image_pdfimage_print

Las palas del helicóptero giraban rápidamente y a la poca altura a la que se encontraba el ingenio volador provocaba un auténtico remolino en las azules aguas del estrecho. La Operación Paso del Estrecho, más conocida como OPE, hacía pocos días que se había iniciado, y las previsiones a tenor de las estadísticas anteriores y de la coyuntura del momento, había hecho pronosticar a los burócratas de la capital – personas que vivían a más de medio millar de quilómetros de donde ocurrían los hechos y del mar – que esta temporada, la afluencia de inmigrantes rondaría unas tres decenas de miles de vidas humanas. Pero, en esa franja de mar que separa dos mundos, dos culturas, los números dejaban de tener sentido, allá donde la realidad golpeaba día si y día también con desgarradoras historias y dramas personales.

Pero, a poco más de diez metros de altura sobre el nivel del mar, con el ruido ensordecedor del helicóptero, el rescatador colgado de un cable de acero, solo provisto de un traje de neopreno, aletas, gafas y tubo, no tenía tiempo, ni podía permitirse en pensar, en todas aquellas personas que se le habían muerto en sus brazos a causa de la hipotermia, ahogamientos o por colapso del sistema al bajar la adrenalina al creerse salvadas. Obviamente su interés en las declaraciones provenientes del Ministerio eran aún menores.

El Estrecho, cruce de culturas y de mares, es un espacio donde a diario  cientos de embarcaciones de todas las esloras lo cruzan en una u otra dirección, predominan los fuertes vientos, como el famoso y enloquecedor siroco. Corrientes de más de dos nudos que van de Oeste a Este. Lugar perfecto para el tráfico de drogas y también, de personas.

  Nuestro rescatador era plenamente consciente y avezado en este pasillo marino y cuando llegó el momento, se desenganchó,  cayó en caída libre, fueron unos pocos segundos, subiendo la adrenalina necesaria para acometer su tarea. El impacto con el agua era el estimulo para focalizar toda la atención y recordar que se encontraba en un medio hostil. Empezó a aletear y a mover acompasadamente sus brazos al estilo de crol modificado, el oleaje le impedía tener una visión constante, pero no dejó de mirar hacía los náufragos, los cuales cada vez tenía más cerca.

  Un RO-RO que unía Tánger con Algeciras había informado de la presencia de una embarcación con una cincuentena de personas a bordo. No tardaron en activarse los dispositivos de emergencias; Cruz Roja, Protección civil, Salvamento marítimo… Para cuando el helicóptero había llegado la primera de las desgracias ya había ocurrido. La patera hacía aguas y muchos presos por el pánico eligieron la peor de las opciones; saltar al mar. Ahora, nuestro rescatador había llegado al joven que estaba a punto de ahogarse y le puso el chaleco. El cable empezó a descender y una vez estuvo asegurado al chaleco empezó a mover el brazo en círculos, era la señal para elevar de nuevo el cable y poner a salvo al naufrago.

  Mientras esto ocurría, el rescatador volvía a luchar contra las olas en busca del segundo naufrago que habían avistado desde las alturas. En esta ocasión a medida que se acercaba vio como se trataba de una mujer, se percató que según la clasificación de tipos de víctima por ahogamiento, había pasado de ser un distress a una víctima activa. En menos de un minuto, tendría la cabeza boca abajo y el agua empezaría a entrarle por las vías aéreas. Las aletas empezaron a moverse más rápidamente y las olas golpeaban con fuerza la máscara del rescatador. La naufrago aún estaba consciente. Un poco más y llegaría hasta ella.  Otra ola golpeó de nuevo al rescatador y dejó de tener momentáneamente visión con la víctima, tras el paso de la ola, había llegado hasta ella, pero estaba inconsciente. Rápidamente el cable de acero bajó hasta el mar. Esta vez subieron el rescatador y la chica, momento en el que se pudo dar cuenta que se encontraba embarazada.

  Las técnicas de Reanimación (RCP) no surtieron efecto y la chica y el bebé no llegaron a tierra con vida.  ¿Porque el destino había querido llevarse esas dos vidas y no la del otro náufrago? ¿Cual era la lógica de esa cruel burla del azar? ¿Si hubiera ido primero a por la chica se hubieran salvado los tres? Esas y otras muchas preguntas semejantes hacía tiempo que dejaron de formularse en la mente del rescatador. No había cordura humana que soportara esos dilemas continuamente. Hoy había salvado una vida. Y al día siguiente y al otro volvería de nuevo a las peligrosas aguas del Estrecho a jugarse la  vida por ello.

Para la capital, la mujer y su bebé no nacido serían dos números más para engrosar listas y estadísticas. Mientras tanto, el mar volvería a cobrarse otras vidas como tributo a aquellos que por injusticias, desigualdades y miserias se atrevan a cruzarlo.