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De niño destrozaba todos los juguetes que llegaban a sus manos, por eso le apodaron Huracán, y creció siendo así conocido por amigos y familiares, siempre había visto con desdén la costumbre de soltar toros en las calles, aquello le parecía un arcaísmo en estos tiempos de modernidad, hasta aquella tarde en que a Huracán le rompieron el corazón, Clarisa su novia desde la secundaria le comunicó  que lo de ellos  no seguiría más.

 Clarisa había dado apertura  una faceta de sí misma que oculto por mucho tiempo. – Soy lesbiana, le dijo con la vis entrecortada y se levantó de la mesa.

Huracán quedó en silencio y con la mirada perdida en su taza de café, la algarabía que provocaban los toros en las calles no lograron sacarlo de su asombro, aparto la taza,  limpió con la servilleta la comisura de sus ojos y pidió un whisky doble, – en las rocas por favor, le dijo al mesero,  a este trago le siguieron cuatro más.

Huracán pago la cuenta y salió a la calle, muy cerca de ahí la gente gritaba y la música colmaba el ambiente, la algarabía lo atrajo como un canto de sirena y el calor del whisky en su cuerpo lo segó de valentía, huracán se mezcló entre la gente y escucho tras de sí, – cuidado con el toro, no le dio tiempo de hacer nada, solo sintió el golpe por la espalda y dio contra el pavimento, -paramédicos, paramédicos gritaba un grupo de jóvenes que lo veían  inconsciente, Huracán distinguía figuras borrosas y entre las voces que pedían auxilio reconoció la vos de  Clarisa.

 – Este borracho lo que necesita es un trago, gritaba Clarisa, como levantado por un invisible resorte Huracán se puso en pie, vio fijamente a la gente que le rodeaba y asevero con tono de enojo.

 – Háganle caso a la joven, denme un trago.