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“Cuando una hermosa mañana estival de 1934 llegué a la escuela, nuestro maestro de tercer grado comunicó a la clase que el director había dado la orden de reunir en el patio al alumnado y el cuerpo docente. Allí, ataviado con el pardo uniforme nazi que solía vestir en las grandes ocasiones, éste anunció que “el más esplendoroso momento de nuestras jóvenes vidas” era inminente, que el destino nos había escogido para estar entre los agraciados por la fortuna de contemplar a “nuestro amado führer” con nuestros propios ojos. Era ése un privilegio, nos aseguró, que nuestros hijos aún no nacidos y los hijos de nuestros hijos envidiarían en tiempos venideros. Yo tenía entonces ocho años y no había advertido que, de los casi seiscientos chicos congregados en aquel patio, era el único a quien HerrWriede no se dirigía”.

Hans J. Massaquoi, “Testigo de Raza. Un negro en la Alemania nazi”.

En la foto de la portada del libro, un niño negro, con una esvástica sobre su pequeño jersey, es observado por sus compañeros, todos ellos blancos y rubios, en una fila marcial. La surrealista historia de Hans Massaquoi, nieto del primer embajador de la república de Liberia en la Alemania de Weimar, mitad alemán y mitad africano, y por ello testigo de primer orden de la política segregacionista y racista del Tercer Reich, muestra hasta qué punto el Estado puede manipular las conciencias de su población hasta hacer que sienta como propia la necesidad de unir su identidad nacional con la “pureza” étnica. A los ojos de un niño, el oropel y la grandilocuencia de la parafernalia nazi podían resultar tan atractivos, que el color de su piel no representaría problema alguno para llegar a formar parte de las juventudes hitlerianas.

La realidad le estalló en la cara obviamente, y, a duras penas, pudo sobrevivir a la masiva destrucción a la que condujo la suicida política del líder supremo. No obstante, sus problemas de marginación social no acabaron ahí, y, finalizada la guerra, pudo trasladarse a los Estados Unidos, donde, además de ser alistado para jugarse la vida en Corea, sufrió otro tipo de racismo, no legislado, pero si normalizado en una sociedad habituada al encasillamiento y jerarquización étnica.

El caso Massaquoinos muestra la diversidad de casos en los que las sociedades exteriorizan sus miedos, en una lógica destructiva hacia lo diferente, que parece hallarse sumida en lo más profundo del inconsciente colectivo. Y no se trata solo del origen étnico, sino de todo lo marginal considerado como “irracional”, o contrario a la norma regulada por el poder establecido. El racismo, como fenómeno social, expresado en formas de violencia, desprecio, intolerancia, humillación y explotación, se explica en la necesidad de defender los límites de un grupo dominante, y por ello se basa en la manipulación psicológica de un discurso justificador: organiza y fomenta “sentimientos” obsesivos, crea y clasifica estereotipos, y confiere distintas identidades a los “sujetos” del cuerpo social. Se centra en los afectos, lo que permite organizar una auténtica “comunidad” racista, en la que los lazos de imitación hacen que sus integrantes vean a los “otros” como objetos ajenos a su círculo, negándoles todo derecho de reacción. Este discurso puede tomar múltiples formas, pasando del lenguaje de la religión al de la ciencia, de la biología, la cultura o la historia.

La pregunta fundamental sería: ¿Cómo puede destruirse el complejo racista? La historia nos demuestra que no basta con la rebelión de sus víctimas. La historia de Hans Massaquoi nos lleva mucho más atrás que la Alemania nazi: Liberia, el país del que procedía, había sido creado en 1847 por antiguos esclavos afroamericanos, que, una vez instalados en lo que consideraban su “tierra prometida”, reprodujeron las mismas condiciones de segregación, marginación y esclavitud que habían experimentado en Estados Unidos. No solo no se integraron en la sociedad africana, sino que la atacaron y la sometieron. Por experiencia propia, aquellos antiguos esclavos liberados no habían conocido otra vida que la impuesta por el racismo del Sur norteamericano, de tal modo que se convirtieron en los nuevos amos de tierras y personas. No es necesario estudiar el “apartheid” sudafricano, para comprobar la existencia de este desgraciado antecedente, que no afecta a la diferencia entre blancos y negros, y que demuestra que el racismo es el producto de la imposición de un orden de poder, “manu militari”, por parte de un grupo que basa su dominio en la justificación de su origen superior, sea éste el que sea. Mucho antes de que los afrikáners blancos introdujeran su sistema de segregación en Sudáfrica, éste ya se había inventado y llevado a la práctica por los descendientes de esclavos negros en Liberia.

Las rebeliones eran castigadas tan severamente que los cortes de manos y pies de los administradores coloniales belgas en el Congo parecen un juego de niños en comparación. En el fondo de todo esto se halla la necesidad de proveerse de mano de obra barata y sumisa. Es el capitalismo colonial, que años más tarde, tras la descolonización, en la segunda mitad del siglo XX, produciría efectos devastadores en las sociedades africanas: las guerras civiles de 1989 y 1999 en la misma Liberia, el genocidio de Ruanda de 1994. Es triste comprobar igualmente cómo tras estos hechos hay todo un discurso teórico: fue en la Universidad de Kigali donde se articularon las bases justificadoras del racismo de hutus contra tutsis, y desde donde se instigó a la población a que masacrara a su otra mitad, al igual que sucedió en la guerra de Bosnia, cuando se demonizó “intelectualmente” a la población musulmana, y más tarde a la albanesa durante el conflicto de Kosovo.

Es evidente que estas ideas están “racionalizadas” por intelectuales, y es sumamente importante preguntarse por la función que desempeñan las teorizaciones del racismo “culto”, cuyo origen moderno está en la antropología evolucionista de las “razas” biológicas, elaborada a fines del siglo XIX, y que contribuyó a crear el pensamiento de “progreso” superior de la civilización occidental sobre el resto de las culturas del planeta. El concepto “raza” se ha introducido de tal modo en el inconsciente colectivo, que aún perdura con fuerza a pesar de ya ha sido desestimado científicamente. Aún así, todavía tenemos que enfrentarnos a estudios pretendidamente “científicos” que intentan demostrar las diferencias “intelectuales” entre grupos étnicos: “The Bell Curve. Intelligence and ClassStructure in American Life”, de Charles Murray, doctor en Ciencias Sociales, era un estudio estadístico sobre pruebas de inteligencia aparecido en 1994, cuya tesis consistía en la simple premisa de que la pobreza era producto de la ignorancia, y que ésta era insuperable en determinados grupos étnicos como los afroamericanos, cuya herencia biológica determinaría su capacidad mental.

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