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En una ciudad sin árboles, se propaga la tristeza, es tan fácil palpar el dolor.

La gente camina bajo el sol, y no hay sombras para refugiarse; primero se odia el calor  y después a la ciudad.  Las parejas se divorcian, los niños son maltratados, los jóvenes se unen en pandillas  y se golpean. La muerte es una rutina, igual que la basura; igual que los grises, igual que los secuestros.

En una ciudad sin flores, las adolescentes  se visten  con menos ropa, su carne aporta  la  belleza; la felicidad se mide en cajas de cerveza y en preservativos  usados. Nadie hace preguntas, a nadie le importa que las mujeres se embaracen cada vez más niñas, que los adultos engorden, que abunden los perros y los niños callejeros. En las calles donde no hay árboles, el ambiente se polariza: una cantina, y una iglesia; alguien reparte biblias y alguien vende su cuerpo.

En una ciudad sin árboles, los habitantes tienen pocas opciones; o buscan  la eternidad, o se unen a disfrutar los  momentos  de la  carne.