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El objetivo principal era conseguir que nos expulsaran y, sobre todo, alborotar las cabezas de los maestros-tiranos que se arrastraban en las tarimas, los profesores acarreaban un ladrillo y escupían en la masa los papeles de un teatro social como el instituto. Una clase es un ensayo social; los que mejores notas obtienen son quienes tienen un entorno estable y padres que, además de encomiarles a emprender la absurda tarea de la memorización de cara a la obtención de altas calificaciones – ¡Tienes que subir la media, hija!!-, controlaban que los adolescentes estudiaran y, según las estadísticas, los muchachos que provenían de familias en los que papá o mamá habían sido universitarios o habían conseguido una formación orientada a la producción y la técnica, y por tanto trabajaban y podían comprar muchas cosas que no necesitaban, eran adolescentes con más probabilidades de ascender en el sistema educativo. Y los alumnos que sacaban las mejores notas eran los privilegiados de todas las clases.
Los alumnos que nos resistíamos éramos apartados de dichos privilegios; nosotros seríamos el núcleo central de Desidia, una organización radical de jóvenes de la que habrán oído hablar. Los profesores se empeñaban en culpabilizar y humillar delante de toda la clase a aquel que se atreviera a disentir o no se plegara al control y fuera desobediente.
Los profesores del OPUS de Jesuitas, un centro ocupado por los hijos de los trabajadores que optaban al ascenso social, hijos de abogados y de médicos, se espatarraban en sus gordas barrigas de cerdos fascistas que nos abroncaban por comentar en clase que, según las últimas informaciones que se manejaban en el patio, su hija era una hortera acomplejada por su aspecto físico… había heredado el hocico de puerto con el que nuestro profesor husmeaba nuestros caretos de asco, su hija salía con un imbécil que ponía esa estúpida música electrónica a la salida de clase, su hija había tenido un hijo, otro pequeño monstruo al que aleccionar en su familia religiosa y estricta, otro caso perdido.
Ese tipo de personajes culpabilizaban a cualquiera que se atreviera a abrir la boca, segregando la clase entre los que sacaban unas calificaciones notables y quienes íbamos suspendiendo, asignatura a asignatura, mientras escribíamos canciones de rap que luego cantaríamos – las míticas batallas de gallos- en El Crucero, esbozábamos los diseños de los grafitis que habíamos planeado dibujar por la noche o, simplemente, fantaseábamos durante el transcurso de la clase. 
El bedel estaba jodido de frío instalando una mesa de ping pong en el patio. El sol empezaba a asomarse afuera y las luces de la clase parecían los focos de emergencia de un submarino que se hundía en las profundidades del océano. Todos los marineros se habían quedado dormidos mientras el comandante les reprendía por haber sugerido la idea de virar el rumbo de la nave, los navegantes habían fumado marihuana temprano  y habían empezado a flipar con el Nautilus y con las bestias submarinas de las que hablaba Julio Verne, misterios escondidos en las profundidades y peces linternas que iluminaban el fondo de oscuridad, los marineros se habían quedado tan dormidos como nosotros.
El profesor del OPUS del que os hablaba impartía la asignatura de matemáticas. Escribió una ecuación en la pizarra apretando la tiza con cuidado, dibujando los números con elegancia, después le dijo a Joel Estuardo, al que seguramente conocerán por las noticias referentes a la actividad de Desidia… sinceramente, la mayoría de la tinta que se ha derramado sobre nuestra organización podrían habérsela ahorrado los imbéciles de los periodistas que se ocuparon no sólo de manipular, sino también de criminalizar a los muchachos de Desidia, el caso es que el puerco le dijo a nuestro líder que resolviera la ecuación.
Joel había estado escribiéndose notas con algunos compañeros y terminando uno de los cuentos que nos pasaba durante las clases para que los leyéramos, expensándole nuestra opinión. Joel escribía cuentos sobre el director, que olía como una mofeta atropellada por un camión de estiércol que avanzaba perdiendo su carga, los compañeros de clase que pertenecían a lo que Desidia denominaría como juventud tecnológica aparecían como personajes de sus cuentos, que escribía en un cuaderno con la tapa roja al que había pegado las pegatinas de Resaca Castellana CASTILLA SERÁ LA TUMBA DEL FASCISMO. La juventud tecnológica era compuesta por jóvenes vencidos por el mundo adulto, por una familia que ahogaba los sueños en pesadillas que se imprimían a las sábanas y gritos que rebotaban contra el muro, la educación era uno de los ladrillos del muro. Por el contrario, los adolescentes que perseguíamos la consecución de la libertad con una rabia desatada, también nos valíamos de estrategias y de engaños, defendíamos nuestro mundo adolescente de libertad sustentado sobre la confrontación con los padres y los profesores, contra todos aquellos que nos dictaban órdenes.
— ¿Le ocurre algo? ¿No puede levantarse? – preguntó el profesor.
— Estoy anclado al suelo – respondió Joel.
— ¡Salga de una vez! – dijo el profesor.
— Estoy ocupado en asuntos más interesantes – dijo Joel.
— Atención – dijo el profesor sonriendo- nuestro compañero Joel Estuardo ocupa su tiempo mejor que nosotros, que reforzamos el conocimiento sobre las ecuaciones de segundo grado… y, díganos, ¿Qué estaba haciendo? – preguntó el profesor.
— Escribía – respondió Joel.
— Estamos aquí para aprender matemáticas – dijo el profesor.
— Lo sé, general Estupefacto, pero estaba pensando en una teoría matemática – dijo Joel.
— ¿Y en qué consiste su supuesta teoría? – preguntó el profesor.
— Si los compañeros y compañeras quieren sacar sus modernas calculadoras, les recomiendo que prueben a introducir un número al que sumarán ceros. Sólo tenéis que mantener pulsada la tecla del cero, después exponerla a una cifra igual de elevada y qué ocurre ¡¡ERROR! ¡¡LA CALCULADORA DA ERROR!! LO QUE NO SE PUEDE CALCULAR NO SE PUEDE CONTROLAR y, en caso de que algún procesador pudiera calcular el resultado de la operación de la que hablo, la cifra resultante perdería una minúscula porción de su valor real, es decir, LOS DIENTES DE SIERRA de la operación conducirían a qué, en definitiva, a una verdad terrible; es imposible calcular el control al que nos vemos sometidos los adolescentes, uno llega a casa y la madre se pone a gritar porque su hijo ha suspendido la asignatura que imparte este general Estupefacto… ¿Os acordáis de su hija? – preguntó Joel.
— ¡SILENCIO! – gritó el profesor.
— Este es un general estupefacto que, sentado a la mesa de su tarima autoritaria y resbaladiza, piensa atónito sobre cómo su hija ha podido terminar así, una muchacha a la que habían criado lo mejor que habían podido, este señor que nos enseña a resolver complejas operaciones matemáticas ni siquiera alcanza a comprender que la forma en que se comporta con su hija, trasladando la posición autoritaria que tiene ante esta clase al salón de su casa… la familia se sienta allí y su hija, que ahora ha sido bendecida con el nacimiento de su hijo primogénito, permanece callada… – dijo Joel Estuardo.
— ¡FUERA DE ESTA CLASE AHORA MISMO!!! ¡ESPÉRAME AFUERA!! ¡¡TE QUEDAS SIN IR A LA EXCURSIÓN Y SIN PISAR EL POLIDEPORTIVO EL DIA DEL BAILE! – gritó el profesor, que había sufrido el monólogo de Joel Estuardo plegándose como si le hubiera acorralado en una esquina una noche en la que la luna se reflejaba en los charcos recorridos por barcos construidos arrugando el plástico de las chocolatinas, se había asustado ante la amarga perspectiva de que todo el instituto hablara sobre las actividades de su hija en el asiento trasero de un coche tuneado y cutre.
Ante la perspectiva de que Joel, el líder de nuestro curso, se quedara sin asistir al baile que habían programado en el polideportivo, lo cierto es que ni siquiera contrataban a un grupo, los altavoces retumbaban contra las paredes, nuestra clase barajó la posibilidad de boicotear el baile; una farsa inflada de hipocresía, negando nuestra asistencia como colectivo. 
Al final acordamos asistir.
Abrí el armario y busqué unos pantalones rasgados y una camiseta de Nirvana, Kurt Cobain se desgarraba frente al micrófono oteando el horizonte como si quisiera zambullirse en los furibundos gritos en los que prorrumpía el público. Saqué una chivata de yerba del cajón sobre el que descansaban los trabajos inacabados que debía entregar en clase y arranqué una parte del cogollo, que trituré con el grinder. Salí de casa y caminé por La Quinta, un jardín botánico abandonado al silencio de la noche, ensuciado de la hipocresía que apestaba la ciudad, donde todo era siempre relegado a la apariencia estéril, censurado y criticado; cualquier experiencia que desechara atenerse a los cánones establecidos era condenada sin miramientos. Aparté las húmedas ramas de un arbusto. Los bancos de piedra habían sido volcados y descansaban sobre el camino como barcos escorados en la tempestad.
Encendí el porro y unos cocodrilos empezaron a coletear, los cocodrilos de golosina verde a los que podía morder saboreando el sabor tropical de la lima, caimanes que abrían sus fauces y silbaban en el río, que yo había cruzado siguiendo un puente desangelado que se adentraba en la frondosidad del jardín abandonando las aceras… dos pasos eran la diferencia entre la parte blanca y la parte roja de la calzada; rectángulos dibujados en los planos que había adscritos a las calles, los planos seguían las trayectorias de todas las personas que habían transcurrido por allí pensando en sus problemas que surgían, en realidad, de la forma absurda en que piensan los adultos, que iban y venían apurados por la cantidad de tareas que debían realizar aquella mañana; papeles, multas, compras, reuniones y otra serie de tonterías, aquí y allá, al tiempo que los adolescentes se emborrachaban de vida en las zonas apartadas donde bebían la última gota de las sensaciones. Para nosotros, los adultos estaban muertos o eran unos zombies que siempre decían los mismo CEREBRO CEREBRO. La falta de libertad había hilado unas cuerdas a los brazos de los adultos convirtiéndolos en marionetas de un macabro teatro donde todos los actores estaban siempre sordos. 
Apagué el porro y entré en el polideportivo. Un idiota del grupo que preparaba aquella fiesta me pidió la entrada que había sido dispensada a todos los alumnos a los que se les hubiera permitido la asistencia.
— La he perdido… – dije.
— ¿Seguro que no te han castigado? – preguntó el idiota.
— Fijo – dije.
Le tapé la nariz a ese empollón y fui dentro. Me acerqué a una mesa que había sido inundada de refrescos y aperitivos, las cervezas sin alcohol se agolpaban en la esquina. Observé el polideportivo; Joel Estuardo no había llegado o no había conseguido acceder a la fiesta. Los muchachos éramos presa de la desidia, permanecíamos aburridos y sin ganas de bromear sobre aquella pantomima cuando el general Estupefacto, por desgracia, cogió el micrófono.
— Sé que estáis disfrutando, pero os ruego un minuto de atención. El curso ha sido muy productivo, habéis adquirido una sabiduría que, aunque hoy no os resulte demasiado útil, servirá para que os desenvolváis el día en que encontréis un empleo. Los profesores estamos satisfechos de vuestro comportamiento, aunque algunos han causado molestias al transcurso de las clases, entorpeciendo así el aprendizaje del resto de compañeros, lo cierto es que os merecéis esta noche, que es para vosotros. Si no me equivoco… – dijo el general Estupefacto.
— ¡AHORA! – gritó un compañero.
Entonces todos los compañeros nos unimos en un grito mudo, levantando las manos.
HUMMM HUMMMM NO NOS DEJÁIS HABLAR.
Joel Estuardo se parapetó tras un grupo de compañeros que empujaron al empollón que pedía las entradas en la puerta. Fue hacia la mesa, abrió una cerveza sin alcohol y escupió ¿PERO QUÉ…? VEEEAMOS EL GENERAL ESTUPEFACTO DIRIGIENDO A SU TROPA, PERO ESTE ES NUESTRO DÍA Y PIDO LA PALABRA. Joel le arrancó el micrófono de las manos al general Estupefacto y dijo:
— Probando, probando… Bien, me gustaría explicarle a nuestro profesor una teoría matemática… me refiero a las curvas de indiferencia, las curvas de indiferencia son la representación gráfica de nuestra desidia no sólo hacia las estupideces que dictas, querido general Estupefacto, ni siquiera sabes enseñar y eres profesor… ¿Tú qué vas a enseñarnos? Estamos hartos de que hables de lo mediocres que seremos en el futuro. El futuro lo construiremos nosotros. Acabaremos con gente como tú, necios adultos que se han olvidado de vivir. Pero los adolescentes sabemos muy bien que el camino es defender nuestros valores, entre los que predomina la libertad… y ustedes no nos dejan ser libres, nos encierran en este instituto construido con la funcionalidad represiva de la cárcel, los barrotes condenan nuestras ideas, los muros de piedra… todo nos recuerda el presidio al que nos sometéis… a lo que iba, nuestra desidia se dirige también contra el jefe de estudios y contra el director, contra los borregos de la juventud tecnológica y, ante todo, lo que más indiferencia nos produce, es la forma en que actuáis los adultos… Sí, sí, perfecto, las mesas primero – dijo Joel Estuardo.
Un grupo de compañeros había volcado las mesas y las botellas se esparcían por el suelo. Salté y arranqué el ridículo cartel de la fiesta. Tiramos botellas y piedras al marcador que se alzaba en las paredes del polideportivo y derrumbamos las porterías.
El general Estupefacto salió corriendo.
 Nota: en el este relato se hace referencia a Desidia, una organización radical formada por adolescentes que le han declarado la guerra al mundo adulto, jóvenes que se organizan con el objetivo de derrumbar el régimen del 78, liderada por Joel Estuardo, que se adentra en disparatadas misiones en el Manifiesto ni-ni, novela de próxima aparición.