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El sol era el primero, aún guardando las mas delicadas formas de etiqueta, en colarse por la hendija de la puerta y perturbar la celosa intimidad de Ezequiel.

La luz, llevaba ya desgastando en unas cuatro vueltas completas, la aguja pequeña del reloj, y los puerros de las huertas de Silió, sentían el ultimo escalofrió matinal, que significaba caer, diluidos por la tibieza, los imberbes cristales de hielo que nacían y morían rápido, pero aun persistían salpicados, en su reino de surcos torcidos, disyuntivos y ambiguos, como si de Van Gogh fuera la escena.

Ezequiel bajó, por la estrecha escalera que salía de su habitación, , agachándose siempre en el mismo escalón, para evitar por antonomasia de décadas, darse un golpe en la frente, donde su cabeza o la viga de madera que atravesaba a la misma altura, cruzaban sus caminos con recelo, sabía él, que desde generaciones.

En la cocina ya, dio una pequeña patada a modo de atizar el caldero y se sentó.

Estaba malhumorado, cosa que para cualquier mortal fuera de esta aldea hubiera sido una indiferente revelación, pero Ezequiel sabía, hacia varios calendarios, que era comidilla de charlas abanicadas y veraniegas, de mal guisadas y sosas viejas vecinas, que vivían a pocos adoquines de él, y a mayores acababa de enterarse, que a la salida de la Iglesia, estas harpías lo habían etiquetado, como a una oxidada pieza del Museo del pueblo, de viejo terco y manioso. Ya el amargo ágape de todo, eran las burlas de algunos chavales, que habían hecho un reino maligno de su excentricidad ermitaña y que terminaban, al pobre anciano, de mortificarlo.

Mientras sentía los molares en su cabeza, masticar todo esto, reposando en su silla de viejos y grasientos cojines apretados, se quedó mirando un azulejo vacío. A medio camino del leñoso calor, tan solo a unos centímetros del apagado esmalte que miraba, en un plato, una ristra de tres chorizos españoles, dejaban ver entre un invasivo moho, el ladrilloso tono del fruto de la Vera extremeña. (1)

Hacía tiempo, que se sentía invadido. Había dejado de hacer sus matinales caminatas solo por estar en la casa y pillar desprevenido al ladronzuelo, que no con la constancia de todos los días pero si de varios a la semana, le robaba uno de sus chorizos del plato, colándose como el sol por la puerta entreabierta.

Quién sería? Rumiaba con lentos movimientos de su tic de lengua.

– Como lo pille al chaval me da todo igual. Ya habló, con un tono apagado y amenazador, que sonó como si lo hubiera pronunciado por la noche, en un tenebroso granero. Sin salir de su silla, alargó el brazo derecho hasta un armario, quito el pequeño gancho, a modo de traba, oxidado pero en una intacta y brillosa capa aceitosa, con ocasionales y minúsculas pelusas, de las que jamás en toda su vida reparó. Sacó con su gruesa y apelotonada mano del reuma, de una sola vez, un maletín de termitosa madera de Abedul y una escopeta.

Hacia arriba de su cabeza se estiró y cogió de un empapelado estante, una maltrecha bolsa de sal gorda (gruesa), dejando una planicie de bizarros motivos y dibujos del papel, desiertos.

En una pequeña mesa, a su izquierda, dispuso todo para ejecutar su plan.

Tomó entre sus dedos un vacío cartucho, como de fibroso plástico verde, con el improvisado medidor de alambre y tapón metálico de insecticida flit, midió una carga de caducada, y sin humo, pólvora negra, así lo detallaba, su barnizada en sepia etiqueta, la derramó dentro del tubito, la comprimió con la debida y pesada herramienta, colocó un pequeño taco de fieltro, y granos gordos de sal, que calculó, a ojo.

Con la punta de su lengua fuera, apretada en asfixia por sus concentrados labios, pensaba en la que él llamaba: “ metida de su hermana” que ya por séptima vez, le había rogado que dejase la puerta cerrada y listo. Pero Ezequiel estaba convencido, de que su hermana no tenia códigos ni respeto con la memoria y enseñanza de sus mayores. Sus pensamientos se referían a que él, Ezequiel Teheran Sáiz, ni reencarnado cerraría la puerta nunca, porque como sabiamente le decía su abuelo, el que con sus manos había horneado y colocado las ya jubiladas tejas, que le daban cobijo, oyendo en el pasado su voz, se emocióno “…Ezequiel, niño, ven aquí, ven, no vuelvas jamás a cerrar del todo la puerta, porque tienes que saber que el diablo cuando pasa por las calles, si ve la puerta de una casa abierta, sabe que es de gente despreocupada porque le roben, no les importa lo material y por lo tanto tienen fe, es muy difícil tentarlos, y el diablo es vago y sigue de largo, pero cuando ve la puerta de una casa cerrada, se dice maliciosamente para sí, aquí habitan gentes avariciosas, que seguro tienen mucho y a nadie dan, estos son fáciles de tentar, y entra, porque el diablo puede atravesar puertas Ezequiel, recuerdalo siempre hijo….”

Ya con la palanca abajo de una portátil y vintage prensadora de cartuchos, cargó el corrosivo proyectil y cerro su ya amartillada escopeta.

Esperó. Fija su mirada en la puerta, frente a sus ojos se mezclaba la somnolencia y el ronroneo de lejanos tractores arando. – No! Esta vez con un par de cojones que no me duermo, afirmó.

Volvió a esperar. De pronto, en el haz de luz entrando por la puerta, sobre el suelo betún, una extraña y deforme, sombra irrumpió, temerosa y calculadora.

Acercándose la cautelosa y extraña forma, Ezequiel apuntaba a la altura de la marmórea mesada, que soportaba toda esta desafortunada escena sosteniendo, el plato con los chorizos. Le voy a dar justo en los dedos pensó, e inclinándose para coger mejor ángulo, trémulos sus tendones, tiraron del gatillo.

El salobre estampido del calibre doce, dio borrando parte del moho, de los desacomodados embutidos sobre un plato que pegó contra la cercana pared de azulejos. El resto quedó penetrando la superficie de la puerta, que se cerró bruscamente y se volvió abrir dejando ver una escena que lodejó helado. Verdaderamente seré un viejo loco pensó al segundo, mientras un aterrorizado y afónico cuervo, batía hojas y aire desde el suelo, echando a volar.

Esto es el principio de algo grande, algo grande para vos! Dejando afuera todo lo demás. Te amo y seguí con este descubrimiento que te devuelve la vida y todas las ilusiones puestas en ella. Animo a seguir …

te amo Virgi.

Yo también te amo, con todos los medios que humanamente tengo y más…

Gracias Dios, !! Padre, Hijo y Espiritu Santo, porque siempre estuviste, no me fallaste. En el nombre de Jesucristo, Amén x siete.