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Los personajes iban llegando eufóricos. Recuerdo sus risas y cómo trataba de no oírlas. Ese día estaba hastiado del mundo: otra típica crisis post-adolescente acompañada de melodías rockeras. Todo cambió cuando llegó Bastián con la su novia Johanna. Como si hubiese sido un imán, todos fueron atraídos hacia el célebre dirigente estudiantil. Bastián no tardó en hacer de las suyas:

         -Hoy me puse a pensar acerca de la importancia de la escuela de Husserl en los escritos de Heidegger. De hecho, ¿no será todo el pensamiento postmoderno una abstracción fenomenológica de estos filósofos? No sé si han leído a Nietzsche pero él también de una u otra forma al hacer el estudio sobre los griegos, partió de una manera husserliana preocupándose de las percepciones individuales y secundarias en torno al objeto primario en cuestión

         Lily, la hippie chic por excelencia, comenzó a rebatirle hablando de Hanna Arendt y Sonia Montecino. Me apesté. Fui a emborracharme, a evadir mi puta vida, no a escuchar a unos engreídos bastardos. Me paré. No recuerdo si me despedí o no y me largué. Me sentía solo, atolondrado e ido. Pensé en algún amigo de verdad. Desde un teléfono público llamé a alguien de quien hacia meses no sabía nada: Víctor.

         -Aló… ¿Víctor? Hola, compa, tanto tiempo, hueón. Oye, juntémonos en el centro

         Su voz se notaba gastada y la fragilidad de su respuesta, extrañamente, me dio esperanzas.

         -Está bien… Juntémonos en donde…en donde siempre: el Parque de los Reyes

         Víctor recién había entrado a estudiar ingeniería industrial. Su vida no era como la de mis amigos borrachos y drogos. Él quería formar una familia y dedicarse cien por ciento al trabajo. Su tranquilidad y rutina era torcida cada vez que se juntaba con Luisiño y conmigo. Luisiño, eso sí, estaba en el norte. Compramos tres botellas de cerveza en el local donde siempre nos atendía un tipo extraño. Nos perdimos en un callejón al frente del parque y comenzamos a beber. De pronto, un rottweiler y su dueño, un flacuchento con cadenas colgando y una camisa floreada abierta, aparecieron a nuestro lado. Nos miró un largo rato mientras su perro nos olfateaba. Luego, se fue un tanto confundido. Entonces, decidimos ir a la plaza y terminar ahí nuestro brebaje.

         -¿Crees en el más allá?- la pregunta de Víctor me llamó la atención. Sus ojos brillosos se perdieron en el horizonte.

        -Tú sabes que creo en duendes, fantasmas, demonios; todo lo raro, bienvenido sea- le contesté riendo. El alcohol me ayudaba una vez más a escupir mis vacíos- ¿Por qué?

        -No, es que… He tenido una vida de mierda… Ya… Ya no tengo mundo…

        -Yo tampoco. Y creo que me gusta no tenerlo. ¿A ver? ¿Por qué estás tan tristón? Apuesto a que es una mina, y si es de tu U estás cagado porque para conquistar a una hippie chic simplemente debes ser un postmoderno alternativo neokantiano expresionista documentalista fotógrafo con magíster en el extranjero, descendencia europea, experto en arte abstracto-contemporáneo y que se la pase en el barrio Lastarria, el Bellas Artes, el cine arte y además debe saber esoterismo hindú. Obvio: debe ser un comunista pop acreditado… Y quizás soldador al arco

         Víctor me miró más triste aún y contestó:

         -Eres muy hueón

         Luego tomó de un sorbo casi la mitad de la segunda botella. Como si el alcohol hubiese quemado su alma, dijo:

         -Hueón, hagamos algo loco… Estoy harto… ¡Vamos!

         Su actitud me dejó dubitativo. ¿Era el Víctor?, pensé. Lo seguí. Cruzamos todo el centro de Santiago y llegamos al cerro San Cristóbal. Caminamos por la calle que le rodea. Pensé que iríamos al sector de camping El Ermitaño. No fue así. Víctor se detuvo ante una ladera del cerro y gritó. Entonces comenzó a subir como loco. Me pareció un buen juego, sólo que andaba con bototos y de escalar cerros no tenía idea. Pero vamos, pensé, hagámoslo. Al principio me fui afirmando de algunas hierbas que salían al paso. Sin embargo, más arriba, todo se hacía brutalmente arenoso. Miré hacia atrás: ¿cuántos metros iban? Apenas se veía la calle. De pronto, no pude asirme a nada firme; comencé a resbalar. Una caída significaba mi muerte y en un segundo no vi mi vida pero sí pensamientos inconexos: una botella vacía, la ventana sin cerrar, ese cuaderno de dibujos. Entonces Víctor me despertó de la agonía:

         -¡Hueón, agárrate del tubo!

         A mi derecha apareció un tubo oscuro milagroso. Gracias a él llegamos por fin a un lugar más llano. Me tiré al suelo acalambrado. Estuve sin poder moverme por media hora. A nuestro lado un cartel decía: “No pasar. Terreno de derrumbes”. Había cientos de piedras sobre nosotros. Cuando pudimos seguir, descubrimos que estábamos perdidos. Caminamos por horas en trayectos húmedos (en el día anterior había llovido), delgados como el grosor de una cañería. Víctor estaba ido; yo, cansado.

         -A este paso vamos a llegar al cielo subiendo- le dije.

         Me miró con un gesto de sorpresa. De pronto, apareció un lugar de camping. Volvimos a escalar un poco y por fin hallamos la calle de regreso. Salimos por el sector de Pedro de Valdivia siendo que habíamos entrado por Pío Nono. Nos abrazamos de alegría. Me había olvidado de mis berrinches post-adolescentes. Él, en cambio, seguía triste. Ya era de noche. Cuando nos despedimos, me quiso decir algo:

         -Oye, casi morimos hoy… Y… Mira… Hace tres meses… Mi mamá…

         Se quedó callado. No quiso seguir hablando. Le di un abrazo fraternal. Entonces se marchó.

         Para darle un fin de película a esa historia, y sentirme el típico personaje principal con su chaqueta negra apoyado en una esquina fumando, me compré un cigarro. Lo gracioso es que yo no fumo.