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Ante la situación creada por los terribles acontecimientos en Francia, quiero destacar los siguientes hechos para comprender lo que está sucediendo: en primer lugar, las transformaciones técnicas, científicas y culturales de Occidente, junto a su conquista de la mayor parte del planeta, crearon un abismo insalvable entre el mundo avanzado europeo y el anquilosado musulmán, que, vencido, ocupado y colonizado, fue tachado de bárbaro y enemigo potencial, aumentando el sentimiento irracional acumulado durante siglos. Este es el caldo de cultivo para entender por qué la religión ha servido como elemento aglutinador de autoafirmación, defensa y justificación no solo de actos terroristas como los que hemos vivido, sino también de las luchas de liberación nacional. En segundo lugar, está el papel de los medios de comunicación, que, siguiendo una “línea editorial” claramente política, fomentan determinadas noticias frente a otras, es decir, es mucho más relevante poner énfasis en los asesinatos causados por musulmanes, que en los actos criminales y racistas cometidos por y entre otras comunidades religiosas o étnicas. Por ejemplo, los incendios de pensiones y dormitorios habitados por inmigrantes árabes en el mismo París hace tiempo, o los asesinatos racistas de jóvenes magrebíes en Francia, ya olvidados, no fueron en su día considerados como “actos terroristas”.

El desgraciado y deleznable caso actual de los asesinatos de “Charlie Hebdo” hay que verlo en un contexto político dominado por los intereses occidentales en Oriente Medio, que ha desestabilizado no solo toda la región, sino que ha creado una auténtica psicosis colectiva, aprovechada por los grupos armados fundamentalistas para abrirse camino entre jóvenes frustrados socialmente, nietos ya de la emigración musulmana en Europa, que sienten la marginación y el fracaso en sus países de acogida. La Historia puede enseñarnos mucho al respecto: La auténtica insurrección que se vivió en el extrarradio de grandes ciudades francesas, especialmente Lyon, en 2005, demostró la terrible situación de desarraigo, marginación, desigualdad y frustración de las generaciones que siguieron a la emigración. Ahora parece que nadie se acuerda de ello, pero constituyó un serio aviso, en un momento en el que aún no se establecían conexiones entre esa violencia y los movimientos integristas. Centenares de coches fueron incendiados durante la fiesta nacional del 14 de julio de 2005 (más de 20.000 lo fueron solo durante los primeros ocho meses de ese año). Las causas deben encontrarse en el paro, el racismo, la humillación sentida especialmente por los más jóvenes, y las heridas sin curar del colonialismo y la injusticia, sentida sobre todo por parte de la población negra, que querría ver el tratamiento de la esclavitud equiparado al del Holocausto. Ya en aquel tiempo el ambiente era de un islamismo rampante y se hacían propias las protestas de la Intifada palestina. El fracaso en la integración de esa población marginada no podía sino empeorar sus consecuencias, sobre todo en medio de la crisis económica.

Comprender la radicalización de los “nietos de la emigración”, también hay que ver el reflejo que proyectan sus abuelos y padres, que no es otro que el de su impotencia ante el rechazo del resto de la población. En la encuesta Gallup sobre la coexistencia y nivel de integración de los musulmanes en Francia, Alemania y Reino Unido de 2009, ya se mostraba que la visión de la gente sobre ellos era mayoritariamente negativa en términos de respeto, o del peligro potencial de su religión. Un 35% de franceses estaba convencido de que no eran leales al país (un 21% prefería no expresar su opinión). Este porcentaje subía a casi la mitad de los encuestados en el caso de Gran Bretaña o Alemania, lo que contrastaba con la visión del otro lado: los musulmanes de estos países sí se consideraban leales, y, por oposición a la opinión del resto de la población, sí pensaban que eran respetuosos con el resto de prácticas y costumbres religiosas, aunque su nivel de confianza en las instituciones democráticas era bastante bajo. No se fiaban de la calidad e integridad de los medios de comunicación, ni del sistema judicial, o la policía. Sin duda, este nivel de confianza estaba al nivel de su marginación.

En este punto también hay que incidir en una verdadera “inhibición” del Estado en la solución de muchos de sus problemas, especialmente el de la vivienda. La tendencia ultraliberal de los gobiernos conservadores, no solo en Francia, sino en la mayoría de los gobiernos de la Unión Europea en los últimos años, condicionó la constante elevación del precio del suelo, y por ende, de las viviendas, que conllevó la práctica imposibilidad de acceder a ellas para muchas familias con problemas. En concreto, había casi un millón y medio de demandantes de vivienda en Francia, que debieron concentrarse en zonas consideradas como “enclaves de exclusión social”, debido a la miseria, el paro endémico, la desaparición casi total de centros comerciales, las dificultades escolares, la droga, la economía sumergida, etc. Aunque se ha intentado mejorar la calidad de vida de estas zonas, la realidad social deshace cualquier renovación. Las razones del drama son menos visibles que el paisaje.

Los disturbios de Los Ángeles de 1992, con claro contenido racial, venían a demostrar que las causas de la insatisfacción están en un profundo sentimiento de marginación, de humillación ante la indiferencia de los poderes públicos. Sus habitantes se sienten abandonados a su suerte, y, actualmente, no resulta extraño que los más jóvenes vean en el radicalismo de una religión heredada de sus abuelos, una justificación de la violencia, como necesidad de autoafirmarse en un proceso de total desarraigo. Francia está sometida a una situación de emergencia, pero desgraciadamente las soluciones son muy complejas.

Es difícil que la razón y el análisis detenido se puedan abrir paso en este caldeado clima de tensión. Yo mismo pude haber muerto en el horroroso atentado del 11 M, y necesité entender fríamente qué sucedió y por qué, en un contexto mucho más amplio que el del hecho en sí mismo, sin prejuicios. Cuando todos nos planteamos la exigencia de un nuevo orden económico que disminuya las desigualdades, no solo en nuestros países, sino entre Norte y Sur, el miedo causado por actos terroristas como éste reavivará de nuevo la idea de la amenaza de la “marea islámica”, y la xenofobia galopante; ahondará las diferencias entre comunidades, y servirá de pretexto para justificar los discursos del fascismo, ahora muy popular en Francia.