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Hace unos días, dando una clase de literatura española durante el período romántico, me topé, como era de esperar, con algunos de los textos clásicos que siempre o casi siempre se recogen en los manuales de literatura de ESO y Bachillerato. Un par de poemas de Espronceda (“La canción del pirata” o “Reo de muerte”), un extracto de “El castellano viejo” de Larra –o en su defecto de “Vuelva usted mañana”- y, como mucho, alguna alusión al Duque de Rivas y a José Zorrilla. Sin embargo, me interesaba especialmente trabajar el mito de don Juan, no movido tanto por cuestiones queer –que también- como por razones meramente pedagógicas y literarias, pues considero que sobre los mitos se forjan y se siguen forjando una multitud de historias que pasan a ser escritas con mayúsculas en los anales de la Historia de la Literatura, construyendo así un imaginario cultural y generando una especie de idiosincrasia que, aunque creada a base de reiteración y re(i)vindicación del/al mito, se “naturaliza”, haciéndola pasar, primero por mítica y legendaria para entroncarla después –y aún peor, explicarla y justificarla- con estados naturales del ser y, por tanto, darle, a este mito, un carácter no sólo biologicista, sino también ontológico. Como si el “don Juan” no fuese, en realidad, más que una víctima de su genética, de su carácter y de su esencia porque él ES así.

Estas estrategias utilizadas por el poder capitalista y heteropatriarcal dominante tienen la intención de separar ‘objetivo’ y ‘subjetivo’, sobrevalorando a aquel y despreciando a éste. Es el método, maravillosamente ideado, que el poder tiene para blindar su protección. Se parece bastante a aquella célebre frase de Lampedusa: “si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”. Y es que las artes en general, y la literatura en particular, sirven como pequeñas vías de escape que permiten que la olla a presión que es esta sociedad vaya, poco a poco, soltando algo de vapor de agua; en realidad la cantidad justa para que la olla siga funcionando como hasta entonces.

Mi intención, por tanto, en las líneas que siguen, es desbaratar la categoría estanca y a-ideológica del “mito de don Juan” en la literatura, y devolverle el contexto, esto es, el constante ir y venir al que éste ha estado y está sujeto, condicionado y condicionante, a lo largo de la Historia Literaria. Sustituir el estatismo ontológico del verbo SER por el devenir fluctuante del verbo ESTAR para que el mito no sea nada más –ni nada menos- que la impronta, siempre distinta, siempre diversa, que nosotres vamos dejando en los espejos.

Trampas abiertas en el mito de Don Juan:

El mito de Don Juan, como sabemos, encarna a ese personaje masculino vividor, temerario y mujeriego, que podemos reconocer a lo largo y ancho de toda nuestra producción artística patria pues, aunque si bien es cierto que el mito se pone de manifiesto allende nuestras fronteras, todo parece apuntar a que se trata, en efecto, de un mito esencial y originariamente español. En principio, podríamos pensar que el personaje donjuanesco es, en realidad, un personaje hiper masculinizado, que encarna todos aquellos aspectos propios de lo que tradicionalmente se entiende por ‘masculino’; aspectos que, casi automáticamente, se convierten en paradigmas de lo que se espera de un hombre. De ese modo, se produce ya la “naturalización” de una asociación –totalmente arbitraria-, entre lo que culturalmente entendemos por masculino y lo que culturalmente entendemos por sujetos “hombres”.

Pero, en realidad, esa hiper masculinización del personaje ha sido puesta en cuestión en numerosas ocasiones. Tanto es así que, dependiendo de los contextos sociopolíticos, históricos y culturales de las distintas obras, así como de las distintas autorías, podemos hacer lecturas tan dispares que, deberían hacernos repensar el propio mito.

Por ejemplo. Un estudio sobre el mito llevado a cabo por Gregorio Marañón, postulaba la idea de que el comportamiento del personaje donjuanesco se debía a la supuesta homosexualidad de éste, justificada por la insatisfacción que parecían producirle las relaciones heterosexuales. En realidad, este razonamiento no deja de ser bastante homófobo, pues medicaliza el comportamiento del donjuán y lo asocia a lo que, en tiempos de Marañón, no dejaba de ser una enfermedad. Además, esta teoría está también al servicio de la coerción social, pues parte de la idea de considerar “reprobable” el comportamiento del donjuán, de ahí que se haga necesario un estudio al respecto desde una perspectiva médica, esto es, “científica”, para justificar “objetivamente” un comportamiento tan inapropiado.

Pero volvamos a la literatura.

Siglo XVII. Toledo. Tirso de Molina, entregado a su orden eclesiástica y a su teatro, claramente moralizante, plasma en su obra ‘El burlador de Sevilla y el convidado de piedra’ el mito de don Juan de un modo manifiestamente conservador. Su donjuán, seductor y crápula, sí, pero sobre todo irreverente y descreído, se mofa del padre muerto de Ana, la dama desamada, para que ésta, finalmente, sea vengada por su padre desde el más allá, sin dar al vil donjuán la posibilidad de recibir el perdón divino. El don Juan de Tirso desea el perdón. “Deja que llame quien me confiese y absuelva” son sus últimas palabras antes del “muerto soy” pronunciado desde el fondo de las llamas abrasadoras del infierno al que la pluma del clérigo le condenó. Este es un don Juan redento, arrepentido, aunque para él ya no haya perdón posible porque en la tragedia barroca española es la fuerza vengativa de dios la que más manda y más pesa. Por su parte, Ana, el personaje femenino, no es nada más que la excusa que el autor necesita para que la historia se produzca, para que haya un motivo de venganza. Nada más. No podemos decir que sea éste un personaje femenino “pasivo” ni siquiera maniqueo. Simplemente no existe como tal; no tiene, por así decirlo, ninguna entidad como actante dentro de la obra.

Siglo XIX. Madrid. La revolución liberal empieza a oler a progresismo y a la Marsellesa y cuando por fin Fernando VII pasa a mejor vida, Espronceda regresa a España del exilio a afilar su pluma exaltada contra la hipocresía social pequeñoburguesa antes de morir tan joven, no se sabe bien, si de amor o de difteria. Antes de hacerlo, eso sí, deja escrito ‘El estudiante de Salamanca’, un poema narrativo en el que el mito de don Juan también es protagonista. Félix de Montemar es, como todos los donjuanes, un tipo impío, vividor y mujeriego. Sin embargo, a diferencia del donjuán de Tirso (y de otros, también de tradición conservadora, como el de Zorrilla, por ejemplo), éste es vengado por Elvira, el personaje femenino del que se burla o del que cree, mejor dicho, haberse burlado. Porque en realidad, es el espectro de Elvira –muerta de amor en soledad- la que vuelve airada del más allá para robarle –literalmente- el corazón a don Félix, quien queda prendado de ésta y la sigue hasta los infiernos. La historia de este donjuán es, en realidad –si Alicia Murillo nos lo permite-, la historia de El cazador cazado, sólo que escrita desde una óptica romántica. Por tanto, el personaje femenino, en este caso, es clave para el desarrollo de la obra, pues tiene entidad por sí mismo y peso dramático dentro de ella. Otro aspecto clave del donjuán de Espronceda es que éste no se arrepiente de su vida ni pide el perdón divino, por lo que accede a ser arrastrado a los infiernos, entendiendo éstos como el lugar al que van quienes no se someten a las más que cuestionables normas sociales. En verdad, ambos personajes vendrían a vivir una especie de huída o de dispersión, que bien podría asemejarse a lo que se conoce como diásporas queer, precipitando una huída metafórica hacia un no/cualquier/otro lugar, lejos de una sociedad opresora y opresiva.

El donjuanismo y los sujetos queer

Pero no es sólo en la analogía con la diáspora donde el mito de donjuán enraíza con el movimiento queer y sus postulados. No se nos puede olvidar el hecho de que, tanto el donjuán como los sujetos que se reconocen como queer, viven al margen de las normas establecidas y aceptadas socialmente, alteran –aun sin pretenderlo- el orden social y ponen en jaque a la honra, el recato, el decoro y la virtud. Ambos modelos postulan un modo de vida basado en la libertad individual, asumiendo las consecuencias de rechazo social, control político, etc., que ello supone.

Pero no sólo eso. Es que además, tanto el donjuán como el sujeto queer se reapropian del desprecio que la sociedad les muestra, enarbolando con orgullo la bandera de lo abyecto, de lo reprobable, de lo despreciable, de lo degenerado y de lo indigno. Porque ambos resultan molestos. Y no sólo a unos pocos, sino a casi todos.

El personaje de donjuán, al igual que el sujeto queer, representa, en definitiva, todos aquellos asuntos que la sociedad bienpensante no quiere nunca encontrarse de cara. Ahora bien, dependiendo del uso que se haga del mito –como hemos visto en los dos ejemplos seleccionados- estaremos haciendo una crítica a la conducta desviada o, por el contrario, estaremos criticando la coerción que la sociedad ejerce sobre quienes se desmarcan de ella. Otra vez, como siempre, no es el qué, sino el cómo y, sobretodo, el cuándo, el dónde, y el por qué.

Por eso cometemos un error cuando interpretamos el mito de donjuán de una manera estanca e inamovible. Porque, primero, lo “naturalizamos”, con lo que asimilamos cierto tipo de masculinidad con el género masculino, cosa que no necesariamente es así, ni mucho menos. , y es que además, al extraerlo de su contexto, lo descontextualizamos, con lo que lo desvirtuamos, perdiendo sus múltiples sentidos, que los tiene, y olvidando sus numerosos significados, que los tiene.

El mito de donjuán, como el movimiento queer, se basa, además, en la deriva. Ambos están totalmente sujetos a los contextos sociopolíticos y culturales en los que se insertan, por lo que no es posible un acercamiento a ninguno de ellos sin pasar, antes, por sus contextos. Tanto el personaje de donjuán como el sujeto queer se construyen y deconstruyen en base a unos parámetros y ambos, nadie lo duda, basan su conducta social y el modo de representarse al mundo en una actuación, en una performance, en la puesta en escena de un rol social/sexual/cultural determinado. Ambos performan el género porque ambos son conscientes del impacto social que este tiene en unos y otros contextos. O lo que es lo mismo, ambos performan el género porque saben que éste no es, en realidad, más que un constructo, una invención, una ficción a partir de la que realizarse, esto es, mostrarse al mundo, hacerse realidad.

Por ello no deja de resultar llamativo el hecho de que el donjuanismo, uno de los mitos que más han contribuido, tradicionalmente, a alimentar el mito del amor romántico –supuesto bastión del heteropatriarcado-, se encuentre, en realidad, más cercano en su representación a los sujetos queer, que a aquellos a los que tradicionalmente venía “representado”. El donjuán y el sujeto queer, a diferencia de muchas corrientes feministas, no atacan al mito del amor romántico, sino que se nutren de él, volviéndolo vulnerable y, por tanto, susceptible también de ser representado, de ser fagocitado, en definitiva, como diría Butler, por cuerpos que importan, por actos corporales subversivos que hacen del género y del mito un constructo, una ficción múltiple de los cuerpos, míticos o no, que sigue mereciendo la pena ser contada siempre maneras distintas.

                                                                               Bea Chinaski Gómez (@srchinaski)

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