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En realidad, Lucy no había salido de casa. La niña había ido dejando un escondite a medida que preveía el siguiente movimiento de su madre. Cuando estuvo Mantícora husmeando los rastros en el baño, ella se reía y caminaba, desde su habitación, hasta el cuarto oscuro e infestado de mosquitos, arañas y gusanos de la leñera. Sabía que su madre odiaba aquella suciedad abyecta que, a la niña, le parecía natural y muy estimulante, ya que los bichos y las mascotas le habían descubierto el impulso por abandonar aquella casa de familia tradicional y autoritaria, que nada casaba con su personalidad rebelde, inquieta y fantasiosa, amante de la libertad y la naturaleza. Pese a su edad infantil, reconocemos que Lucy era muy inteligente. Se había atrevido a escaparse en alguna ocasión, pero nunca había alcanzado más allá de las torres humeantes que coronaban el inicio de la zona en que vivía.

Aquella noche, la niña no había planeado burlar el encierro de aquella casa de mala muerte; nada de planes. Después de evitar a su madre, se quedó esperando en la leñera junto con el perro. Sentada sobre el mugriento suelo, extendió las piernas y las cruzó en equis, sentándose sobre ellas, adoptando la posición de loto que había visto en las pantallas-k. Pero como Pollo no hizo más que lamerle la cara; la saliva del perro goteando en su cara, tuvo que regañarle. Le cogió al animal del morro y trató de explicarle, susurrando cómo debía comportarse en un divertido jugueteo que, por el contrario, desesperaba a su madre. Los mosquitos se escondían en la rubia melena de la pequeña, y una araña se deslizó desde su oreja hasta el tablero que atravesaba el cuartucho. Los insectos le empezaron a picar, haciéndole cosquillas en las plantas de los pies y despertando su risa infantil. Lucy cogió una araña, y la acarició.

—Desde ahora, te adopto como mi hija araña — dijo, y soltó una carcajada.

La pequeña subió por las escaleras muy tranquila y se quedó agazapada, con el perro, bajo la mesa del planeta destartalado de la cocina. Mantícora pasó de largo y bajó, maldiciendo por tener que adentrarse en la infecta leñera. Luego de un rato, el padre fue a la cocina a por un bocadillo, y aunque Pollo soltó un lastimero gemido ante la instancia de la niña, que le había vuelto a tapar el hocico, Fingerpotato no se cercioró de su presencia y marchó hacia el pasillo, donde entabló la conversación — antes reproducida— con su esposa. La niña se quedó bajo la mesa, escuchando cómo hablaban de ella y partiéndose de risa, ante la situación de que sus padres la creyeran desaparecida.

Aunque ninguna gracia le había hecho a la niña, cuando sus padres habían hablado de su vida como si la dirigieran; Lucy no hará esto, irá aquí, creerá en el dios mengano y demás. Lo que más le irritaba de esas situaciones; sentirse como una marioneta de dos poderes sobrenaturales, como los que tenían papá y mamá. Pero su poder habría de caer pronto. Sintió la niña la capacidad que tenía para poner todo patas arriba, con sólo jugar al escondite un rato, sin prepararlo si quiera, de la forma más natural. Como no podía jugar con otras niñas sin la supervisión de sus progenitores; iba a jugar con ellos. Siempre habían tratado de prevenirle contra peligros, de que viera a la sociedad y a los demás como devoradores, porque sus padres tenían miedo de que se les rompiera.

Entonces la niña pensó en continuar el cambalache. Salió de la cocina y se escondió tras el faisán rosa del pasillo; la melena de rubio intenso cayendo en bucles, formaba una colorida escena en contraste con la sonrosada figura. Su madre fue a llamar a la policía y Fingerpotaro permaneció en el salón, al tiempo que la pequeña iba dando pasos inseguros, tratando de agarrar bien a Pollo para que no se cayera y armara revuelo. Aprovechó el momento y siguió subiendo hasta el ático. Allí, salió a la terraza. Hizo acopio de todas sus fuerzas, cogió el perro y lo lanzó al tejado. El perrito había dado en las tejas, y se resbaló hasta que quedó agarrado en los canalones.

—¡Espera, Pollo! Yo te salvaré — dijo Lucy.

La niña subió a la barandilla y se colgó a la mampara que dividía las terrazas de los adosados, balanceándose hasta que llegó a la altura del perrito y lo empujó del trasero; el can puso los cuartos traseros en las tejas y ladró aliviado. Lucy se encaramó al tejado y, ya sentada, admiró la luminosidad de las estrellas.

—No debes ladrar, pequeño Pollo — dijo Lucy—. Tú piensas que esto es jauja — la niña se río al ver al perrito sacar la lengua, como mofándose de ella—. Deja de tomarme el pelo, vamos, en serio. ¿Has oído a papá y a mamá? Creen que hemos desaparecido, que nos hemos evaporado como por arte de magia. Una vida nueva, Pollo. Viajes por todo el mundo, nos esperan Venus y Plutón, Marte… podrás oler las especias más increíbles. ¿Sabes? A veces quiero marcharme de aquí. Pero no como aquella vez en que tan sólo fui hasta las torres humeantes, sino más lejos, hasta la naturaleza.

Las estrellas refulgieron como diamantes colgados del cielo. La niña cogió una teja que había suelta y la partió contra los ladrillos de la chimenea, el estallido le estimuló pensando que sería muy divertido destruir toda la casa e irse a vivir a la naturaleza; sola, libre, en su hábitat. Cuando debía levantarse para ir a la escuela, se despertaba antes de que su madre le importunara, entrando en su habitación y abriendo las persianas y colocando sus cosas (y sus bichos) como si no pudieran estar como a ella le gustaban; se despertaba, y entonces se ponía a pensar en que iba a conectarse, algún día, con la naturaleza: cumbres nevadas, perfiladas como gigantes de piedra, ríos y peces, lagos escarlatas, hondos bosques; escenas imaginadas en la mente inquieta de la niña.

El viento sopló como si los fantasmas se hubieran puesto de acuerdo para exhalar, a un mismo tiempo, su gélido aliento. La niña se fijó en el pico naranja chillón de un pajarillo, de cuerpecito adorable y negro plumaje camuflándose en la noche. Cuando Pollo soltó un ladrido, el pájaro emprendió el vuelo y desapareció de vista. Lucy volvió a reír, encantada con el griterío que llegaba desde dentro de casa; había montado una buena jugando al escondite, Fingerpotato se había marchado en un intento de encontrar a su hija en las cercanías, y Mantícora se desquiciaba, tratando de convencer a los policías-k de que emprendieran la búsqueda.

—¡Los juegos son lo mejor, Pollo! Me gustaría estallar todas estas tejas. Pum, pum, pum, a tomar vientos jajajaja — se mofó Lucy— Estos adultos están medio tarados. Podríamos levantar este tejado. En las pantallas-k dijeron que cada vez más gente se tira por la ventana o se mata. Allá ellas. Yo quiero volar como el pajarillo ese que has asustado, Pollo malo. ¿Por qué no puedo dejar de tener miedo? Algún día me iré de verdad, y espero que no se lo tomen así — dijo Lucy.

Pollo se había quedado alelado mirando a Lucy, quien estaba segura de que el perro entendía, al menos, el tono emocional de sus palabras. El animal tenía los ojos llorosos, y la niña lo interpretó como un mismo deseo compartido; escapar de aquella casa que les encerraba y entristecía. También se llevaría la tortuga, el conejo, los canarios y los jilgueros y entonces podría la niña, según sus planes, abrazar la vida en plena y radiante naturaleza. Pero, de pronto, el chucho se excitó ante la sirena que aullaba en dirección a esa casa, y corrió hacia el otro extremo del tejado.

—Cuidado, Pollo.

Antes del canalón, se detuvo el animal y olfateó, desde la distancia, a los sanitarios que habían llegado, en una ambulancia vieja y destartalada, para atender a Mantícora. La niña se asomó, advirtiendo como entraban un médico, un auxiliar y una enfermera a atender a su madre, quien después de toda la presión, de las discusiones con su marido, y del griterío con la policía, había sufrido un leve desmayo; telefoneando más tarde, algo recuperada pero aún muy nerviosa, a urgencias.

Lucy advirtió cómo se llevaban a su madre, postrada en la camilla, y la introducían en la ambulancia. Antes de que cerraran la puerta y emprendieran la marcha hacia el hospital, distinguió como ayudaban a su madre para que levantara las piernas, bajando así la sangre, cubriéndola el pecho con una manta. Luego cerraron la puerta y se marcharon a toda velocidad.

— ¡Ahora sí que nos la hemos cargado, Pollo! Jajaja… — y Lucy estalló en carcajadas.

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