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PRIMERA ESCENA: CREMATORIO DE LA INQUISICIÓN

Un amigo me llamó la atención sobre una extraña noticia que encontró casualmente mientras investigaba en la prensa de principios del siglo XIX en España: El Diario Mercantil de Cádiz publicaba el lunes 6 de marzo de 1826 el hecho extraordinario de un radiante objeto “de forma piramidal”, “semejante a una gran tinaja vuelta boca abajo”, sobrevolando pausadamente los cielos castellanos ante la vista general en pleno día. Entre informaciones sobre actividades de grupos ultrarrealistas, persecuciones de liberales y loas al absolutista rey Fernando VII, este breve apunte de rancia textura literaria parecía sacado de un relato de ciencia ficción, que Iker Jiménez podría haber incluido en alguno de sus “milenios”. Sin embargo, vinieron a mi mente, más que las machaconas referencias modernas sobre extraterrestres, las mucho más misteriosas y fascinantes alegorías mágicas del “Manuscrito encontrado en Zaragoza“, relato fantástico publicado en 1805 por JanPotocki, plagado de endemoniados, inquisidores y cabalistas.

La España de aquel tiempo era un pozo del que podían sacarse tanto aguas envenenadas como joyas alquímicas. Sin duda, pasto de románticos y jardín de locos. Goya lo expresó estupendamente bien, pasando de los rosas y azules neoclásicos a los negros y brumosos de sus “Desastres” y los muros de su Quinta del Sordo. Y rebuscando en los sucesos de ese año singular, 1826, encontré otro no menos significativo que el del fatuo fuego celeste: el del último ajusticiado por herejía en España, no ya por la Santa Inquisición, qua ya había dejado de existir desde que la abolieran definitivamente los liberales del Trienio, sino por la Junta de Fe de la diócesis de Valencia, cuyo arzobispo, un tal Simón López, había creado por su cuenta y riesgo para sustituir al extinguido tribunal.

Sin duda, la reluciente bola de fuego podría haber cruzado también los cielos de Valencia para añadir espectáculo al asesinato del maestro de escuela Cayetano Antonio Ripoll (1778-1826), acusado de no creer en los dogmas católicos, y ahorcado el 31 de julio de nuestro señalado año. Un crimen que pasó desapercibido por la censura impuesta por el absolutismo y la imposición clerical, pero que causó escándalo entre los sectores europeos menos conservadores. El maestro Ripoll había luchado en la Guerra de la Independencia, hecho prisionero y llevado a Francia, donde fue acogido por un grupo de cuáqueros. Tras esta experiencia, su vida y sus ideas ya no fueron las mismas.

El informe del arzobispo dice lo siguiente: “Ripoll se había establecido con el encargo de maestro de escuela en la parroquia de Ruzafa, extramuros de la ciudad (de Valencia), partida del Perú o Ensilvestre (zona de huerta, hoy integrada en la ciudad de Valencia, conocida con el nombre de La Punta). No quiso rectificar en su alma las verdaderas ideas de nuestra santa religión, para restituirla a la creencia católica. No creía en Jesucristo, en el misterio de la Trinidad, en el de la Encarnación del Hijo de Dios, en el de la Sagrada Eucaristía, ni en la Virginidad de María Santísima, ni en los Santos Evangelios ni en la infalibilidad de la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana; no cumplía el precepto pascual, impedía a los niños dijesen ‘Ave María Purísima’ y que hiciesen la señal de la cruz, que no era necesario oír misa para salvarse y retraía a los mismos a dar la debida adoración al Señor Sacramentado, cuando era llevado para administrar el viático a los enfermos”. Fue denunciado por vecinos de la zona, “analfabetos en su mayoría, que no entendían por qué no seguía los rituales tradicionales del catolicismo, a pesar de la bondad, el desprendimiento y el amor a sus semejantes de que siempre hizo gala”, según los testimonios recogidos por algunos de sus coetáneos.

La Audiencia de Valencia, a pesar de no contar con la autorización del rey, dictó y ejecutó la sentencia el 31 de julio de 1826, tras haber pasado dos años en prisión. Fue ahorcado y, por orden del tribunal, el cadáver fue metido en una cuba, pintada con unas llamas. La cuba fue llevada al río y el cuerpo fue “enterrado en el lugar destinado a tales reos [condenados por herejía], fuera del cementerio“, tal como relató el presidente de la Junta de Fe, Miguel Toranzo. Ripoll fue «entregado a las llamas», al infierno, como en otro tiempo se hacía con los herejes contumaces. Según otras versiones la cuba con el cadáver fue quemada en el antiguo Cremador de la Inquisició (crematorio de la Inquisición), próximo al puente de San José, precisamente donde ahora se encuentra el Centro Comercial Nuevo Centro, en la parte cercana al antiguo cauce del río Turia.

“El pobre Cayetano se retorcía bajo la soga mientras la cuba pintada con las llamas del infierno esperaba su cuerpo. Yo lo vi. Lo vi al salir del centro comercial, que, como después supe, había sido construido en el mismo lugar donde se hallaba el antiguo crematorio de la Santa Inquisición.”

Ficción, realidad, magia, aquelarres, ejecuciones sumarias, negras señales apuntadas por bolas de fuego cruzando el cielo de La Mancha. Podría ser verdad: una visión apocalíptica de inocentes devorados por el fuego de los adoradores de Satán, mientras sales de compras de un centro comercial. Fuerte impresión la de relacionar un crematorio inquisitorial con un templo del capitalismo. Quizás la bola de fuego anunciase algo que no supieron advertir sus testigos. El sacrificio de tantos inocentes a manos de sacerdotes diabólicos, reencarnados en otros tantos criminales que a lo largo de estos dos largos siglos han ejercido en España su particular justicia, dejando en las cunetas sus restos, y pretendiendo que el olvido se ocupara de ellos, ha tomado un peso demasiado grande en nuestra historia. Quizá otra bola de fuego deba recorrer los cielos y dejar otra señal inversa.

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