jefe cuestionado de la ciudad, derrotado por los vecinos de Gamonal y de Burgos durante las históricas movilizaciones de enero que, por cierto, han recibido distintas lecturas ideológicas.
Manejo la siguiente hipótesis, aunque no he podido corroborarla. La inversión del Bulevar sería la prueba de que el capital necesitaba fondos rentables, y el Ayuntamiento diseñó el Bulevar bajo las pretensiones de dar salida a los excedentes del sector inmobiliario y de incrementar el precio del suelo, repercutiendo en la variación de las rentas y alquileres, o en el costo por el transporte. Cualquier actuación urbanística en un punto concreto de la ciudad, afecta al resto de la ciudad, compuesta de interrelaciones.
El Bulevar buscaba un incremento de los precios del suelo de Gamonal, sobre todo calles y comercios adyacentes, con la predicción de que el barrio dentro de algún tiempo se convertirá en el “centro de Burgos”. La expansión de la ciudad conllevaría la creación de nuevas periferias definidas respecto a la centralidad del casco histórico y las centralidades surgidas en el futuro, entre las que se incluiría un Gamonal totalmente reformado del que el Bulevar habría sido su nave nodriza.
Esto supondría un cambio respecto a lo que Gamonal ha supuesto en la predicción espacial, siempre caótica y caracterizada por contradicciones. El barrio cambiaría, siguiendo esta hipótesis, su estatus suburbial a una zona en expansión donde confluyeran los intereses del capital; construyendo el Bulevar, el suelo se revalorizaría, suponiendo un punto todavía muy primerizo de la estrategia urbanística pensada para las siguientes décadas. Si los precios de las viviendas y los alquileres subieran, entonces la clase trabajadora se vería obligada a trasladarse, dada la bajada de salarios. Ante el deterioro y el expolio de los servicios públicos, las condiciones de existencia empeorarían. Surgirían recintos privatizados, vallados, vigilados, artificiales, ocupados por la pequeña burguesía y los profesionales liberales, y la población de renta baja sería expulsada del centro y de los barrios que hubieran captado la atención de los inversores.
Si el precio del suelo fuera aumentando, y los flujos expansivos del capital se centralizaran en un Gamonal convertido en “el centro de Burgos”, probablemente las empresas y los comercios llegarían acompañados de un inmenso plan de inversión pública, al igual que ocurre en estos casos, dando salida al plusvalor generado con la especulación y las lógicas acumulativas. La creación de nuevos barrios como el G3, así como las limitaciones geográficas con las que cuenta la expansión de la ciudad, podrían ubicar a Gamonal como una zona; más que en expansión, como hemos dicho antes, en transformación.
El parque de viviendas tan viejo y la precipitada construcción de barriadas para la clase obrera, que convivía junto a las fábricas y las huertas y los cuarteles, sería uno de los principales escollos para la transformación de Gamonal en una zona más cara, el suelo aumentaría su valor de cambio artificialmente, siguiendo las lógicas especulativas del capital, incluidas inversiones públicas como el Bulevar o la privatización de las plazas de aparcamiento. Otro de los escollos lo plantea el movimiento vecinal, que propuso alternativas a la construcción del Bulevar y que se encuentra en conexión directa con la realidad social del barrio.
Ante esta hipótesis se abren dos caminos. Si la estrategia del capital, y por tanto del Ayuntamiento, se centra en transformar Gamonal de cara al futuro para albergar allí la confluencia de los flujos económicos, entonces el barrio tradicional de Gamonal morirá y la población obrera será sustituida por aquella de rentas más altas, desplazándose a las nuevas periferias. El otro camino tomado por el capital sería el abandono total de Gamonal, más allá de alguna actuación de tinte electoralista. Si el movimiento vecinal expande el “derecho a la ciudad”, reproduciéndose en otros puntos de la ciudad y dirigiéndose a la masa, el modelo urbanístico será puesto en entredicho. Levantan el asfalto, entierran tus derechos.






Guía básica para detectar el lenguaje autoritario.

  Abdel Rahmen al-Mozayen, “Intifada: Against Fascism” (1988). 
Las implicaciones del uso que, día a día, hacemos del lenguaje, suponen una concepción particular del mundo; expresamos nuestras ideas y emociones hablando, escribiendo: las muecas y las arrugas, los ojos llorosos, las piernas inquietas, el aspaviento como respuesta a un estímulo, entre otros. El objetivo de analizar el lenguaje cotidiano es demostrar los vínculos concepto – idea, puesto que no existen las casualidades en el lenguaje o la literatura, “debemos” señalar las contradicciones en las que incurre nuestro interlocutor cuando, por ejemplo, mantenemos una conversación.
¿Qué determina nuestra visión del mundo? La existencia de clases irreconciliables dentro de una sociedad configurada según las condiciones materiales y subjetivas, proporcionaba a la clase trabajadora su carácter mutilado, parcial, que no se proyectaba en el conflicto entre la burguesía y l@s trabajadores sino que se desviaba, ocultándose; nos referimos a la ideología social dominante, a la neolengua de la que se sirve para esconderse y al lenguaje autoritario. La mayor parte de las personas que conocemos, en el centro de trabajo y en los estudios, maneja conceptos determinantes como competencia e individualismo, que regirán sus comportamientos a tenor de unas ideas dominantes que entran en contradicción con sus intereses como trabajador@s.
Los cambios introducidos en el mundo del trabajo, con la consiguiente crisis del modelo de familia tradicional, acompañados del fracaso de la escuela como sustitutivo de la familia y de sus “fallos” e intersticios en la reproducción de las ideas dominantes, entre otros condicionantes que podríamos citar, como la crisis demográfica y de la fe religiosa, han permitido el des-condicionamiento de quienes sufrieron con mayor intensidad la represión sexual, la opresión económica o la autoridad.
¿Por qué es tan importante analizar el lenguaje cotidiano? Para que lo entendamos, el enunciado básico que se manifiesta en la forma en que solemos hablar, en la calle y en casa, que podemos utilizar para detectar la autoridad, se fundamenta en; si no haces esto eres malo y si eres malo ya no te quiero, el miedo al abandono y la culpabilidad son algunos de sus mecanismos, fundamentados en los estímulos que producen agrado o desagrado, seguridad o miedo.
El siguiente extracto de El manifiesto de la educación nos ayuda a comprender las raíces de esa “efectividad” de la autoridad entre nuestros conocid@s, ni siquiera advierten que tratan de condicionarnos; mas no debemos culpabilizar a nadie, en la mayoría de las ocasiones, su desconocimiento se fundamenta en las figuras psicofamiliares y en  imágenes, fantasmas y miedos surgidos en las primeras fases de la vida.
Sabido es que muy pronto responde el lactante con una tensión o relajación muscular al contacto con la madre. El lactante y el niño de corta edad se van así condicionando a reaccionar en la dirección deseada inconscientemente por la madre (y por la sociocultura) en la medida en que saben que una determinada conducta suya les acarreará rechazo y sentimiento de abandono y culpabilidad, mientras que otras les aportará placer y sensación de seguridad […]
Las ulteriores verbalizaciones y chantajes afectivos realizados por los padres (si no haces esto eres malo y si eres malo ya no te quiero) sacan su fuerza de esos condicionamientos preverbales (estímulos de tipo pavloviano, autoridad, fantasmas) inscritos en el cuerpo del niño.
Ahí reside, nos parece, la raíz del fenómeno autoridad, en el sentimiento-sensación de que el fantasma agresivo pueda haber sido pan-destructor, en el miedo al abandono, en el sentimiento de culpabilidad (definido por Freud como expresión del temor de ser abandonado por el objeto atacado); todos estos términos traducen claramente vivencias muy arcaicas, no-conscientes, condicionamientos adquiridos de tipo pavloviano.
[…]
El fenómeno – autoridad, la ideología autoritaria, consiste en fomentar, explotar y perpetuar esta culpabilidad y ese temor al abandono, en principio de los adultos respecto de los niños y luego por los que poseen el poder social – una minoría- sobre la mayoría de los adultos. El poder de los dominantes queda camuflado al asumir, de este modo, la forma de autoridad. Y ello sea cual fuere la sociocultura.
Así la ideología dominante parece presentarse fundamentalmente, de manera más o menos explícita, como una propuesta, dirigida por un mayor a los pequeños, de protegerles de su propia agresividad y de interponerse entre sus impulsos agresivos y sus yoes. Con la particularidad de que esta agresividad se ha hecho tanto más intensa cuanto más se hayan cultivado los miedos y frustraciones del sujeto desde su infancia. Y así, cuanto más frustrado y angustiado se halla el sujeto tanto más experimenta la necesidad de una autoridad protectora, y cuanto más se somete a esa autoridad tanto más agresivo y frustrado queda (1).
El lenguaje autoritario representa el poder inscrito en el habla cotidiana mediante unas pre-condiciones (o ideas) que estructuran la interpretación de la realidad, dotada de sus propias normas de funcionamiento y de orígenes comunes, sujeta a su vez a las ideas dominantes de cada época y sociedad, hacia una suerte de verdades indiscutibles que se cimentan en el principio autoritario que pre-supone que hay un derecho a castigar, juzgar, culpar, que pisotea y aplasta y acaba anulando la libertad del interlocutor.
Partiendo de los enunciados cotidianos, debemos preguntarnos “lo añadido” por el poder ¿Qué hay de autoritario en todo lo que ha dicho o escrito? Luego, el análisis recae sobre las ideas: ¿Qué ideas se esconden tras el manejo de los términos enfrentados? ¿Qué implicaciones suponen los conceptos escogidos? ¿Qué condiciones y qué contextos rodean a la conversación? Las ideas y preceptos que hayamos detectado mantendrán una vinculación con la ideología autoritaria, que desentrañaremos a partir de nuestras propias convicciones; yo me pertenezco a mí mism@, y por tanto, no permitiré que nadie trate de imponerse o coartar mi libertad.
Si ya hemos desentrañado las ideas autoritarias del diálogo, el siguiente paso consistiría en establecer si ha existido algún uso del plano afectivo o sentimental, utilizado para culpabilizar o infundir miedo. Cuidado; presta atención a las gesticulaciones, indirectas y bromas pesadas, la autocompasión del interlocutor puede conllevar un chantaje emocional, la exigencia de una empatía fundamentada en unas ideas autoritarias, otro; algunos de los mecanismos para recurrir al plano afectivo que nos separa momentáneamente de nuestras convicciones libertarias, en favor de ceder y claudicar ante el supuesto malestarcausado a la otra persona.
En este punto es vital comprender que las ideas autoritarias provienen, o contienen una fuerza ligazón a las figuras familiares; el padre autoritario que legitima su fuerza igual que un profesor que le replica a su alumno que debe obedecer, el líder iluminado con la verdad absoluta y al que hay que seguir, la jefa que ordena asfixiando a sus empleados, el supervisor que vigila y controla cada movimiento, el sacerdote que dispensa las normas morales, un propietario que exige “rendimientos económicos” a sus trabajadores igual que una madre exige que su hija consiga unos rendimientos académicos que le permitan la posibilidad del ascenso social.
Un jefe dice; sin mí, todo sería un caos, como si la experiencia histórica no hubiera demostrado que l@s trabajador@s son capaces de autogestionarse, haciendo patente su posición de padre-jefe; el miedo que infunde el caos se sofoca por su acción; la propuesta de que todo funcionará se salda con la explotación y la opresión económica, la apropiación de la plusvalía; eso, seguro, ocurrirá. Aquí se conectan la ideología autoritaria con las ideas dominantes de la sociedad, utilizándose en el mundo del trabajo y en la educación los mismos esquemas psicofamiliares.
Las fases del análisis serían las siguientes;
Estudio del lenguaje cotidiano:
1.       Habla cotidiana.
2. Lenguaje autoritario (premisas, pre-condiciones, implicaciones, desviaciones lingüísticas).
3.      Ideología autoritaria (ideas ligadas a lo psicofamiliar).
4.      Ideología dominante (ideas de lo social, hegemonía y enajenación).
Estudio de la lingüística:
5.      Representación.
6.      Significante.
7.      Significado.
8.     Fenómeno – autoridad.
En este artículo nos interesa la primera parte, pero, pretendiendo bosquejar el estudio de la lingüística y la utilidad que tiene para nosotr@s, comentaremos el caso de los disturbios raciales en Francia, durante 2005. Miles de vehículos arden en las calles y los jóvenes en las barricadas, el humo, el fuego; la representación. Sentados en la terraza de una cafetería,  abrimos el periódico y encontramos una imagen a gran escala de los disturbios; dicha fotografía, impresa en el papel, es el significante. Adscribiéndonos a la teoría que Lacan tejió acerca de las subjetividades y el lenguaje, diremos que el significante “produce algo”, en esta hipótesis imaginaremos que la fotografía de un@s jóvenes quemando neumáticos y desafiando a la autoridad, al poder y al gobierno, nos produce miedo y desagrado. El significado puede interpretarse como los propios coches quemándose y elevando los humos de una París rabiosa y en ebullición, esto es, la realidad sobre la que fluyen otros significados; racismo, pobreza, desigualdad y exclusión de la población inmigrante. Por último, el fenómeno – autoridad se encontraría en el caso de que relacionáramos protesta social (revueltas) con una situación caótica, que infunde miedo y resulta indeseable, necesitando de una autoridad protectora (el Estado, el padre) que nos proteja de nuestra propia agresividad como trabajod@s explotados pero sin conciencia, manteniendo, de paso, una seguridad (eufemismo de represión) que no es más que la falsa ilusión, el mito de la paz social.
NOTAS:
De las ediciones consultadas:
1.       Medel, G. y Vogt, C. El manifiesto de la educación. Madrid: Siglo XXI, 1975.