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Y sin que ya esperáramos colores

después de tanto oscuro u otro gusto

distinto a la ceniza,

después de tanta hambruna a las espaldas,

¿quién nos iba a decir que esta mañana,

con palabras corrientes,

con los gestos más simples,

con los mismos pigmentos que antes despreciáramos,

íbamos a alcanzar lo que ahora toco?

¿Os acordáis? Un día

sacamos el mortero

y majamos al fin nuestra ceguera

hasta mudarla en harina de luz,

y la amasamos,

y de nuevo encendimos el horno de la plaza

para cocer alegres este asombro

de pan que ahora

compartimos,

compañeros sin más, al mediodía.

Recomendamos el poemario de Conrado Santamaría: “De vivos es nuestro juego”