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Existe una esfera de la vida gay que no sale en las guías, que no está patrocinada por el dinero rosa, que tiene mala fama, que no nos da buena imagen, y que es gratis: ligar en los váteres.

Desde no se sabe cuándo muchos gais se pasean por los váteres de las estaciones de trenes y autobuses del mundo para ligar. De Guatemala a Corea, de Burgos a Noruega, entramos en silencio simulando mear, miramos al hombre que está a nuestro lado usando un código binario simple: si termina de mear, no entiende; si permanece indefinidamente a tu lado simulando mear, entiende, y empieza el juego. Es una escena sin palabras, sin nombres, donde se goza mirando al otro, con la expectativa del sexo, con la excitación de un ligue.

Se supone que el ligue de váter es el último recurso (“lo más bajo”), la última esperanza para esos gais que viven fuera de los guetos rosas -o sea, la inmensa mayoría-: los gais de los pueblos y de las ciudades pequeñas, los gais del armario empotrado, los casados, los viejos, los vergonzantes, o los que no tienen dinero para pagar las discotecas de moda. Se juzga moralmente esta conducta -y lo que es peor, a esas personas- (incluso desde el mundo gay), se considera un ligue cutre, un mundo chungo y sucio, gente rara, o paleta. Sin embargo, los váteres públicos son un lugar de aventura, de excitación, de desafío, de juego, una faceta más del ligue, sin los adornos (y las clavadas) de los bares de ambiente ortodoxos.

A pesar de los intentos de la policía y de las autoridades para combatir a esas plagas de maricones que infectamos los váteres (se van cerrando los que eran públicos, los guardias jurados merodean por los de las estaciones -y alguno habrá ligado, y nos alegramos-), una y otra vez los reconquistamos, para desesperación de los garantes del hétero-orden público.

El ligue de váter, se practique de manera vergonzante o gozosa, amarga o alegre, es un espacio de subversión, que no se puede controlar, ni ordenar, ni cerrar, ni comercializar (aunque todo llegará, quizá las empresas rosas empiecen pronto a esponsorizar váteres públicos de diseño que se abran sólo con la VISA Navratilova).

En este territorio mudo, ¿quién me impedirá mirar al de al lado, quién nos impedirá quedarnos allí largo tiempo si nuestras miradas coinciden?