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Era sábado por la noche, el alboroto de las calles de Madrid casi se podía tocar y olisquear en el aire. Los jóvenes correteando libres, sin miedo al tiempo, ni a ser viejos, como si la vida fuera un para siempre. Ingenuidad sobrevolando sus cabezas. Eso es lo que crio los ochenta. Y ahí estaba él. Otro soñador más entre tanta gente, gritando junto a sus amigos antes de que el concierto empezara. No tardaron en llegar las drogas a sus cuerpos tiernos y frescos. Sabían que una vez que el veneno hiciera efecto, la noche sería eterna e incansable. Dicen que una simple acción puede cambiar nuestra vida, pero lo que yo creo, es que incluso un insignificante gesto puede trastocar todo el universo. Así de sencillo y fulminante. En medio del concierto, y con los ánimos desbordados, el chico la vio. Con su vestido de color negro, y su mochila roja. Bailaba cómo si no escuchará la música. Cómo si no fuera consiste de la gravedad sujetándola a la tierra. Cómo si no hubiera universo. Cómo si solo estuviera ella. Tuvo que obligarse a respirar porque casi se quedó sin aliento observándola. Y sin pensar muy bien lo que hacía, como si la realidad no fuera consciente de sus pasos se acercó a ella. A pesar de que parecía ajena al mundo paró suavemente como si de alguna manera, y a pesar de tener los ojos cerrados, advirtiera la pusilánime presencia del chico. Ella abrió los ojos, y él se quedó mudo. Mudo y sordo, porque no entendió la primera palabra que pronunció los labios de carmín rojo. Se acercó violentamente a su oído, y dijo su nombre. Un nombre que a él le sonó como un cañonazo.

 -Me llamo Belén -dijo la chica dejando un eco insalvable en la mente de él-. Siguió sin recibir respuesta alguna del muchacho que se encontraba frente a ella. Volvió a hablar pero esta vez para proponerle bailar.  

Y él asistió sin decir nada tan rápido, que pareció sorprenderse de la valentía de sí mismo. En ese momento lo supo. Se dio cuando de que nada volvería a ser lo mismo. Sintió miedo, miedo de no volver a verla, y por primera pensó en la soledad. Era un sentimiento nuevo, o eso creía él. Pero era una verdad a medias, siempre había estado solo, pero nunca fue consciente de ello hasta que otro corazón le tocó de cerca. Tan cerca, que hasta el alma le temblaba cada vez que ella le apretaba la mano más fuerte. O cada vez que sus cuerpos tropezaban por culpa de la multitud eufórica del concierto.

-¿Sabes hablar? -dijo Belén esbozando una sonrisa al final de la frase-.

 Justo antes de que el chico pudiera pronunciar la frase que quería decir de carrerilla, ella gritó, y se puso a cantar, la que decía era su favorita. Era un pájaro libre dispuesto a hacerlo todo antes de que el frío invierno le obligase a cambiar de vida. Impulsiva, natural, pura,… Era todos los adjetivos juntos, y eso a él le fascinaba. No iba a dejar pasar una oportunidad semejante por no tener agallas, así que la llamó por su nombre, y la dijo que le ayudara a ser impulsivo, que nunca en su vida había hecho lo que realmente quería por miedo o vergüenza. Entonces Belén pareció satisfecha, era consciente del efecto que provocaba en la gente.

Se marcharon del concierto los desconocidos a toda velocidad. Comenzaba el juego, dos jóvenes vagabundeando por la ciudad, por las avenidas llenas de gente, por los rincones vacíos, bebiendo los licores de los bares y el resto de drogas, atravesando las peligrosas vías del metro, arrojando gritos desde el edificio más alto…Ya casi estaba amaneciendo, y el fresco de la mañana salía por sus bocas en forma de vaho, pero no les importaba. Llegaron a un puente, y ella cerró los ojos y respiró profundamente, como intentando capturar todo de ese instante. Seguidamente se asomó por la barandilla, parecía que de un momento a otro le saldrían alas y se despediría de él para siempre. Entonces la agarró de la cintura para evitar la posible huida, ella se dio la vuelta y por fin hicieron eso que querían hacerse desde hacía horas. No tenían miedo a ser vistos, para ellos la ciudad aun dormía, y todo el ruido del mundo lo provocaban sus cuerpos desvelados. Más vivos que nunca se subieron a la barandilla del puente, y bailaron una música imaginaria mientras los primeros rayos de sol les quemaban la piel. Entonces aquel día y sus veinticuatro horas se convirtieron en pesadilla. Belén resbaló de la barandilla y cayó. Así se despidió del mundo.

-Nunca podré olvidarla.

Esa fue la última frase que escribió nuestro melancólico amigo en el libro de terciopelo rojo, tras dar un gran trago a la botella.

 

 

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