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  • En este artículo, Víctor Atobas hace una crítica al libro de Ferrajoli “Poderes salvajes. La crisis de la democracia constitucional”, Madrid: Editorial Trotta.

Ferrajoli desarrolla un análisis de la crisis de la democracia constitucional italiana, cuya carta magna de 1948 ha recibido números vulneraciones, sobre todo a partir del ascenso del populismo de derechas de Berlusconi. Además, sugiere una serie de garantías, que según él podrían frenar dicha crisis. En este comentario haremos mención del recorrido argumental del libro, así como de los aspectos críticos que me ha sugerido el mismo.

El autor parte de la concepción de “poder salvajes”, que toma a través de una relectura de Aristóteles, quien afirmaba el componente de animalidad del poder cuando éste se encontraba fuera de la sujeción de la ley. Empieza disertando acerca del concepto democrático; para Ferrajoli, no puede tratarse tan sólo del aspecto formal del derecho al voto, sino que lo vincula a la constitucionalidad y a los Derechos Humanos. Aunque luego lo conecta también con los derechos sociales, lo cierto es que parece una concepción algo mermada de la democracia.

La hipótesis que va a desarrollar el autor, se encuentra en la existencia de un nexo biunívoco entre la forma representativa y la dimensión constitucional de la democracia; habría, según él, una vinculación bidireccional entre la crisis de la una y la crisis de la otra. Desarrolla dicha hipótesis, desde la necesidad de garantías que refuercen la democracia constitucional, los derechos políticos y representativos. Con estas garantías se salvarían la forma representativa y la constitucional.

Elaboración propia para Zoozobra Magazine

El Cuadro 1 muestra la relación bidireccional entre la forma representativa y la sustancia constitucional (el supra-ordenamiento de las normas), entre los derechos constitucionales y los derechos políticos. Sin embargo, me parece que muchas personas en Italia padecerían precariedad, hambre, miseria y penurias, verían violados tanto sus derechos políticos como los constitucionales, aun cuando se aplicaran las garantías que Ferrajoli, accediendo ya al plano prescriptivo, va a proponer en este texto.

Lo que quiero decir es que Ferrajoli parte de una concepción idealista, esencialista y parcial de la democracia. Pero ésta no puede disociarse del modo de producción capitalista, en el sentido de que, en la actualidad, resulta meridiano que la financiarización de la economía, el avance del mercado que se expande no sólo por todo el planeta sino por todas las esfera de la existencia, ha afectado a la soberanía de los Estados y también a las formas democráticas, en las que subsisten elevados índices de desigualdad. La constitución italiana de 1948 es una carta magna basada en el trabajo. ¿Pero qué ocurre cuando el trabajo ya no garantiza la adquisición del estatus de ciudadanía, en el caso de los precarios y los parados? Si se accede a los espacios urbanos mediante el consumo. ¿Qué ocurre con los millones de personas que no pueden hacerlo? Quedan en la periferia de la sociedad ¿Acaso cree Ferrajoli que garantizando los límites del poder presidencialista, haciendo más proporcional el sistema electoral o transformando la relación entre los partidos y la sociedad civil, tal y como él propone, estas millones de personas que se hallan en la cruda y sufrida periferia de lo social, podrán convertirse de nuevo en agentes activos de la democracia? El autor de este texto apenas menciona el papel del modo de producción en el sistema político, tampoco aquel jugado por las instituciones europeas, cuestionadas por su escaso grado de democratización.

El libro diserta acerca de la situación italiana, en la que se ha pasado a una democracia plebiscitaria, en la que la pasividad de amplios sectores sociales sirve para legitimar el abuso de los poderes y para deslegitimar el pluralismo y las críticas de la oposición. Señala que esto no ocurre solo en Italia, sino en el resto del mundo occidental. También que el gobierno italiano rechaza el constitucionalismo, pero los límites constitucionales han tratado de frenar esa visión plebiscitaria y formalista, que concebiría a la democracia como el derecho de voto y que no reconocería ningún límite a las mayorías. Siguiendo el panorama italiano, tras la IIGM se sujetó la producción de normas al supra-ordenamiento constitucional, lo que cambió la validez de las leyes y la estructura de la democracia. Pero, desde mi punto de vista, los derechos sociales no fueron desarrollados de forma sustancial, de modo que se reconocían pero no se ejercían en numerosas ocasiones. Esto mismo se puede aplicar a España, donde se reconoce el derecho constitucional a la vivienda, aunque resulta violado de forma sistemática. La constitución español tan bien es una carta basada en el trabajo, pero con la crisis del empleo asalariado cabe preguntarse, si puede esto sostenerse por algún lado. Me refiero a que, debido a los cambios del modo de producción, cada vez resultará necesario menos empleo asalariado. Quizás haya llegado la hora de desvincular la existencia del mercado de trabajo. Foucault acuñó el término “biopoder”, precisamente para designar ese control político que se hace de la vida a través del mercado.

  Ferrajoli piensa una igualdad de forma entre derecho y sistema político, así como que el paradigma constitucional anuda las dimensiones formal y sustancial de la democracia. Pero como hemos dicho, la dimensión sustancial de las democracias suele transformarse en otra formalidad, dado que los derechos sociales no se hacen efectivos. Todo depende de la concepción de democracia que cada uno tenga y, el autor de este libro, reconoce que los derechos sociales son “derechos débiles”.

La lectura continúa con la crisis “por arriba” de la democracia. Como factores de ésta señala la personalización de la representación, que se haga mayoritaria, exclusivista, monopolizada por el líder carismático. Al oponerse a las leyes, el líder de la mayoría parlamentaria rompe con la constitución de 1948. Se sostiene que Italia no camina hacia un sistema presidencial, sino hacia el populismo de derechas y la demagogia, hacia un pre-fascismo. Para Berlusconi primaban los intereses privados sobre los intereses públicos del pueblo, para él desaparecía la distinción entre la esfera privada y la pública. ¿Pero esto mismo no podría decirse de los dirigentes de otros países, entre ellos España, que primaron el pago de la deuda privada de los bancos, reconvertida en pública, antes que los derechos y las prestaciones sociales? Podríamos mencionar el caso de Bankia, pero también muchos otros ejemplos de cómo la clase política europea con quien negocia y con quien pacta es con los poderes económicos.

Cabe preguntarse si algunos de los aspectos a los que el autor vincula al populismo de derechas, como la crisis de representación, podrían deberse a la hegemonía de la ideología neoliberal. Desde mi punto de vista, el mercado ha avanzado colonizándolo todo, mercantilizando la propia existencia, las relaciones sociales y los sistemas de competición electoral. Y esto no creo que se solucione poniendo las garantías que Ferrajoli sugiere.

Éste continúa con la exposición argumental, incidiendo en que los partidos se han integrado en el Estado, lo que ha debilitado el papel representativo de los mismos. Menciona el declive de la participación política (2), pero deja de lado ciertos factores que pudieron propiciarla. También destaca la importancia de que los medios de comunicación se hayan concentrado en pocas manos, de que no existan garantías de la información: no hay libertad de los periodistas a la hora de ejercer su profesión, la información dirigida a los ciudadanos se ha convertido en propaganda, la libertad de prensa el pensamiento se han convertido en mercancías.

Las exposiciones de Ferrajoli, que se basan en autores como Tocqueville, Rousseau o Montesquieu, me han parecido las propias de un demócrata liberal, ilustrado, que intenta con este libro ocuparse de los problemas concretos de un poder constitucional que ha sido suplantado por una suerte de democracia plebiscitaria en la que los líderes carismáticos y las élites económicas encuentran facilidades para apoderarse del marco democrático, y de esta forma legitimarse. Pero las soluciones de este análisis, primero evaluativo y después prescriptivo, desde mi punto de vista, resultan debilitadas desde el momento en que las premisas e hipótesis del autor hacen escaso énfasis o ignoran, no sólo la afectación del modo de producción sobre el sistema político, sino también la imposibilidad de mantener los ordenamientos constitucionales basados en el trabajo. Pues la condición de ciudadanía no puede seguir vinculada al empleo asalariado, dado que éste ha cambiado y una parte muy considerable de la población no tiene un empleo, aunque realice trabajos que no sean reconocidos como tal. A este sector poblacional, de poco podría servirle la aplicación de las garantías propuestas por Ferrajoli.

NOTAS:

De las ediciones consultadas:

  1. Ferrajoli, L. (2011). “Poderes salvajes. La crisis de la democracia constitucional”, Madrid: Editorial Trotta.
  2. Italia se caracterizó, durante los años 70’, por un elevado grado de participación política. Ésta mostraba una gran fortaleza en el movimiento obrero y sindical, además de una populosa actividad política en los barrios. En este sentido, cabría aducir que la derrota del movimiento obrero y del PCI aceleraron el proceso de despolitización de las capas populares italianas. De esta década señalaremos también el surgimiento del operaísmo de Toni Negri.