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En esta ocasión, la ciencia es la justificación del racismo (del mismo modo que se pretendía en la Alemania nazi), condenando a poblaciones enteras a la exclusión social. Estudios como éste sirvieron igualmente para realizar políticas de recortes en educación y prestaciones sociales en Estados Unidos y Gran Bretaña durante los años de Ronald Reagan y Margaret Thatcher en los 80. Justificaban que los pobres malgastaban el esfuerzo de los contribuyentes y se afianzaban en su pasividad. De este modo, las políticas neoliberales aumentaron las diferencias de riqueza (que hoy día, tras la crisis de 2008, no han hecho más que aumentar): poco antes del 2000, solo el 20% de la población norteamericana poseía ya la mitad de la riqueza del país, y la proletarización de amplias capas de la población es más que evidente tras la crisis de las hipotecas basura. En este estado de cosas, el aumento de la criminalidad es fácil que se pueda justificar por el aumento del número de tontos (siguiendo el modelo de estudios como el que cito), asumiendo que pertenecen a “razas inferiores”.

Los negros representan el 12% de la población de Estados Unidos, pero componen el 50% de la población penitenciaria. Los asesinatos de afroamericanos por parte de la policía han generado disturbios en multitud de ocasiones, los últimos en Ferguson, Missouri, donde llegó a declararse el estado de emergencia y actuó la Guardia Nacional contra las revueltas de la población negra. ¿Cómo afrontar esta tragedia? Si atendemos a las sugerencias de los “expertos” de “The Bell Curve”, la solución está en la “disgénesis”, término que hace referencia al crecimiento desproporcionado de un grupo étnico sobre otro. Los sectores más conservadores defienden el fin de los programas de auxilio familiar y de las ayudas benéficas a los pobres, a fin de que disminuya su número. Esto recuerda a los métodos nazis de eugenesia, con el propósito claro de aniquilar a las “razas” inferiores.

En España el racismo se ceba en la inmigración, a la que, siguiendo el mismo esquema teórico, se relaciona casi automáticamente con la delincuencia. Antes de la crisis, uno de cada tres alumnos españoles se mostraba contrario a la inmigración. Los sucesivos gobiernos conservadores de Madrid fomentaban la concentración de niños inmigrantes en colegios públicos, sin planes para atender sus carencias educativas específicas. El Defensor del Pueblo emitió en 2003 un informe demoledor sobre esta circunstancia. La falsa idea de que venían a “robar” y a “quitar el puesto de trabajo” a los españoles estaba ampliamente difundida, y la ignorancia sobre su verdadera situación de explotación hacía que se les viese con recelo, y se les tratase de forma vejatoria en muchos casos. Bandas de skins cometían crímenes contra ellos arropándose en la sobada justificación de la defensa del nacionalismo, mientras desde el poder se restaba importancia a estos delitos frente a los considerados “terroristas”.

La situación no ha hecho sino empeorar tras la crisis de 2008. La actitud frente a la inmigración emplea ahora un discurso basado en el peligro que representan para el Estado del bienestar. Si ya la mayoría de la población sufre los recortes impuestos en servicios básicos, el colectivo inmigrante ya no puede acceder siquiera a ellos. Y aquí vuelvo a destacar la responsabilidad de la élite gobernante: ellos controlan los medios de comunicación, y desde ahí se proporciona la munición teórica necesaria para justificar el racismo. Pero claro, nunca se expresará tal objetivo de forma evidente. La presentación negativa del inmigrante subsahariano, “rechazado en frontera” (en palabras del ministro del Interior), masacrado mientras intenta llegar a la costa, expuesto como una bestia subido a la valla de Melilla, sin posibilidad de ser nombrado (el emigrante siempre es anónimo, sin derechos, frente al ciudadano nacional, con todas las ventajas de la ley), y sin expectativas de una vida digna, una vez dentro del país, no hace sino aumentar la distancia social y la dificultad de su integración. El discurso reinante en los medios y en la calle hace crecer peligrosamente la estigmatización y criminalización de los “sin papeles”, que se están convirtiendo en chivos expiatorios y tratados como apestados (según estudios realizados por el Centro de Estudios sobre Migraciones y Racismo – CEMIRA -).

Los últimos atentados terroristas en Francia y Dinamarca no harán sino acrecentar la xenofobia contra el colectivo musulmán, y por extensión el resto de inmigración. Pero llueve sobre mojado. Las actitudes y violencia racistas venían siendo habituales desde hace mucho en la Europa “civilizada”. La muy democrática y estable Suecia vio como una oleada de racismo se cobraba decenas de víctimas en los 90, coincidiendo con la proliferación de grupos neonazis, que bajo el lema “limpiar Suecia de extranjeros”, cometieron agresiones contra todo aquel que tuviera la piel oscura. Los mismos extremistas que hace no mucho también clamaban en Alemania contra la política de asilo y recepción de emigrantes, y que en Francia apoyan las posturas abiertamente racistas del Frente Nacional de Marine Le Pen, con un control más exhaustivo de las fronteras, abandonando el sistema Schengen que permite la libre circulación de personas por todos los países de la UE. Desde hace unos años se viene estudiando la posibilidad de realizar “estadísticas étnicas”, una especie de censo de población, clasificada según su origen y características culturales. La medida, sugerida por el presidente Sarkozy en 2009, fue un escándalo, aunque en otros países ya existía algo similar: en Gran Bretaña el Instituto Estadístico Nacional contabiliza la población sobre bases étnicas, recopilando datos sobre la actitud religiosa, y en Italia el gobierno de Berlusconi impulsó un censo de población gitana bastante polémico. Sin duda, habrá que recordar que los censos de judíos facilitaron su fácil captura por parte de los nazis durante la ocupación.

Para concluir. El problema fundamental está en crear las condiciones de una sociedad más justa, con una distribución más equitativa de la riqueza. Las diferencias étnicas no se aprecian en un medio de igualdad. El jeque repleto de petrodólares que veranea en Marbella no tiene un origen distinto al del refugiado palestino o el “moro” que cruza el estrecho jugándose la vida. La única diferencia es económica. El resto son tópicos creados por mezquinos intereses, fomentados por las élites financieras y políticas, dueñas del mercado global. Los discursos nacionalistas acaban de cerrar el círculo de estos discursos xenófobos, al cubrir el espacio con fronteras ficticias que no hacen sino construir reinos de taifas en los que la pureza étnica y cultural no hace sino justificar la preeminencia de un sistema de jerarquía de clases. Esto puede sonar a discurso añejo, pero la realidad lo confirma. La educación vuelve a ser la solución. El racismo no es innato. Se construye. Al igual que la solidaridad, la igualdad y la justicia.

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