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Siguiendo a pensadores como Herbert Marcuse o Freud, usaremos la acepción de cultura como civilización, y evidentemente nos referiremos a la civilización occidental; otras culturas, estudiadas por la antropología, difieren de la nuestra en la estructuración social, asignación de roles y significación del lenguaje entre otras cuestiones.

La importancia de analizar las formas de reproducción cultural proviene de que el capitalismo se afianza no sólo en el sistema económico, en la desigualdad y la explotación de la clase trabajadora, sino también en el desarrollo de los mecanismos de dominación; las prácticas de biopoder que analizó Foucault, los canales por los que fluye la represión, expuestos por Gilles Deleuze y Félix Guattari, el influyo y la dirección de los procesos de formación de la psique del sujeto, que ya apuntó Freud en El malestar de la cultura, constituyen algunos ejemplos de la dominación capitalista, que se amolda a los cambios históricos, fortaleciéndose y construyendo una sociedad en la que el individuo es cosificado y convertido en objeto de la opresión.

¿En qué periodo histórico deberíamos estudiar la dominación cultural? Por una parte señalamos a la Primera y la Segunda Revolución Industrial como los periodos en el que acaban de instaurarse las formas de dominación cultural, provenientes del debate científico, en que cualquier disciplina quiere constituirse como verdad y el saber popular queda relegado. Mediante la automatización del proceso productivo y la expansión de la economía industrial surge el hombre – máquina, que se acopla a los aparatajes de producción como si fuera un eje de la cadena; fluyen la enajenación, los códigos sociales y la subyugación. Tienen lugar transformaciones sociales que configuran el antecedente de la estructuración social actual. Por otra parte, algunos autores se retrotraen a la aparición del Estado; pero no es hasta la superación del feudalismo cuando se produce la quiebra de los códigos. El Estado era […] esta unidad abstracta que integraba subconjuntos que funcionaban separadamente; ahora está subordinado a un campo de fuerzas cuyos flujos coordina y cuyas relaciones autónomas de dominación y subordinación expresa. Ya no se contenta con sobrecodificar territorialidades mantenidas y enladrilladas, debe construir, inventar, códigos para los flujos desterritorializados del dinero, de la mercancía y de la propiedad privada (1). De esta forma, no deberíamos estudiar la civilización a partir de las revoluciones industriales. Los primeros movimientos se darían en la privatización de la propiedad y la aparición de los flujos monetarios, aunque para nuestros escueto comentario nos referiremos al periódico histórico de la Segunda Revolución Industrial.

El motivo de que escojamos la Segunda Revolución Industrial se encuentra en que si nos retrotraemos más el análisis se alargaría demasiado, además de que resulta bastante ilustrativo. Durante dicho periodo, comprendido entre 1870 y 1914, se transforman las estructuras productivas, teniendo lugar un gran cambio en las telecomunicaciones; aparecen el teléfono, el telégrafo o la radio, sin olvidar la utilización de nuevas fuentes energéticas o los cambios en los transportes. En Nueva York se levantan los rascacielos; los tractores surcan la tierra; aparece el cine; se producen grandes migraciones y, en definitiva, se instaura el capitalismo que hoy conocemos. Aunque el sistema político ha cambiado desde entonces, continúa el proceso de dominación cultural.

En la cultura occidental, el ser humano es incapaz de desarrollarse y alcanzar la libertad, debido a las poderosas enajenaciones a las que se ve sometido. Acaba siendo, la mayor parte de su tiempo, un medio de producción más; el lenguaje lo atestigua, mercado de trabajo, capital humano, recursos humanos para las necesidades exclusivas de la industria constituyen sólo algunos ejemplos. De forma que una de las aspiraciones de la izquierda fue y sigue siendo invertir la relación desfavorable entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio, de modo que el individuo o la colectividad puedan emplearse en la creatividad y la liberación de la imaginación, en el desarrollo de los anhelos que alberga el propio sujeto, en la lucha política. Pero el trabajo y la economía han cambiado desde la Segunda Revolución Industrial, orientándose hacia la tecnología, la especialización y la publicidad, que genera necesidades para engrasar el motor del consumo. Así, el ser humano es esclavo de los medios de comunicación y la publicidad, y la mejor forma de comprenderlo es estudiando un paisaje de psicosis consumista, donde se agolpan cientos de personas para adquirir un producto que no necesitan, peleándose por adquirir la última unidad disponible. Igualmente se plantea otra pregunta ¿La tecnología se encuentra al servicio de los intereses del sujeto o acaso supone únicamente otro de los mecanismos del capitalismo? Lo cierto es que la innovación tecnológica y la era digital se encuentran al servicio de las grandes corporaciones, que se enriquecen a costa de la explotación del proletariado. Un claro ejemplo es que las empresas han convertido en un inmenso mercado a internet, cada vez más controlado por el Estado, que salvaguarda los intereses de los burgueses.

El sistema se sirve de los trabajadores que ponen en funcionamiento la rueda, sin dejar que cese el movimiento; trabaja más para consumir más y ser más feliz. Antes, dichos trabajadores han estudiado en unos centros donde se reproduce la estructura social y se asignan los roles que cada uno ocupará después en el proceso productico. Según Paulo Freire, todo acto educativo es un acto político. La escuela y la universidad constituyen espacios de formación ideológica. El capitalismo despliega mecanismos de poder, articulando la reproducción de una estructura social indispensable para su permanencia. Una parte significativa del proceso de socialización se realiza en las aulas, de modo que los estudiantes dotan de significado social al lenguaje, interiorizando conceptos como la disciplina, recibiendo su función existencial (nace-estudia-produce-consume-muere). El conocimiento técnico se orienta a la producción. La evolución de los planes de estudios demuestra que las carreras orientadas al análisis social tienden a desparecer; el pensamiento crítico y el marxismo han sido eliminados. Además, las teorías económicas se aplican a las disciplinas sociales, como si los sujetos fueran mercancía y la comprensión de la realidad política pudiera obtenerse gracias a las mediciones aplicadas por los economistas neoliberales. De hecho, numerosos economistas que estudian el libre mercado han transformado a la Ciencia Política en un campo de análisis economicista; consumo y mercado electoral, mercadotecnia de campaña, cliente del Estado, entre otros conceptos. En estadística la clase social se define por el nivel de acceso al consumo y no por la relación con los medios de producción.

Las fábricas y los centros educativos constituyen el campo donde el capitalismo alimenta su cuerpo; la dominación de la cultura occidental se manifiesta llegando a dirigir al ser; sus aspiraciones y apetitos, valores y códigos, creatividad y el curso fantasioso de la imaginación, de modo que el sistema programa a sus esclavos. La cultura resulta fortalecida por la práctica de los mecanismos de poder y las formas de dominación que, según Marcuse, han cambiado: han llegado a ser cada vez más técnicas, productivas e inclusive benéficas; consecuentemente, en las zonas más avanzadas de la sociedad industrial, la gente ha sido coordinada y reconciliada con el sistema de dominación hasta un grado imprecedente (2).

Siguiendo los conceptos freudianos, el individuo se ve sometido a la represión básica y excedente. No vamos a explayarnos aquí acerca de la filogénesis (origen de la civilización represiva) y la ontogénesis (origen del individuo reprimido) puesto que estos conceptos han sido estudiados por otros autores, pero sí que debemos comentar el principio de Nirvana, que sería aquello que nos impide (desde la conciencia) realizar lo que realmente nos gustaría hacer; porque el ego lo rechaza, dado que ha asimilado ciertos flujos sociales, o porque la conflictividad entre psique y soma son tangibles en las violentas contraposiciones entre los principios de placer, de actuación, de realidad y de muerte. Los instintos básicos del hombre, que contiene el principio del placer, son maniatados y sustituidos por el principio de actuación; ahí mana la represión. El hombre está definido funcionalmente por el sistema y la sublimación al principio de actuación conlleva que el dolor supera al placer, el trabajo supera al ocio y a los deseos que nacen sin la implicación de los rudimentos de la civilización. Esto último es accedido por el hombre, dada la conciencia del mismo que acepta que debe reprimir los deseos existenciales, eróticos y libidinosos y que transigir plausible e irremediablemente su preestablecida tarea socio-productiva. El ser humano cree que debe someterse y desarrollar su libertad en un coto ficticio, donde sus movimientos están controlados.

En relación con el sistema político, la idea de democracia está completamente viciada; se ha convertido en un medio manipulador del capitalismo para legitimarse y difuminar el antagonismo de clases sirviéndose de la quimera de que todos los ciudadanos son capaces de influir en la política; cuando lo cierto es que una élite controla el mapa político, excluyendo a quienes no interesa que participen. La democracia liberal que predomina en Occidente reprime de forma imaginativa y sibilina el nacimiento de nuevos modelos sociales o económicos, al enajenar y persuadir a las masas con sus distintos métodos: medios de comunicación, hegemonía ideológica, sistema político no representativo ni justo, moral y religión, el control de la significación social del lenguaje, la educación en función de las necesidades productivas… entre otras articulaciones que reviste como inherentes a un sistema incontestable. La educación en el sistema capitalista sirve para formar a los niños en la maximización de su función de utilidad productiva. Sirve para formarles una moral y una ética fundamentadas en el modelo socioeconómico actual; como ejemplo podemos citar que la holgazanería posee desde la irrupción del capitalismo unas connotaciones negativas, dado que a la cultura le interesa la explotación mediante el trabajo.

NOTAS:

  1. Deleuze, G. y Guattari, F. (1972) El Anti Edipo. Colección Capitalismo y Esquizofrenia. Paidós año 1972.
  2. Marcuse, H. (1955) Eros y Civilización. Edición consultada: Ariel (2003).