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El amor es, como bien saben Lope y Paul -ambos lo probaron-, contradictorio. La identidad de género es, como bien sabe Paul -que lo ha probado- contradictoria. A ninguna de las dos Platón las quiere. Ninguna de las dos son mensurables, ni rigurosas, ni fungibles. Ambas son dúctiles, pero se comprometen. Ambas son frágiles, pero supervivientes. Y ninguna es lo que de ellas se dice en congresos, dibujos o revistas. No acabemos con los limoneros por el simple hecho de que sólo hayamos conocido el limón exprimido en nuestros ojos. Exploremos lo inexplorado, por superficial, por contradictorio, por poco riguroso, por inesperado. Un día cualquiera aprenderemos a hacer limonada, sin quitarle la razón a los que dicen que el limón escuece.

Ser nominalista en términos filosóficos te entrega de verdad lo que te quita de ternura. Y la verdad es una farsante que está lejos de contonearse como lo hace la ficción. Y yo, que huyo del dolor como del fuego sagrado de los dioses, sé que aquel es innegable en el amor, y éste necesario para comprender el deseo. Y voy por eso negociando también conmigo.

Escribo esto desde el amor. Soy un hombre enamorado. Y escribo esto también desde la ficción. Soy un hombre ficcionado. Soy un hombre ficción. Soy un hombre protésico. La ficción es una prótesis del deseo y el amor es una prótesis del amor. Podréis o no sintonizar con mis palabras, pero nada de lo que digo es mentira, porque lo que cuento no tiene un color que esté recogido en un pantone. Simplemente, no responde a las categorías verdad/mentira tal y como las conocemos en esta suerte de invención despoetizada a la que llamamos realidad. Escribo lo que escribo desde la propia escritura, que no deja de ser también un código protésico. Un paquete de elementos articulados que se organizan en función de las necesidades contextuales. Como mi cuerpo, como mi género, como el amor. Yo no quiero destruir el género, sino que otros géneros sean posibles, convivenciales. Yo no descreo del género porque no sé andar con tacones, y me parece realmente insolente decirle a quien performa el género que el género no existe. O decirle a Cervantes que el Quijote no existe. O a los millones de lectores que tiene y sigue teniendo. El género existe, pero tal y como está concebido, el género atenaza. El amor existe, pero tal y como está planteado -platoneado-, el amor es, claro que sí, «un bosque de llamas».

Paul B., desde su nuevo nombre, ha creado un texto que es un tributo al amor, porque abre, en realidad, la ventana, a otros amores posibles, a otras nuevas maneras de amar, y a otros horizontes de expectativas respecto al amor. Paul, como yo aquella noche en la que los camellos parecieron esfumarse para siempre, ha abierto la puerta a la ficción -un texto literariamente maravilloso-, y de la ficción al amor, hay apenas una metáfora. Porque la ficción es especialista en escudriñar cada rincón de esta cartesiana realidad neoplatónica y siempre encuentra la manera de inocular polvo de hada (somos nosotros) entre las grietas de los socavones que dejan las heridas sin cerrar. A veces basta escribir a mano la carta a SS. MM. A veces, servirse y tomarse uno mismo tres copas de champán tiene la dosis justa de magia y de ternura para seguir sacando brillo a los zapatos, para seguir haciendo limonada y no ya crear o descreer del género o el amor, sino hacerlos, al cabo posibles, porque las metáforas eran esto, otros géneros y otros amores.

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