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— Siento comunicarte que alguien cortó los frenos del coche de tu padre, y ha tenido un accidente— dijo uno de los agentes.
— Ya lo sabía, me llamó mi madre. Espero que papá se recupere pronto.
— Nosotros venimos del hospital
— Yo estuve antes. El médico dijo que se recuperaría, aunque con el paso del tempo, claro — dijo Ricardo
— ¿Le importa que le haga unas preguntas? Tu padre es profesor en un colegio católico de la ciudad ¿Cómo es su relación con los alumnos y el resto de docentes? — preguntó el agente.
— Sabe más que los propios libros y enseña muy bien, se doctoró en historia del arte. Los alumnos le aprecian — dijo Ricardo.
— Curioso — dijo el agente, que echó una mirada a su compañero, quien había estado investigando por toda la casa y luego se había acercado a la cocina, donde Ricardo se incomodaba cada vez más.
— Más que curioso, amigo — dijo el otro agente.
— El resto de tus compañeros nos han dicho que tu padre es odiado en las clases, por su comportamiento autoritario y agresivo. Además, otros profesores nos han hablado de los problemas que han tenido con él. ¿Cómo una persona como tu padre, que es doctor y todo — el agente sonrió un instante— puede granjearse tantos enemigos?
— Mis compañeros dicen que es un hijo de puta porque les suspende y les tiene así — Ricardo levanto el dedo índice, rígido, y apretó los dientes.
— ¿Y qué tal se lleva tu padre con los vecinos?
— Ha tenido algunos roces, normal…
— Ya hemos ido preguntando por el barrio, tu padre es un tipo bastante conocido por aquí, fue presidente de la comunidad y entonces hubo fuertes discusiones con el matrimonio del primero. ¿Cómo se lleva con tus hermanas?
— Las quiere un montón.
— ¿Y con tu madre?
— ¿También han hablado con ella?
— Sí
— ¿Entonces para que me lo preguntan?
— Queremos saber tu opinión
— Mi madre es una persona muy tímida, retraída, cerrada, ya saben. De ese tipo de gente que nunca sabes que está pensando, pero imaginas que no lo deben pasar mal del todo…
— Queremos solucionar este caso, Ricardo. Tu padre tiene muchos enemigos. Esta vez se ha salvado, pero si no detenemos a quien le ha hecho esto, quizás a la próxima no falle en su propósito de matarle. Y te quedes sin padre — dijo el agente, que lo había dicho para estudiar la reacción de Ricardo —

En el rostro del muchacho se dibujó una extraña mueca; facciones entrecortadas, como a medio camino. El reflejo involuntario respondíó a que había imaginado a su padre ya fuera de escena.

— Volvamos a la relación que tiene tu padre con tus dos hermanas y contigo.
— ¿Acaso sospechan de alguien de esta casa? — preguntó Ricardo.
— No es que desconfiemos — mintió el agente—, pero no creemos que ninguno de los compañeros de tu colegio hayan sido capaces de entrar al garaje de vuestra casa y cortar los frenos.
— Esto reduce las opciones — dijo el otro agente —. Pero todavía nos deja con la posibilidad de que, a causa de las broncas y amenazas de tu padre hacia los vecinos del primero, éstos se hayan tomado las cosas de mala manera. ¿Qué piensas de esto?
— Pero volvamos a lo anterior ¿Cómo es tu relación con tu padre? Por cierto ¿Me dejas tu cartera un momento? Antes he pasado por tu habitación a echar un vistacillo ¿Por qué no tienes ninguna fotografía de tu padre en tu cuarto?
— …
— Por lo que veo aquí tampoco tienes ninguna de sus fotos, ni tampoco llevas el recuerdo de tus hermanas. Sólo he visto una de tu madre.
— ¿Y qué?
— ¿Has discutido con tu padre hace poco?
— No
— Muchacho, no deberías mentirnos.
— No les miento
— Ven aquí un momento — los agentes y Ricardo fueron al salón—. ¿Ves esos huecos en la pared y la pintura desconchada? ¿Qué milongas nos pretendes colar? Queremos ayudarte y ser tus amigos, pero para eso debes confiar en nosotros.
— Tengo que irme
— ¿Adónde?
— Al colegio.
— Tú tranquilo. Ya hemos hablado con el centro, y avisado de que no ibas a acudir. Ahora necesitamos que seas sincero con nosotros. Cuéntanos quién arrancó el radiador del salón y qué pasó en la bronca que tuviste con tu padre — dijo el agente.
— ¡Vale! ¡Maldita sea! Yo arranqué el radiador y se lo tiré a mi padre, casi le mato. Pero es que él había empezado a darme de hostias. Se puso como un loco, perdió los estribos y me dio un puñetazo en el estómago. Entonces caí al suelo y empezó a darme patadas. Pero algo dentro de mí se incendió, fue como una explosión de dolor, seguida de una cálida oleada. Con que cuando me dejó en paz, gracias a que mi madre se interpuso, me levanté y arranqué el radiador… ¿Iré a la cárcel?
— Tranquilo, eres menor de edad y tu padre no ha presentado denuncia. ¿Te ha agredido en más ocasiones?
— En esta casa, que mi padre pierda los estribos es normal. Pero mi madre no suele entrometerse porque piensa que así estropeara las cosas, más bien porque a ella también la tiene presa.
— ¿Y con tus hermanas cómo se comporta?
— Les llama sus dos princesas. Son dos pijas relamidas, caprichosas y quejicas, que siempre han contado con su atención. A ellas no las puesto la manos encima, pero a mí y a mi madre nos ha puesto finos a hostias — dijo Ricardo.
— Verás; en España, por desgracia, estos casos de violencia doméstica son más habituales de lo que pensamos. No te sientas solo, hay mucha gente que lo ha acabado superando. Pero necesitamos que seas fuerte y sincero. Por el momento, hemos hablado con tu madre y no quiere denunciar las agresiones; por el momento, acudirá a terapia psicológica y estará con otras mujeres que han pasado por lo mismo. Quizás dentro de no mucho, acabe denunciando. O no, quién sabe — dijo el agente.
— ¿Y yo puedo denunciarle?
— Al ser menor de 18 años, debería acompañarte tu madre.
— Entiendo… por cierto, no les he preguntado. ¿Quieren beber algo?
— Café.

Los agentes y Ricardo volvieron a la cocina.

— Vamos al grano — dijo el agente—. ¿Qué hiciste el lunes entre las 7:15 y 7:45 de la mañana?
— Dormir
— No nos decepciones, Ricardo.
— Hablando con el matrimonio del primero sacarán mucho en claro. Siempre sospeché que, el hecho de que mi padre les obligara a pagar la parte de la derrama, ya saben, para construir el ascensor, hizo que le odiaran a muerte.
— No has respondido a la pregunta.
— Sí he respondido; dormir
— ¿De verdad? — preguntó un agente.
— A ver chaval, ya me estás empezando a tocarme las pelotas — dijo el otro agente—. Tu padre salió hacia el colegio a las 7:50, condujo bajando por el Crucero hasta que trató de frenar antes del Bulevar, pero los frenos no funcionaron porque alguien los había manipulado, y suerte tiene de estar vivo. ¿Has pasado por allí? La sangre sigue esparramada cerca de la pared contra la que se estampó. Quizás pudo ser durante la noche, porque hasta entonces el coche había funcionado muy bien. Tú dices que estabas dormido, pero eres el principal sospechoso.
— ¿Por qué?
— Hemos corroborado la coartada de los vecinos del primero, e interrogado a los profesores con quien tu padre tiene problemas. Al parecer es un cabrón que se pasa con la mano dura. ¿Y sabes cuál es el problema de fondo de todo esto, Ricardo?
— Que quienes pagáis sois los hijos. No pareces mal muchacho, joder, habrás tenido que resistir y resistir los embistes de ese macabro dictador. Mira; dinos la verdad, y te ayudaremos a denunciarle si es lo que quieres. Tu madre tendrá que acompañarte; nosotros la convenceremos. ¿De acuerdo?
— …
— ¡Vamos, joder! ¡No es tan difícil!
— Vale, disparad — dijo Ricardo, pensando en la denuncia que iba a ponerle a su padre por los malos tratos —
— ¿Fue por la bronca del radiador?
— Donde las dan, las toman. ¿Entienden?
— ¿Verdad que le cortaste los frenos, Ricardo? Venganza, odio. ¿Crees que durante algún instante has podido burlar a la policía, burlarnos como si tuviéramos catorce años?
— …
— ¡Contesta, vamos, maldito cabrón!
— Déjeme, joder.
— ¡Responde de una vez! ¿Cortaste los frenos, a que sí?
— Ustedes no lo entienden
— ¿Qué es lo que no entendemos? Tampoco es que seamos los investigadores de CSI, pero vamos; si nos lo explicaras, creo que lo entenderemos.
— ¡Iba a matarme! Si no le hubiera parado mi madre, ahora estarían enterrándome con cara de tristeza cuando en realidad lo que ocurre fue que él, mi padre, dictador, soberano, rey y emperador de esta casa, profesor, doctor, sabio y mandatario y golpeador, no quería tener hijos y mucho menos aceptar que fueran a ser libres, diferentes, independientes; me cago en su puta madre, y en su puto padre joder; mi abuelo le cascaba y él ha seguido la tradición de poner los ojos a la funerala cuando las cosas se tensaban un poco en la familia — dijo Ricardo
— Lo sentimos, chaval. Y lo entendemos.
— … —Ricardo había derramado algunas lágrimas, recordando como su padre había intentado matarle—
— ¿Y por qué tuviste que cortarle los frenos? ¿Qué arregla eso?
— Ya se lo he dicho; donde las dan, las toman. Quiero decir; él, mi padre, puede ser malo y por eso tiene a los alumnos más rebeldes metidos en verada. Pero yo, puedo ser peor.