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Llegó de una relación inesperada, y aunque fue acogido en su entorno más cercano, bien podía haberse quedado, tal aseguraba la ciencia genética, en una pérdida de espermatozoide, sin llegar éste a fecundar el óvulo que, sabio y acogedor, ignoraba las extrañas maniobras de la naturaleza.

Él se notaba diferente, y si no se veía en su entereza se lo hacían percibir los otros: “El tonto del barrio”, le llamaban incluso sus hermanos.

Si preguntasen a sus convecinos nadie podría nómbralo con su nombre de pila, de ahí que su apodo continúe siendo “El Llegado, aunque sus progenitores lo registraron con el nombre de Bienvenido. Y bien hallado estuvo entre los brazos paternos mientras éstos se abrían o cerraban con sincera ternura, siempre entre el deber de la aceptación, que para eso lo habían recibido de Dios.

Cuando sus padres murieron, Dios ignoró la responsabilidad de su mandato.

Bienvenido tenía algunas singularidades físicas, y su capacidad mental no era completa; no obstante fue capaz de comprender las enseñanzas que sus padres le ofrecieron: aprendió a leer y escribir, no con certeza, pero sí para lograr descifrar un cuento, o la suma y distribución de las peras de un peral, aunque si le preguntaban por el peso del saco de grano que solía cargar sobre sus espaldas, él, con serenidad y respeto hacia la malicia de la pregunta, siempre respondía: –mucho, pesa mucho –y de nuevo se adentraba en su propia risa, como si ésta fuera la carcasa acogedora de su espíritu; feliz de apariencia.

A veces se le oscurecía la mirada, pero no el pensamiento, ya que cuando la tristeza lo asaltaba su razón era más lúcida y ofensiva, porque, imprevisiblemente, les decía a sus padres.

–Siempre se engendra sin pedir permiso al ser concebido… ¿Os preguntasteis, en algún momento, si mi deseo sería estar aquí? ¿A qué ley me puedo acoger? –aquí callaba, y sabía que sus progenitores silenciaron su fallo anticonceptivo y la esperanza indeseada de lo inesperado. Después, su conocimiento se abría de nuevo y razonaba–: Cuando la perra ha parido solemos contar los cachorros que amamanta, y si descubrimos que las ubres se le quedan arrugadas y secas decidís apartar algunas de las crías y las arrojáis al muladar; los buitres las acogen entre sus picos y garras… ¿Con qué criterios realizáis la selección?

La suspicacia de Bienvenido le confirmó, ya en su niñez, la desdicha de sus padres, bien disimulada, y, sin embargo, asumida con inalterable y cariñoso deber.

Mientras los progenitores vivieron Bienvenido estuvo lo mejor hallado posible.

No obstante, él se preguntaba para sí: –¿Habrá legislación alguna, de suicidio, a la que me pueda acoger? ¿Qué hago aquí?

Y se hacía tales preguntas porque ni siquiera pudo acogerse en la casa que sus padres dejaron al morir, pues la renta antigua que ellos pagaban creció hasta saciar la codicia de la casera. Ésta argüía que, aunque él hubiese nacido en la habitación principal, se le consideraba como a un inquilino nuevo, y le mostraba la supuesta legalidad de arrendamientos.

Los hermanos de Bienvenido lo ignoran cuando lo ven sentado en alguno de los bancos del parque aledaño al soportal donde pernocta, entre cartones, sobre un colchón en el que se remarcan los orines del propio hombre, sin lograr distinguir entre la mezcla de hedores etílicos y excreméntales, todo frente a la Iglesia del Buen Suceso, en Madrid.

Bienvenido ignora que una constitución social tiene la obligación de ampararlo; pero no se queja. Y asegura que aquel lugar es acogedor, ya que el sol de amanecer entra por las arcadas del atrio, y la luna otoñal también se aloja durante un cuarto de la noche mientras él se acoge a una botella de licor.

Una vez que el sopor etílico y el sueño lo vencen la botella cae al suelo, se vierte la mitad del contenido y el vidrio de la misma estalla en pedazos.

Cuando de madrugada llegan unos jóvenes voluntarios, los mismos altruistas que asumen la responsabilidad moral con un termo de leche caliente y unas galletas –compromiso éste que debiera ser soportado por el adeudo social a través de la letra escrita que resalta el derecho humano–, el hombre, con la educación aprendida, los previene:

–tened cuidado, hijos, no resbaléis con el aguardiente derramado, caigáis y os cortéis con los cristales rotos.

Una de las jóvenes, aquella que se protege la garganta con un pañuelo palestino, lo besa con cariño, sobre la barba espesa, mientras le ofrece el vaso.

Después, mientras él se calienta las manos y sorbe con deleite, otro joven le pregunta:

–¿Cómo te llamas? Nunca nos dices tu nombre…

Bienvenido se ríe, y ya no se distingue si su risa es aquella risa tonta de antaño, la misma de su alegría singular, o es la carcajada insulsa producida por el alcoholismo. Sin embargo, siempre se embarga con la misma respuesta:

–No me acuerdo de mi nombre, hijos… Siempre me han dicho “El Llegado”.