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“Soy luz,
en la vertida
invocación. Rayos de espanto y miel”

Luna Andrade

La mente es el templo maldito de los peregrinos de la verdad.

Uriel había desaparecido, y su compañero temió que no hubiera sobrevivido al viaje. Balam se encaramó al alto de la colina, que conquistaba un valle inundado de deslumbrantes piedras marfileñas. La arena formaba islas cristalinas, incrustadas entre las diminutas grietas. La herida había perforado su piel, y el miedo que sentía le puso en alerta ante el peligro de tener que enfrentarme solo a los embistes de aquel lugar; el Neurobosque, donde todo el pensamiento era siempre producido y concentrado. De modo que los pensamientos negativos y perniciosos, las abyectas sombras, vagaban por aquellos inexplorados lares, donde los aventureros morían al poco de enfrentarse con los oscuros laberintos que albergaba aquella terrible inmensidad.

Tras alcanzar la cima de la colina, Balam cerró los ojos, convenciéndose de que las habilidades de Uriel; quien, además de una inteligente investigadora, era una habilidosa mujer, le alcanzarían no sólo para sobrevivir en tal hostil entorno sino también para encontrarle. Eso esperaba él, hallar su níveo rostro en la ambarina lejanía, volver a agradecer su cálida, agradable y segura compañía. Cruzó las piernas a modo de meditación, y trató de rebajar el nerviosismo de su corazón. No estaba enamorado de ella, no la quería en el sentido romántico, habían discutido demasiadas veces y eso había minado la relación, pero aun restaba algo de confianza mutua. Quizás la suficiente como para compenetrarse ante un reto de semejante embarradura, una meta; la de sobrevivir, que no habían alcanzado las anteriores incursiones.

Horrorizado, vislumbró a lo lejos como el viento levantaba el manto arenoso, diluido en torno a la entrada del bosque. El joven sintió como si todos los muertos se hubieran puesto de acuerdo para soplar a un mismo tiempo, traspasándole, captando su miedo total y paralizante.

Entonces la arena fue arremolinada por el viento, formando un centro circular que actuaba como ojo del huracán. Las piedras levitando furiosas en torno al círculo como un enjambre de avispas, danzando al sol de una funesta melodía de chasquidos que Balam percibió como si a cada restallido de las rocas, los muertos acercaran el pútrido aliento a su rostro, aterido, de facciones agarrotadas, pupilas desorbitadas y una mira titilante, y el hedor de la muerte lo acechara en el valle.

El remolino de piedras iba engrandeciéndose. Si al principio se le antojó como la humeante y blanca cola de un incendio, más tarde las ráfagas de viento arrancaban tocones de cuajo, jugando con los inmensos peñascos, que a veces golpeaban contra el suelo, regresando el restallido sordo que tanto enloquecía a Balam. El joven se tapó los oídos y respiró hondo, deseando que Uriel se encontrara en una situación más favorable. Se colocó el arco y el carcaj de flechas, así como el equipaje que había preparado junto, y que consistía en un ligero inventario para la supervivencia: cuchillos, hojas acridas, pañuelos y mantas, cuerdas, cantimplora, comida. Aun así, Balam sintió el peso en los hombros. Su menudo y débil cuerpo no se encontraba preparado para largos y fatigosos trayectos, y las enfermedades que había padecido por su frágil condición legaron un poso de cansancio y hartazgo en sus movimientos. Además, no se había entrenado lo suficiente.

El joven empezó a descender por la colina. En el cielo, los soles apagaban sus llameantes compartimentos, reservando energía para el siguiente día. Balam agarró las ramas que un arbusto, semejante a un matojo desmarañado de pelo, rizado y fuerte, desplegaba de su espinado tronco, tratando de dominar la inseguridad que le había agarrotado hasta contraer las facciones de su rostro. Las gotas de sudor le irritaban la piel quemada y agrietada como un ajado pergamino. Resbaló por la pendiente, y por un fugaz instante recordó que, en realidad, el miedo siempre había dominado sus pensamientos.

Las ráfagas de viento le tiraron al suelo, mientras bajaba de la colina buscando a Uriel. De un momento a otro, había caído sin remedio, arrastrado por los filamentos cortantes de los riscos, sangrando en las islas de arena y bañándolas de bermejos y diminutos océanos. La sensibilidad herida por el acoso de la nube de piedras que seguía restallando, cada vez más cerca de su posición, estrechando el cerco de los muertos.

Más tarde se produjo un gran estruendo. Balam, tras examinar durante unos instantes las heridas que surcaban su debilucho cuerpo, se levantó y asistió a un horrendo espectáculo. Advirtió que alguien o algo se habían movido en las cercanías. Sopló el viento y los granos de arena se colaron entre las hojas y los pasillos de los tallos, apareciendo, tras los ramajes, el rostro descompuesto y atribulado del fantasma, como un enjambre de avispas enfurecidas y apestosas con el hedor de la muerte.

— Si quieres vivir, será mejor que regreses— dijo el fantasma.
— No tengo ningún lugar donde volver — dijo Balam.
— La tierra de los vivos
— De donde yo provengo, sólo quedan resquicios de la destrucción. Todo ha explotado en pedazos y se ha fragmentado. ¿De qué vida me hablas? El planeta es una basura espacial y, quienes nos gobiernan, destruyen civilizaciones en nombre de la divinidad del Acaudalón. Si la respuesta se encuentra en el Neurobosque, allí iré a buscarla — dijo Balam.
— … — el fantasma quedó en silencio.
— ¿Sabes dónde queda la entrada al Neurobosque?
— Valery dijo que hoy llegarían dos personas. Ella sabe alcanzar ese lugar que pretendéis — dijo el fantasma.
— ¿Uriel ha venido? — preguntó Balam.
— Estabais en las cercanías del Alto de los Vientos cuando fuisteis víctimas del imago y discutisteis— dijo el fantasma.
— ¿Qué ocurrió?
— En esta zona, la influencia imágica ya se deja notar. Eres inteligente, aunque no tanto como tu amiga. Ya habrás adivinado que las hipótesis de Uriel son acertadas; si el imago actúa con tanta fiereza, te encuentras muy cerca del Neurobosque, el pretendido centro del pensamiento al que han intentado acceder tantos otros. Ya sabrás que murieron, o que abandonaron el bosque al poco de haber entrado, para poder salvarse. Tú caíste bajo la influencia del imago y presionaste a tu compañera; deberías recordarlo. Discutisteis y cada uno tomó su camino; fuiste a escalar la colina que corona la blanca explanada, y Uriel tomó la senda que rodea el cañón. Te contaré un pequeño secreto; el Bosque de Valery, así llaman los lugareños a los laberintos más superficiales del Neurobosque — dijo el fantasma.
— ¿Qué camino tomó Uriel? — pregunté.
— Fue a ver al fantasma errabundo de Valery — dijo el fantasma.

El fantasma desapareció en el viento.

<<¿Discutí con Uriel?>> se preguntó Balam.

El joven hizo acopio de todas las fuerzas, pensando que no estaba preparado para un momento crucial como ese. La influencia del imago debía haber actuado sobre los recuerdos, y la amnesia temporal podía esconder algo demasiado oscuro, reprimido por el subconsciente-seleccionador. La memoria es una arma poderosa, cargada de pasado y de futuro, pero peligrosa.

Una bandada de uropájaros azules, inmensos, de mirada muerta, emprendió el vuelo. Iban a desenrollar su flácida y larga lengua, le pareció, para atraparle entre sus garras y engullirle sin contemplación. Los uropájaros se posaron en los hillus. Después de unos instantes de confusión, Balam abrió el macuto buscando las hojas acridas. Aunque no sentía demasiado dolor, los rasguños y arañazos surcaban sus miembros. Puso las hojas sobre el pañuelo que a veces utilizaba para cubrirse, y lo ató primero a los brazos y más tarde a las piernas. Esperó a que hiciera efecto y se preparó para seguir camino, maldiciendo a los fantasmas.

<< Uriel y yo encontraremos el Neurobosque y le dedicaremos el descubrimiento a la ciencia. Orgullo de haber demostrado, al fin, las falsedades de la religión del Acaudalón. Debo conducirme al encuentro con Uriel. Si antes, uno de esos uropájaros no me arranca la cabeza. Parece que los pajarracos susurran entre sí, apostando sobre el momento en que caeré. ¿Quién será el primero en devorarme? ¡No! De eso nada. Mejor pensaré en cómo salir de aquí>>

Balam dio a parar a una explanada. Los rayos del sol se reflejaron contra las superficies centelleantes de las piedras, y se le antojaron los destellos como miradas inquisitivas. Seguía sintiendo que su presencia, además de rechazada, resultaba peligrosa para los habitantes del lugar. Se protegió del sol con la mano, y siguió caminando, dejando atrás la peligrosa atención de las tarántulas y los escorpiones, que habían calculado el golpe para inyectar el veneno, justo antes de que él escapara. Pero no podía tentar siempre a la suerte. Bebió agua de la cantimplora y comió algo de pan.

El estómago se le revolvió, y sintió una arcada. En el horizonte, una explanada de piedras blancas; más allá distinguió el comienzo del Bosque de Valery, árboles viejos y elevados como gigantes verdes y dorados y rojos, que revoleaban con el viento de los fantasmas, abriéndose en floraciones púrpuras. Más lejos aún, los pasillos del Neurobosque irradiando una luz espectral y una oscura energía.

Caminó y caminó, sin descanso, durante un tiempo que se le antojó demasiado largo. La pesadez de sus movimientos retrasó al joven, que seguía preguntándose, apesadumbrado, por la suerte de Uriel, al tiempo que se refrescaba y trataba de poner la mente en blanco. De niño, había conseguido despojarse de todo pensamiento, pero a media que había ido creciendo una pesada carga se había instalado en el ímpetu y el vigor de su imaginación. De modo que maldijo al fantasma una y otra vez, y al someterse a ese pensamiento, el imago le sujetó con más fuerza. A medida que se adentraba en las ideas oscuras, éstas se engrandecían, cobrando un vigor desconocido.

<< Si yo he sobrevivido hasta ahora, Uriel, que es más inteligente y habilidosa, también lo habrá conseguido. ¿Quién fue esa extraña Valery? Debo apurar el paso y averiguarlo>> — pensó Balam.

Así se tranquilizó, y al poco tiempo ya se encontraba pisoteando las lindes del Bosque de Valery, tal era el nombre que empleaban los lugareños para designar los pasillos más superficiales del Neurobosque, según había afirmado el fantasma. Entonces fue maravillado por la dulce entonación de las flores blancas y moradas y rojas, colgadas en las lianas secas y en las terrazas en las que nacían las fragancias húmedas de los helechos gigantes y el musgo antiguo: las gotas de resina desprendiéndose de la corteza, goteando como la miel. La tierra y los gusanos blancos alrededor de los restos que habían dejado los urogallos; la maravilla de la naturaleza devorándose para, así, renacer otro día.

Había árboles allí que palpitaban, aun daban la impresión de ser petrificadas torres, representando la vanidosa ópera del tiempo detenido. Balam miró al techo y advirtió cómo los árboles habían hilado entre sí pasillos de madera, de modo que los animales podían desplazarse agarrándose a lo más alto y saltando entre los brazos y los dedos de los gigantes antiguos, contiguos en su altanería, árboles de cuello elevado y nervioso que hundían los morros en el humus de la tierra, bebiendo el recuerdo de la lluvia y los témpanos de las estaciones.

El cuerpo del joven se relajó, tomó aire fresco y suspiró. Cuestionándose los motivos que habían llevado al fracaso de las anteriores expediciones, quiso descansar y fue a sentarse entre los troncos de dos álamos, que parecían haber sucumbido en una colosal batalla. Exhaló aire y trató de calmarse, pero la irritación y el miedo le devolvieron el horrendo rostro del fantasma de piedras blancas, y se dijo que si encontraba a Uriel, dejaría su cobardía a un lado y se arrojaría al destino que estuviera reservado para ambos. Los árboles habían caído formando un extraño triángulo, aunque sin llegar a tocarse, resultaban comunicados por las plantas y las hojas, las diminutas colonias de insectos y los senderos que iban reptando los gusanos. La putrefacción había dado lugar a todo un universo microscópico de vida.

Balam oyó unas rápidas pisadas, de zancadas muy cortas. Se levantó y miró alrededor. El tronco hueco y putrefacto en el que había descansado, comenzó a oscilar con el peso de un escarabajo que llevaba una de las piedras blancas de la explanada. Antes de que el bicho llegara al extremo del tronco, el rodar de la piedra se detuvo y el tronco dejó de oscilar. El bicho volvió a coger aliento y salió escopetado a la hojarasca, que el joven había pisoteado a su llegada. La piedra relució con los rayos filtrados por los pasillos del techado natural, y a Balam le pareció que en la roca había grabada una runa.

El escarabajo siguió corriendo, al parecer alertado por la hostil presencia del joven, quien no advirtió con claridad el grabado de la runa hasta que dio un pisotón al escarabajo. Entonces el bicho soltó la roca y huyó renqueando hacia las profundidades boscosas. La runa había sido tallada con tres líneas quebradas a la mitad, indicando que algún mar, océano o superficie acuosa se encontraría cerca.

Como Balam no tenía más forma de ubicarse que su instinto y su ingenio, sobre el que albergaba grandes dudas, siguió el fatigoso camino de las patitas heridas del escarabajo, esperando que éste le condujera hacia el descubrimiento de más runas y mensajes perdidos. El bicho guiaba sus antenas por el aire, deteniéndose, obstinado y asustado. Se paraba y volvía a emprender la marcha a empellones, apretando la boca. Las pisadas del escarabajo legaban huellas en la tierra fértil y viva, e iba siguiendo los contornos de las copas, cruzando los charquitos en lo que nadaban sapos y renacuajos.

El joven caminó tanto tiempo, que se exasperó de seguir al bicho. Atravesó unos pasillos naturales que daban a una terraza encharcada. El rumor de las pisadas de Balam espoleó a los atónicos anfibios, que brincaron en arcoíris. De pronto, el bulto marrón oscuro del escarabajo gigante, que había cargado con la blanca runa, se confundió en los oscuros ojos del joven, que perdió la pista al bicho entre los limosos cantos del fondo de la terraza, y los cobrizos sapos que poblaban las charcas.

Los nervios volvieron a avasallarle, y se culpó por no haber mantenido la concentración. Aterido por la falta, la sensación de culpa se le antojó como un preludio de un descubrimiento más nefasto. Se detuvo, y sacó de pan del macuto. El estómago se le había recuperado, y comió con placer. Las migas cayeron al agua y unos pececillos saltaron raudos, deleitados por la comida.

Balam advirtió que la terraza, que parecía cerrada, se abría más allá como una boca acuosa y ávida de tragarse la tierra ya humedecida. Tratando de no resbalarse con el limo del fondo, había aminorado la marcha, con que aún tardo en alcanzar el lago anunciado por la runa del escarabajo. Apartó las ramas que flotaban en el agua, que ya le cubría hasta la cintura, y se dirigió a los juncos que lindaban con la tierra. Allí, secó sus ropas, comprobando mientras que no hubiera perdido nada del equipaje. El entorno se hallaba dominado por los juntos, que titilaban como los cuerpos de los fantasmas.

Adentrado un poco más en la tierra, observó los hillus blancos, árboles que parecían muñones cubiertos de liquen, vertebrados a través de brazos blanquecinos, agitadas las frágiles ramas al son de los vientos, suturando los cortes que alguien había hecho en ellas. Según la tradición del imago, después de sangrar la resina de los hillus, había que hacer un hueco con el cuchillo y, en el interior de la rama, introducir un papel en que hubiera escrito los designios que cada uno deseara en su vida. El viento fantasmal soplaba entonces, y llevaba las palabras y los deseos y las esperanzas, desde el Neurobosque, ya muy cercano a la posición de Balam, hasta el resto del planeta.
Escogió al azar una rama, sacó el cuchillo del macuto y quitó la resina que suputaba en lentos y dulces borbotones. Extrajo entonces un papel.
— El destino de Valery es no tenerlo — leyó Balam.
Un oxidado martilleo le golpeó la cabeza. Anduvo lento y pesado, zarandeándose de un lado para otro. El mareo le sumergió en zonas más adentradas del bosque. Entre los enormes helechos, los hillus con las ramas colgando, y el fango en que hundía su peso, había perdido la noción del tiempo.
Entre las ramas de los hillus, y como si se tratara de un espejismo, distinguió la hermosa figura de Uriel y corrió hacia su compañera, quien había descansado la cabeza en las faldas cuarteadas de los árboles. En cascadas relucientes caían sus dorados bucles, contrastando con la corteza blanca y el traje azul de exploradora, enmugrecido por el viaje, que vestía. Parecía una niña atrapada en una pesadilla, contrayendo su hermoso rostro con una ternura que le arrebató a Balam, pues iba acompañada de una fortaleza que le calmaba. El cuerpo no era de ninguna niña,; su compañera se había entrenado más que él. Las piernas de Uriel se flexionaban, fuertes, adoptando una posición casi fetal.

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