image_pdfimage_print

Por segunda vez en lo que va de noche, llora de emoción la guitarra que sigo tocando desde que  viniste para quedarte. Mis dedos frotando las cuerdas son como versos convertidos en melodías que se transforman nota a nota en pequeños trocitos de existencia que se cuelan en mi aliento, cada vez que te acercas, que me miras, que me besas.

Todo aquello que me decían era cierto, que cuando alguien decide que no quiere quererte más aparece otra persona dispuesta a acariciarte el alma en cada beso, y cuanta razón tenían aquellos locos que se empeñaban en cantarle a la vida como si de repente dejáramos de estar paso, como si por arte de magia este juego fuera eterno y nunca fuera a terminar.

Hemos vivido tantas cosas, nos hemos empeñado en querernos tanto que parece imposible que la felicidad por fin haya decidido presentarse y ser tan educada como la pintaban los soñadores. Y con todo lo que la vida nos ha quitado. Con la de cosas que la infancia nos ha robado. Con la de malos ratos y manías que decidieron infundarnos aquellos que nos cuidaron.

Y como decía aquella canción de cuyo autor no quiero acordarme: De vez en cuando la vida, nos besa en la boca. Y después de la vida, llegas tú. Tan dispuesto a abrirme los ojos, a llenarme de fuerza, a disipar todas las dudas que un día se clavaron como puños vestidos en la autoestima de aquella chica que fui y que dejé de ser para convertirme en la reina de nuestro propio castillo.

Cuantas cosas perdemos por miedo a perder y cuantas cosas ganamos sin miedo a ganar, nos queda tanto por vivir que sólo espero que por una vez, la vida se porte bien contigo, conmigo.

Como dice el verso de la canción de Sabina que tocaba al principio mientras mi guitarra lloraba de felicidad: “Dos no es igual que uno más uno” y nosotros podemos gritar bien alto que ya somos uno.