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La ciudad no duerme nunca, ni siquiera de noche. A las 3 de la mañana, el veloz trasiego de los coches contamina un silencio que no existe. La lluvia cae de forma violenta sobre el asfalto y los húmedos tejados. En ese momento, el duermevela de un infeliz inquilino de la última planta de un viejo edificio termina. Él es uno de esos seres nocturnos que permanece día tras día encerrado entre las cuatro paredes de su habitación. Unas paredes mugrientas, oxidadas y desnudas que no contienen ningún recuerdo. Su clausura es casi total, solo sale al mundo exterior cuando es estrictamente necesario. Vive enfrascado en un mundo de cristal, tan frágil, que cualquier revolución interna podría arruinar su prudente calma. Sin embargo, casi siempre sostiene entre sus manos una botella de alcohol, cuyo cálido y familiar escozor ayuda a mantener sus dolencias a raya. Así consigue disipar la realidad que tanto odia y dar una furtiva bienvenida a lo que él llama “los mundos de sirena”.

Fracasado director de cine, un artista en ruina y en descendente decadencia. Malherido cuerpo sin amor, víctima mortal de una vida que ya no es vida. Este solitario de bien entrados los cincuenta, comprometido con sus vicios y de melancólico estado anímico, no está tan solo como parece. Para su fortuna o desgracia, disfruta de la compañía (en apariencia molesta, pero querido en secreto) de un gato sin nombre. Un minino huérfano de madre, o más bien de dueña, la vecina de nuestro deprimente amigo. Una mujer mayor, que llegó a ser una cantante de renombre, pero en los últimos años de su vida, era solo un recuerdo difuso de algo que se fue en otro tiempo. Decidió acoger al animal en su casa, cuando la anciana murió, al ver que la casera quería abandonarlo en la calle.

Como de costumbre, y debido al sueño ligero de nuestro desdichado, el gato ha vuelto a despertarle al hacer crujir el suelo de madera. Del enfado éste le grita, y el felino al huir, salta al escritorio tirando a su paso una pila de libros polvorientos y olvidados. Con un enfado creciente, el huraño habitante sale de la cama para recoger el desastre que ha organizado el gato, el cual ya se encuentra lamiéndose debajo de la mesa de la cocina. Recoge uno a uno los libros, con una parsimonia religiosa, pero de repente se queda inmóvil. Tiene en sus manos un libro de tapas de terciopelo rojo. Lo abre y comprueba que en su interior las hojas están en blanco. Sin más dilación, se sienta frente a la mesa de escritorio, y comienza a escribir gracias a un recuerdo aletargado. Sin abandonar de su lado, claro está, la botella perenne de alcohol.

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