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El mundo ya no es lo que era, ahora, las procesiones solo se sacan para evitar el mal,de alguna manera todo el mundo necesita creer en algo y los vampiros atacaban una y otra vez a los niños, pues la sangre pura es lo que los hacían más fuerte. Así que en aquel pequeño pueblo, sacaban a su pequeño Santo para alejar el mal. O eso pensaban…

Estaba trabajando en aquél pueblo al Norte de España, en una pequeña colina rodeadas por montañas, mi hermano Toni y mi madre habían venido a visitarme. Mi madre se enteró que esa noche sacarían en procesión al niño mani-atado que era tan alabado en aquella aldea y patrón de allí. Era un pueblo oscuro, pues las montañas tapaban muy temprano el sol. Yo pensé que no era buena idea de ir allí, sabía que se juzgaba al devorador de niños y seguramente lo ahorcaran. Era el único sitio de España donde la pena de muerte pública era permitida en el siglo XXI, como tradición al igual que los toros. Por ese motivo estaba permitido ese sufrimiento.

Ese era el día del juicio final de aquél ser despreciable. Todo el mundo lo quería muerto. Cuando paró el furgón policial lo sacaron con un forcejeo, maniatado, tenía el rostro pálido y los ojos vendados con un trapo rojo y una cruz dorada que se mostraba al frente. De su boca, unos grandes colmillos apretaban una cadena que bordeaba la cabeza y bajaba por la nuca hasta cerrarse entre las muñecas, un policía alto lo guiaba a empujones hacía una escalera. El ser gruñía de forma salvaje, un sonido casi insoportable para los oídos de cualquier ser viviente. Cientos de personas que caminaban con sus mejores trajes y portando cirios que iluminaban de forma aterradora aquella noche estrellada se aglomeraban frente al cadalso. Un sacerdote que presidía la cofradía alojó un Santo sobre un pedestal rodeado de velas a un pequeño Santo de un niño con la cabeza gacha y las manos atadas, recubierto en una túnica de terciopelo morada bordada en plata. Olía a cera quemada en el ambiente y el murmullo de la gente se veía roto por un esporádico… “MATADLO”, “ASESINO”, “SER DEL DEMONIO” y otras cosas desagradables, tan desagradable como aquél engendro.

Un hombre robusto subió al entarimado con una capucha negra y la cruz dorada bajos sus desquiciados ojos. Tomó la soga y la deslizó por la cabeza del asesino que seguía gruñendo y zamarreándose. Apretó el nudo y abrió la trampilla.

Un fuerte aleteo se escuchó en aquél cielo estrellado. ―¡VAMPIROS!― Alguien gritó, la gente corría, la policía disparaba casi a ciegas, el Santo fue golpeado por uno de esos bichos y rodó hasta los pies del sacerdote que se quedó paralizado. Miró al Santo que besaba el suelo, temblaba, pensó en cogerlo, pero no llegó a ello, un vampiro bajó veloz del cielo y lo rodeó con sus alas huesudas mientras le daba un mordisco en la yugular, con la barbilla chorreando sangre el vampiro gruñó al cielo. La nube oscura que formaban los vampiros era aterradora, debía de haber cientos de ellos

Temí por la vida de mi hermano de solo cuatro años. Mi madre estaba aterrada y corrió junto a la multitud con mi hermano en brazos.

― ¡Corre mamá! poneos a salvo.

La gente gritaba y huía, caían como moscas, los vampiros transformados en gigantescos murciélagos, caían del cielo en picado para apresar a sus presas, como un halcón que caza un conejo para su cena, éramos conejos ante ellos. Yo corrí tras la gente, los vampiros despedazaban a todo aquél que se les cruzaba por el camino. Una chica corría al lado mío y un engendro bajó veloz, como un cohete, con las alas adaptadas a su maltrecho cuerpo y la derribó, arrancándole un trozo de su cuero cabelludo con su poderosa mandíbula, un mechón de pelo rubio resbalaba por la barbilla picuda de aquél animal. Otro vampiro se dirigía hacia un hombre que andaba de un lado a otro, cantando, estaba borracho, intenté avisarlo cuando el ser paró a su lado, lo olisqueó, el hombre se asustó y cayó al suelo. El vampiro pasó de él como si no fuese nadie. Hubiese vivido a no ser que las pisadas de la gente que huía le estrujaran la cabeza dejando su cerebro desparramado en el asfalto.

Me dirigí al furgón, sabía que con las manos vacías no podría mantener a salvo a mi familia. Tiré de la maneta que saltó con un chasquido ―Gracias a Dios que estaba abierta― pensé y deslicé la puerta del vehículo que paró con un golpe metálico. Nervioso y con el corazón que se me iba a salir por la boca, me puse a rebuscar entre los artilugios que había dentro del furgón, no encontré ningún arma. Salí en el momento que otro vampiro se posaba en el techo con un fuerte golpe que abolló la chapa, abrí la puerta del copiloto, entré busqué en la cabina, miré en la guantera, nada. Busqué con nerviosismo y allí, sí allí, afortunadamente, encontré una ak-47, estaba debajo del asiento. Deslicé el cargador, ―Bien― me dije, seguía de suerte, estaba cargada. El vampiro que había en el techo se deslizó hacia el filo de la puerta donde yo me encontraba, asomó la cabeza y con el pulso temblándome le di un tiro a bocajarro en la cabeza, cayó desplomado sobre el asfalto. Salí bordeando el vampiro que yacía inmóvil en el suelo y volví a mezclarme con la muchedumbre. No tardé en dar la primera ráfaga de tiros pues un vampiro con la soga al cuello volaba hacia mí, era el reo. Corrí y corrí calle abajo, mientras intentaba mantener lejos a aquellos seres. Noté una presencia al pasar corriendo por al lado de un portal, me detuve al mismo tiempo que apuntaba por intuición.

― ¡Dani, Dani…, oh…, Dani! ―Dijo mi madre llorando.

― ¡Vamos, vamos!

Giramos una esquina y vimos un portal entre abierto. Subimos las escaleras y en la tercera planta disparé a la cerradura, ― ¡Mierda, no quedan balas!― Me dije y me impulsé con todo mi cuerpo haciendo ceder la puerta, saltaron astillas. Creí que estaríamos más seguros. Mi madre soltó al niño con un gemido. Al soltarlo, se fue corriendo a un rincón y se sentó apoyado en la pared acurrucándose las rodillas con los brazos. Temblando Miré a mi madre y la vi con los ojos desorbitados y la mirada perdida. Los labios le temblaban.

―Tranquila mamá, no pasará nada. Saldremos de aquí.―Ella no dijo nada.

Miré entre los agujeros de la persiana y vi que el vampiro que llevaba la soga en el cuello pasó volando y olisqueando cerca de la ventana, abajo la tragedia se seguía mascando, los vampiros seguían con su festín, algunos caían heridos del cielo gracias a algún disparo procedente de algunas personas en su afán de exterminarlos, pero seguían matando, una mujer lloraba al lado de su hijo, estaba desparramado en el suelo y tenía un brazo arrancado, intentó cogerlo cuando otro vampiro se abalanzó sobre ella. Por la ventana volvió a pasar el de la soga, nos estaba buscando. Quería a mi hermano, estaba seguro, pues no sería al único niño que le absorbería la sangre. Varias personas venían en dirección al portal corriendo desesperadas. Tenía que actuar. Podríamos estar en su casa. En pocos segundos lo comprobé, subían las escaleras dando gritos, desesperados.

Me coloqué tras el marco de la puerta de entrada intentando mantener mi respiración entrecortada, tenía pánico. Esperé a que entraran. Tenía el pulso a mil, hasta que el bombín de una cerradura giró en la puerta de enfrente. Bajé el arma relajado. Todo estaba quedando en un susto.

― ¡ARRRGGHHH!― Un gruñido sonó cerca y dentro del portal, el eco lo hacía aún más escalofriante. Mi madre temblaba y lloraba. Mi hermano se limitaba a preguntar qué pasaba, pálido.

Mantuve firme mi metralleta con la esperanza de asustar, pues no tenía munición. Pude notar el aliento a sangre putrefacta que emanaba del hocico de aquel ser transformado. Me ahogaba en mi propio miedo, aferré fuerte el arma con la intención de darle en la cabeza con la culata. El ser ahogó su gruñido y cayó al suelo. Un abrecartas sobresalía de su espalda. Mi respiración volvía a entrecortarse y un sudor frío me subió desde el estómago haciéndome vomitar. Mi madre no podía tener peor cara. Al rato, la cuerda que seguía atada al cuello del ser se tensó y el engendro comenzó a deslizarse hacia atrás, dejando un rastro viscoso en el suelo que le emanaba de la boca. Me armé de valor y me aferré al arma, casi no recordaba que no quedaba munición. Un hombre grande y cubierto de sangre entró.

― ¡No te muevas! ―Grité, llevando el cañón hacía la cabeza del hombre que levantó las manos― ¡No hagas ningún gesto brusco o te juro que te vacío el cargador en tu puta cabeza!

El hombre empezó a reírse, bajó las manos y apartó el cañón.