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SEGUNDA ESCENA: FÁBRICA ABANDONADA EN VALLECAS

Uno de mis recuerdos más nítidos de infancia es el camino nocturno entre barro y hierbajos que mediaba entre mi casa y la zona donde se ahora se halla esa fábrica abandonada, isla de memoria infeliz de años siniestros en el Vallecas de la inmigración, donde mi padre trabajaba. La frontera entre la barbarie urbana y la naturaleza en descomposición se perfilaba en ese camino, donde años más tarde se trazaría la M-40. El dueño de esa fábrica era nada mas y nada menos que Leopoldo Calvo Sotelo, esfinge crepuscular de la extinta UCD, que materializó en su efímero gobierno el ingreso de España en la OTAN, haciendo el juego sucio de lo que luego vino a ser el teatro preferido del PSOE: dejar hacer a la derecha lo que no sería políticamente correcto en la descafeinada izquierda, pero que no se corregiría nunca, es más, se ahondaría en el juego de los hechos consumados. Me doy cuenta de que, mirando atrás, la foto de esa fábrica abandonada es la de todo ese período largo y trágico, lleno de mentiras y manipulaciones, en el que los mangantes y pícaros de la dictadura se reinventaron magníficamente bien en su continuación democrática, creando el gran casino nacional. La imagen de Blesa, sorprendiéndose ante el juez ante preguntas sin respuesta, me deja la sensación amarga de su risa interna, su seguridad por creerse impune, al igual que todos sus predecesores chupadores de la sangre de todos los que como yo, junto a mi padre, caminábamos por el barro de ese camino que separaba la descomposición del campo del salvajismo de la explotación y la chapuza patria.

TERCERA ESCENA: EL PERRO DE MARISCAL

¿Recordáis aquel perro diseñado por Mariscal para ser la mascota de los Juegos del 92? Vázquez Montalbán, en un requiebro literario digno del mejor surrealista, lo describió como “un animalito sin dentadura, sin esqueleto, ni tan siquiera estatura de perro, ni siquiera es un perro: yo creo que es el alma de un perro atropellado en una autopista de peaje. Tiene el hocico hacia el oeste, cada pata por su lado y unos ojos obligados a la mirada plana por culpa de los neumáticos de un vehiclelonge, probablemente holandés o alemán, los camiones más pesados que he visto nunca… El perro de Mariscal es el alma de un perro atropellado en una autopista convertida en llufa clavada en el culo de la  España del V Centenario y de los Juegos de 1992”. Estas palabras, escritas en 1988, destacaban la miseria ética de un país encaminado a la ruina del Españistán de Aleix Saló. Los fastos de aquella conmemoración junto a la borrachera del tan cacareado éxito de la modernización y crecimiento económico de una España sedienta de dinero europeo, condujeron a la resurrección del más amargo de los episodios nacionales de ultramar, el “descubrimiento” y conquista del continente americano, que tanto hizo por construir el mito de la España imperial y que sirvió de base al más castizo de los discursos fascistas del pasado siglo. Hubo ya en ese controvertido año de 1992 furibundas críticas a la celebración, todas amortiguadas por el teatro de nuestro supuesto infinito progreso, aunque la huella del tradicional caciquismo no solo estuviese aún fresca, sino que seguía muy vivo bajo apariencias de modernidad democrática. El perro de Mariscal, como el de Goya de sus pinturas negras, o como el pobre Excalibur, sacrificado en un entorno de impotencia y realismo sucio, es la imagen de nuestra Historia, un constante atropello en una autopista de peaje, esta vez vacía por la crisis a la que nos han conducido los inductores de esa misma España Imperial, salpicada de crímenes aún sin resolver. A un lado y otro del océano las víctimas todavía claman encerradas en el fondo de su caja de Pandora particular. ¿Sin esperanza? Está por ver. A Vázquez Montalbán le gustaba la mascota de Mariscal porque le recordaba a todos los perros que se le habían muerto, y le infundía la esperanza de que algún día resucitaran por obra y gracia de la misericordia del dios de los perros.

CUARTA ESCENA: ENTIERRO DE LA DUQUESA DE ALBA

Tras el incalificable espectáculo anacrónico del entierro de la duquesa de Alba, la «esencia de Sevilla», como la calificó uno de sus miles de mentores populares, y su masivo seguimiento mediático; el esperpento del caso del «pequeño Nicolás», tras el que se revive «la corte de los milagros» valleninclanesca; y la indignante visión de una anciana desahuciada en Vallecas, triste ejemplo y contraste infernal de la aclamada aristocracia latifundista, creo que puedo afirmar rotundamente aquello que Max Estrella decía en Luces de Bohemia:  «España es una degeneración grotesca de la civilización». Juan Goytisolo, reciente premio Cervantes, en consonancia y coherencia con los planteamientos críticos de las contadas mentes lúcidas que han sabido ver y contar la realidad de este país, no ha dudado en volver a denunciar el nefasto efecto de ignorancia y atraso que la moral nacionalcatólica y la fuerza de una rancia oligarquía, han producido a lo largo de nuestra historia y en el presente. Asisto, ya sin sorpresa pero si con hastío y enfado, a la misma realidad que Berlanga retrató en «la Escopeta Nacional», que Galdós nos desgranaba en sus «Episodios Nacionales», que Blanco White describía en sus «Cartas de España», o que Goya reflejaba en sus Grabados. Hay en concreto uno de sus cuadros que me viene a la mente y que concreta la metáfora cruel de nuestro tiempo: “San Francisco de Borja y el Moribundo Impenitente”. El Santo muestra el crucifijo al cadavérico cuerpo que, entre espasmos, parece gritar de dolor, mientras los demonios le acechan junto a la cabecera, esperando como hienas impacientes su inminente muerte. Pero el pobre desgraciado no parece arrepentirse ni mostrar ánimo positivo alguno, por lo que de la cruz sale un chorro de sangre que condena sin piedad al moribundo. La escena es oscura e inquietante, y puede ser la metáfora de toda una época. ¿Es que no hemos aprendido nada como sociedad? ¿Tenemos que asistir impasibles a tanto despropósito? Sin duda todos acabamos manchados de esa sangre, y el tiempo se acaba.

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