image_pdfimage_print

 

Tal día como hoy, un 10 de julio, de 1099, murió el Cid, que quiso ser Aquiles y solo llegó a ser zombi sobre un caballo encabritado, señor de infieles cuando le expulsó su propia tierra, hoy casi despoblada y aun medieval en gran medida; héroe del inframundo con espada de tinieblas, arquetipo de viejo cristiano castellano que simboliza una España moribunda, como él mismo, ya muerto, sobre su caballo enloquecido, avanzando sin control sobre un enemigo imaginario. Mientras los bárbaros enviados por la Iglesia masacraban a todo ser vivo en Jerusalén durante la primera Cruzada, los sitiadores de Valencia presenciaban la resurrección descrita en el Apocalipsis, pensando que tras él llegarían los fantasmas vengadores de la Iglesia. Tenían razón. Esos fantasmas aún viven entre nosotros, y no ha habido exorcismo alguno que les haya hecho regresar a sus tumbas. Curiosamente, hoy su estatua señala con su espada al Museo de los Orígenes, donde el hombre de Atapuerca nos cuenta su pasado caníbal. Es el fin de la Historia, aunque no el que Fukuyama predijo.