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Me levanto, todavía es de noche. Me siento desorientada y la habitación es un cúmulo de otras habitaciones donde alguna vez he dormido. Abro una puerta que de repente aparece allí en medio, salgo a gatas por el pasillo que está forrado de rasposa moqueta y arrastro mis piernas hacia las tinieblas. No se qué estoy haciendo, pero estoy en la cocina y mis manos buscan a tientas algo en un cajón. ¿Buscan un cuchillo? Pronto soy respondida, no es eso lo que estaban buscando, el objeto que mis manos ahora agarran firmemente es un pelador de patatas; lo agarran como un niño agarra una piruleta, con fuerza y con miedo (a que se caiga)

De pronto me hallo en el servicio. Una luz se enciende y allí encuentro al ser que se refleja cuando miro al espejo. Y lo miro y le escupo. Pronto, rápido, delicadamente mis manos emprenden su tarea deseada. Agarrado bien el pelador, lo acercan a mi cuello. Amenazan y se ríen de mi mientras yo no me siento demasiado angustiada; pero pronto me percato de que no cortarán a lo largo de la carretera, sino que, vaya, parece que me quieren pelar como si fuera una zanahoria.

Enfundado el pelador en mis manos y sin apartarse éstas de mi cuello, comienzan a moverse con la agilidad de un barbero y empiezan a pelar la carne desde mi barbilla, a través de mi garganta. Una y otra vez aparecen restos de músculo y grasa que mis ojos apáticos ven caer al lavabo, que no se ensangrienta. Con gesto simple y preciso me han dejado sin papada. Ya no queda nada, y mis ojos asemejan contentos al observar mi nuevo perfil. Parecen consentir cualquier futuro movimiento a mis manos.

Satisfechas como un escultor al contemplar su obra, frenéticas mis manos se mueven y excitan cada vez más. Raudas se deslizan por toda mi cara, pulen mi barbilla y diseñan mis labios. Conscientes de mi aprobación velada desfilan hasta mi nariz, donde cortan y tallan hasta dejar en medio de mi cara algo pequeño que se asemeja más que a una nariz, a una fresa.

Yo estoy complacida con el serrín que han dejado en el suelo. Pero las manos avariciosas no se contentan con dejar mi rostro así. Ellas quieren que su obra sea suya hasta el final. Yo quiero imponer mi autoridad sobre ellas, sin darme cuenta de que ya hace tiempo claudiqué.

Mis manos entusiasmadas vuelven a acercar su arma a mi piel, serpentean hacia mis brazos donde eliminan lo que sobra, resbalan hacia mi vientre esculpiéndolo, giran hacia mi espalda como si bailasen y reducen mis glúteos a la esencia, bajan a mis muslos donde dejan un artístico hueco entre las dos piernas y terminan detallando mis gemelos y mis tobillos ahora ambos finos como una rama nueva en primavera.

Estoy contenta claro, claro. Y parece que empiezo a sentir el mismo éxtasis que mis manos y mis ojos sufren, y parece que no me percato de que la talla se vuelve violenta, de que no hay rastro de artista donde ya solamente hay de carnicero. Siguen pelando, cortando y rasgando la ridícula figura que forman mis (ya escasas) carnes. Pronto, muy pronto no quedan huesos ni pestañas. Ya no queda ni siquiera sujeto que pueda mirar su reflejo.

Pero vuelve a la cama.