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Me hallaba placiendo con mi duermevela de la siesta, mas dormido que despabilado, allí, encajado en el rincón favorito de mi sofá preferido, cuando mi teléfono, erguido en la repisa, comenzó a berrear.

Los timbrazos de éste me pusieron en guardia, y al instante, cuando mi conciencia comenzó a clarear, sospeché que se trataba de alguna de esas llamadas inconvenientes.

–¿Diga? –pregunté con sequedad de boca y aridez en el ánimo.

–Hola-soy-Germana-de-termo-estetica-se-puede-poner-la-señora

Así habló el otro extremo del hilo telefónico, sin puntos ni comas, sin tildes ni signos de interrogación, y con letra cursiva, de esa que por su inclinación aerodinámica semeja correr más que cualquier carácter tieso con la seriedad de una escritura honrada.

Entonces mi oído se notó enredado y dedujo termoestética, en vez de la cosa esa que después me aclaró la tal señorita Germana.

–Ah, yaaaa –respondí con sorna–. Harto difícil me parecía introducir la estética en un termo, a no ser que tratemos de conservar intactas las arrugas de las camisas… Pero Germana atajó mi discurso y dijo de nuevo…

–¿Se puede poner la señora?

–¿Cuál de ellas, Germana? –pregunté–. Aquí viven cinco señoras, pero morar, lo que se dice morar, sólo mora una. Resulta extraño que se hallen las cuatro señoras restantes aquí, ya que son polígamas y van de aquí para allá, donde la miel les parece más apetecible; actitud ésta que apruebo por libre y digna… Escuche mis aplausos ¿Los oye?

Germana se mantuvo callada durante unos segundos, pero su respiración, clara y arrítmica a través del auricular, me decía que estaba sopesando lograr cinco ventas de la estética esa. O, tal vez,   se sintiera escandalizada ante la actividad, lícita y en todo derecho, de todas las señoras, pues, aunque haya quienes expresemos tolerancia, siempre te encuentras traficantes de-sueños-de-siesta-rota que se trastornan ante la libertad humana.

La respiración de los vendedores por teléfono confunde mucho, así, cuando yo trataba de descifrar sus latidos, Germana habló de nuevo, por fin.

–Bueno, pues que se ponga la señora que esté ahí –me dijo, y concluyó con la coletilla que solía concluir mi abuela–, a mal andar…

Este final de frase (a mal andar…) me dijo que Germana era mujer del pueblo, con esa llaneza que únicamente se conserva entre paredes de adobe, así que decidí poner una nota caritativa en el mercadeo que ella intentaba.

–Pues lo siento mucho, Germana, tampoco va a ser posible que hables (ya la tuteaba) con la quinta señora, porque se encuentra repartiendo caridad espiritual en su despacho… Es sexóloga, sabes… Y ahora se halla escuchando un trance ajeno.

–Pero bueno, digo que alguna vez podré hablar con alguna de las señoras, o con las cinco a la vez… ¿Cuándo podré coincidir con ellas? –Dijo Germana con ánimo de cotilleo más que de vender la cosa térmica esa

–Va ser muy embarazoso para ti, Germana, porque sólo coinciden cuando viene a lo que vienen, y además, como a veces traen parte de sus harenes…

–me dejas sorprendida –ya me tuteó–. ¿Tenéis camas redondas?

–No… Qué va. Las camas de esta casa son normales, de esas que se usan para acostarse y, si los pesares no te asaltan, dormir con gozo, que para eso es el embozo. Los otros quehaceres, esos que tú sospechas, se realizan sobre alfombras, en el suelo.

–Pero… ¿Consientes todo eso? Porque…, tú eres el señor de la casa…, ¿no? –me preguntó Germana con voz compasiva; y remató–. Pobre hombre…

–No te lamentes, Germana –tranquilicé a la vendedora de estéticas raras–. Es verdad; soy el único hombre de la casa, pero no el señor. Las costumbres de las señoras me traen si cuidado, es más, me parece legítimo que disfruten. Yo soy el señor-mayordomo; muy conformista, por cierto… Me conformo con las sobras.

Germana se quedó en silencio, y su respiración se notaba indefinida, así que aproveché para despedirme hasta otra jácara.

–Lo siento, Germana, pero tengo que despedirte… Me he de poner a fregar, pues hace tres días que no fregoteo, y tengo el fregadero…

Creo que Germana no esperó, siquiera, a oír los puntos suspensivos del final.

Moraleja.

Cuando te despierten de la siesta para contarte cuentos de telefonía, o traten de venderte naranjas que aseguran ser de jugo mágico y llegarán rodando solas a tu casa, tienes varias opciones para desprenderte de tanta pesadez: colgar sin más, dejarte influir, o contarles fábulas más increíbles que los prodigios que te intentan endilgar. También puedes decir (como suele una amiga mía con bastante-lúdico-descaro) que el titular de la línea se ha muerto, o que está en la cárcel. Lo más efectivo para tupir las intenciones del mercader telefónico es recitarle un poema: al escuchar el primer verso suelen colgar sin decir muuuu.