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Relato breve

Mantícora apartó los panes de pinos. Las ramas surcaban un cuarto oscuro que olía a especias orientales y madera húmeda. La mujer había desenfundado sus puños y golpeaba las montañas de sal, desnudando las laderas de paños y telas que habían sido ensuciados y arañados.

Cuando los pedruscos de sal se habían encharcado en las lágrimas y la desesperación, Mantícora acudía a la llamada del Planeta Cocina, un espacio de soledad para una mujer fiel a un matrimonio que había pasado por momentos difíciles… angustiosos periodos en los que Mantícora se preguntaba si no había desperdiciado tantas oportunidades, tantas perspectivas que aún seguía desconociendo respecto a los seres y las ideas de Trafalmadore, por haberse entregado a ese hombre que, después de todo, no comprendía que sus Cuestiones de Estabilidad Emocional se medían por un termómetro explosivo e impredecible. ¿Qué podía hacer ella ante la idea de que su marido era un gela desapasionado y estúpido, bueno, bueno…

«… intentaré pensar en otra cosa», así Mantícora. «La niña ha cargado hasta aquí con dos moratones y recibirá sus recompensas por estudiar, compraremos dos cerdos-k para la máquina de jamones, uno por cada matrícula-moratón, y pondremos los cerdos a su nombre. Se cobrará las pezuñas-k. El niño es un calabaza-baza, el verano pasado le germinaron pepitas en la cabeza… nunca quiere aprender», Mantícora había dicho esto último como vomitando una llave de orden.

«Maldita sea. Y luego esta lo del estúpido de Fingerpotato [su esposo contractual] y sus archivos de evidencias sepultadas, odio hurgar entre todos esos antiguos miedos, sustentados en los tótems que parió en la infancia… y luego está su piel de patata-k, odio limpiar la arena que deja en los pliegues todas las mañanas de dos soles. ¿Dónde está el libro del chef y las salsas espaciales? Siento contarte todo esto, querido Horno Calentador. ¿Qué podemos preparar? ¿Te he contado que ayer se presentaron dos miembros de la Iglesia de la Estupefacción? Les invité a tomar sauce con avellanas, solo por cortesía. Yo no creo en las religiones-Estado, el caso es que pasaron y les preparé una taza, hablamos de los partes meteorológicos y de las estrellas más lejanas a Trafalmadore. El canoso dijo que el hombre del tiempo había predicho siete lunas en la pantalla oeste y entonces me sermonearon sobre sus creencias. Yo había bebido espirales de papaína con burbujas y pomelos. No te lo vas a creer, querido Horno Calentador, ¡He ingresado en la Iglesia de la Estupefacción! ¿Cómo crees que debo sentirme? », así Mantícora.

Los clavos se habían secado en el tarro, pero la mujer los echó a los fogones de sulfuro. Desenvolvió la pieza, envuelta en un panfleto de publicidad. Agarró el cuello ampuloso del pingüino pescador y lo segó con un tajo furioso, después le quitó los ojos y las tripas y tiró los restos por la ventana, los pájaros-k se saciarían.

Mientras Mantícora cocinaba el pingüino pescador, en algún instante, instante que la mujer, ante el incesante acoso de un gela entrometido, sería incapaz de precisar, las huestes del Planeta Cocina se presentaron blandiendo unas escobas de reflujos.

¡Ese pensamiento fluye por un canal atascado!

La mujer encendió una abeja, que se estampó contra los panales de luz. Lo primero que observó Mantícora, todos aquellos macizos y elevaciones de Suciedad, le amedrentaron… sin embargo, agradeció a los seres alérgenos de Planeta Cocina que la hubieran llamado; en aquel alejado planeta, la mujer ordenaba y deponía, arrasaba y castigaba a su antojo y, quizás, después de todo, contaba con un motivo para que alguien la felicitara.

¡Qué rica comida! ¡La carne muerta-k es sabrosa y sanguinolenta!

Oh, chicos, muchas gracias.

Cartones publicitarios, el plástico de los huevos podridos, las hormigas que trabajaban para apropiarse de los toneles de zumo cítrico, migajas de miseria y de pan de pino y relamidos de humillación, las estúpidas ondas de la radio (los contertulios hablaban de la Iglesia de la Estupefacción), pisadas y ramas sudorosas y ensangrentadas.

La mujer manipuló la manivela de la monstruosa radio, sintonizando una emisora fantasma. Después reunió los residuos del pan de pino e hizo un montoncito. Encendió un cigarro y espero a que Fingerpotato terminara de masturbar sus neuronas en el baño-k; cuando oyó que su esposo se había dormido, quemó el pan y apuñaló a varias de las dulces hormigas que ocupaban el Planeta Cocina como aves de carroña (siempre esperaban el estertor de muerte).

Arrojó el cigarro al montoncito y el humo de las migajas desprendió todos los deseos que la mujer había tenido respecto a su matrimonio; a pesar de que el resentimiento era la nota predominante respecto a su relación con Fingerpotato. ¿Acaso podía abandonarle? ¿No se había comprometido en libertad? Y lo más importante ¿Se atrevería a abandonar a su esposo-piel-de-patata con dos vástagos en la bolsa de la compra?

El suelo había sido ensuciado con jabón y lejía y el Planeta Cocina olía a limones-k. Mantícora partió unos tomates-k y los machacó en el caldero donde preparaba las pócimas rejuvenecedoras que compraba en la tele tienda. La mujer acostumbraba a trasnochar, ansiando escapar de la perturbadora y pestilente presencia de su marido. Se preparaba un combinado de espirales de papaína y burbujas y bebía al tiempo que el presentador anunciaba los últimos y revolucionarios inventos… «¡Life Machine E1000! ¡La máquina que le ayudará a ser como usted quiere ser! Se acabaron las noches desveladas tratando de averiguar quién es usted y qué demonios se supone que debe hacer ».

«Y ahora voy a presentarles la pócima secreta de la juventud. Desarrollada por el equipo científico de la Iglesia de la Estupefacción, posee certificados que avalan su carácter empírico. ¡Funciona! Señores y señoras, gracias a la pócima de la juventud, que podrán preparar en sus Planetas Cocinas particulares, sentirán de nuevo la llamarada y la fiebre de una extraña enfermedad denominada Vida. ¿Se ha cansado de tirarse a su marido y es incapaz de adentrarse en las fantasías? ¿Los dulces anhelos de destrucción han desaparecido? ¿Está harto de los niños? ¡¡¡PRUEBE LA PÓCIMA DE LA JUVENTUD! ¡AHORA CON SABOR A YERBA ÁCEA! », así el presentador.

Mantícora machacó los tomates y esparció la salsa por el suelo, apretó la mano contra la superficie y resopló. Si quería que la comida estuviera lista a la hora adecuada, la mujer debía ultimar los detalles; las flores de los bananos y los platos de estaño, la confusobebida y los vasos ornamentados con los escudos de la familia (más bien diría con el relieve de los tótems que habían fijado su residencia en aquella vivienda), estarían listos.

Fingerpotato había expulsado la barra de masa, que flotaba en la fuente como peces de desierto. El hombre se despertó y pensó en una adolescente-k que había conocido por la red-k. Fingerpotato era un hombre-patata que trabajaba en una deconstructora como asistente de artículos; todo lo que tenía que hacer era certificar el uso de artículos en los comunicados de las instituciones-k, pero esto era más bien el trabajo del jefe-k, él, su leal y comprometido esclavo (había firmado un contrato-k con la sociedad de la Tierra), asesoraba sobre el uso de los artículos dondesímicos. El rostro de la adolescente-k se le apareció a Fingerpotato, que imaginó sus dopechos y sus ventrículos elevándose del suelo, las zapatillas de lianas de sémola se elevaron más allá de la estatua que coronaba la fuente donde flotaba la barra de masa. Fingerpotato buscó un pelador y se rascó la flauta, terminaba en una rojez que se hinchó hasta explotar en telas cárnicas y fluidos semejantes a la miel-k.

El hombre bajó a la cocina.

Por suerte, Mantícora había esparcido cebolla y raíces de patata y avena sobre el tomate del suelo. También había preparado un retruécano, maíz y girasol y centellas como guarnición.

Entonces el Festival de la Comida dio comienzo. Fingerpotato, sin dirigirle una sola palabra a su esposa y visiblemente cansado, atrapó la carne-k que descansaba muerta en las celdillas del girasol y la introdujo en su abertura. Las grasas se estamparon contras las hormigas-k que correteaban excitadas por la promesa de energía obrera y la sangre saltaba sobre las ramas, imprimiéndose en ellas. El hombre se limpió con la mano y eructó gases tóxicos. Cogió una centella y la mordió, agrietando la superficie de hojaldre-k y menta-k. Succionó la crema de arándanos que había en el interior. Mantícora, mientras tanto, ocupaba sus pensamientos con las burbujas y las espirales de papaína que bebería cuando, su marido, por fin, terminara destrozando todo aquello con su silencio-k, que había interrumpido sólo para escupir una manida verborrea.

—¿Está riconudo, verdad querido? —preguntó Mantícora.

—Odio los artículos dondesímicos —dijo Fingerpotato.

—Antes he preparado un pingüino pescador ¿Lo quieres?

—Sí, sí, trae todo…