El psicoanálisis en el mundo hiperconectado

Publicado originalmente en Cuarto Poder

Cuando leo a diversos autores que describen con todo rigor las distintas mutaciones “antropológicas” desencadenadas por el capitalismo digital, financiero, algorítmico e hiperconectado, siempre surge en mí, la misma reserva que procede de lo que denomino “izquierda lacaniana”. La diferencia irreductible entre el modo de producción de subjetividad propia del capitalismo actual y la invariante estructural del sujeto que adviene en la lengua que se habla y que llega a través del Otro. Decimos la “lengua que se habla” para no confundirla con la elaboración lógica y lingüística que se nombra como Lenguaje.

Sean como sean las mutaciones y su posible alcance en el orden antropológico nunca estamos frente a un nuevo tipo de especie humana. El “embrollo” incurable y fallido por estructura, al que se enfrenta el sujeto en su existencia hablante, sexuada y mortal, siempre retorna. Anudar un cuerpo y sus pulsiones a la palabra y al nombre propio, sobrellevar como se pueda el peso de las identificaciones propias de la inconsistente y pesada novela familiar, la insatisfacción o la imposibilidad del deseo, la voz y la mirada del Otro, etcétera, siguen marcando de modo inexorable, lo que el ser hablante entiende por vida.

He sido uno de los que más he insistido en intentar dar cuenta del modo en que la contemporaneidad incide en estos avatares, pero los mismos no se pueden borrar sin más, en nombre de una permanente mutación antropológica. Las décadas que llevo escuchando al que dice ser, uno por uno, me dejan una constancia definitiva de lo que afirmo.

Por último en estos teóricos de la megaconexion actual subyace un error político propio de su historicismo antropológico: disolver la constitución del sujeto en una subjetividad que finalmente es idéntica al devenir del Capital. Lo que conduce a un callejón sin salida en el orden político de la cuestión.

Una “izquierda lacaniana” debe dar cuenta con sus recursos teórico clínicos de ese error de perspectiva. Las costuras sociopolíticas que saltan por todos lados, en el mundo del capitalismo de la infoesfera y lo hacen crujir pueden alcanzar su inteligibilidad si no se borra en la aparición de la nueva subjetividad capitalista aquello que en el sujeto hace objeción a sus mutaciones antropológicas.




El trap desde el punto de vista filosófico

Conferencia de Ernesto Castro en el festival Laboratwerk organizado por Alejandro Robles (Jirafa Rey) en el Contenedor Cultural de la Universidad de Málaga el 13/12/17.

 




Costa Rica y el matrimonio homosexual

El pasado 8 de enero, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) brindó una respuesta a la Opinión Consultiva presentada por el Estado costarricense referente a la aprobación del matrimonio entre personas del mismo y el cumplimiento del derecho de la identidad de las poblaciones trans. Cabe enfatizar que esta opinión fue presentada durante mayo del año 2016, siendo producto de la articulación de más de noventa actores sociales, a saber: colectivos, agrupaciones, personas, partidos políticos, entre otros. En esta respuesta se obliga al Estado costarricense[1] a reconocer y asegurar todos los derechos a la población LGBTI.

Antes de empezar, se debe tomar en cuenta que Costa Rica corresponde al único país de América que sigue siendo un Estado confesional, en este caso: católico, apostólico y romano (Artículo 75 de la Constitución Política). Por tanto, seguimos teniendo una “patrona oficial” conocida como la Virgen de los Ángeles, cuya celebración se realiza el dos de agosto de cada año. También se debe resaltar que en el país se prohíbe que la iglesia católica incida en puestos políticos, es decir, no pueden ocupar cargos públicos ni curules en la Asamblea Legislativa[2]. Sin embargo, la influencia que siguen teniendo se refleja en la imposición cultural y la manipulación política con respecto a temas como la Fertilización In Vitro (FIV)[3], el aborto, la educación sexual, el matrimonio igualitario, entre otros temas que se oponen a la moral conservadora que se intenta universalizar.

Aunado a lo anterior, es pertinente señalar que en las últimas décadas se ha generado un fenómeno de incidencia política de agrupaciones y partidos evangélicos. Incluso actualmente quien ocupa la presidencia de la Asamblea Legislativo es un diputado de uno de estos partidos. Además si revisamos la conformación de los diputados y diputadas actuales (período 2014-2018), se puede observar que existen cinco diputados de tres partidos evangélicos diferentes. Los mismos partidos que se encuentra aspirando a la presidencia en las elecciones presidenciales a realizarse en febrero de este año.

Primeramente, este fallo ha sacado el odio acumulado que reside en el sector (neo)conservador de la sociedad, y evidentemente, en un sistema patriarcal y capitalista, los argumentos de este sector se alían con los intereses de los neoliberales. Así es, esos mismos que han gobernado el país históricamente; quienes discuten sobre aborto siendo hombres, y se oponen rotundamente al feminismo. El mismo sector (doble moralista) que quiere imponer sus creencias religiosas como sistema jurídico, reduciendo las discusiones a argumentos bíblicos.

Habiendo dicho esto, no se puede dejar de contextualizar este fallo dentro de una coyuntura en donde estos sectores ya se habían manifestado en contra de la “ideología de género” (lo pongo en comillas porque eso simplemente no existe), oponiéndose enfáticamente a que en los centros educativos se impartan clases de educación sexual y afectividad. Pues siguen creyendo que las personas jóvenes (principalmente las mujeres) deben abstenerse de realizar prácticas sexuales, ya que esto es fornicación; y cuando sucede entre personas del mismo sexo se convierte en un “pecado doble”. Es decir, se unen dos razones para ser condenado o condenada a la perdición y al sufrimiento eterno. Evidenciando nuevamente que los argumentos retrógrados son de índole religioso.

Aunado a lo anterior, este sector conservador y moralista que condena vehemente todo aquello que no se enmarque dentro de los esquemas heteronormativos; marchó a favor de la familia. Si usted se preguntó por cuál tipo de familia marcharon, déjeme decirle que yo también me hice la misma pregunta. Según estas personas marcharon a favor de la familia dada por su dios, la cual se conforma de la siguiente manera: papá (primero papá porque es el patriarca), mamá, hijo(s) y/o hija(s) ¿Será que en este modelo cabe la familia de Jesús: papá dios, papá paloma (espíritu santo), padrasto, mamá e hijo?

Por tanto, si su familia es uniparental o monoparental, extendida o ampliada (convive con otros familiares), o incluso son una pareja heterosexual que no tienen hijos/as; déjeme decirle que tampoco marcharon por su familia. Esto debido a que uno de los argumentos que sostienen en que esta tipología de familia tradicional se deriva del modelo bíblico (ni siquiera han leído bien este libro), pues el objetivo “natural” de la familia es la reproducción humana. Sí, parece que tuvieran complejo de conejos, pero no, recuerden que esto es “natural” (Y yo que creía que la noción de natural era subjetiva depende de cada punto de vista).

Seguidamente, otro de las consecuencias de este fallo en los últimos días, ha sido que el candidato presidencial que es pastor evangélico (ni siquiera es necesario mencionarlo para no darle más “fama”) aumente significativamente en las encuestas realizadas en redes sociales. Cabe mencionar dos aspectos importantes: 1) las encuestas son un panorama que refleja la postura de un sector de la población, sin embargo, realizar generalizaciones partiendo de estos datos sería un ejercicio simplista, y 2) se debe recordar que no todas las personas cuentan con redes sociales (lamentablemente las personas diversofóbicas abundan). Estas aclaraciones las incluyo porque sigo con la esperanza de que este señor nunca llegue a la presidencia.

Este mismo candidato ha afirmado que en caso que él quede electo, Costa Rica se retiraría de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Claro, eso reflejaría el carácter de doble moralista que tiene este país, y que aunque intenten pintar que “Tiquicia” es el país más feliz del mundo, en donde predomina el pura vida, sigue siendo una nación machista, patriarcal, conservadora (agregue todos los sistemas de opresión) que violenta derechos humanos. Antes que digan que el matrimonio no es un derecho humano, repitiendo el discurso de un abogado religioso, se puede revisar el artículo 16.1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Lamentablemente, este pastor ignora o desconoce (¡y así quiere ser presidente!) que los fallos emitidos por este organismo son de acatamiento obligatorio (Artículo 7 Constitución Política), por tanto, a pesar de que gane (espero que ni su dios quiera esto) y decida que Costa Rica se retire de la CIDH, el fallo del 8 de enero debe ser acatado, pues las leyes no son retroactivas

Retomando este punto de la jerarquía, es importante hacer énfasis en que este fallo no viola la soberanía del país más feliz del mundo. Sin embargo, sí representa un golpe al orgullo nacionalista y patriótico que predomina en el país. Un orgullo que se confunde con soberanía, el mismo que se replica en la campaña: “A mis hijos los educo yo”. Bajo este lema se considera que se pueden tomar las decisiones que plazcan, a pesar de que se violen derechos, y nadie puede decirme nada porque “yo hago lo que me da la gana”.

Este mismo discurso se ha escuchado en diversos contextos internacionales. Por ejemplo, en países africanos en donde se legitimaba la práctica de la mutilación genital femenina, pues se afirmaba que el país tenía la autonomía y soberanía de tomar las decisiones basadas en “prácticas culturales”, tradiciones y argumentos patriarcales producto de la religión; a pesar de que esto violentara directamente la dignidad y los derechos de las mujeres.

Por otra parte, también se debe aclarar que este fallo histórico no afecta los derechos con los que cuentan la población heterosexual. Creo que esto no ha quedado claro, por lo tanto, coloco un ejemplo sencillo: si usted mujer está casada con un hombre (o viceversa), su matrimonio no se va a “disolver legalmente” para que usted se case con una mujer. Es decir, el matrimonio entre parejas del mismo sexo brinda la oportunidad para que la población homosexual pueda contraer nupcias, por lo tanto, no lo plantea como la única opción obligatoria. Así que usted seguirá disfrutando los derechos que siempre han tenido las parejas heterosexuales por considerarse “normales y naturales”.

Otro punto importante que se debe añadir es el argumento de que el matrimonio entre personas del mismo sexo no puede existir, pues el origen de la palabra matrimonio proviene de la unión entre un hombre y una mujer. Esta frase se puso de moda gracias a esos autores machistas que decidieron publicar un libro, y que hicieron una rabieta porque la Universidad Nacional de Costa Rica no les permitió desarrollar un espacio para promover un discurso denigratorio que violenta derechos (la libertad de expresión no implica permitir discursos intolerantes e irrespetuosos). Volviendo al argumento descrito me gustaría preguntarles a las personas que lo emplean si siempre hacen análisis etimológico de todas las palabras que utilizan.

Finalmente, creo oportuno reiterar que este avance legal dentro del plano formal (esta discusión la expondré en otra oportunidad) viene a representar un acto de visibilización política de todas aquellas personas que han sido oprimidas por no encasillarse dentro de los mandatos y esquemas heteronormativos. La lucha no termina con la aprobación del derecho al matrimonio, al contrario, debe continuar hasta que la opresión que sufre la población LGBTI se acabe. Esto implica ejercicios para generar rupturas con perspectivas vallecentralistas[4], elitistas, racistas, entre otras que no permiten politizar y articular la lucha; pues cuando empecemos a romper con estas barreras, podremos lograr la transformación que deseamos.

[1] Esta orden se extiende a los veinte estados reconocidos en este organismo: Argentina, Barbados, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Surinam y Uruguay (En algunos de estos países ya se encuentra aprobado).

[2] En Costa Rica este órgano refiere al Poder Legislativo, y se encuentra conformado por 57 diputados y diputadas.

[3] La CIDH obligó al Estado costarricense a realizar este procedimiento dentro del país. Sin embargo, cinco años después sigue sin cumplirse.

[4] Este término se emplea con el objetivo de visibilizar las estructuras centralizadas dentro del movimiento de diversidad sexual, principalmente en la capital del país y las regiones cercanas (Valle Central).




¿Por qué soy antiespecista? [Vídeo]

Entrevista de Adriana Vicario, cofundadora de Mirada Animal, a Ernesto Castro el 05/03/17 en el hotel en el que se hospedaba Castro en Xalapa-Enríquez (Veracruz) al término de su gira filosófica mexicana.

VÍDEO:




“Todo el mundo se siente culpable”

Publicado en Consultorio Psi (http://consultoriobosch.com.ar/a-nivel-personal-hoy-en-dia-vivimos-bajo-el-imperativo-de-la-logica-empresarial/)

Entrevista al psicoanalista Jorge Alemán.

Pino Alberol: ¿Cómo influye en nuestra vida personal el capitalismo?

Jorge Alemán: El capitalismo es una formación histórica que en su fase actual denominamos neoliberalismo y que pretende fabricar subjetividades. Como decía Margaret Thatcher: «La economía es el método, el objetivo es el alma». Estas subjetividades tienen un modelo, el del empresario. Es tratarse a uno mismo como una empresa, gestionar tu vida, las relaciones contigo mismo y con los otros desde el modelo de la empresa. No es necesario tener una empresa para esto, se puede vivir en la mayor de las precariedades y estar bajo las exigencia y los imperativos de rendimiento y competencia modelados en la lógica empresarial.

PA: ¿Puede poner algún ejemplo de esta situación?

JA: Todo el mundo siente que está exigido por encima de sus posibilidades, que no da la talla, que se siente culpable por no rendir lo suficiente. Por todo esto la patología de la época es la depresión o la adicción. También se da una proliferación de libros de autoayuda, de couch, gurús que todo el tiempo tratan de apuntalar la vida de las personas para que estén a la altura de ese rendimiento. Se ha llegado a límites tan perversos que cuando a alguien le despiden de un trabajo hay que interpretar eso como una nueva oportunidad. Estas nuevas fábricas de subjetividad le proponen a la vida de las personas que siempre tienen que ir más allá de sí mismos. La lógica del capital ha introducido algo ilimitado en la vida. En el capitalismo no hay límites.

PA: ¿Y cómo influye esto en las relaciones sentimentales?

JA: El amor está cada vez más sometido y subordinado a estos dispositivos de rendimiento, donde hay que dar la talla y presentarse sin ninguna falta. En cierta forma, el neoliberalismos es un rechazo del amor. Porque el amor exige el límite, la imposibilidad del tiempo y la indagación del misterio, de lo que permanece oculto y que jamas se podrá volver transparente, mientras que el empuje del neoliberalismo es que todo se haga transparente, que todo se pueda hablar, que todo pueda ser medido, calculable y evaluable. Hay un afán de programar las relaciones y borrar el carácter de encuentro.

PA: ¿Cómo escapar a esto?

JA: No hay receta política ni colectiva para escapar, salvo que la política empiece a entender que es muy importante el sujeto, que no se haga todo para las masas sino que se pueda constituir en una experiencia singular. Esto exigiría volver a pensar que parte de nuestra vida no está regida por la lógica del capital. Que parte de cada uno de nosotros no se comporta como una mercancía. Finalmente hay que pensar que el amor es el encuentro entre dos faltas que nunca se pueden colmar. Nunca nos podemos completar y entonces buscamos al otro para que nos acompañe en esta falta y no para que nos colme, porque sino sería una mercancía, que es lo que pretende el capitalismo. La pareja es el desafío de soportar juntos algo que no se puede resolver.

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Capitalismo y vida

Publicado en CuartoPoder

El Capitalismo en su nueva fase neoliberal se ha constituido en algo más que la extracción de plusvalía en la relación Capital-Trabajo. Ahora intenta marcar simbólicamente la vida de los cuerpos hablantes y a la experiencia subjetiva de los mismos. Por ello, en este modo de producción de subjetividad, se vuelve una pregunta crucial y pertinente: ¿qué parte de la vida puede eventualmente no ser apropiada por dichos dispositivos de producción?

Hace ya bastante tiempo que Lacan anticipó en su enseñanza dos catástrofes en el orden simbólico, lugar donde el “animal humano” se convierte en “sujeto”. En los años 40, en su primera profecía, Lacan señaló ya el declive de la función paterna, un punto de anclaje vital para que el sujeto se sitúe en algunas coordenadas que le permitan orientarse en la existencia sexuada, hablante y mortal. Era la marcha incesante del discurso de la Ciencia ahora devenida en Técnica la que propiciaría esa declinación de la función paterna. El otro anticipo era su tesis sobre el “discurso capitalista”, un discurso que en su funcionamiento homogeneizante y circular lograría hacer ingresar y capturar a las distintas experiencias humanas en su circuito interminable y sin corte o ruptura alguna.

Actualmente, después de estas anticipaciones lacanianas, podemos ya revisar el paisaje actual y verificar los diversos estragos del “discurso capitalista”. Nos encontramos con niños malcriados y caprichosos, pero que sin embargo son capturados desde muy temprano por distintos protocolos de evaluación donde serán diagnosticados y examinados en sus competencias, siempre en una lógica segregativa. Hoy en día un niño ya se puede “equivocar” desde muy temprano según el criterio de diversos expertos.

Jóvenes que se eternizan como tales  en una vida sin “causa”, porque ningún legado simbólico los invita a separarse de una apatía de goce solitario y automático. Adultos eternamente jóvenes, o que buscan vivir bajo ese mandato de ser joven a cualquier precio, que compran juguetes-objetos en  una vida de consumidor-consumido. Hombres y mujeres que descubren que su experiencia no ha dejado huella alguna, porque tampoco en sus vidas recibieron un legado simbólico por el que valía la pena luchar. Ancianos hacinados, absolutamente destituidos en su palabra y su experiencia de saber esperando una muerte indigna en instituciones horrendas.

Hombres, mujeres y otros sexos asumidos, esperando lo que no llega, porque no llega el trabajo, no llega una verdad que sorprenda y haga que la existencia se divida y no se refugie más en su falsa unidad y no llegan los recursos, mientras a su vez se sienten culpables por envejecer o morir. Hombres que matan a mujeres dominados por la desaparición de su virilidad y asediados por su impotencia en el amor.

Tal vez en este abrupto paisaje contemporáneo, donde se podrían dar muchos más testimonios de la erosión de los lazos sociales provocadas por el Capitalismo se pueda captar que actualmente una política con trazos emancipadores debe disponer una teoría del sujeto y las posibilidades que puede desplegar en una praxis, donde su vida como sujeto no esté totalmente cautivada por la trama del mercado y su despliegue. Finalmente se trata de pensar, por parte de la izquierda, en un orden simbólico, que al no ser inventado por nadie, tampoco por el capitalismo, porque en la lengua habita lo común que no pertenece a nadie, pueda tener lugar la vida inapropiable. Enorme tarea…

 

 

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Por un materialismo indeseable e impío

Según la acepción mundana, «materia» es sinónimo de «cuerpo». Este es el sentido que subyace al uso del término «materialistas» en América Latina para referirse a los peones de la construcción. Un cartel que en Ciudad de México, Buenos Aires o Lima rece «Prohibido a los materialistas estacionarse en lo absoluto» no está apelando a la incompatibilidad de creer en el materialismo y tratar temas metafísicos sino a que los camiones de carga y descarga no tienen permiso para aparcar en ese descampado. Como pensar es siempre pensar contra alguien, un materialismo que quisiera articular una ontología y una gnoseología a partir de esta definición de materia se opondría principalmente a la existencia de sustancias incorpóreas, ya fueran estas anímicas, mentales o espirituales, como se opusieron Holbach, Helvetius y Lamétrie en el siglo XVIII y Büchner, Vogt y Moleschott en el siglo XIX, calificados de «vulgares» por Marx y otros por sostener reduccionismos fisiológicos como que el pensamiento es la segregación de una glándula entre otras: el cerebro.

La acepción científica de «materia» se refiere a los elementos últimos constitutivos del mundo que pueden estar en cinco estados según la física actual (líquido, sólido, gaseoso, plasma y condensado). Aunque hoy resulte evidente gracias a la termodinámica, la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica que la masa, la energía y la fuerza son magnitudes equivalentes según cierta medida, este concepto científico de materia rompió en el siglo XIX con la concepción heredada de la materia como mera corporalidad inerte (véase los intentos de Büchner, de Kraft und Stoff, de establecer una equivalencia entre los conceptos de fuerza y materia en el contexto inmediatamente previo a los debates sobre la materialidad o no de los campos electromagnéticos en Alemania). A día de hoy un materialista que fuera un fundamentalista de este concepto científico de materia tendría como principal adversario a combatir filosóficamente el concepto de antimateria, juzgado como refugio de la ignorancia, una entidad postulada imaginaria en la tradición del flogisto, el calórico o el éter.

La tercera acepción de materia, propiamente filosófica en la medida en que desborda los campos categoriales de los saberes tanto teóricos como prácticos de primer grado tomando en cuenta las ideas que emanan de ellos, es la de materia como multiplicidad irreductible (partes extra partes). El materialismo propiamente filosófico es por lo tanto un pluralismo radical que tiene como principal antagonista al monismo reduccionista. En este sentido, se podría decir que el principal adversario del materialismo en el siglo XX ha sido, paradójicamente, la tradición que más ha hecho por preservar el rótulo de «materialismo», el diamat soviético, sin el cual la obra de Marx tendría actualmente tanto interés como la de Rodbertus (puramente arqueológico), y que consideraba que todas las ciencias podían reducirse en última instancia a las tres leyes de la dialéctica: 1- la unidad y conflicto de los opuestos; 2- el trueque de la cantidad en cualidad; 3- la negación de la negación.

Ahora bien, ¿qué es el materialismo filosófico? Para empezar, es un sistema filosófico. Por filosofía, como ya hemos indicado, entendemos un particular saber de segundo grado. Y por sistema, apoyándonos en las investigaciones de David Alvargonzález, entendemos una totalidad compuesta de partes que a su vez son totalidades. Los sistemas se diferencian de otros tipos de totalidades con dos o más niveles holóticos como las estructuras o los conjuntos en que tienen un elemento sistematizador –que en el caso de las ciencias son los principios y en el caso de las prudencias son los fines– que establece un arreglo entre las partes de las partes. Un ejemplo sería nuestro sistema solar, que está compuesto de partes (planetas, satélites, asteroides, etc.) que a su vez están compuestos de partes (vector de velocidad, distancia respecto del Sol, masa, etc.) y cuyo principio sistematizador son las leyes de Kepler, que establecen un arreglo sistemático en el segundo nivel.

Este concepto de sistema, aplicado a la filosofía, nos permite afirmar que la filosofía sistemática está compuesta de dos niveles holóticos: un primer nivel de los problemas, compuestos a su vez a partir de teoremas. Esta caracterización nos permite por lo pronto descalificar como asistemáticas todas aquellas propuestas filosóficas que no contemplen la posibilidad de teoremas, ya sea porque consideren que la filosofía no debe partir de premisas para llegar a conclusiones, a la manera de la más ingenua fenomenología, ya sea porque afirmen que la filosofía «no da respuestas, sino sólo preguntas», a la manera del más irresponsable posmodernismo. ¿Ejemplos de principios y teoremas materialistas? En el ámbito de la ontología, un principio sería la symploké platónica (no todo está conectado con todo) y un teorema, común a todas las acepciones de «materia» previamente definidas, válida tanto para la mundana como para la científica o para la filosófica, es la negación de la existencia de sustancias incorpóreas. De aquí se deduce una conclusión polémica, a saber, que el materialismo es por definición un ateísmo, salvo que uno postule arbitrariamente la existencia de un dios corpóreo de máxima extensión como Hobbes.

En el ámbito de la gnoseología, un principio sería la multiplicidad irreductible de las ciencias (la idea de una teoría del todo es tan metafísica como la del acto puro) y un teorema sería el origen técnico de las ciencias (las ciencias no provienen de «la pregunta por el ser de las cosas», como afirma Fernández Liria entre otros, sino de técnicas subordinadas a fines mucho más prosaicos: la geometría proviene de la agrimensura, etc.). Algunas ciencias, como la economía o la sociología, tienen todavía hoy un carácter puramente práctico y cabe la duda razonable de si alguna vez dejarán de tenerlo en la medida en que versan sobre las operaciones de sujetos tradicionalmente definidos por su voluntad y conciencia. En la teoría del cierre categorial de Gustavo Bueno esto se recoge en la distinción entre metodologías α-operatorias, propias de aquellas ciencias que producen teoremas mediante la cancelación y segregación de las operaciones del sujeto, y las metodologías β-operatorias que, como mucho, producen silogismos prácticos en la medida en que no cancelan ni segregan las operaciones del sujeto.

Una vez definida mi posición, con una vocación polémica, quisiera demostrar brevemente por qué creo que ni Carlos Fernández Liria ni César Rendueles, los dos contertulios de la mesa redonda que sirve de base para este texto, son materialistas.

En el caso de Rendueles, a pesar de que el subtítulo de su libro En bruto es «una reivindicación del materialismo histórico», cuando leemos el libro comprobamos que rechaza todas las versiones de esta corriente filosófica (el determinismo de Cohen, el estructuralismo de Althusser, etc.) y si acepta la teoría del valor-trabajo, lo hace en unos términos muy parecidos a la reintepretación kantiana de El Capital elaborada por Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero: la cantidad de fuerza de trabajo socialmente necesaria no sería ya el centro de gravedad del sistema de precios en una economía capitalista sino el centro de gravedad moral de la política económica anticapitalista. La reinterpretación de Fernández Liria y Alegre Zahonero sigue dejando fuera de su concepción kantiano-marxista del trabajo (mentalista y productivista) el trabajo animal y el reproductivo, tradicionalmente realizado por mujeres, y Rendueles tiene el desafío de cuadrar el círculo entre su teoría del valor-trabajo definida rocambolescamente con la teoría de juegos y sus compromisos feministas (y tibiamente antiespecistas: «No regalarle el concepto de naturaleza humana a la derecha»).

Pero la razón principal por la que no considero materialista el análisis gnoseológico especial que Rendueles realiza en En bruto es porque el propósito declarado del libro es hacer compatibles la hermenéutica idealista y el determinismo materialista bajo una comprensión praxeológica de las ciencias sociales donde por «ideal» se entiende la voluntad y la conciencia de los sujetos, y por material las condiciones y tendencias conscientemente no intencionadas. Estamos por lo tanto ante un pragmatista social cuya principal debilidad filosófica consiste en pensar que el debate gnoseológico entre el materialismo y el idealismo solo es relevante en el caso de las ciencias sociales, como si en el rechazo o en la aceptación de ciertas teorías de cuerdas no desempeñara un papel muy relevante si la posición del físico en cuestión es materialista o idealista. La principal objeción que se puede plantear a este pragmatismo social, vinculada con la polémica del historicismo en la que estuvieron enzarzados durante todo el debate Fernández Liria y Rendueles, es la siguiente: ¿cómo conjuga Rendueles su caracterización práctica de las ciencias sociales con su sobrevaloración de la Historia como la más avanzada de las ciencias sociales, dando por sentado que la Historia, según la definición canónica, no se ocupa del futuro contingente, aquella dimensión modal-temporal sobre la que puede haber prudencia práctica, sino del pasado, sobre el cual nada se puede hacer hasta la invención de la máquina del tiempo?

En cuanto a Fernández Liria, tengo que reconocer que su libro El materialismo (1998) me resulta impenetrable salvo por el conjunto de falacias que volvió a repetir el autor durante el debate: Hegel es el idealismo y el antídoto contra Hegel es el materialismo (petición de principio), Hegel afirma que no hay conocimiento de lo determinado, que la historia es la realización progresiva de la libertad y utiliza dialécticamente el principio de contradicción lógica (hombre de paja), Kant afirma que hay conocimiento de lo determinado, que la historia no es la realización progresiva de la libertad y utiliza analíticamente el principio de oposición real (ignoratio elenchi), el único antídoto posible contra Hegel es Kant (falso dilema). El idealismo de Fernández Liria se percibe mejor en su filosofía política, que equipara metafóricamente los tres trascendentales del eclecticismo francés (lo verdadero, lo bueno, lo bello) con los tres lemas de la revolución francesa (la libertad, la igualdad y la fraternidad) y que le lleva a calificar, como hizo durante el debate, de «indeseables, impíos, gente que no cree que haya nada sagrado en este mundo» a los que no comulguen con esta tríada.

Frente al «materialismo» de Rendueles, entendido como una gnoseología especial de las ciencias sociales que llama a estudiar con fines prácticos los condicionantes (biológicos, psicológicos, sociológicos, etc.) de la voluntad y la conciencia humana, y frente al «materialismo» de Fernández Liria, entendido como un antídoto (kantiano-marxista) a Hegel, dos concepciones del materialismo teóricamente incompatibles, aunque en la práctica sean convergentes, como se pudo comprobar en la polémica que mantuvieron los autores sobre la cuestión del historicismo, por mi parte solo cabe reivindicar la tradición materialista spinozista, cuya principal máxima metodológica es «ni reír ni llorar, sino comprender».

 

 

 

 

 

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Intento Luego Creo

 

La pregunta que vamos a intentar responder en este artículo es la siguiente: ¿acaso la expresión lingüística de nuestras intenciones futuras (Intentaré hacer φ) involucra de forma necesaria una cierta creencia sobre la ocurrencia futura del hecho intencionado (Creo que φ será el caso)? Los teóricos de la acción discrepan sobre este punto, el vínculo entre creencia e intención; vamos a adelantar por tanto un análisis plausible de este vínculo en términos de la creencia mínima requerida para tener una intención. Este enfoque pretende superar ciertos problemas que Davidson, Velleman y Korsgaard han afrontado entre otros teóricos de la acción.

 

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Intento, luego, creo, Ernesto, Castro,



Bienvenidas sean las ocurrencias

De vez en cuando sucede que Facebook nos da sorpresas agradables. No me refiero ahora a las de carácter personal. Estoy pensando, antes bien, en las que asumen la condición de aserciones que, por su forma o por su contenido, iluminan el oscuro mundo en que nos encontramos. No sé si fue Azaña quien dijo de Ortega, u Ortega quien dijo de Azaña, que confundía las ideas con las ocurrencias. Nada tengo yo contra las ideas –faltaría más-, pero a menudo sucede que las ocurrencias despiertan la imaginación de manera más recia y acaso, por qué no, nos regalan una energía de la que estamos siempre necesitados.

Me va a permitir el sufrido lector que rescate tres ocurrencias que han ido pasando por este muro en los últimos meses. Y le voy a rogar que disculpe, en paralelo, que en el caso de dos de ellas no sólo ignore quienes son sus venturosos autores sino que, más aún, no esté en condiciones de reproducir literalmente las palabras y deba guiarme, antes bien, por mi flaca capacidad de recuerdo.

La primera hacía referencia a algo que me preocupa: a menudo prestamos una bien merecida atención a hechos que, aunque importantes, nos privan de la consideración de lo que al cabo –intuyo- es más relevante. La ocurrencia en cuestión decía algo así como lo que sigue: “Aunque haces bien en indignarte con la corrupción, ya verás cómo vas a flipar cuando te enteres de lo que es la plusvalía”. Y es que lo de la corrupción resulta, sí, tan indignante como vistoso, pero mucho mayor peso tiene la explotación cotidiana, científica, puntillosa y apenas contestada, de miles de millones de seres humanos por esa maquinaria asesina que es el capitalismo. ¿No será que quieren que concentremos todo nuestro enfado en la corrupción para que, al tiempo, olvidemos lo que ocurre en nuestra vida cotidiana de la mano de la explotación y de la alienación?

Puedo dar fe de la condición del autor y de la literalidad de la segunda ocurrencia. Su progenitor es mi amigo Felipe Zapico, quien hace unas semanas nos entregó esta joya: “Como los bancos tengan que devolvernos todo lo que nos han robado, nos va a salir por un ojo de la cara”. Me parece que esta boutade, aparte de su afortunado sentido provocador, retrata de manera cabal lo mucho que solemos engañarnos cuando nos llega lo que se antoja una buena noticia. ¡Como si no hubiese motivos para concluir que los extractores de plusvalía saben muy bien qué es lo que deben hacer para endosarnos los costos sobrevenidos de lo que, pequeños pecadillos, han hecho mal!

La tercera, y última, de las ocurrencias veía la luz en la forma de una viñeta que recogía la imagen, de espaldas, de dos ancianos. Uno de ellos le decía al otro más o menos lo siguiente: ¨Ahora va a resultar que nuestra más revolucionaria contribución consiste en hacer lo imposible para seguir vivos y de esta forma seguir cobrando una pensión que nos permita mantener a nuestras familias”. No conozco ninguna descripción más cruda y sagaz del singularísimo lugar al que hemos llegado.

Bienvenidas sean las ocurrencias, las denostase Azaña o lo hiciese Ortega. Que no son, por cierto, santos de mi devoción.




Sólo un Dios puede salvar a España

El pasado mes de julio, tras el brutal asesinato de un anciano sacerdote por parte del Estado Islámico en Francia, el papa Francisco, con una valentía y lucidez de la que carecen nuestros gobernantes, se negó a relacionar el islam con la violencia, recordando que también entre los católicos hay minorías fundamentalistas, y añadió una frase que, con arreglo a la Ley de Seguridad Ciudadana, podría llevar a un ciudadano español a la cárcel: “Sé que es peligroso decir esto pero el terrorismo crece cuando no hay otra opción y cuando el dinero se transforma en un dios que, en lugar de la persona, es puesto en el centro de la economía mundial”. No contento con esto, Francisco concluyó: “Esa es la primera forma de terrorismo. Ese es un terrorismo básico en contra de toda la humanidad”. Es bueno, emocionante, esperanzador que un jefe del Estado se atreva a decir tal cosa, y si ese jefe de Estado es el Papa ello no altera el mensaje: debe alterar más bien nuestra visión contemporánea de la Iglesia y de su papel histórico en un mundo que se derrumba muy deprisa a derecha e izquierda.

Soy ateo porque no puedo creer en Dios, como no puedo volar o no puedo respirar bajo el agua. Lo he intentado -las tres cosas- y no puedo. Soy comunista porque creo que “lo común” -como la polis aristotélica- precede y es la condición de los derechos individuales universales. El dolor mal repartido en el mundo, y los placeres sin derecho de los poderosos demuestran a contrapelo que es exactamente así. Bueno. Hay gente que puede volar y respirar bajo el agua y no la odio por eso. Hay gente que no cree en “lo común” y la considero, igual que el Papa, cómplice de “una forma básica de terrorismo en contra de toda la humanidad”. Hay, en definitiva, ateos que no son anticapitalistas y creyentes que sí lo son. En octubre de 2014, ante los 200 participantes del Encuentro Mundial de Movimientos Populares celebrado en Roma, el papa Francisco dijo ser consciente de que podía “ser tachado de comunista” antes de resumir en voz alta su programa: “¡Ninguna familia sin vivienda! ¡Ningún campesino sin tierra! ¡Ningún trabajador sin derechos! ¡Ninguna persona sin la dignidad que da el trabajo!”. El Papa es un comunista que puede volar y respirar bajo el agua; y yo soy un comunista que sólo sabe desplazarse a ras de tierra. Entre los dos cubrimos -ahora que el fuego ha sido desterrado de la escatología cristiana- todos los elementos naturales habitados por seres humanos: hay que predicar el comunismo en la tierra, sin duda, pero también, o sobre todo, en el aire y en el agua, porque allí es donde vive la mayor parte de la humanidad.

Desde Constantino, el catolicismo es sobre todo una “organización”: la Iglesia, fuera de la cual no hay salvación. Es sin duda la organización más antigua y poderosa del planeta, hasta el punto de que, salvo en dos o tres chispazos, su constitución original, el Evangelio, se vivió desde dentro como una amenaza que había que frenar, apropiarse y conjurar: la persecución y cooptación de herejes, quemados o canonizados, forma parte inalienable de su supervivencia institucional. Todos sabemos que, por ejemplo, San Francisco o Santa Teresa -por citar los más heréticos, evangélicos y populistas del santoral- podían perfectamente haber quedado fuera de la Iglesia y que fue la perspicaz e inescrupulosa sabiduría organizativa del Vaticano, tan admirada por Gramsci, la que llevó a canonizarlos en lugar de quemarlos para a continuación -eso sí- utilizar su legado en algunas empresas dudosas o incluso directamente criminales. Todas las organizaciones soteriológicas tienen estas cosas: dedican la mayor parte de su tiempo a reprimir la pureza original de su fundación, cuya vigencia podría derribar el edificio. Dicho sea de paso, cristianos y comunistas tienen también esto en común desde un punto de vista organizativo. Como recuerda el historiador Daiarmaid  Macculloch en su monumental Historia de la cristiandad, “ninguna fuerza ha matado tantos cristianos como el cristianismo y ninguna fuerza ha matado tantos comunistas como el comunismo”. Otro motivo para que las víctimas propias de una y otra tradición se tiendan las manos, frente al capitalismo neoliberal y las mafias religiosas, en este “fin de civilización”.

Hay buenos motivos para ser anticlerical como los hay para ser antiestalinista. Lo cierto es que el papa Francisco, atrapado en el aparato de poder más refinado, tortuoso e inexorable de la historia de la humanidad, es anticlerical. Por eso no durará mucho. Llegó hasta la Santa Sede a lomos de una relación de fuerzas muy coyuntural, definida por una crisis material con pocos precedentes desde Lutero, y su anticlericalismo -junto a su edad- lo condenan a disolverse enseguida en el patrimonio legendario de la institución, a la que va a dar otros cien años de vida por lo menos. Pero ahora está vivo y habla. Su anticlericalismo habla como en Jericó la trompeta demoledora. El poder de la Iglesia reside en su ambigüedad fronteriza, en el hecho -es decir- de que desde hace 1700 años detenta poder espiritual y terrenal al mismo tiempo. Ni la Unión Soviética tuvo ni el Pentágono tiene o tendrá nunca tanto poder material, y tan enrevesado, como el Vaticano; pero ningún poder material, ni siquiera el de EEUU, confiere a un “discurso” tanto poder espiritual, y tan extenso, como el que tiene el portavoz de la Iglesia. Hay miles de millones de personas en todo el mundo -incluidas las no católicas- que, de algún modo, ostentan una “doble nacionalidad”, en el sentido de que viven al mismo tiempo en “la ciudad de Dios” -en el aire o en el agua- y en España, Francia, Irlanda o Argentina. Juan Pablo II fue un político ambicioso reaccionario y un hombre de Estado forjado en la brega contra el comunismo. Benedicto XVI, por su parte, fue un teólogo ultraconservador y un hombre de Espíritu un poco medieval incapaz de abordar una crisis “renacentista”. Los dos vivieron el fin del comunismo y el redespertar de la democracia social en todo el mundo y sobre todo en América Latina. Los dos fueron, en todo caso, clericales convictos que defendieron la Iglesia y dañaron el mundo.

El Papa Francisco es un anticlerical que no puede hacer otra cosa que hablar -mientras hace concesiones al “aparato” y sus fangosos equilibrios entrópicos. Las feministas tenemos aún muchas cosas que discutir con él, es verdad, pero su discurso atronador, no lo olvidemos, se inscribe en un contexto de retroceso general más que inquietante. La derrota de América Latina tras el retoño de esperanza de la pasada década, el horror de Oriente Medio, el colapso de la civilización europea y occidental, con el regreso del destropopulismo facilitado por nuestras élites gobernantes, determinan esta estupefaciente paradoja: la de que el discurso político más de izquierdas en estos momentos sea el de un creyente (que vuela y respira bajo el agua) y la de que el Estado más progresista y anticapitalista del mundo sea, al menos de boquilla, ¡el Vaticano! Leamos la encíclica Laudato Si de mayo de 2015 sobre “el cuidado de la casa común”, las declaraciones de Bergoglio en la FAO sobre el hambre como “guerra de clase”, su denuncia del tráfico de armas como causa de los atentados terroristas, su denuncia del golpe institucional en Brasil o su rechazo de la cadena perpetua. También, por supuesto, sus intervenciones en torno a la cuestión de los refugiados, con su visita a Lesbos y su llamamiento para convertir conventos y monasterios en centros de acogida. Pensemos incluso en su gesto de invitar a 12 refugiados al Vaticano, limitado, “caritativo” y demagógico, puede ser, pero que tuvo el efecto político de avergonzar de tal modo a los gobiernos europeos que Renzi, primer ministro italiano, se vio obligado a cambiar su política migratoria. El Papa Francisco es un anticlerical que no puede hacer otra cosa que hablar, pero al que todo el mundo está obligado a escuchar. Tenemos un anticlerical anticapitalista en la Santa Sede mientras el resto de los gobiernos del mundo se clericaliza de un modo u otro, vía el nacionalismo identitario, el laicismo fanático o el capitalismo mafioso. Tenemos en el balcón de San Pedro un comunista cuyo discurso alcanza a buena parte de las criaturas que vuelan y a buena parte de las criaturas que respiran bajo el agua. ¿No deberíamos alegrarnos de ello los que habitamos en esta tierra seca y crecientemente desolada para sumar nuestras huestes -con nuestros debates y dudas- a la lucha común?

Haciendo un pequeño esfuerzo Unidos Podemos podría ser tan de izquierdas como el papa Francisco; de lo que no cabe duda es de que, si la doctrina católica la dicta el papa de Roma, en estos momentos Unidos Podemos es el partido más católico que existe en España. La vieja izquierda tenía a la URSS, a Cuba, a América Latina. La nueva, sin periódicos y televisiones, sin apoyos geopolíticos, solo tiene al Vaticano, de cuyas “tropas” tanto se burló Stalin. Si se trata de llegar a los humanos voladores y a los que respiran bajo el agua, que son la mayor parte de la gente, no es poco. Es en todo caso -incluso electoralmente-, nuestra única baza. Todo lo demás es clericalismo: de derechas, de izquierdas y del Banco Mundial.