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¿Por qué fui rechazado de esa forma tan vil y mezquina? ¿Por qué el dolor? ¿Qué se escondía tras sus miradas de burla? Quizás debiera pasar página y olvidar mi pasado para así seguir viviendo, sé que muchos lo intentan e incluso lo consiguen. Pero la herida cicatriza o sigue sangrando, desgarrándome como si fuera un animalito indefenso apresado por la trampa de un cazador. Dos cadenas, que rodean mis tobillos, sujetan un peso infame. De cualquier manera, olvidar mi pasado sería traicionarme. Profeso lealtad al dolor que sufrí, que ha construido los cimientos de mi alma. Soy esclavo de mi pasado y quiero desatar las cuerdas y echar a andar sin rumbo, al menos sin una meta que alguien haya fijado para mí. Porque anhelo la libertad por encima de todas las cosas.

Vivo en San Elmo, una isla mediterránea que se encuentra cerca de Grecia y de Libia y lejos de todos los sitios. Al menos que un día suba a un barco que rompa las olas y desembarque en Europa o en África nunca saldré de aquí. La isla se erige entre dos continentes como una pequeña mancha en el mantel. Pertenezco a este lugar como un ratón a la jaula del laboratorio en que experimentan con él. En cierto sentido experimentamos con los demás, buscando conocer sus reacciones para conocerlos, dominarlos, hacerlos nuestros. Por eso cuando una persona se muestra imprevisible, misteriosa o reservada nos molesta.

Me he fijado la tarea de experimentar con los demás como ellos hicieron conmigo.

Permíteme que me presente, soy Alessandro Fallaci (mi nombre significa el que defiende a los hombres, aunque creo que sólo se aplicaría en ciertos casos). Provengo de la colonia de italianos que ocuparon la isla en el siglo XVI, aunque tengo parientes que descienden de los griegos, que estaban empeñados en pelearse con los espaguetis. Hasta hace poco era estudiante universitario, pero he decidido centrarme en una nueva labor, excitante, sanadora y un poco alocada. Tampoco es que las clases fueran una maravilla, la mitad del tiempo estaba en Babia. Tomaba asiento en la fila que se extiende al lado de las ventanas y oteaba el horizonte, azul, inabarcable, creo que la atracción que siento hacia el mar resulta de que parece infinito.

Mis ojos, estas joyas de cristal, unas ocasiones se detienen en un lugar sin ver y otras captan el detalle más nimio. Me gusta fijar la mirada en los ojos de otras personas porque vislumbro su alma. Si fruncen el ceño es que son infelices. Si sus ojos ríen pasan por un momento dichoso. Si son vidriosos es que han arañado sus espaldas. He visto diecinueve primaveras. De pequeño vivía en el campo, apartado de la costa por unas colinas que coleteaban por un inmenso valle como enormes gusanos de piedra fría, dejando atrás algunas villas. Para mi sorpresa aprobé el curso de ingreso de la universidad a la primera, nada de recuperaciones. Así que vine a vivir a la capital, San Elmo, independizándome del agradable abrazo de mis padres, que se quedaron para sacar el máximo provecho del terrón de azúcar moreno donde cultivan viñas, produciendo un vino dulce.

Adoro los campos verdes porque aprecio la soledad, el soplo del viento y los surcos de las máquinas, que recorría con mi motocicleta, pero soy un hombre de letras y tengo unas ambiciones no más elevadas que mis padres, pero sí diferentes.

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