Crecimiento

Escribo desde el adiós,
una carta dirigida al cielo,
para pedirle a un tal Dios,
si existe, un anhelo.
Deseo con fuerza, intenso,
saber cómo dejar la duda,
explicar bien lo que pienso
ante la ira muda.
Un te quiero de postal,
un pasado muy amargo,
más allá del bien y el mal,
este pliego de descargo.
Y una tristeza inmensa,
casi, casi, hasta infinita,
de no saber lo que piensa
esa flor casi marchita.
Así, se separa el camino
en esta vil encrucijada,
adiós a las rosas y el vino,
adiós, mi amada.
Vendrán tiempos mejores,
o eso, al menos, espero,
cuando seamos mayores
y cambie el mundo entero.
O cambiemos nosotros,
que puede igual pasar,
como cambian los potros,
como el río se hace mar.
Y con esto ya despido
epístola de no me olvides,
ni yo maté a Cupido,
ni tengo lo que pides.