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Uno se hunde en uno mismo

porque los pensamientos

parece que no tienen fondo

y uno corre el riesgo

de seguir hundiéndose,

y es incierto el regreso.

Pasa súbitamente

y es cuando uno tiene el agua al cuello

que logra darse cuenta

que le ha dado demasiadas vueltas

al asunto,

que ha pasado demasiado tiempo

inmóvil como un peso muerto

y que por eso ha ido sumergiéndose;

hace falta moverse,

pasar rápido a otra cosa,

salir a la superficie

a tomar un poco de aire

aunque se sepa incluso

que el hundimiento puede repetirse

y que uno no deja de hundirse

en las profundidades de uno mismo.

La vida era también

aprender a nadar

para no ahogarnos

dentro de nosotros.