¡No a Tánatos!

─ Johnny, escucha; tienes que ser una buena persona ─ dijo Tánatos.
─ No quiero ─ respondió el chiquillo al que el mismísimo Chuck Berry dedicó una canción.
─ Qué va a pensar la gente si te ve con esa pinta de vago y maleante, eh, dímelo tú. Esa imagen que das de ti a los demás es lo más importante porque es lo primero que le entra a la gente por los ojos; piensa sino en esta misma ciudad donde vives, en Burgos, el arco de San Gil es un ojo…
─ Yo no doy ninguna imagen…
─ El hoyo del Crucero es un ojo hundido en su cuenca, el cerro del Castillo es una montaña de ojipláticos señores juzgándote en esta dura competición que es la vida; esa esquina de Laín Calvo es el filo de su cuchillo y él te cortará y tu sangre se derramará cerca de Fernán González y tu destino quedará atado las manos largas de San Francisco. Escúchame de una vez; go, Jonny, go, vamos, vete de una puta vez a producir para que así no estés todo el rato pensando, erre que erre, que si te enamoraste perdidamente aquí, allá y acullá, que si Eros no quiere el trabajo enajenado, que si llevas diez putos años escribiendo novelas, ensayos, poemarios y artículos y que eso debiera considerarse como un trabajo cuando lo único que consigues es hacer el ridículo no sólo ante nuestros vecinos jueces sino sobre todo ante ti y como sabes el ridículo en un mundo tan pequeño como este, en fin, y lo peor es que no eres consciente de que tu responsabilidad es ser responsable como esclavo, a ver perdona hoy estoy es-pesa-do, tú obligación es ir contra tu deseo y esto se entiende en que no todo el mundo puede ir desatando a su Eros interior porque en fin, ya sabes, la civilización se iría al garete y entonces qué sería de nosotros; tú te dedicas a hacer el vago y a fumar flores amarillentas y resecas mientas recitas como un poseso a esos poetas de nombres perdidos y oscuras intenciones, te quedas ahí pasmado y te dan escalofríos azules y se te eriza la piel como hierba fresca y yo no sé cómo decirte que las personas tenéis que haceros responsables; tenéis obligaciones para con vosotras eso para empezar y luego con otras personas y sí, ahora empezarás a decirme que si ya has trabajado y no has podido soportarlo pero eso ha sido porque no has querido soportarlo. Explícamelo, y no vale salirse por la Tangente… no, majo, no, quieto ahí un momento.
─ Que te jodan tío. Me estás dando mal rollito; ahí te quedas, me voy a las Fuentes Blancas a sumergirme un poco en esas intenciones oscuras que dices… ─ Johnny se puso a gesticular sacando la lengua, haciendo ruidos graciosos.
─ Ya me sé el discursito de que eres un vago porque la gente poderosa, la mala gente como el Pozo ese del que siempre hablas, quería que tú disfrutaras prostituyéndote y compitiendo a machetazo limpio para ganar unas cuantas moneditas de chocolate, pero qué quieres, el mundo funciona así, que eres un niñato, la vida no se puede separar del sistema a ver si te enteras que eso lo tiene escrito Habermas…
─ Yo a Habermas me lo paso por el forro de los cojones.
─ Ya claro tú te pasas por el forro a Habermas verdad que sí, y encima te quedas tan ancho después de soltarlo, a ver… Eros no puede bajar la tierra prometida aquí, a este Burgos donde apenas hay oportunidades y menos para un vago y maleante como tú… Johnny, Johnny, tienes que aceptar tus responsabilidades de esclavo.

Pero Johnny no quería escuchar a Tánatos y soñaba con darle una paliza ayudado por sus amigos resacosos. El joven se iba a Fuentes Blancas y se quedaba allí leyendo y escribiendo poesía mientras la piel se le iba erizando como las agujas de pino que se asomaban entre los brazos y dedos verdes del bosque. El viento soplaba como la colada colgada en la terraza. Tras dejar el libro, él sabía que saldría del cobijo del bosque y de los versos de los poetas, sabía que conduciría por la ronda y Gamonal y que Tánatos y su amigo Capital volverían a hablarle más tarde o más temprano. Tendría que volver a luchar y buscar la ruta de fuga. Y estaba decidido a hacerlo, pues Eros le susurraba sus placenteros versos al oído.

 

 

 

 




La paciencia

Foto extraída de http://imagenesdepaisajespreciosos.com

 

–Aguanta un poco hijo, sé paciente, esto no puede durar mucho, después nos cubrirá la paz de los cielos.

Quien animaba así era una madre que, ante el llanto de su bebé de pocos meses, se exprimía el seno derecho por ver si todavía manaba algo de leche para calmar aquellas lágrimas, lamentos que no brotaban sosegados, como emergen las penas  del silencio. Aquellas lágrimas, entrelazadas con justificados gritos,  eran exigencias de su derecho a mamar. El bebé todavía no gozaba otros derechos que lo amparasen. El pecho izquierdo ya estaba agotado, como piel reseca, igual que las carnes hambrientas de aquellos brazos que apenas podía sostener a su hijo.

Se acercó otra mujer y ofreció al niño sus mamas todavía llenas, nutridas por la subsistencia, ayuda que la cruz roja o la media luna roja les hizo llegar meses atrás, en el anterior refugió. Esta madre ya no tenía criatura a la que ofrecer sus pezones, pues el fragor de los explosivos se lo había llevado, y ella, con el duelo todavía dentro de su espíritu, creyó que podía apagar el llanto ajeno, como se trasplanta un corazón u otro músculo. Mientras el bebé, con quejidos entrelazados por las ansias de las hambres, acomodaba su carrillo en la calidez humana, y a la vez, con sus labios ansiosos, surcaba el busto en busca del milagroso pezón.

Ambas mujeres se sonrieron en silencio, con gratitud, la primera al ver satisfecho a su hijo, la segunda por dejar que  compartiese la vida que acarició sus senos. El bebé, eructando unos buenos provechos, asombró al silencio que, extrañamente, se cobijaba entre los muros derruidos y el humo de las bombas.

De pronto se rompió el tiempo silencioso por la caricia invisible, pues aquellas personas, refugiadas pacientemente entre las ruinas de la ciudad, elevaban sus ruegos a los Dioses: desde algunos lugares resonaban los cantos gregorianos, rezos que se confundían con las notas de la música religiosa sufí, y entre tales súplicas timbraban las salmodias talmúdicas. Y allá donde las notas no coincidían por creerse cada partitura con exclusivo dominio de su Dios ensalzado, nunca llegaban  a ver que el Todopoderoso que buscaban había partido del mismo lugar, o no existía lugar alguno, y si no había lugar, hasta dónde llegarían sus oraciones para que parasen los bombardeos.

Los obuses comenzaron de nuevo a surcar los cielos, a impactar sobre la inocencia ya derruida, sobre la paciencia ya impaciente, sobre la esperanza derrochada.

La gente se dispersó en busca de amparo.

Aquella mujer, con su niño en brazos,  caminaba  a cielo descubierto, desoyendo los gritos de ayuda que le lanzaba la mujer que había ejercido de madre.

–Ten paciencia, hijo mío, será muy poco el tiempo de espera, pues mi pacto con Dios ha sido quebrantado por él, no se deja ver ni da explicaciones –aquí la mujer fue invadida por la duda; no podía discernir si era justa con su Dios, si había tenido suficiente conformismo con Él, si Éste llegase a juzgarla como sacrílega… El derrumbamiento de un muro aledaño le abrió los ojos a la realidad, y prosiguió–. Entereza, hijo; confío en que la muerte, que vive junto al señor, aquí en Alepo, no falte al compromiso que adquirimos con ella… La trayectoria de alguno de estos proyectiles nos ayudará a encontrarla, sé paciente, hijito, que ya llega.

El niño dormía con placidez, quizá soñaba, a saber qué quimera perseguía, pues sus labios, aquellos que minutos antes se aferraban a los pechos vacíos, ahora parecían esbozar una sonrisa.

 




Fuego

Aquellas bestias rugían y gritaban, llamando al alimento desde la oscuridad, sin embargo, éste se resistía a ser consumido. La familia entera alimentaba las llamas de la hoguera a un ritmo frenético, casi enloquecido; pues el fuego lo era todo en aquel momento, desde el día en que llegó la oscuridad, el día en que el cielo se apagó y las sombras cobijaron la tierra, el fuego se había convertido en la única esperanza, el fuego era vida.

El padre animaba a sus hijos para que no desistieran, en medio de la calle la hoguera ardía pero un fuerte viento soplaba en su contra; crudo y traicionero, intentaba extinguir las llamas que en aquel momento repelían a sus atacantes. La familia estaba exhausta, la mujer, con su bebé en un brazo, lanzaba trozos de madera al fuego mientras el padre, antorcha en mano, traía de las cercanías cualquier cosa de naturaleza combustible que pudiera encontrar; sillas, ropa, papel, todo con tal de mantener vivas las llamas, pero las criaturas estaban cerca, lograba ver la punta de sus hocicos de vez en vez por detrás de los autos abandonados, en los muros lejanos, en la oscura periferia, siempre acechando, siempre aguardando, hambrientos de carne y huesos, esperando por la más ínfima oportunidad de acercarse a ellos, un rápido salto y podrían llevarse a uno de los niños, un segundo sin luz y la familia sería suya.

Los niños tomaban todo lo que su padre era capaz de acercar y lo lanzaban al fuego, demasiado temerosos de buscar algo por su cuenta, mirando como la antorcha de aquel valiente hombre menguaba con la bestial fuerza del viento y cada vez que lo hacía una de esas criaturas intentaba acercarse, sin conseguirlo, pero muy cerca, demasiado.  El bebé comenzó a llorar y la mujer, asustada, trató de tranquilizarlo, lo arrullaba y susurraba cosas dulces a su oído, pero el indefenso infante gritaba desesperado por la pena, por el fío, por todo aquello que aquejaba a su familia. Los hocicos visibles comenzaron a aumentar, las criaturas aullaban con más fuerza, atraídas por el llanto del bebé, aquel sonido los excitaba, los ponía ansiosos y salvajes, descontrolados, hambrientos.

Los niños acarrearon cosas a las llamas con más brío, pues el canto de las criaturas, ese aullar desenfrenado y gutural, resultaba sobrecogedor, espeluznante. El padre, con dificultad, buscaba en los escombros cualquier cosa útil, pero el material se estaba acabando y las criaturas eran demasiadas, a este paso se quedarían pronto sin cosas que quemar. La respiración de una de las criaturas lo hizo sobresaltar justo a tiempo para esquivar sus monstruosas fauces, se había acercado por la sombra que proyectaba su cuerpo con la luz de la antorcha. Antes de alejarse logró golpearla con el objeto en llamas y el animal profirió un chillido de dolor, los golpes no lo dañaban pero la luz del fuego…

La familia se había quedado petrificada un momento al ver a la criatura abalanzarse, pero el hombre la había repelido, incluso había logrado golpearla. La angustiosa mirada de la mujer derramo un par de lágrimas, no sabía cuánto tiempo más podría soportarlo, abrazó con fuerza a su bebé, el llanto había disminuido pero las criaturas continuaban al acecho, profiriendo sus ansiosos gritos, sus protestas ante el alimento que se resistía a ser comido.

La fuerza del viento aumentó conforme los minutos pasaban y así la hoguera continuaba consumiendo cuanto arrojaban en ella a una velocidad endemoniada. No había suficiente material en la ciudad para alimentar el fuego bajo aquellas condiciones, el hombre acarreaba más y más objetos pero aun así el tamaño de la hoguera disminuía, su brillo se hacía más tenue y las bestias se acercaban cada vez más. Los niños parecían estar a punto de desfallecer, sus cuerpos se movían con torpeza, sentían los brazos débiles y cansados, no obstante su madre trataba de alentarlos, trabajando con todo el ahínco posible.

Una ráfaga de viento especialmente fuerte golpeó contra ellos, algunos muebles a medio incinerar salieron despedidos de entre las llamas. El hombre trató de proteger la antorcha con su cuerpo pero no fue suficiente, aquel inesperado golpe arrebató la luz de su punta, apagándola tan deprisa que nada pudo hacerse. Se encontraba a solo unos pasos de la luz de la hoguera, pero inclusive un solo paso habría sido demasiado, antes de lograr moverse siquiera sintió la primera mordida en uno de sus brazos, el dolor era brutal, las fauces de aquella criatura tenían una fuerza descomunal, quebró sus huesos y arrancó la extremidad como si fuera una rama quebradiza. Media docena de bestias se abalanzaron sobre él, que sin importar lo mucho que intentó resistirse fue destrozado por ellas, devorado a una velocidad tal que su familia apenas fue consciente de lo que había ocurrido cuando su cuerpo había desaparecido del todo en las entrañas de las hambrientas criaturas.

La mujer profirió un grito de agonía, los niños lloraron y se abrazaron a ella, su padre había muerto. Ahora solo quedaba ella pero no se daría por vencida, no dejaría que esas criaturas, esos demonios, se alimentaran con sus hijos sin pelear. Colocó al bebé en los brazos de uno de los niños y los acercó al fuego, tomó un leño encendido y corrió hacia las criaturas blandiéndolo, estas huyeron sin alejarse demasiado, la mujer tomó el maletín que su marido cargaba un momento antes y lo llevó a la hoguera para arrojarlo, luego se alejó nuevamente para buscar más cosas que quemar.

El bebé lloraba al igual que los dos niños junto a la hoguera, pero la mujer, a pesar del dolor en su pecho, del terrible sentimiento de saber que su esposo no volvería, continuaba buscando cosas que quemar. Pasara lo que pasara tenía la convicción seguir adelante hasta su último aliento, el fuego era todo lo que tenían, el fuego mantendría vivos a sus hijos mientras ella continuara luchando, no podía detenerse, tenía que seguir hasta el final.

 




Sobrevivientes

Julián Rendón asistió a la cocina, pensó que saldrían de inmediato pues se había despertado tarde; sin embargo estaba preparado, vestía ropa limpia y planchada, cargaba dos cámaras fotográficas y sus respectivos accesorios, así como una buena cantidad de memorias para guardar las imágenes. Aún tenía los ojos rojos por la falta de sueño, pero allí lo esperaba el otro huésped de la cabaña, Marcin Doménico, general de brigada, también era su anfitrión.

–Buenos días señor, ya es muy tarde, pero debe comer, el desayuno es la comida más importante del día, provee energía y nos mantiene despiertos, y en nuestro trabajo eso es indispensable, así que siéntese a la mesa – dijo el general.

–Ramona, sírvele al caballero, y tráele un café bien cargado para que despierte.

Enseguida acudió el ama de llaves con la comida y colocó frente a Julián un plato de frijoles, otro con huevo y tocino, un tazón de carne con chile, tortillas hechas a mano, tres tamales, diversas piezas de pan de dulce y un café aromático muy cargado. Todo olía delicioso.

–Gracias – dijo Julián a la mujer, ella sólo sonrió y luego se retiró.

El general prendió un puro cubano y leyó el periódico. La habitación se impregnó de un aroma fuerte, pero delicioso. Cuando el comensal dio cuenta de la comida y se disponía a beber el café el militar lo cuestionó detrás del diario.

–Son cubanos, hechos en la Habana, yo mismo los compré cuando fui a una expedición militar a la isla. ¿Quiere probarlos?

–Gracias, general, con gusto fumaré, pero me gustaría hacerlo afuera, ¿sería tan amable de acompañarme?

–Claro que sí, hay que disfrutar estos días de paz, porque más tarde iremos a la guerra.

Entonces salieron al campo, los rayos de sol se dirían cálidas caricias, pues aún era fría la mañana. Era un día perfecto, estaban lejos de la guerra, aunque de vez en vez se podían observar los aviones volar sobre sus cabezas, lo cual aprovechó el fotógrafo para hacer algunos disparos. Allí quedaron plasmadas las sombras de las aeronaves sobre el campo, los pájaros de acero parecían dirigirse hacia el sol; asimismo, inmortalizó al general Doménico, lo retrató de espaldas, pues observaba el horizonte, aquella fotografía transmitía paz y soledad sublimes.

–Muy bien, señor, la ONU lo envió y debemos hacer que cumpla su misión. ¡Partamos a la guerra!

– ¿Sabe? Ramona me dijo que es una lástima que haya lavado y planchado su ropa para que la ensucié por completo.

–Gajes del oficio, general.

–Ramona tuvo un hijo, ella dice que aún vive, todos sabemos que ya ha muerto, vivía en la ciudad, estudiaba; cuando evacuaron el área el permaneció allí y se unió a los rebeldes, desde entonces han muerto muchos jóvenes embaucados con la libertad y esas patrañas; nada vale la pena en esta vida. Yo asesino, usted toma fotografías para los periódicos y de nada sirve, la maldad es eterna.

Ambos subieron al auto del general y partieron.

***

Despertó, una vez más, cubierto de polvo. Una bomba, un asalto o un fuego de metralla habían derribado parte del techo de aquel inmueble derruido, tosió y limpió sus ojos, entonces se incorporó, enseguida su estómago le reclamó alimento, pues desde el día de ayer no había probado bocado. Se sentó sobre los escombros y allí, a su lado, descubrió un cadáver, estaba frío, pero no rígido; alguien había entrado a su territorio mientras dormía y quizá lo creyeron muerto, tal vez ni siquiera lo vieron.

            Escuchó pasos, un caminar sigiloso, lo habían descubierto y ahora venían por él. Tomó la pistola de su pierna, se ocultó detrás de los escombros y apuntó. Una joven mujer apareció, portaba un rifle de asalto, Ak47; disparó dos veces, quiso hacerlo una tercera y descubrió que se habían terminado sus municiones; entonces brincó el pistolero, dio un grito y corrió hacia la mujer, ella lo recibió con un golpe de su arma, el cual él esquivó; al ver su torpeza guardó en un instante su arma y tomó un cuchillo, todo esto en un solo movimiento, y, una vez que estuvo detrás de ella, hundió el filo en su garganta, luego la degolló y decapitó. Su cabeza rodó por el suelo, su sangre cubrió la arena.

            Ahora tenía dos cadáveres. ¿Cómo entraron? Pensó en un misil o una bomba, algo que derribara un muro, sólo así pudieron ingresar. Era hora de abandonar aquel sitio.

            De pronto se escucharon disparos, cerca, lejos, por todas partes.

            –Es muy temprano para morir – pensó – pero nunca para matar.

            Se dirigió a la otra habitación y descubrió la entrada: el techo había colapsado y con ello se generó una pendiente de escombro por dónde bajar, un promontorio para subir y descender. Justo allí encontró una mochila con flores pintadas.

            –Debió ser de la mujer – pensó.

            La abrió y encontró municiones, unas cuantas viandas, galletas, comida enlatada, algunas ya caducadas, pero al fin y al cabo alimento; abrió una de ellas con su cuchillo y sin siquiera ver qué era lo ingirió. También halló una cartera, la cual contenía trozos de papel con nombres y direcciones, así como un par de fotos de dos pequeñas bebés; el pistolero las contempló por un breve instante y luego las arrojó al suelo, con indiferencia. En ambas imágenes, además de las pequeñas, aparecía aquella mujer amamantando a las criaturas; era la madre. Él apuró su  comida.

            Cuando terminó tomó la mochila, cargó el rifle, cubrió su rostro y se puso gafas; escaló el promontorio y ganó el techo, permaneció allí, agazapado, entonces descubrió a tres militares que iban detrás de un rebelde, apuntó hacia ellos y de una sola ráfaga los eliminó; el insurgente se tiró al suelo al escuchar los disparos, pero el pistolero lo tenía en la mira, apuntó una vez más y jaló el gatillo, la cabeza del miserable explotó. El homicida abandonó su cubil, oculto por el trágico viento, la humareda de la pólvora y cuerpos en combustión.




Deducciones a oscuras

Después de ocho horas de oficina, y a pesar de saber su enojo por quedarme hasta tarde, lo aguardé en el living. Estaba realmente agotada. Ni siquiera apagué cuando ese inerte susurro televisivo, apareció en forma de llovizna, anunciando el fin de la programación.

— ¡Acuéstate, no me esperes! — gritó sobre sus hombros, mientras bajaba, por la tarde, las escaleras. A una madre le dijo eso. Qué iluso es.

Busqué la aguja para seguir con el crochet, pero no logré avanzar un punto. Creo haberme dormido con el ovillo entre las piernas, cuando escuché el suave frenar de un coche bajo la ventana. Eso me despabiló. Apreté el mute del control remoto, y en un vacío silencioso, dejé caer mis párpados para agudizar los otros sentidos. Suelo hacerlo a diario. Advertí de entrada un cuchicheo que pasó a través de la celosía, y luego, el rechinar de una puerta abrirse. El motor se mantuvo encendido. Hablaban de un precio. Seguramente del viaje. Un taxi o remís, me dije. Mas tarde, alguien bajó y la cerró. No la azotó. Incluso, por lo suave, corto y sin rebote de la acción, sentí que lo hizo despacio. Seguro que el móvil era nuevo.

Lo que vendría a continuación fueron segmentos de un film conocido. El motor dejaría de levantar revoluciones para colocar la primera…,”trac”, ahí lo hizo, es tan particular ese sonido… para después percibir que lentamente se desvanece hasta enmudecerse por completo. Listo. El silencio ha sido gradual. Todo indicó que el chofer siguió por la avenida, y no dio vuelta la esquina. Ahora sí, ruidos cercanos. La puerta cancel que cruje por la humedad que trajo la lluvia de ayer. Ya les envié un correo a los de la inmobiliaria para que la arreglen, un día de estos la madera se va a hinchar tanto que no vamos a poder entrar ni salir del edificio… A ver si todavía la tenemos que pagar por nueva. Enseguida los pasos conocidos: tic, tac tac, tic, tac tac, cada vez más claros, resonaron escalón por escalón. El metálico y, en la oscuridad de mi noche, ensordecedor ruido a llave girando dentro del tambor de la cerradura, indicaron su presencia. Su andar que ahora se enmudece y con ello, el fin de este juego de deducción. La puerta del departamento que se abre, y con ella, mis ojos.

—  ¿Me estabas esperando? —  lanzó prepotente y como único saludo.

No supe que responderle. Dejó con fastidio sus gafas oscuras sobra la mesa, y posicionándose perpendicular a la puerta, avanzó de memoria hacia la cocina, mientras guardaba el retráctil bastón de aluminio en el bolsillo del saco.




El submarino U-550

La última vez que vi a Ulrich See fue en Buenaventura. En ese entonces, él estaba tratando de convencer a un grupo de marineros pensionados de la Flota Mercante Grancolombiana, para que le ayudaran a sacar a flote un submarino U-550 que permanecía en el fondo del mar, cerca a la Ensenada de Utrìa .

Contaban los que lo conocieron, que este capitán de fragata alemán había llegado al Pacifico colombiano, después de atravesar el Estrecho de Magallanes, y navegar en dirección Noroeste de Colombia. Venía con la misión encomendada por el Fuhrer de establecer una base de submarinos para atacar a los navíos y barcos de bandera norteamericana durante la Segunda Guerra Mundial.

Mientras cumplían con su misión se terminó la guerra en 1945, y a toda la tripulación del U-550 le quedó difícil retornar navegando a su tierra, ya que los Aliados controlaban los mares del Pacifico y del Atlántico. Sin embargo lo hicieron  aprovechando la cercanía con el Canal de Panamá, ya que se embarcaron de manera clandestina en un buque de bandera italiana que hacia la travesía hasta Europa.

Todos se fueron menos Ulrich See, quien de manera obstinada siguió en el sumergible hasta hundirlo en la Ensenada de Utrìa. Para ocultarse del FBI que perseguía por toda América a militares nazis, tuvo que internarse en la selva del Pacifico entre Saija  y Rodea , y para sobrevivir se dedicó a la dura labor de tumbar arboles para vender su madera aserrada.

Fue así como vine a conocer la historia de Ulrich See, ya que mi padre era gerente de una empresa exportadora de madera, y en uno de los tantos viajes que hizo por dicha región, se lo presentaron los nativos. Contaba con detalles mi padre, que él vio en el armario de Ulrich, el viejo y conservado uniforme negro de cuero, la cruz de honor de la armada nazi, y la bitácora de su periplo desde el puerto de Dresden.

Después de mucho tiempo, en una reunión de amigos en el Hotel Estación de Buenaventura, narraron cómo Ulrich See pudo sacar a flote el U-550, pero con tan mala fortuna que se había oxidado todo el cuarto de máquinas y la zona de torpedos. Finalmente tuvo que venderlo como material de chatarra a unos comerciantes paisas, quienes hicieron el negocio de su vida, ya que el submarino había sido construido con  acero fundido en la fábrica Krupp de Prusia.

Ayer caminaba por la Plaza de Caicedo en Cali, y en una de sus bancas vi a un grupo de personas asombradas con lo que uno de ellos narraba. Pude preguntar del porqué del tumulto, y uno de los contertulios me dijo en voz baja, que el narrador era un anciano  con  imaginación desbordada, el cual siempre manifestaba que había capitaneado un submarino alemán U-550, pero que nadie le creía semejante historia.                              Seguí mi camino, y pensé que muchas veces lo verosímil lo confunden con la fantasía.

 

 




Sólo quedarían tus ruinas y cigarrillos apurados

En la última planta de un piso sin ascensor, a eso de las 6:30 de la mañana, dejé desnuda a la cama y ande torpe envuelta en sábanas acechando al amanecer. Por cada paso un bostezo de propina, y así hasta el balcón de mi habitación. La inmensa ciudad extendiéndose por todos los rincones con sus ruidos de fondo, y mientras tanto yo tan pequeña, casi diminuta, espectadora de un mundo de rascacielos y gigantes. Y a pesar del frío de mis pies descalzos, me quedé donde estaba, quieta, pues dentro de la habitación solo quedarían tus ruinas y cigarrillos apurados. Y de repente, el pensamiento de siempre, ¿Quién quitará la nostalgia de mi cuerpo ahora que tú no estás?, ¿Quién entorpecerá mi sueño por la mañana?, ¿Quién desafiará mi latido con un compás semejante? Nadie, responde mi cabeza. Y fue como si la soledad llamará de repente a la puerta y se instalará en cada poro de mi piel dejándome fría. Y casi deseé de inmediato que estuvieras aquí para dejarme como en los viejos tiempos, en ebullición entre sábanas ardiendo.




Otro día igual

 

    Estoy, como todos los días en la calle, aun no son las nueve de la mañana. He dejado a los niños en el cole. Son dos, la mayor seis añitos. Parezco la marmota, siempre igual.

    Preparé el desayuno. Mientras se vestían, lo hacen solos, revisé mis provisiones.

     La nevera estaba triste, contrita, se siente inútil. Piensa, pobrecita, que no sirve para nada, porque está  vacía, el desayuno de mis hijos acabó con la poca leche que quedaba, y ella, neverita querida, se quedó llorando de soledad.

     Segunda revisión, imaginaba el resultado, pero por aquello de los milagros… Me asomé a la despensa. Una patata, con hojitas verdes de tanto tiempo esperando compañía. Tanto vacio me dio tristeza. Podría alquilar la despensa, para que duerma alguien.

     Esta noche mis hijos tienen que cenar pero todo está desolado

     Los niños en el cole comen y meriendan, yo ni como ni meriendo, pero ellos tienen que cenar. Y como tan cada poco, tengo que buscar la cena y el desayuno, no pienso  más allá, ¿para qué?

    ¿Mi mujer no come?, supongo que si, pero con otro. Cuando se acabó el paro, los subsidios o limosnas del gobierno, la menda me dejó. Se lió con el butanero, así como suena, se ve que no quería pasar frio, y hambre tampoco. Yo desde luego, depresivo, adormecido por las penas, sin un duro, no era buena compañía, pero, la muy…Tardó muy poco en marcharse. Como el butanero no es rico, ya tiene cuatro vástagos, me los dejó a mí. “A ver si espabilas”, dijo. En eso acertó, por ellos, solo por ellos, espabilé,  no entienden,  tienen que comer.

    Hoy voy a la Casa de la Caridad, nunca he ido, me quedaba  pizca de dignidad, absurda, porque  desde hace meses necesito cada día la caridad, para dar de comer a mis hijos.

    En la Casa, empezamos mal. No me  dejan entrar si no tengo la tarjeta del centro, pero, si no me dejan entrar, ¿cómo voy a poder tener la tarjeta?

     El segurata de la puerta me dice que  pedir la tarjeta es de ocho a diez. Lo miro extrañado, pasan poco de las nueve. Le señalo el detalle, añado que necesito comida para la cena de mis hijos, y si me apura, para el desayuno.  Si puede ser para varios días, mejor. El hombre, debe estar muy acostumbrado a tristezas,  solo  contesta que si no tengo la tarjeta, nada, de nada. Déjeme pasar a por la tarjeta,  digo, aun es hora, pero sin inmutarse, contesta  que el funcionario encargado no está. Solo está de ocho a nueve, se acaba de ir. ¿Porqué el horario es de ocho a diez?, me mira, como si  fuera gilipolla y dice que si se ha ido es porque tendrá otras cosas que hacer, que vuelva mañana a las ocho en punto y  me podré hacer la tarjeta. Comida no, pero me da una hoja con la documentación que debo aportar mañana. Ni lo leo. Mañana me da igual, el problema lo tengo hoy.

     Para qué seguir, si no está el menda, estoy perdiendo el tiempo,  el día es largo pero no eterno.

     Me voy a buscar a Marcelo, antiguo compañero. Buena persona, soltero,  trabaja y si puede, algunos euros me presta

    . No está lejos, de momento puedo ir andando, solo tengo para un billete de autobús, recurso de última necesidad, por si se pone la cosa fea y tengo que ir a casa de mi hermana, en el puerto.

     La pobre está en el paro, su marido se lió con el butanero. Nuestro gafe son los butaneros, pero no se porqué el cabrón, si le iban los colorines naranjas,  le hizo cuatro hijos a mi hermana. Me jode mucho ir, seguro que  me ayuda, pero no le sobra, repito, me da por saco. Es el último recurso.

    Marcelo no está. Putada, y de las grandes. Estará en el medico, andaba resfriado.

    Voy a pasar por el bar de Tito.

    Seguía pudiendo usar lo mas barato, mis dos patitas.

     En el bar, poca gente,  no era la hora del almuerzo. Su hija está en la barra, Susana, muy simpática, llama a su padre. Saludos de buen rollo, sinceros, me da  una bolsa de Mercadona, con tres briks de leche, caducan mañana, pero me da igual, la puedo hervir. Pone madalenas, están duras,  dice, pero se las puedes migar con la  leche. Le abrazo, me dice que soy un gilipolla, y que no deje de pasar, que si en algo puede, está para los amigos.

    Un día me ayudan unos, ayer fue Marcelo, el bar cerraba. Hoy ha sido Tito. Los amigos de verdad no fallan, de eso se aprovecha el gobierno,  si no fuera así, estaríamos robando supermercados,  hay que comer, y los niños, no os cuento. No tiene  culpa de que esto sea una mierda, y les hemos dejado ésta mierda nosotros.

    Con el dinero del bus, que me ahorré,  dos panes, con eso y algo de leche ya tengo el día arreglado.

     Antes de subir a casa pasaré por la Biblioteca Municipal, internet es gratis, daré un vistazo en Infojobs.  Mando  currículos,  no contestan, somos muchos esperando. Leo prensa, matar el tiempo, sin trabajo y sin un euro, es muy duro. Pero no hay más. Sentarse a mirar el techo, comiéndose la cabeza, no soluciona nada y desquicia un huevo. Leo toda la prensa, la economía va bien, me encanta, eso quiere decir que no tengo que preocuparme de nada, los ricos siguen ricos, y seguro que me solucionaran la vida.

     Si nos morimos todos de hambre, ¿a quién van a explotar?, no lo sé. Puede que abran  fronteras y nos sustituyan por otros. Los pobres somos prescindibles,  se pueden sustituir, nunca se acaban.

      Es la hora de recoger a los niños.

     Estar con ellos quita  penas,  dan alegría, y mi reto diario de supervivencia, son ellos, sabiendo que me necesitan, vale la pena luchar, porque si estuviera solo…Ya no estaría aquí, ¿para qué?

 




El tributo

Las palas del helicóptero giraban rápidamente y a la poca altura a la que se encontraba el ingenio volador provocaba un auténtico remolino en las azules aguas del estrecho. La Operación Paso del Estrecho, más conocida como OPE, hacía pocos días que se había iniciado, y las previsiones a tenor de las estadísticas anteriores y de la coyuntura del momento, había hecho pronosticar a los burócratas de la capital – personas que vivían a más de medio millar de quilómetros de donde ocurrían los hechos y del mar – que esta temporada, la afluencia de inmigrantes rondaría unas tres decenas de miles de vidas humanas. Pero, en esa franja de mar que separa dos mundos, dos culturas, los números dejaban de tener sentido, allá donde la realidad golpeaba día si y día también con desgarradoras historias y dramas personales.

Pero, a poco más de diez metros de altura sobre el nivel del mar, con el ruido ensordecedor del helicóptero, el rescatador colgado de un cable de acero, solo provisto de un traje de neopreno, aletas, gafas y tubo, no tenía tiempo, ni podía permitirse en pensar, en todas aquellas personas que se le habían muerto en sus brazos a causa de la hipotermia, ahogamientos o por colapso del sistema al bajar la adrenalina al creerse salvadas. Obviamente su interés en las declaraciones provenientes del Ministerio eran aún menores.

El Estrecho, cruce de culturas y de mares, es un espacio donde a diario  cientos de embarcaciones de todas las esloras lo cruzan en una u otra dirección, predominan los fuertes vientos, como el famoso y enloquecedor siroco. Corrientes de más de dos nudos que van de Oeste a Este. Lugar perfecto para el tráfico de drogas y también, de personas.

  Nuestro rescatador era plenamente consciente y avezado en este pasillo marino y cuando llegó el momento, se desenganchó,  cayó en caída libre, fueron unos pocos segundos, subiendo la adrenalina necesaria para acometer su tarea. El impacto con el agua era el estimulo para focalizar toda la atención y recordar que se encontraba en un medio hostil. Empezó a aletear y a mover acompasadamente sus brazos al estilo de crol modificado, el oleaje le impedía tener una visión constante, pero no dejó de mirar hacía los náufragos, los cuales cada vez tenía más cerca.

  Un RO-RO que unía Tánger con Algeciras había informado de la presencia de una embarcación con una cincuentena de personas a bordo. No tardaron en activarse los dispositivos de emergencias; Cruz Roja, Protección civil, Salvamento marítimo… Para cuando el helicóptero había llegado la primera de las desgracias ya había ocurrido. La patera hacía aguas y muchos presos por el pánico eligieron la peor de las opciones; saltar al mar. Ahora, nuestro rescatador había llegado al joven que estaba a punto de ahogarse y le puso el chaleco. El cable empezó a descender y una vez estuvo asegurado al chaleco empezó a mover el brazo en círculos, era la señal para elevar de nuevo el cable y poner a salvo al naufrago.

  Mientras esto ocurría, el rescatador volvía a luchar contra las olas en busca del segundo naufrago que habían avistado desde las alturas. En esta ocasión a medida que se acercaba vio como se trataba de una mujer, se percató que según la clasificación de tipos de víctima por ahogamiento, había pasado de ser un distress a una víctima activa. En menos de un minuto, tendría la cabeza boca abajo y el agua empezaría a entrarle por las vías aéreas. Las aletas empezaron a moverse más rápidamente y las olas golpeaban con fuerza la máscara del rescatador. La naufrago aún estaba consciente. Un poco más y llegaría hasta ella.  Otra ola golpeó de nuevo al rescatador y dejó de tener momentáneamente visión con la víctima, tras el paso de la ola, había llegado hasta ella, pero estaba inconsciente. Rápidamente el cable de acero bajó hasta el mar. Esta vez subieron el rescatador y la chica, momento en el que se pudo dar cuenta que se encontraba embarazada.

  Las técnicas de Reanimación (RCP) no surtieron efecto y la chica y el bebé no llegaron a tierra con vida.  ¿Porque el destino había querido llevarse esas dos vidas y no la del otro náufrago? ¿Cual era la lógica de esa cruel burla del azar? ¿Si hubiera ido primero a por la chica se hubieran salvado los tres? Esas y otras muchas preguntas semejantes hacía tiempo que dejaron de formularse en la mente del rescatador. No había cordura humana que soportara esos dilemas continuamente. Hoy había salvado una vida. Y al día siguiente y al otro volvería de nuevo a las peligrosas aguas del Estrecho a jugarse la  vida por ello.

Para la capital, la mujer y su bebé no nacido serían dos números más para engrosar listas y estadísticas. Mientras tanto, el mar volvería a cobrarse otras vidas como tributo a aquellos que por injusticias, desigualdades y miserias se atrevan a cruzarlo.




Los otros

 

La tortura te  deja indiferente. Sin árboles. Sin pájaros. Amasado de dolor, Vos, desde la impotencia, te empeñás en hacer reaccionar,  a tu compañero, gritarle,  decirle:

— ¡Aguantá! ¡Sé fuerte!, que no van a poder con nosotros. Él no puede mirarte. Verte. Porque está detrás del dolor que lo mantiene en un letargo de ojos abiertos mirando hacia la nada.

Allá están los otros, los que  hablan y vociferan palabras soeces, descarnadas, dirigiéndose a nosotros. Ellos, los del otro lado, desde la otra orilla de la injusticia, huelen a perfume y  sangre. A hembra y a bestia.

Miro a mi alrededor  sin comprender nada, como si presenciara una  película contada con  gran maestría. Sin embargo,  en cada sesión de tortura, se va haciendo real y amplia delante de nuestras miradas mortales. Al final me doy cuenta que es, por desgracia, no sólo una historia particular, sino, que todos los que estamos aquí, en este inmenso y atestado contenedor de cuerpos, podemos reconocernos en ese andamiaje de sombras desaparecidas del mundo real. Porque pertenecemos al teatro que montaron  para nosotros desde  el dolor y los silencios.

Los otros, los de la otra orilla, los carniceros, sufren de una ceguera prolongada y permanente, porque no nos ven como somos humanos, sino que observan  que trozo de carne atacarán en las sesiones del quirófano. En su  sordera, la risa cobra vida en sus gargantas, mientras las nuestras se secan en la impiedad de la sed y  la desprotección.

Por la tarde nos obligaron a sentarnos a empellones y forzados entraron cuatro más al cilindro. Apretujados y hambrientos escuchábamos hasta los latidos de nuestros corazones.  Uno de los nuevos, bajito y delgado,  con los ojos entrecerrados se sentó frente a nosotros. Nos ofreció un cigarrillo. ¡Dios mío, un cigarrillo! Cuanto hacía que no fumaba. No llevaba la cuenta. Permanecí mirándolo con asombro. Un cigarrillo, un cigarrillo, seguí diciéndome, mientras lo tomaba entre mis dedos como si fuera un antiquísimo amuleto contra el sufrimiento.

A estos tipos nada les importa, los han  convencido de que son perfectos, la envidia del mundo. Nada es verdad, pero los han educado así, para creérselo desde la soberbia de los necios.

gama de grises,  no sólo blanco y negro, pero estos tipos pertenecen a una categoría que aún no tiene nombre. El hombre, y esto lo digo desde una realidad  contundente, crea mecanismos psicológicos para protegerse. Recuerdo los primeros días aquí en el campo: la soledad, la carencia total de afectos, los abusos, el hambre. Todos los elementos materiales fueron  reemplazados por  torturas que se disfrutaban  a escasos tres metros de la celda donde dormíamos o agonizábamos entre excrementos. Pero increíblemente, en medio de esa crueldad y caos no podía dejar de  acordarme de Inés. Rogaba que ella se encontrara a salvo, en casa de sus padres, seguramente buscándome.

 El tiempo ha dejado de tener sentido,  sólo lo medimos por las oscuridades y los soles. Transcurrimos los días y las  noches casi siempre encapuchados, esposados, engrillados o con los ojos vendados, en el “tubo”

A lo que más miedo le tengo es a ser  “trasladado” de nuevo, porque sé lo que significa en su jerga macabra: te asesinan, así, sin más. Me aguanto las otras torturas porque además de las físicas, la vida aquí, en el campo, es una constante tortura psicológica. Al entrar  se nos asigna  un código, el mío es Y16. Nos insisten que hemos dejado de pertenecer al mundo de los vivos, ¡que somos de-sa-pa-re-ci-dos!  ¡Me entienden!, nos gritan ¡Desaparecidos¡ ¡No existen! ¡No son! ¡Nunca existieron! ¡Se esfumaron! Y para peor  ni siquiera podemos suicidarnos, sólo ellos, los Dioses de carne y hueso, son los dueños de nuestras vidas. Vamos a morir cuando ellos lo decidan, así de simple, tan concreto y contundente.

Muchas veces pienso que he muerto y nadie acude a mi entierro, sólo mi perro y  el  tormentoso canto de las chicharras, que se deja oír a través de la tapa metálica del ataúd. Nadie acompaña al hombre que me cubre con paladas armoniosas de tierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

He muerto y no hay lágrimas para regar la única flor que recogí para mi funeral. Una mujer extraña parecida a Inés  mira desde lo lejos el entierro y al

Sin ser poderoso, tengo  a  mano todos los recuerdos, pero no logro precisar como muero, o si ya morí, y esto no es un sueño,  sino la absoluta certeza de la elipsis del tiempo. Mi mente, o lo queda de ella, se bloqueó a la realidad, en el instante mismo en  que la puerta se abrió de una patada y los tipos, repartiéndose, para agarrarnos a Inés y a mí aparecieron como un disparo. El resto parece una película en blanco y negro, porque aquí los colores no existen, salvo el rojo. El rojo contundente de la sangre

 

  Y la veo a Inés, a mi Inés, llevando  un vestido blanco de seda, etéreo, glamoroso, que se levanta con la brisa del pasillo del departamento de la calle Rivadavia, lleva además  un pañuelo azul en su cabeza a modo de vincha. 

Es como si la viera  por primera vez, pero ahora está aquí, frente a mí y alarga sus brazos para salvarme.

— Te estuve esperando Juan. Ya estaba por irme —me dice con esa sensualidad propia de ella.

Sabe  mi nombre, así que si lo sabe, es  mi Inés. Sin embargo,  estiro la única mano que puedo mover y no la puedo alcanzar. Se diluye entre la voz gruesa del León que ha venido a visitarnos.

—Tráiganme a ése. —Dice señalándome— El que tiene el brazo roto. ¿A ver que tiene para decirme esta tarde? —Su voz suena como el trueno

Y me revuelco. Me revelo y el León se enfurece y me patea y ya no veo nada, sólo la figura de Inés que se pierde entre los árboles azules de Andecito.

SUREÑA